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          Otro día que comienza enredado en la odiosa vida moderna, tan veloz como cansino, tan superficial como profundamente doloroso. El sol se posa en el cielo iluminando tímidamente la cuidad que despierta hundida en  la rutina. Camino luchando contra la ansiedad, esa ansiedad que me obliga a acelerar el paso pero soy consciente de su actuar e intento, casi en vano, disminuir el ritmo. Llevado por mi andar me encuentro con caras que a medida que avanzo me alarman, ya no hay alegría, no hay esperanza… Las caras caminan como si no pensaran en nada, solo caminan transitando la vida por el sendero que hay que circular, el que está marcado en el piso, con sus límites y carteles, con su velocidad máxima y sus reglas, solo caminan. Reparo en la posibilidad de que esas caras alcancen algún día la felicidad pero me entristezco al caer en la cuenta de lo utópico que es mi pensar.

Continuo, ya vencido por la ansiedad, a un ritmo elevado, tremendamente exagerado pero sigo reparando en las caras, algunas me miran sorprendidas, examinándome por demás, con asombro, haciéndome notar lo que piensan, no me gusta, me incomoda, pero esas caras están vacías. El tiempo avanza feroz, incontrolable, cada instante siento que es perdido, la cuidad lleva un vértigo enorme. Ya se encuentra sumida en el caos.

Camino más rápido, la ansiedad ya domina la totalidad de mis movimientos pero tengo consciencia para seguir observando las caras que me cruzo. Algunas desgarran dolor, pienso en sus vidas, imagino sus vidas sin alegrías, abandonadas a la desgracia, a obedecer, a trabajar sin cesar con el único consuelo de ver sonreír a un hijo que solo recordará de su padre lo mucho que estuvo fuera para que no le faltase nada, pero no recordará nada más. Tal vez ni siquiera la cara de desgracia que él poseía, mucho menos un momento compartido o la misma felicidad. Solo volará en su memoria el ruido de la puerta al abrirse en la noche mientras el olor a la comida de su madre viajaba por el aire. Su padre atravesaba el umbral arrastrando los pies, sin fuerzas para caminar  y mucho menos para reírse. El frío se estrellaba contra las ventanas herméticamente cerradas que transpiraban por el esfuerzo que generaba tal resistencia, adentro, un calor acogedor… Nunca podrá olvidar ese olor que se metía por su nariz hasta generarle un cosquilleo único en su estómago, y la cara de su padre, desdichado, arruinado, sin fuerzas para sentarse y hablar y reír y correr. Con el único consuelo de tener una familia. Pero nada ha de faltarte, repetía el padre durante la cena mientras se quedaba con hambre por darle de su plato a ese chiquitin sonriente que alguna vez nació de él.

El tiempo avanza, debo apurarme, me atormenta el reloj, cada segundo es un instante menos de vida, un momento menos por disfrutar, siguen apareciendo caras como por arte de magia a mi alrededor, entre tanta desdicha me parece ver una que sonríe pero al enfocar mi vista desaparece como el humo, corro la vista y la vuelvo de golpe, para sorprender a esa cara feliz pero no ya no la veo, repito la acción, debo encontrarla, al fin puedo ver una risa entre tanta tristeza, pero ya se fue, solo duró un instante y el tiempo avanza, continuo caminando. El recuerdo de esa risa vivirá por mucho tiempo en mí, en mi cabeza, en mis pensamientos, pero debo continuar, no hay tiempo de lamentarse, el tiempo que pierdo entre lamentos es tiempo que no voy a recuperar, continuo caminando. Algo nuevo apareció en mí, tal vez se trate de esperanza, quizá se pueda sonreír pero siguen apareciendo caras, ahora lento en medio del frenesí de mi caminata ansiosa, yo voy rápido pero ellas aparecen lento como intentando que las observe detenidamente. Todas tienen muecas de dolor, una mirada desgarradora, perdida, sin fe, sin esperanza solo triste y solitaria, nuevamente corro la vista por un instante y vuelvo a mirar bruscamente esperando que ya no estén pero, a diferencia de la cara sonriente, están ahí, inamovibles, sin intención de salir de mi vista, me persiguen, me atacan, contentas de perturbarme. Comienzo a correr para intentar escapar pero ellas siguen a mi lado sin hacer ningún esfuerzo, solo están ahí, desgarrándose entre el dolor pero en el medio de la multitud de caras tristes puedo ver una que sonríe. Intento dirigirme hacía ella pero los llantos son muy fuertes y no me dejan avanzar, la risa maliciosa se hace más fuerte y la cara crece de tamaño, ahora es enorme y fuerte pero su risa no es de felicidad, no tiene alegría, es una risa malvada que disfruta de mi desgracia, en el instante me doy cuenta de que la risa puede ser tan maligna como el dolor dependiendo de las intenciones.

Ya nada era como al principio, la cuidad desapareció, el sol seguía en lo alto pero no iluminaba, las caras eran anormales, diabólicas y las calles chorreaban miedo.

Cierro los ojos con fuerza, con una fuerza que intenté sacar de mi pecho pero no encontré rápidamente, los mantengo cerrados por un instante, al abrirlos noto el sol brillar en mi ojos, la calle, la cuidad, los colectivos, el ruido, el asfalto, hasta las caras son como recordaba, tristes y sin esperanza pero inocentes y sin maldad. El movimiento del mundo era el que añoraba. Cientos de personas caminan  apuradas, enloquecidas por el tiempo que presiona con una puntualidad excesiva. Cada día busco esa cara, cada calle que camino, en cada cuerpo que miro, en cada mujer que cruzo, en cada paloma, en cada esquina, en cada plaza, en cada tren imagino esa cara, esa que un día me llenó de risa, que tal vez no vaya a ver nunca más, la busco, la imagino entre las caras tristes, salgo a caminar, a buscarla, a ver si aparece, corriendo el riesgo de encontrarme con esa cara siendo una más de las que perdieron la sonrisa.


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