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Historia de un auto silencioso


           Viajaba en silencio entre gente que había sido mi amiga. Atrás quedaron los tiempos en los que nos unía esa inexplicable mezcla de sentimientos que algunos llaman amistad. Los sentía lejanos, como si todo aquel pasado nunca hubiese existido, como si aquellas noches de sueños se cargaran de un enorme vacío, como si nunca hubiéramos reído y sufrido juntos. Buscaba en mi mente la manera de decir algo que corte el silencio y sobre todo la tensión, pero no encontraba lo adecuado. En el último tiempo la decisión de hablar solamente para decir algo inteligente me tenía atado, odiaba esos momentos en los que tras decir algo caía en la cuenta de cuán estúpidas sonaban esas palabras juntas. Ese horrible objetivo me dominaba.
El país se agitaba debido a la puja de dos empresarios, millonarios, mentirosos y corruptos por el poder total, por el sillón que llevaba el nombre de un mal presidente, por la historia de una patria que vio morir en otra tierra a su máximo orgullo, que vio cómo uno de sus máximos pensadores moría entregándole a un médico su último reloj para ser atendido. Un país que vio cómo el redactor de una constitución igualitaria y rechazada, moría envenenado y envuelto en una bandera inglesa. Aquellos dos empresarios querían ser parte de esa historia.
La gente que había sido mi amiga y yo, viajábamos en el mismo auto silencioso. En los antiguos tiempos los viajes estaban llenos de música, música que nos unía que no hacia falta elegir porque confiábamos en la elección del otro, porque caminábamos llenos de admiración, porque simplemente queríamos compartir nuestros sueños. Sin embargo, el auto que trae a colación mi relato, se encontraba en un profundo silencio, la música estaba callada porque nuestros gustos habían cambiado. Nuestros sueños, la mayoría cumplidos, no eran más que recuerdos y medallas individuales transformadas en realidad, aunque soñábamos con la unidad. Yo, no corrí la vista de la ventana. Estaba absorto en el paisaje, en realidad, eso parecía porque mi mente pensaba en cómo los sentimientos se pueden transformar tan fácil, en cómo alguien que fue parte de tu vida pasa a ser parte de tu muerte. No quería ver sus caras, mucho más viejas y cansadas, no quería vernos transformados en hombres cuando fuimos chicos. De repente el auto se detuvo en el destino. Giré la cabeza y los miré a los ojos, la sorpresa se adueñó de mi cara mostrando un gesto que la evidenciaba; no encontré hombres, lejos de éso, encontré chicos que tardaron un buen tiempo en realizar sus sueños.


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Caras


          Otro día que comienza enredado en la odiosa vida moderna, tan veloz como cansino, tan superficial como profundamente doloroso. El sol se posa en el cielo iluminando tímidamente la cuidad que despierta hundida en  la rutina. Camino luchando contra la ansiedad, esa ansiedad que me obliga a acelerar el paso pero soy consciente de su actuar e intento, casi en vano, disminuir el ritmo. Llevado por mi andar me encuentro con caras que a medida que avanzo me alarman, ya no hay alegría, no hay esperanza… Las caras caminan como si no pensaran en nada, solo caminan transitando la vida por el sendero que hay que circular, el que está marcado en el piso, con sus límites y carteles, con su velocidad máxima y sus reglas, solo caminan. Reparo en la posibilidad de que esas caras alcancen algún día la felicidad pero me entristezco al caer en la cuenta de lo utópico que es mi pensar.

Continuo, ya vencido por la ansiedad, a un ritmo elevado, tremendamente exagerado pero sigo reparando en las caras, algunas me miran sorprendidas, examinándome por demás, con asombro, haciéndome notar lo que piensan, no me gusta, me incomoda, pero esas caras están vacías. El tiempo avanza feroz, incontrolable, cada instante siento que es perdido, la cuidad lleva un vértigo enorme. Ya se encuentra sumida en el caos.

Camino más rápido, la ansiedad ya domina la totalidad de mis movimientos pero tengo consciencia para seguir observando las caras que me cruzo. Algunas desgarran dolor, pienso en sus vidas, imagino sus vidas sin alegrías, abandonadas a la desgracia, a obedecer, a trabajar sin cesar con el único consuelo de ver sonreír a un hijo que solo recordará de su padre lo mucho que estuvo fuera para que no le faltase nada, pero no recordará nada más. Tal vez ni siquiera la cara de desgracia que él poseía, mucho menos un momento compartido o la misma felicidad. Solo volará en su memoria el ruido de la puerta al abrirse en la noche mientras el olor a la comida de su madre viajaba por el aire. Su padre atravesaba el umbral arrastrando los pies, sin fuerzas para caminar  y mucho menos para reírse. El frío se estrellaba contra las ventanas herméticamente cerradas que transpiraban por el esfuerzo que generaba tal resistencia, adentro, un calor acogedor… Nunca podrá olvidar ese olor que se metía por su nariz hasta generarle un cosquilleo único en su estómago, y la cara de su padre, desdichado, arruinado, sin fuerzas para sentarse y hablar y reír y correr. Con el único consuelo de tener una familia. Pero nada ha de faltarte, repetía el padre durante la cena mientras se quedaba con hambre por darle de su plato a ese chiquitin sonriente que alguna vez nació de él.

El tiempo avanza, debo apurarme, me atormenta el reloj, cada segundo es un instante menos de vida, un momento menos por disfrutar, siguen apareciendo caras como por arte de magia a mi alrededor, entre tanta desdicha me parece ver una que sonríe pero al enfocar mi vista desaparece como el humo, corro la vista y la vuelvo de golpe, para sorprender a esa cara feliz pero no ya no la veo, repito la acción, debo encontrarla, al fin puedo ver una risa entre tanta tristeza, pero ya se fue, solo duró un instante y el tiempo avanza, continuo caminando. El recuerdo de esa risa vivirá por mucho tiempo en mí, en mi cabeza, en mis pensamientos, pero debo continuar, no hay tiempo de lamentarse, el tiempo que pierdo entre lamentos es tiempo que no voy a recuperar, continuo caminando. Algo nuevo apareció en mí, tal vez se trate de esperanza, quizá se pueda sonreír pero siguen apareciendo caras, ahora lento en medio del frenesí de mi caminata ansiosa, yo voy rápido pero ellas aparecen lento como intentando que las observe detenidamente. Todas tienen muecas de dolor, una mirada desgarradora, perdida, sin fe, sin esperanza solo triste y solitaria, nuevamente corro la vista por un instante y vuelvo a mirar bruscamente esperando que ya no estén pero, a diferencia de la cara sonriente, están ahí, inamovibles, sin intención de salir de mi vista, me persiguen, me atacan, contentas de perturbarme. Comienzo a correr para intentar escapar pero ellas siguen a mi lado sin hacer ningún esfuerzo, solo están ahí, desgarrándose entre el dolor pero en el medio de la multitud de caras tristes puedo ver una que sonríe. Intento dirigirme hacía ella pero los llantos son muy fuertes y no me dejan avanzar, la risa maliciosa se hace más fuerte y la cara crece de tamaño, ahora es enorme y fuerte pero su risa no es de felicidad, no tiene alegría, es una risa malvada que disfruta de mi desgracia, en el instante me doy cuenta de que la risa puede ser tan maligna como el dolor dependiendo de las intenciones.

Ya nada era como al principio, la cuidad desapareció, el sol seguía en lo alto pero no iluminaba, las caras eran anormales, diabólicas y las calles chorreaban miedo.

Cierro los ojos con fuerza, con una fuerza que intenté sacar de mi pecho pero no encontré rápidamente, los mantengo cerrados por un instante, al abrirlos noto el sol brillar en mi ojos, la calle, la cuidad, los colectivos, el ruido, el asfalto, hasta las caras son como recordaba, tristes y sin esperanza pero inocentes y sin maldad. El movimiento del mundo era el que añoraba. Cientos de personas caminan  apuradas, enloquecidas por el tiempo que presiona con una puntualidad excesiva. Cada día busco esa cara, cada calle que camino, en cada cuerpo que miro, en cada mujer que cruzo, en cada paloma, en cada esquina, en cada plaza, en cada tren imagino esa cara, esa que un día me llenó de risa, que tal vez no vaya a ver nunca más, la busco, la imagino entre las caras tristes, salgo a caminar, a buscarla, a ver si aparece, corriendo el riesgo de encontrarme con esa cara siendo una más de las que perdieron la sonrisa.


La última carta del viejo misterioso


 

             Apoyo la pluma y sigo escribiendo, ya perdí la cuenta de las palabras que he inventado sobre un papel al cabo de toda mi vida, soy un anciano y acá me encuentran, resignado, dolorido y esperando a la muerte. Cada noche me acuesto pensando que podría ser la última pero el sol me despierta cada mañana, una larga vida deja un cansancio crónico en los huesos. Aquel cuerpo vigoroso y atlético sólo es un recuerdo vago en mí mente, los compañeros que han visto mis hazañas ya siguieron el camino de la parca, así también las mujeres que amé, como mis padres y hasta mi único enemigo. Recuerdo con nostalgia los días en que competía con mi enemigo público, sin decirnos nada, sin nunca declararnos la guerra, sabíamos que luchábamos ferozmente, simplemente porque la naturaleza así lo deseó, como animales llenos de instinto asesino, al mirarnos a los ojos nuestros cuerpos sentían una excitación enorme, provocativa y alucinante… pero sonreíamos y disfrutábamos de la enemistad, extraño tanto aquella época…. en aquel momento odiaba vivir, odiaba ser uno más de un mundo que se caracterizaba por no comprender a sus habitantes, luchaba contra mi enemigo y amaba a las mujeres que me lo permitían hacerlo, sus cuerpos me llenaban de una excitación diferente y sumamente placentera. Hoy me encuentro acá tirado sobre un colchón, con el dolor reinando mi alma, mis rodillas inmóviles, mis tobillos cansados, mi cabeza rendida por una batalla que claramente perdió con mí consciencia, acá estoy, muriendo en una cama, sólo, sin que nadie me tienda la mano o me vaya a recordar, el mundo rápidamente olvidará que acá existió alguien que peleó contra sí mismo, pero acá estoy, muriendo y convencido que, para mí, la vida fue una incógnita constante, una búsqueda insaciable de respuestas que todavía hoy no puedo saciar, una pregunta me rebota en mi mente y la llevo preparada para dispararsela a quién sea que me reciba ¿qué es el amor?.


Nostalgia


            Nostalgia que habita en la noche, entre la tormenta y la desdicha. Nostalgia de un mundo olvidado y enterrado entre recuerdos de modernidad. Nostalgia que habita en la oscuridad de un alma sin carteles que le indiquen por dónde agarrar. El mundo sigue herido pero no llega a desangrar.

Nostalgia de ése mundo que no llegué a conocer pero puedo recordar muy bien. El olor a alegría transitaba las calles, la imaginación gobernaba el reino de los sentimientos, la pasión, las ideas y la lucha por vivir mejor hacían olvidar lo mal que se vivía. La incertidumbre generaba grandes inventos y los diarios nacían por doquier entre discusiones de café. Los murmullos en un barco se transformaban en un grito de libertad. Los cuentos iban de boca en boca, la palabra pesaba tanto como el plomo y viajaba ligera como una hoja sentada sobre una brisa otoñal. Las mujeres sonreían tímidas ante la mirada de un varón que, provocador, jugaba a ser el ganador.

Nostalgia de la noche que caminaba lenta y tranquila sin temer, noches en las que la música se metía en cada rincón. Bailes y ritos entre un ambiente malhechor. Peleas leales como los caballeros y traicioneras como las emboscadas pero siempre por una mujer.

Nostalgia de ese mundo que no conocí, aquel donde la soledad realmente era un mal, donde la pena deshacía almas fuertes como el hueso y donde la esperanza se colaba entre las voces del murmullo que pedía libertad. Aquellas mujeres que resignaron el amor por dejar partir a  aquellos hombres que sucumbieron de pie por un ideal, por un futuro, por un triunfo, por los demás, brindando su sufrimiento por la igualdad.

Ahogado en este mundo que no me da oportunidad, que no me deja saltar, que destruyó las ilusiones, que terminó con la imaginación y con el tiempo para soñar porque pronto hay que despertar. Ya no hay lugar para extrañar y una cara es difícil de olvidar, no se disfruta de la soledad porque siempre hay una manera de hablar. Ahogado, sin aire, sin respirar, viviendo hundido en la nostalgia de no poder volver atrás.

Nostalgia fue la última palabra que usó para resumir una historia de amor, de risas, de llantos y compasión. Nostalgia entre sonidos que viajan por el tiempo, renacen una y otra vez como si fuera la primera vez, voces que se mantienen vivas pese a la muerte de su mentor. Nostalgia me trae el viento y el recuerdo de su cuerpo y el frío que en las últimas noches me dejó sin alguna aparente razón. Nostalgia, maldita nostalgia, palabra que usó en su último adiós, muy grande para resumir pero muy chica para referirse a un desamor.

Nostalgia que trae soledad, que trae promesas inconclusas. Crueles respuestas tengo a menudo, no comprendo el por qué, no puedo explicarlo, no puedo estar seguro de dónde nace mi maldad que se junta durante el día y explota como el más traicionero volcán, de repente, sin avisar. Toda mi impotencia a merced de mi maligno cerebro que escupe infelices palabras tan filosas como punzantes. Ambiguas, como mi alma, como mi ser, como mis pensamientos. El veneno que sale de mi boca es el antídoto que entra en mi alma, en mi corazón que se descontrola con la facilidad más grande que he podido ver… Ambigua la nostalgia, que me muestra un mundo que nunca conocí y me lleva a un recuerdo que nunca olvidé.


 

Conversaciones con mis demonios (Fragmento)


             No entendía muy bien qué hacía ahí. Mucho menos cómo había llegado. Caminando solitariamente las calles de mi nuevo lugar, mi nuevo barrio. Atacado por una sensación de peligrosidad que me seducía, una tranquilidad inquietante y una oscuridad traicionera.

Me encontraba sentado en un salón no muy grande, unas paredes que supieron ser blancas delataban el paso del tiempo, un grupo de gente a la que no conocía formaba un círculo que permitía que todos nos podamos ver las caras. No entendía el motivo de mi presencia pero sabía que algo bueno iba a pasar. El silencio entre tanta gente hacía los segundos interminables, la presencia de alguien al lado ya genera en el aire una sensación rara. Arriba de mi cabeza, un tubo de luz que iluminaba con un haz blanco poco ameno que zumbaba incansablemente, un chillido digno de generar locura, tan constante como la gota de la canilla mal cerrada o como el vuelo de un mosquito en plena noche, ciertamente insoportable. Penetraba en mí desde arriba sin ninguna piedad como si el mismísimo Satanás lo hubiera enviado. Mis ojos rebotaban por todos los rostros que formaban el círculo, intenté observar cada detalle, cada señal que esos rostros podían hacer con discreción. Distintas personalidades comenzaban a mostrarse, distintos personajes de una historia que ya se mezclaba entre la tragedia y la comedía. El silencio quebrado por el tubo chillón me comenzaba a desesperar, me crucé de piernas muchas veces, busqué la posición en la silla, estiré mis brazos, retorcí mi espalda y hasta arremangué mi buzo pero la comodidad no apareció. Comencé a barajar la posibilidad de levantarme, afrontar todas las miradas inquisidoras y salir. En definitiva no entendía qué hacía ahí. Lo pensé y no me animé, lo volví a pensar y, por supuesto, no me animé, volví a hacerlo, ésa vez con mayor determinación pero cuando parecía que me iba a levantar, fingí que me estaba acomodando, era muy grande la fuerza que se necesitaba para vencer semejante resistencia, semejante temor a esas miradas. Por lo menos en ése momento me había olvidado del zumbido satánico del tubo, pero ya estaba de nuevo presente al darme cuenta que lo había olvidado.

De repente, entre el silencio y la horrible luz blanca del tubo, apareció un hombre mayor, caminando lento pero seguro, paciente y constante, todos giraron sus ojos para observarlo, todos sabíamos que era el hombre que estábamos esperando, su silla estaba vacía justo enfrente de la mía, en el otro extremo del círculo. A mi izquierda, justo a mí lado, había otro hombre al que le faltaba pelo y tenía una sonrisa envidiable como si nada en ésta miserable vida lo inquietara, lo envidié profundamente y pensé que seguramente vivía sin ninguna preocupación, sin que el existencialismo sin sentido le habite el alma, sin ese dolor constante en el pecho  que ni siquiera tiene la valentía de decir su procedencia, sin el malestar crónico con el mundo, solo sonreía convencido de que la noche era la antesala de otro día y no el final de uno que se iba.

El hombre que entraba atravesando la luz, saludó con una voz firme y se sentó en la silla que estaba vacía en el otro extremo del circulo. El silencio no se cortó de inmediato, hubo unos instantes en los que el hombre observó uno por uno a todos los miembros del círculo, sin ninguna prudencia posó sus ojos en los demás, analizando, buscando algún detalle que evidencie un rastro de personalidad. Llegó el turno de observarme, comencé sentir a como el pulso se aceleraba a medida que él posaba sus ojos en mí, de arriba hacia abajo varias veces me recorrió, intenté esconder con esfuerzo mí sarcasmo y mi desprecio pero creo que al desear tanto esconderlos los dejé en evidencia, por un momento deseé que descubra algo distinto, algo que me aleje de la vulgaridad del círculo, algo que me diferencie notoriamente de la media pero seguramente me miró como uno más, por lo menos su cara no mostró nada que diga lo contrario. Siguió observando a los demás, yo, mientras tanto, no dejé de mirarlo.

Al terminar su examen se concentró en la nada, mantuvo sus ojos perdidos en el piso, un piso de azulejos marrones que no merecían ni siquiera una mención, pero él los observó durante varios minutos, como perdido, como pensando, como procesando toda la información que acababa de ingerir hasta que, finalmente, habló. Comenzó a explicar el motivo por el cual estábamos presentes, aunque no entendí bien. Sus palabras sonaban como música funcional en mi cerebro, solo adornaban la imagen, mi cabeza fantaseaba con la idea de levantarme bruscamente, agarrar la silla sobre la que estaba sentado y romper el tubo chillón de un golpe, de un golpe certero y mortal, era lo único que me inquietaba pero nuevamente no podía vencer esa resistencia que existía entre los pensamientos y las acciones. El hombre, al que ya mis compañeros del círculo llamaban maestro, hablaba con un ritmo muy similar a su caminar, lento pero seguro, cansino pero constante y, sobre todo, interesante. Sus palabras se iban encadenando con una magia poco usual, todo parecía tener sentido y hasta dude en que sea un discurso memorizado aunque de serlo hubiera formado parte de una gran actuación porque en todo momento pareció una improvisación. “Debemos vivir de una manera diferente, debemos valorar el  juego, debemos jugar. No hay nada mejor que un adulto que juega, no hay magia más hermosa que la del juego. Jugar a ser otro, a meterse en la piel de otro, de ese que nos gustaría ser o, por qué no, de ése que detestamos tanto que solo deseamos estar en su pellejo para conducirlo a una muerte horrible. Jugando, jugando, es como debemos vivir”. Gesticulaba y tenía pausas eternas en las que pensaba cómo continuar su discurso, todos sabíamos que esas pausas eran para acomodar el libreto pero no nos importaba, solo lo dejábamos hablar. Había una mujer ubicada a quince minutos de mí en el círculo, que con su mirada desechababa su pensamiento, deseaba fervientemente acostarse con el maestro, con ése hombre culto, tan sabio, tan filósofo, tan existencial que dudaba de su existencia. Podía ver su fantasía como si fuera mía, por unos momentos, sin sacarle la mirada de encima, la imaginé en una cama, desnuda en posición fetal escuchando al maestro que le explicaba la técnica ideal para la confección de un personaje, poco le importaba a ella lo que él le explicaba, hasta incluso también le importaba poco el desempeño sexual que acaba de tener el maestro, solo le encantaba estar desnuda a su lado escuchándolo hablar sobre cualquier cosa, mirándolo con los ojos empapados de admiración. Volví a la realidad con el zumbido criminal del tubo que retumbaba por mí cabeza. Seguía sin entender el por qué de mi presencia en ése lugar.

De repente, sin que yo escuche demasiado de lo que el maestro contaba se dio por finalizada la reunión, o eso creí que fue. Me levante y me fui con apuro, ya no quería estar ahí. Me volví a meter entre la oscuridad de mi nuevo barrio, pero salí diferente, ya no sentí el peligro rondar. Caminé liberado, caminé distinto. Por primera vez, el dolor crónico no estaba en mí pecho, no se encontraba con su mejor aliada, esa angustia que habitaba en mí desde que tengo el primer recuerdo, esa angustia de la cual no conozco la procedencia. Me encontraba solo en el medio de la calle, el viento cada tanto pasaba y se hacía sentir. La busqué entre la oscuridad, en cada cuerpo que se aparecía en mi camino le dibuje su cara pero era diferente, ya no me lamentaba de la soledad sino que la disfrutaba, ya no tenía miedo a morir solo, sin nadie que me llore ni nadie que me recuerde. No sabía dónde había estado ni cómo había ido. No entendía quién era ese maestro idealista y despreciado pero algo era diferente. Comencé a dudar de lo que sucedía, como si se tratase de una ilusión o un montaje de mi imaginación que a menudo suele hacerme esas cosas, pero parecía muy real. De repente caí en la cuenta de que ése círculo era mi cabeza, que todas esas personas que se sentaban alrededor no eran más que los demonios que habitaban en mí, que el gran maestro no era más que mi propia imagen, una imagen que fue esculpida por mi propia mente, una mente de la que reniego pero que admiro, un demonio que no es más que el inquilino principal de mi cuerpo.


Fantaseando con la muerte


           ¿Nunca fantaseaste con matar a alguien? Simplemente agarrar un cuchillo o un destornillador o, por qué no, un arma… mirarlo a los ojos y notar su brillo lleno de miedo, de súplica, el terror arrodillado frente a mí mientras me excito con el poder de un Dios vibrando en mis venas. Lo he pensado mil veces, apretar fuerte su cuello hasta sentir como su aterrada alma sale por su boca fruto de un suspiro cargado de alivio. ¡Podría hacerlo sin reparos si fuera valiente! Es el momento indicado, pensé, estamos en guerra, en una guerra sin sentido, una guerra al fin, nadie notaría mí accionar, pasaría desapercibido en medio de tantos muertos. El, mí víctima, es el hombre que ha probado tu cuerpo, que ha sentido el calor que despide tu entrepierna, ésa en la que pienso cada mañana antes de levantarme, ésa que imagino cada noche mientras me hundo en el insomnio más profundo. Lo mataría realmente, disfrutaría al verlo temblar como la bandera que flamea sobre ésta base militar, puedo imaginar el terror en su cara al verme desquiciado riendo de los acontecimientos que mi mente vaticina, pero, sin embargo, soy cobarde y acá estoy, sufriendo a cada instante, recordando tu risa que vive en mí mente como el eco de mí esperanza entre las montañas de allá afuera que no hacen más que recordarme lo inmenso que es el poder de la naturaleza.

El hombre, por su lado, se cree tan importante que se adueña de la naturaleza y la comercializa, ¡pero cuidado! Ella es más poderosa y se resiste como puede ante los ataques feroces de los humanos que, como las hormigas, se valen de su cantidad para tener fuerzas dominantes. La naturaleza, sin embargo, es enormemente poderosa y lo demuestra para recordar que la batalla no está terminada, ruje el viento con fiereza, las aguas se vuelven violentas y revoltosas, el fuego se expande descontrolado y los hielos se derriten fácilmente. En un pasado ella dominaba sin problemas, el hombre temblaba horrorizado cuando la noche avanzaba sobre el sol, aliado de ambos lados.

Estamos a la espera del desenlace, se siente, se palpita, se acerca, pronto sabremos quién será el ganador, mi miedo nace en la certeza de que ambos son capaces de destruirse con tal de no perder la batalla. Más allá de todo esto, te juro que lo mataría, intentaría hacerlo lentamente mientras recuerdo cuán hermosas eran tus piernas.


 

La Historia de “El Toro”, “El gordo” y un viejo misterioso


 

Este relato fue publicado por la Editorial Dunken en el libro “Entre lunas y soles” (2015).

 

 


         Seguro que viene a escuchar la historia que todos quieren escuchar. Esa que me hizo famoso y recorrió las calles de la ciudad con la misma velocidad que tiene la peste. Aquella que me dio reputación entre las mujeres, que susurraban comentarios cuando me veían pasar. Lamento decirle que usted no está de suerte, ésa historia ya no genera nada en mí y preferiría no contarla más. Acá me ve, anciano, sin sueños, sin alegrías, lleno de melancolía, pero sobre todo, sin ganas de vivir. Pareciera que aquella historia es todo lo que queda de este pobre hombre… En ocasiones, cuando tengo algo de fuerzas, salgo a caminar por la ciudad, ¡ay! ¡Pero como vuela el tiempo! La ciudad está transformada, se lo puedo asegurar, ya nada es igual… me acuerdo de memoria, todavía, cada detalle de mí barrio, podría enumerar (sin olvidarme de ninguno) los comercios que daban decoración a la avenida, ¡ay, querido! Cómo cambiaron las cosas… pero me estoy yendo por las ramas, usted venía para escuchar mi historia, aquella que me subió al pedestal, desde el cual miraba a mis compadres desde tan alto que me daba vértigo. Es una historia que podría haber inventado una noche de primavera con luna llena tranquilamente (a pesar de parecer sólo un recurso romántico, realmente así ocurrió), pero afortunadamente tengo testigos: “el toro” Arismendi, hijo del carnicero, una especie de príncipe vacuno, y “el gordo” Prapotti, simplemente un vagabundo. Gracias a ellos y sus ojos, sus oídos y su fe, me hice famoso en la ciudad y usted viene a escuchar mi historia. Tanto “el toro” como “el gordo” contaron la historia en innumerables oportunidades. Las versiones fueron siempre idénticas, con las mismas palabras y los mismos acentos. Le juro, compadre, que nunca nos pusimos de acuerdo, pero así salía, como si hubiese estado guionado… se me viene a la cabeza, fugazmente, una tarde en la que estábamos en la terraza del “toro” con dos señoritas que ansiaban escuchar nuestra fantástica aventura. Mientras “el toro” y yo nos repartíamos los párrafos; ellas miraban atentas con admiración, tenían delante de sus ojos a dos de los tres héroes más grandes de la aburrida ciudad… fue una tarde fantástica. Ésta historia que usted viene a escuchar, joven, ha sido el motivo de 4.369 visitas como las suyas (no se alarme pensando que estoy loco, pero las contabilizo con un mero fin estadístico), 10.587 notas en periódicos y hasta una por radio, es raro que usted asegure que nunca la escuchó… incluso, a medida que la historia viaja de boca en boca se va modificando, cada persona que la recibe y luego la cuenta le agrega una parte o le quita otra, los más arriesgados le agregan balas al relato, en cambio los más cobardes le agregan suspenso. He escuchado una vez que alguien le agregó amor, un ingrediente improvisado en semejante historia; seguramente aquel que le agregó amor era un iluso… por aquel momento las calles derrochaban violencia y miedo, de ahí nace la historia, querido… pero ya es tarde y no quiero contarla, la escuché tantas veces que preferiría callarla.