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           La esperaba aterrorizado, un latido fuerte y constante retumbaba en mi pecho dañando a cada golpe mi cerebro, el culpable de mis penas, de mi infierno. Aterrorizado, invadido de miedo. Un miedo que desearía extirpar del mundo. El futuro en soledad me llena de dudas, de incógnitas e incertidumbres, momentos que quedan en el pasado como parte de algo obsoleto e intangible que solo existe para molestar. Dejarla ir, ver cómo se escapa de mis manos como el agua, escurridiza y segura, sin remedio aparente. Remedio, palabra mal utilizada, no existe enfermedad en lo que siento por ende no hay remedio. Debería ser fácil aceptarlo, el desamor es un proceso tan natural como la muerte pero, así como ella, trae un manto de dolor por momentos insostenible.
Sus ojos brillaban llenos de temor pero, como siempre, su seguridad fue superior a cualquier duda que se cruce por sus pensamientos. No reparó un segundo en la posibilidad de recapacitar, agarró sus cosas y salió por la puerta, como un viento feroz y constante, fuerte y decidido. Esa misma puerta que la vio entrar, hace tanto tiempo, llena de ilusiones, miedos y esperanzas, la vio salir sin ningún dejo de sensibilidad.
Sus ojos brillaban, se debatían entre la tristeza enorme de partir y la alegría contradictoria de verme parado delante de ella, intentó acercarse, pero no pude permitirlo. Un abrazo cargado de finales, el calor de la cama o el frío de la soledad, el peligro de volver o la seguridad de la distancia. La imagen se llenó de grises como si fuera la parodia de lo que fue un cuadro lleno de colores pintado por su risa, hoy recreado por su desamor.
Salió caminando, hermosa, dejando a cada paso un eco de belleza que siempre me seducirá, incluso en los momentos en que no quiera que suceda. Segura y firme, nuevamente, como todos los pasos que da. El pelo recogido sobre su cabeza, dejando a entrever una sensualidad inmensamente excitante, la miré y la vi hermosa, más hermosa que la última vez, como si algo en mi vista hubiera cambiado, como si mis ojos no serían los mismos que hace pocos días la dejaron partir llenos de rechazo, mucho más hermosa que las incontables oportunidades en que la vi desnuda. Algo en mi visión cambió, o tal vez por saber que ya no me pertenece, nunca me perteneció, siempre fue una estrella cargada de libertad pero yo volaba a su lado.
Desafortunadamente la vi partir, más hermosa y más extraña que la primera vez que la vi.


 

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