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             No entendía muy bien qué hacía ahí. Mucho menos cómo había llegado. Caminando solitariamente las calles de mi nuevo lugar, mi nuevo barrio. Atacado por una sensación de peligrosidad que me seducía, una tranquilidad inquietante y una oscuridad traicionera.

Me encontraba sentado en un salón no muy grande, unas paredes que supieron ser blancas delataban el paso del tiempo, un grupo de gente a la que no conocía formaba un círculo que permitía que todos nos podamos ver las caras. No entendía el motivo de mi presencia pero sabía que algo bueno iba a pasar. El silencio entre tanta gente hacía los segundos interminables, la presencia de alguien al lado ya genera en el aire una sensación rara. Arriba de mi cabeza, un tubo de luz que iluminaba con un haz blanco poco ameno que zumbaba incansablemente, un chillido digno de generar locura, tan constante como la gota de la canilla mal cerrada o como el vuelo de un mosquito en plena noche, ciertamente insoportable. Penetraba en mí desde arriba sin ninguna piedad como si el mismísimo Satanás lo hubiera enviado. Mis ojos rebotaban por todos los rostros que formaban el círculo, intenté observar cada detalle, cada señal que esos rostros podían hacer con discreción. Distintas personalidades comenzaban a mostrarse, distintos personajes de una historia que ya se mezclaba entre la tragedia y la comedía. El silencio quebrado por el tubo chillón me comenzaba a desesperar, me crucé de piernas muchas veces, busqué la posición en la silla, estiré mis brazos, retorcí mi espalda y hasta arremangué mi buzo pero la comodidad no apareció. Comencé a barajar la posibilidad de levantarme, afrontar todas las miradas inquisidoras y salir. En definitiva no entendía qué hacía ahí. Lo pensé y no me animé, lo volví a pensar y, por supuesto, no me animé, volví a hacerlo, ésa vez con mayor determinación pero cuando parecía que me iba a levantar, fingí que me estaba acomodando, era muy grande la fuerza que se necesitaba para vencer semejante resistencia, semejante temor a esas miradas. Por lo menos en ése momento me había olvidado del zumbido satánico del tubo, pero ya estaba de nuevo presente al darme cuenta que lo había olvidado.

De repente, entre el silencio y la horrible luz blanca del tubo, apareció un hombre mayor, caminando lento pero seguro, paciente y constante, todos giraron sus ojos para observarlo, todos sabíamos que era el hombre que estábamos esperando, su silla estaba vacía justo enfrente de la mía, en el otro extremo del círculo. A mi izquierda, justo a mí lado, había otro hombre al que le faltaba pelo y tenía una sonrisa envidiable como si nada en ésta miserable vida lo inquietara, lo envidié profundamente y pensé que seguramente vivía sin ninguna preocupación, sin que el existencialismo sin sentido le habite el alma, sin ese dolor constante en el pecho  que ni siquiera tiene la valentía de decir su procedencia, sin el malestar crónico con el mundo, solo sonreía convencido de que la noche era la antesala de otro día y no el final de uno que se iba.

El hombre que entraba atravesando la luz, saludó con una voz firme y se sentó en la silla que estaba vacía en el otro extremo del circulo. El silencio no se cortó de inmediato, hubo unos instantes en los que el hombre observó uno por uno a todos los miembros del círculo, sin ninguna prudencia posó sus ojos en los demás, analizando, buscando algún detalle que evidencie un rastro de personalidad. Llegó el turno de observarme, comencé sentir a como el pulso se aceleraba a medida que él posaba sus ojos en mí, de arriba hacia abajo varias veces me recorrió, intenté esconder con esfuerzo mí sarcasmo y mi desprecio pero creo que al desear tanto esconderlos los dejé en evidencia, por un momento deseé que descubra algo distinto, algo que me aleje de la vulgaridad del círculo, algo que me diferencie notoriamente de la media pero seguramente me miró como uno más, por lo menos su cara no mostró nada que diga lo contrario. Siguió observando a los demás, yo, mientras tanto, no dejé de mirarlo.

Al terminar su examen se concentró en la nada, mantuvo sus ojos perdidos en el piso, un piso de azulejos marrones que no merecían ni siquiera una mención, pero él los observó durante varios minutos, como perdido, como pensando, como procesando toda la información que acababa de ingerir hasta que, finalmente, habló. Comenzó a explicar el motivo por el cual estábamos presentes, aunque no entendí bien. Sus palabras sonaban como música funcional en mi cerebro, solo adornaban la imagen, mi cabeza fantaseaba con la idea de levantarme bruscamente, agarrar la silla sobre la que estaba sentado y romper el tubo chillón de un golpe, de un golpe certero y mortal, era lo único que me inquietaba pero nuevamente no podía vencer esa resistencia que existía entre los pensamientos y las acciones. El hombre, al que ya mis compañeros del círculo llamaban maestro, hablaba con un ritmo muy similar a su caminar, lento pero seguro, cansino pero constante y, sobre todo, interesante. Sus palabras se iban encadenando con una magia poco usual, todo parecía tener sentido y hasta dude en que sea un discurso memorizado aunque de serlo hubiera formado parte de una gran actuación porque en todo momento pareció una improvisación. “Debemos vivir de una manera diferente, debemos valorar el  juego, debemos jugar. No hay nada mejor que un adulto que juega, no hay magia más hermosa que la del juego. Jugar a ser otro, a meterse en la piel de otro, de ese que nos gustaría ser o, por qué no, de ése que detestamos tanto que solo deseamos estar en su pellejo para conducirlo a una muerte horrible. Jugando, jugando, es como debemos vivir”. Gesticulaba y tenía pausas eternas en las que pensaba cómo continuar su discurso, todos sabíamos que esas pausas eran para acomodar el libreto pero no nos importaba, solo lo dejábamos hablar. Había una mujer ubicada a quince minutos de mí en el círculo, que con su mirada desechababa su pensamiento, deseaba fervientemente acostarse con el maestro, con ése hombre culto, tan sabio, tan filósofo, tan existencial que dudaba de su existencia. Podía ver su fantasía como si fuera mía, por unos momentos, sin sacarle la mirada de encima, la imaginé en una cama, desnuda en posición fetal escuchando al maestro que le explicaba la técnica ideal para la confección de un personaje, poco le importaba a ella lo que él le explicaba, hasta incluso también le importaba poco el desempeño sexual que acaba de tener el maestro, solo le encantaba estar desnuda a su lado escuchándolo hablar sobre cualquier cosa, mirándolo con los ojos empapados de admiración. Volví a la realidad con el zumbido criminal del tubo que retumbaba por mí cabeza. Seguía sin entender el por qué de mi presencia en ése lugar.

De repente, sin que yo escuche demasiado de lo que el maestro contaba se dio por finalizada la reunión, o eso creí que fue. Me levante y me fui con apuro, ya no quería estar ahí. Me volví a meter entre la oscuridad de mi nuevo barrio, pero salí diferente, ya no sentí el peligro rondar. Caminé liberado, caminé distinto. Por primera vez, el dolor crónico no estaba en mí pecho, no se encontraba con su mejor aliada, esa angustia que habitaba en mí desde que tengo el primer recuerdo, esa angustia de la cual no conozco la procedencia. Me encontraba solo en el medio de la calle, el viento cada tanto pasaba y se hacía sentir. La busqué entre la oscuridad, en cada cuerpo que se aparecía en mi camino le dibuje su cara pero era diferente, ya no me lamentaba de la soledad sino que la disfrutaba, ya no tenía miedo a morir solo, sin nadie que me llore ni nadie que me recuerde. No sabía dónde había estado ni cómo había ido. No entendía quién era ese maestro idealista y despreciado pero algo era diferente. Comencé a dudar de lo que sucedía, como si se tratase de una ilusión o un montaje de mi imaginación que a menudo suele hacerme esas cosas, pero parecía muy real. De repente caí en la cuenta de que ése círculo era mi cabeza, que todas esas personas que se sentaban alrededor no eran más que los demonios que habitaban en mí, que el gran maestro no era más que mi propia imagen, una imagen que fue esculpida por mi propia mente, una mente de la que reniego pero que admiro, un demonio que no es más que el inquilino principal de mi cuerpo.


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