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Úiltimo frío y un año sin invierno (Fragmento 3)

 


       Según el calendario el invierno estaba terminando pero aquella noche el frío era gélido y constante. Un jueves diferente tenía lugar, me habían llamado de un bar para tocar alguno de los clásicos que la gente vulgar quería escuchar. Salí del depósito de cajas más tarde de lo habitual y llegué corriendo a la estación para no perder el tren (pocas cosas me alteran más que la falta de tiempo). Mi humor estaba en decadencia. Sabía anticipadamente que la noche se haría eterna y mi estadía de viernes en el depósito sería similar a una tortura pero, pese a eso, seguía fiel desfilando por los bares con mi violín.
Al llegar al departamento me invadió el apuro ya que contaba con sólo una hora para prepararme antes de que mi compañero de toda la vida me pase a buscar. Saúl era un talento con vida, lo conocí muy chico cuando ambos nos presentamos en respuesta de un aviso del diario que buscaba músicos para una orquesta de aficionados jóvenes. “El turco” (trillado y obvio apodo) tenía cuatro años menos que yo pero su talento con el Chelo no entendía de edades, juntos fuimos aprendiendo el oficio y, sobre todo, el sufrimiento filosófico de los músicos.
Corría con el pantalón sin abrochar y sin remera por el departamento tratando de hacer varias cosas al mismo tiempo (situación que siempre sale mal), me repetía que lo más importante era el violín y recordaba una frase de mi padre que homenajeaba a Napoleón “Vísteme despacio que estoy apurado”, cuando sonó el timbre, abajo ya estaba Saúl, bajé con el violín colgando, la campera a medio poner, el cinturón en la mano, una manzana en el bolsillo y fumando en el palier del edificio (cosa que a mi vecina/administradora le molestaba de sobremanera pero yo necesitaba hacerlo para ver la vida de una manera más optimista). Subí al auto agitado y me di cuenta que me había olvidado el arco, tuve que retornar y mi mal humor se disparó. Corrí, agarré el arco y me di cuenta que no había hablado con Vittoria en todo el día pero ya no había tiempo, debíamos viajar 80km a las afueras de la cuidad para tocar composiciones que tenían más de 400 años, cosa que se transformaba en la totalidad de mi vida.
El viaje fue de lo más normal, veía como el frío se estrellaba contra el vidrio deseando entrar mientras, Saúl y yo, armábamos frases que sólo escondían esa ambición tácita que nos caracterizaba por aquellos tiempos, deseábamos con fuerza desmesurada dejar nuestros trabajos neo esclavistas para poder tocar por los bares de todo el mundo, era un sueño que carecía de fundamentos pero eso era lo motivador. Encontré en Saúl la compañía necesaria para mi espíritu solitario y soñador, mis sueños de una ética inviolable se mezclaban con su capacidad de gestión y negociación transformándonos en un equipo infalible, cosa que hasta el momento no sabíamos. Entre Schubert y filosofía llegamos a los suburbios de una ciudad que dormía.
Nos recibieron afectuosamente, el dueño del bar con aire irlandés salió a nuestro encuentro disimulando muy bien que esa era la primera vez que nos veíamos la cara. Nos abrazó y repitió varias veces que le habían hablado muy bien de nosotros, hundido en la incomodidad que me generaban los halagos me puse nervioso y no supe qué decir, en ése momento intervino Saúl confirmando que éramos un buen equipo. En pocos instantes estábamos tomando cerveza y comiendo un guiso que nos devolvió el alma, ganándole una batalla a la naturaleza.
Poco a poco fui observando como el pequeño bar fue llenándose de gente, una vez que las pocas mesas estaban ocupadas y la barra colmada de bebedores de día jueves, el afectuoso y confianzudo dueño nos hizo una seña para que comencemos a tocar. Mis dedos esa noche estaban incontenibles, es imposible explicar en palabras el comportamiento de mis dedos, mi cerebro y mi alma al momento de ejecutar música sobre mi violín, por alguna razón que desconozco existen días en los que el ritmo late dentro mío, me libero de tal manera que todo fluye con una precisión similar a la que tiene la naturaleza, perfecta. Hay otros, sin embargo, en los que parezco un principiante poco agraciado. Por suerte para mi, esa noche fue de las que me siento parte de la naturaleza y el ritmo. Saúl blandía su arco cautivando al público que celebraba sus momentos de talento pero había una sola persona a la que Saúl no le llamaba la atención, una hermosa mujer que me miraba a los ojos mientras yo repartía mi atención entre ella y lo que tocaba. Pasé las dos horas del concierto mirándola a los ojos pero cuando me mezclé entre (ya a esta altura) los borrachos de viernes no pude hablarle, seguíamos intercambiando miradas a la distancia pero no me animaba a acercarme, por suerte ella fue más valiente. Se acercó mirándome fijo y me dijo sacando algo del bolsillo.
-voy a fumar. ¿Te gustaría aceptar de mi cigarro?
Después de un segundo de vacilar, pude contestar nervioso.
-Claro, me encantaría.
Seguí tras sus pasos mirando toda la parte posterior de su cuerpo armonioso y artístico.
Una vez afuera nos alejamos unos metros del bar y prendió su cigarro invadiendo de ese olor que me hizo pensar en Vittoria, inmediatamente reprimí a mi cerebro.
-Me encantó lo que tocaste. Sos muy buen músico.
-Gracias. Pero me queda grande lo de músico, eso es para Bach. Yo soy un empleado de un depósito de cajas que se divierte por la noche.
Sonreí tratando de ocultar mi pesimismo.
-Sos muy buen músico, yo te juzgo como tal. ¿Qué tiene como carta de presentación este empleado que se divierte?
-Así empieza, soy un empleado que toca el violín por las noches, le gusta escribir historias pesimistas y leer a los escritores que terminaron borrachos, drogados, envenenados por su propio veneno o suicidados en una demostración de honor. También soy un opositor a esa máxima que hay entre los músicos que afirma que Mozart no tiene que ser escuchado por ser popular. Creo que es envidia…
Me besó antes de dejarme continuar y mi sorpresa fue enorme. Disfruté tanto de sus labios como hacía tiempo no disfrutaba, me dejó de importar las pocas horas que iba a dormir, en poco tiempo estaba penetrándola en el baño con la mayoría de la ropa puesta. Al terminar desapareció, dejándome sin decir más, evidentemente tenía una atracción por las mujeres libres. Salí del baño y la busqué en el bar para aunque sea saber su nombre pero ya no estaba, lo vi a Saúl muy ocupado con una señorita y me dirigí sólo afuera sin importarme el frío me senté y comencé a fumar.
Me encontré en soledad con mis pensamientos de madrugada y, obviamente, apareció Vittoria en mi mente, mi amor nada tenía que ver con la atracción que me generó aquella anónima amante del violín. Cuando pude volver a la realidad tenía a Saúl a mi lado.
-Tengo la paga.
Me dijo con voz desanimada.
-¿Cómo resultó?
Le dije sin más desánimo.
-Nos alcanza para tres cervezas o lo guardamos para comer un pollo mañana antes de ir a tocar a la otra punta de la ciudad.
-Menos mal que llevamos 7 años haciendo esto.
-Tengo esperanzas. Vamos a lograrlo.
-No puedo pensar en otra cosa. Prefiero  pollo.
-Yo también.
A los pocos instantes estábamos volviendo por la desolada autopista. Una vuelta muy diferente a la ida, en silencio y sin música. Mi cabeza no paraba de dar vueltas entre la mujer que tuve unos instantes y la manera de dejar el depósito de cajas para tocar el violín. Cuando me despedí de Saúl y entré a mi departamento me encontré con el caos que dejó mi vida vertiginosa y sin tiempo. Tenía tres horas para dormir, al sacarme el pantalón descubrí un papel que decía:
Me llamo Agustina, también toco el violín. 47679812.


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Último frío y un año sin invierno (fragmento 2)


           Aquella tarde el frío se estrellaba contra el vidrio de la ventana transformándose en vapor… aunque me encontraba del lado templado sentía el mismo frío calar mis órganos con dureza, no se trataba de una variación climática, sino simplemente de mis vapuleados sentimientos. Hacía mucho tiempo que deseaba morir, poner un punto final a una vida gris, rutinaria y llena de fracasos, de intentos y frustraciones, de sueños y despertares… Recordaba a diario la última vez que había visto a Vittoria, de blanco, embellecida por ésa luz particular que la iluminaba (por lo menos ante mis ojos), el frío y el caer de la tarde no era el escenario ideal para un suicida en potencia como lo era yo por aquel entonces. En un intento de expulsar los malos pensamientos, agarré un libro y comencé a leer, para mí desgraciada, como digitado por el destino, el primer párrafo hablaba de un suicidio, un hombre que estaba totalmente decidido a llevar a cabo un final espectacular, admirable, lleno de suspenso y emoción. Dejé el libro con el resonar del gatillo en las pesadas palabras de la historia y me metí en mi imaginación, me pregunté cómo me gustaría morir… lo primero que imaginé fue detonarme dentro del Banco Central como muestra de mi desagrado con un sistema que ahorca pero, seguido, imaginé a los medios inventándome un pasado terrorista y no me sedujo… descarté el disparo, el veneno, las pastillas, el tren y el salto al vacío por ser tan cliché como regalar una rosa por año de amor, ¿Hasta para suicidarse se puede ser cursi?, pensé al tiempo que dibujaba mi última sonrisa, la fantasía comenzó a excitarme más de lo normal y, cuando quise darme cuenta, ya estaba disfrutando de la idea… descartada la bomba en el banco, el salto al vacío, el tren, el veneno y el disparo, me quedé sin ideas originales para un suicidio de clase artística e innovadora… Me volvió a invadir la tristeza por culpa de esa búsqueda eterna de lo original y diferencial pero, cuando estaba encerrado, sin saber cómo salir, ¡bang! una idea apareció… podría suicidarme donando el corazón, ir caminando a un hospital y manifestar mi intención de regalar mi corazón pero, nuevamente, imaginé que generaría un debate entre médicos moralistas y otros que no lo son… Una discusión que llenaba de opiniones de terceros mi verdadera voluntad, también la descarté… En ése instante me desanimé, otra vez la angustia con dimensiones descomunales, me dejé caer en el sillón y me convencí de que no me iba a suicidar hasta no encontrar una digna manera… De repente, el timbre de mi pequeño departamento sonó, me sorprendió porque nunca sonaba, contesté y su dulce voz me llenó de alegría repentina, era Vittoria que me pedía pasar… Vittoria era una mujer que había generado una sensación única en mí, había sacado un payaso que estaba dormido en mi interior desde tiempos inmemoriales, había sacado mis temores y recelos al amor, tuvo el dicho de generar una inocencia extraordinaria en mis pensamientos negativos y extremadamente realistas, pintó de naranja los grises que habitaban, contentos, en mis vapuleados sentimientos. En aquel momento, entró y sonrió, llevaba consigo un olor a humo que me encantó, sus ojos estaban casi cerrados y su libido encendido, me besó y me dijo:
– ¿Qué hacías antes de que hagamos el amor?
-Pensaba la manera de suicidarme.
La dije con un dejo de frustración.
-La mejor manera es tomar un veneno que nos mate a los dos mientras estamos desnudos.
-Otra vez el cliché, esa historia la leyó el mundo entero. Romeo y Vittoria.
Le dije a modo de burla (con un tono que intentó ser italiano) mientras dibujaba un semicírculo con mis manos.
-Te confundís, ellos se amaban desmesuradamente.
Me besó y me sacó la ropa.
Al llegar la mañana desapareció como solía hacer, yo, seguí buscando la manera de morir.


 

La increible Vittoira


-¡Cínico! ¡Cínico!.
Gritó mientras corría hacia la puerta, a medio vestir y aterrada, herida en lo más profundo de su orgullo salió por la misma puerta que la vio entrar contenta y deseosa. Entre su embellecida entrada y su trágica salida solo había desfilado mi brutal sinceridad ante su vulgar cuestionamiento de persona con pobres poderes de análisis. Salí a la puerta detrás de ella pero a un ritmo mucho más cansino, me paré en la vereda y observé como corría a unos cincuenta metros de mí, pensé de inmediato que podría caerse al mejor estilo Hollywood y, de repente, ¡Bang! cayó como un rayo en la extensa pampa, mi sonrisa se dibujó rápida como bosquejo y de inmediato contagió al resto de mis células de una felicidad inmensa… Allá estaba lloriqueando en el suelo como una niña, comencé a acercarme manteniendo la sonrisa y, sobre todo, el paso cansino que le daba un aire especial a la escena. Cuando me tuvo a menos de veinte pasos pude oler su desesperación, fue el límite, se levantó y salió a toda marcha, amagué a salir detrás de ella pero me detuve enseguida increíblemente tentado de la risa. En el suelo había dejado un pequeño charco de sangre, seguramente proveniente de alguna de sus rodillas. Puse un dedo sobre el charco y luego lo chupé, me encantó recordar su sabor, ella ya no estaba en la escena, Volví a embeber mi dedo en su sangre y regresé lento a mi casa. Una vez adentro, parado en la pared correspondiente, escribí su nombre usando su propia sangre, me senté y bebí un sorbo de un café frío que llevaba días en ésa taza, contemplé la lista de nombres que brillaban en la pared, cosa que me produjo una extraña sensación de alegría con dejos de melancolía. Eran 15 nombres, 15 mujeres que habían estado en mi cama en el transcurso de un año. Todas ellas se fueron gritando, como Vittoria aquella noche; la mezcla de sensaciones se transformó sólo en desprecio. No podía seguir pensando y sintiendo tanta miseria. Volví a tomar el café añejo pero ahora me pareció caliente, mi alma sintió alegría, luego tristeza… ¿Hasta cuándo jugarán los dioses con mi alma como si fuera una hormiga aplastada con un zapato? ¿Hasta cuándo?… de repente golpearon fuerte la puerta, me estremeció pero disimule intentando parecer fuerte y abrí. Era Vitorria que regresaba, llorando…
-No puedo vivir sin vos.
Dijo entre lágrimas. La abracé y en breves instantes estábamos en la cama, desnudos, al terminar miré sus rodillas, estaban increíblemente sanas.


 

Vengo de un mundo al que no pertenecía

Buscando un fósforo en un mundo de cartón

Vengo de un mundo al cual no pertenecí, lo intenté  pero no pude. Intenté entender sus reglas, formar parte, conocer sus habitantes, sus mañas y sus pasiones pero no pude hacerlo… Cada tanto (ya desde éste nuevo mundo) sueño con ser parte, con brillar bajo ese cielo eternamente soleado y escuchar el grito de una multitud corear mi nombre con una banalidad tan profunda que llena el alma.

Tuve la oportunidad de ser reconocido, de poder desempeñarme dentro de sus reglas. Brillaba en el campo verde como pocos; el talento me sobraba pero me faltaba decisión, la cabeza nunca fue mi fuerte… Mis días en aquel mundo nunca fueron felices, me movía a diario entre idas y venidas, entre el extraño ecosistema cargado de hipocresía y dudas, sobre todo dudas. No sabía (mucho menos entendía) de qué se trataba; cómo era que convivían estos dos mundos tan distintos dentro mí…

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Historia de una partida


           La esperaba aterrorizado, un latido fuerte y constante retumbaba en mi pecho dañando a cada golpe mi cerebro, el culpable de mis penas, de mi infierno. Aterrorizado, invadido de miedo. Un miedo que desearía extirpar del mundo. El futuro en soledad me llena de dudas, de incógnitas e incertidumbres, momentos que quedan en el pasado como parte de algo obsoleto e intangible que solo existe para molestar. Dejarla ir, ver cómo se escapa de mis manos como el agua, escurridiza y segura, sin remedio aparente. Remedio, palabra mal utilizada, no existe enfermedad en lo que siento por ende no hay remedio. Debería ser fácil aceptarlo, el desamor es un proceso tan natural como la muerte pero, así como ella, trae un manto de dolor por momentos insostenible.
Sus ojos brillaban llenos de temor pero, como siempre, su seguridad fue superior a cualquier duda que se cruce por sus pensamientos. No reparó un segundo en la posibilidad de recapacitar, agarró sus cosas y salió por la puerta, como un viento feroz y constante, fuerte y decidido. Esa misma puerta que la vio entrar, hace tanto tiempo, llena de ilusiones, miedos y esperanzas, la vio salir sin ningún dejo de sensibilidad.
Sus ojos brillaban, se debatían entre la tristeza enorme de partir y la alegría contradictoria de verme parado delante de ella, intentó acercarse, pero no pude permitirlo. Un abrazo cargado de finales, el calor de la cama o el frío de la soledad, el peligro de volver o la seguridad de la distancia. La imagen se llenó de grises como si fuera la parodia de lo que fue un cuadro lleno de colores pintado por su risa, hoy recreado por su desamor.
Salió caminando, hermosa, dejando a cada paso un eco de belleza que siempre me seducirá, incluso en los momentos en que no quiera que suceda. Segura y firme, nuevamente, como todos los pasos que da. El pelo recogido sobre su cabeza, dejando a entrever una sensualidad inmensamente excitante, la miré y la vi hermosa, más hermosa que la última vez, como si algo en mi vista hubiera cambiado, como si mis ojos no serían los mismos que hace pocos días la dejaron partir llenos de rechazo, mucho más hermosa que las incontables oportunidades en que la vi desnuda. Algo en mi visión cambió, o tal vez por saber que ya no me pertenece, nunca me perteneció, siempre fue una estrella cargada de libertad pero yo volaba a su lado.
Desafortunadamente la vi partir, más hermosa y más extraña que la primera vez que la vi.


 

Vengo de un mundo al que no pertenecía


         Vengo de un mundo al cual no pertenecí, lo intenté  pero no pude. Intenté entender sus reglas, formar parte, conocer sus habitantes, sus mañas y sus pasiones pero no pude hacerlo… Cada tanto (ya desde éste nuevo mundo) sueño con ser parte, con brillar bajo ese cielo eternamente soleado y escuchar el grito de una multitud corear mi nombre con una banalidad tan profunda que llena el alma.

Tuve la oportunidad de ser reconocido, de poder desempeñarme dentro de sus reglas. Brillaba en el campo verde como pocos; el talento me sobraba pero me faltaba decisión, la cabeza nunca fue mi fuerte… Mis días en aquel mundo nunca fueron felices, me movía a diario entre idas y venidas, entre el extraño ecosistema cargado de hipocresía y dudas, sobre todo dudas. No sabía (mucho menos entendía) de qué se trataba; cómo era que convivían estos dos mundos tan distintos dentro mí. Veía a los demás inmersos en su vorágine, metidos en el recorte de realidad que nos ofrecía aquel maravilloso mundo. Como en todos los mundos, había algunos que se vanagloriaban de su propio triunfo, caminaban con el pecho inflado y la frente alta, eran grandes hombres con un físico que destellaba poder, una destreza como ninguna, con una habilidad innata para manejarse dentro de aquel campo verde donde se pasaban la mayor parte del tiempo. Sus cuerpos eran trabajados y magníficos pero sus cerebros diminutos y limitados. No podían pensar más allá de su tarea dentro del campo, esa actividad acaparaba toda la atención de éstos grandes victoriosos. Al terminar en el triunfo se hundían en las piernas de hermosas mujeres que se excitaban al ver transpirar a sus hermosos guerreros… ¡Ay! La belleza de las mujeres de aquel mundo no tiene comparación, mis ojos se daban vuelta ante semejantes piernas… Los cabellos eran perfectos y sus pechos eran tan firmes que parecían no tener movimiento, sus cinturas tan pronunciadas que daban vértigo pero, sus cerebros,  tan diminutos que su atención se limitaba a mantener sus cuerpos esplendidos para que los héroes se sigan fijando en ellas. No existían palabras entre los seres de aquel extraño mundo, solo importaba cuán exitoso era él y cuán hermosa era ella, no se comunicaban, solo se admiraban mutuamente. El dinero no era algo que preocupara a los habitantes del exótico mundo, ellos solían tener de sobra y ellas solían sacárselo sin ninguna restricción. Paseaban bajo el sol (nunca vi ninguna nube) riendo sin motivo aparente. Cada tanto, llegaba el día de la competencia, el día en el que cada uno de ellos debía demostrar su verdadera valía o ser expulsados instantáneamente como si nunca hubieran pertenecido, aquel día le daba sentido a la vida que se tenía por aquellos lares.

Como decía, el día de la competencia era una jornada muy especial que, irónicamente, comenzaba la noche anterior, estaba prohibido (por estatuto) todo tipo de excesos, tanto carnales como de los otros. Ellas se comenzaban a producir para poder (a la mañana siguiente) brillar más que el sol e incluso que su propio hombre o también, por qué no, que la mujer de otro hombre, en definitiva, creo yo, ese era el mayor anhelo de las mujeres de aquel mundo, ser la mejor, la más linda. Utilizaban pantalones tan ajustados que se podían observar los relieves naturales de la piel. Sus pechos sobresalían de las remeras con una fuerza tan provocadora que asustaba, sus ojos iban cubiertos de unos lentes espejados que reflejaban el sol a destellos. Todavía las recuerdo con gran nitidez, paradas al costado del campo sonriendo entre ellas con la misma falsedad que tiene el bronce cuando intenta ser oro, se envidiaban, se detestaban pero ahí las recuerdos, paradas todas juntas, esperando la aparición de sus héroes.

Mientras tanto, en el campo, dentro de una habitación que nadie veía, los grandes héroes de la competencia se preparaban, un ritual incomparable, el silencio era el anfitrión de la velada, nadie decía nada, la concentración era total estaba en juego lo más importante para los hombres de aquel mundo, el honor. No existía nada como el honor, nada podía ser más importante que el honor, es el motivo para vivir, para pelear. La permanencia en aquel maravilloso mundo dependía de su rendimiento en el campo.

El momento se acercaba y ya casi estaba todo listo, el silencio se rompía cuando (todavía en el cuarto apartado) los gritos aparecían, arengas por doquier, ¡gritos! ¡gritos! y más gritos salían de las bocas de los héroes, pronto iban a estar ahí afuera, en el campo, dejando su vida si es necesario, si el honor lo requería. Entre todos los héroes, cabe mencionar, existía un líder, un hombre mayor a todos que debido a su edad y la falta de respuesta de su cuerpo debió abandonar la práctica activa de la competencia pero que, basándose en su experiencia, elegía a los héroes que iban a participar llenándolos de consejos y, en algunos casos, de órdenes que los llevarían a una victoria segura.

Una vez que ya estaban los dos bandos de héroes listos para la competencia y las mujeres totalmente producidas, se abrían las puertas del campo para que miles y miles de personas comiencen a ocupar las adyacencias buscando una ubicación para poder observar con detalles la competencia. En el momento que los héroes estaban listos, las mujeres expectantes y la muchedumbre ubicada, aparecían los verdaderos beneficiarios de ésta crucial competencia; los directivos o políticos (como los llaman en éste mundo) vestidos con largos freaks rojos, azules o verdes (dependiendo de su estatus) y con  sus sonrisas (más falsas y calculadoras que las de las mujeres de los héroes) se ubicaban en sus lujosos condominios con vista privilegiada, todo en ellos era privilegiado, grandes banquetes se encontraban a su merced para poder disfrutar de la competencia.

¡Ahora sí! Todo estaba listo… Las mujeres hermosas, los héroes nerviosos, la muchedumbre impaciente y los directivos cómodos. ¡Ya era hora de comenzar!  Ambos bandos aparecían caminando de repente ante el descontrol instantáneo de la muchedumbre que gritaba tan fuerte como se podía imaginar, el sonido de los gritos viajaba en el viento y repercutía en los pueblos vecinos que podían mantenerse informados acerca del rumbo de la competencia escuchando los rugidos de la multitud. Los dos bandos de héroes se formaban esperando que comience el himno de aquel extraño mundo eternamente soleado. Las emociones eran muy fuertes, los héroes sentían en el pecho una revolución increíble, un revuelo de sentimientos imposible de explicar con palabras, un nerviosismo traicionero y un miedo a la derrota que solo pueden entender los que ganan. Eran minutos muy tensos. Pronto, varios de ellos deberían abandonar su hermoso mundo para siempre.

La orden era dada y los héroes comenzaban la competencia, varios recuerdos aparecen en mí retina mientras escribo, épicas mañanas dónde yo también era el héroe pero en éste caso, la historia no cuenta mis hazañas sino el día decisivo de otros  que todavía permanecían en aquel mundo. La jornada se extendió lo habitual y el triunfo cayó sobre uno de los bandos, festejaron como era costumbre con sus hermosas mujeres, aquellos héroes que no poseían alguna antes de la competencia ya tenían designada la mujer que iba a compartir su gloria, su honor y su riqueza por el resto de los días en aquel mundo (algunas, luego de conocer a su héroe, se enamoraban y lo acompañaban incondicionalmente aunque tengan que abandonar el hermoso mundo soleado, pero no era lo más frecuente). Sin embargo, los héroes del bando perdedor no la pasaban tan bien, las mujeres que los seguían (salvo las que se enamoran como dije antes) intentaban seducir a un héroe ganador, nadie quiere a un perdedor a su lado, y el momento crucial no se hacía esperar demasiado, sin importar cuánto lleven siendo héroes, o la cantidad de competencias que hayan ganado, o lo grandioso de su talento, el líder de su bando (el hombre experimentado que daba las órdenes) elige quién va a seguir formando parte de ése bando y quién no.  Con la frialdad que requiere semejante momento, el líder, comenzaba a decir una lista de nombres, sin mover siquiera una pestaña, sin mostrar un dejo de sensibilidad, sin importarle demasiado el futuro de cada nombre que decía, la lista se extendía en su boca hasta que corona con la frase “éstos son los héroes que van a dejar de estar con nosotros, les deseo la mejor suerte” y se retiraba sin más.

Los héroes que continúan en el bando no se sentían demasiado conmovidos, entendían que así eran las reglas y seguían con su rutina habitual hasta que la próxima competencia les de la revancha que necesitaban. Los abatidos, en cambio, se destrozaban, no soportaban la idea de no ser lo suficientemente bueno para poder ser un gran héroe, ése que soñaban desde chico, ése que todas las mujeres quisieran tener a su lado, el fracaso golpeó sus puertas y ellos no pudieron evitar que entre. De no mostrarse apto para incorporarse a un bando rápidamente deberán abandonar el mundo eternamente soleado, la competencia, la sensación que ésta generaba, las mujeres hermosas, el dinero indiscriminado, el reconocimiento. Otro mundo, en el que yo ahora vivo, los esperaba.

El viaje entre el mundo de los héroes y éste es, por demás, horrible. Acá existen otras realidades, los días no siempre son soleados, aparecen tormentas que duran varias jornadas, las mujeres no son todas hermosas pero sus cerebros son deliciosos, el sufrimiento y el cansancio son platos diarios, la vida no se basa en competencias sino en sacrificios eternos que no hacen más que llenar de dolor los cuerpos agotados comandados por mentes destruidas de pobres personas. Pero a veces sale el sol y es tanto o más hermoso que en aquel extraño mundo. Los hombres y las mujeres suelen ilusionarse con amores que terminan lastimando tanto que la pena parece destruir el mundo que, en algún momento y sin razón, se vuelve a construir y también a creer en la esperanza. Pero la transición es letal y no todos sobreviven.

Recuerdo el día en que decidí dejar aquel mundo definitivamente. Mis sentimientos arrastraban una pena enorme, mi alma no encontraba paz, mi talento de héroe parecía desperdiciado, todo aquello que la mayoría deseaba yo lo tenía pero no me interesaba tenerlo, era como un rey que desprecia su corona y se levanta todas las mañanas para sacar a pastar el ganado de algún patrón. Algunas de las personas que compartían mi mundo insistían con que no lo deje, con el futuro próspero que me esperaba, un futuro con todos los lujos, lleno de gloria que inflaría mi pecho hasta el punto de explotar… Era una mañana soleada, la brisa era leve y fresca, placentera. Como todos los días me dirigí al campo, miré a mi alrededor y no entendí qué hacía parado ahí, los demás héroes reían de felicidad, ellos estaban completos, pertenecían al mundo que soñaban, yo no encontraba rumbo ni tranquilidad, miré hacia el sol y pensé… “tal vez hoy tenga suerte y encuentre la manera de morir”.


 

El bosque de los recuerdos


        Viajo hacia la desdicha, un conjunto de sentimientos hieren de muerte mi tranquilidad. El final de una historia siempre trae un manto de oscuridad que acompaña un frío cruel y distante, nunca más te veré, nunca más sentiré el calor que inundaba mis inviernos como una ola cargada de energía. Los pensamientos, suposiciones y preguntas sin respuesta fluyen por mi cabeza como el cauce de un río revuelto, puedo ver a los pescadores, como aves de carroña, esperando su ganancia.
     Viajo por arriba de una gran autopista, las luces amarillas y rojas de los autos atornillados son un esplendido espectáculo para mirar pero no para protagonizar, como aquellas grandes tragedias griegas. Tus palabras rebotan de un lado a otro en este río revuelto. Grandes frases llenas de sentimientos se pierden entre el viento de la misma manera que se apaga una vida, sin sentido ni vuelta atrás… promesas inconclusas, miles de promesas que te hice y no cumplí, mentiras inconscientes que desfilan entre las pobres miradas que mantuvimos.
        Sequedad, distancia y agonía mueven el agua de éste río, un río por el que navegaste a gusto y placer, un río que recorriste sin pensar en anclar, el mismo que un día te sorprendió con la orilla y no pudiste navegar… lejos de entender la física, te bajaste y por la playa te echaste a correr, te perdiste dentro de los bosques de mis recuerdos. Cada uno es un árbol, algunos los plantaste otros los talaste, algunos sobrevivieron a tu huracán otros resurgieron. El olvido cae, cada tanto, como la lluvia arrancando los árboles más débiles. Ayer plantabas recuerdos hoy estás perdida en medio del bosque de los recuerdos, sin plantar nuevos y sin protección para los que abandonaste.