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-¡Cínico! ¡Cínico!.
Gritó mientras corría hacia la puerta, a medio vestir y aterrada, herida en lo más profundo de su orgullo salió por la misma puerta que la vio entrar contenta y deseosa. Entre su embellecida entrada y su trágica salida solo había desfilado mi brutal sinceridad ante su vulgar cuestionamiento de persona con pobres poderes de análisis. Salí a la puerta detrás de ella pero a un ritmo mucho más cansino, me paré en la vereda y observé como corría a unos cincuenta metros de mí, pensé de inmediato que podría caerse al mejor estilo Hollywood y, de repente, ¡Bang! cayó como un rayo en la extensa pampa, mi sonrisa se dibujó rápida como bosquejo y de inmediato contagió al resto de mis células de una felicidad inmensa… Allá estaba lloriqueando en el suelo como una niña, comencé a acercarme manteniendo la sonrisa y, sobre todo, el paso cansino que le daba un aire especial a la escena. Cuando me tuvo a menos de veinte pasos pude oler su desesperación, fue el límite, se levantó y salió a toda marcha, amagué a salir detrás de ella pero me detuve enseguida increíblemente tentado de la risa. En el suelo había dejado un pequeño charco de sangre, seguramente proveniente de alguna de sus rodillas. Puse un dedo sobre el charco y luego lo chupé, me encantó recordar su sabor, ella ya no estaba en la escena, Volví a embeber mi dedo en su sangre y regresé lento a mi casa. Una vez adentro, parado en la pared correspondiente, escribí su nombre usando su propia sangre, me senté y bebí un sorbo de un café frío que llevaba días en ésa taza, contemplé la lista de nombres que brillaban en la pared, cosa que me produjo una extraña sensación de alegría con dejos de melancolía. Eran 15 nombres, 15 mujeres que habían estado en mi cama en el transcurso de un año. Todas ellas se fueron gritando, como Vittoria aquella noche; la mezcla de sensaciones se transformó sólo en desprecio. No podía seguir pensando y sintiendo tanta miseria. Volví a tomar el café añejo pero ahora me pareció caliente, mi alma sintió alegría, luego tristeza… ¿Hasta cuándo jugarán los dioses con mi alma como si fuera una hormiga aplastada con un zapato? ¿Hasta cuándo?… de repente golpearon fuerte la puerta, me estremeció pero disimule intentando parecer fuerte y abrí. Era Vitorria que regresaba, llorando…
-No puedo vivir sin vos.
Dijo entre lágrimas. La abracé y en breves instantes estábamos en la cama, desnudos, al terminar miré sus rodillas, estaban increíblemente sanas.


 

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