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         Vengo de un mundo al cual no pertenecí, lo intenté  pero no pude. Intenté entender sus reglas, formar parte, conocer sus habitantes, sus mañas y sus pasiones pero no pude hacerlo… Cada tanto (ya desde éste nuevo mundo) sueño con ser parte, con brillar bajo ese cielo eternamente soleado y escuchar el grito de una multitud corear mi nombre con una banalidad tan profunda que llena el alma.

Tuve la oportunidad de ser reconocido, de poder desempeñarme dentro de sus reglas. Brillaba en el campo verde como pocos; el talento me sobraba pero me faltaba decisión, la cabeza nunca fue mi fuerte… Mis días en aquel mundo nunca fueron felices, me movía a diario entre idas y venidas, entre el extraño ecosistema cargado de hipocresía y dudas, sobre todo dudas. No sabía (mucho menos entendía) de qué se trataba; cómo era que convivían estos dos mundos tan distintos dentro mí. Veía a los demás inmersos en su vorágine, metidos en el recorte de realidad que nos ofrecía aquel maravilloso mundo. Como en todos los mundos, había algunos que se vanagloriaban de su propio triunfo, caminaban con el pecho inflado y la frente alta, eran grandes hombres con un físico que destellaba poder, una destreza como ninguna, con una habilidad innata para manejarse dentro de aquel campo verde donde se pasaban la mayor parte del tiempo. Sus cuerpos eran trabajados y magníficos pero sus cerebros diminutos y limitados. No podían pensar más allá de su tarea dentro del campo, esa actividad acaparaba toda la atención de éstos grandes victoriosos. Al terminar en el triunfo se hundían en las piernas de hermosas mujeres que se excitaban al ver transpirar a sus hermosos guerreros… ¡Ay! La belleza de las mujeres de aquel mundo no tiene comparación, mis ojos se daban vuelta ante semejantes piernas… Los cabellos eran perfectos y sus pechos eran tan firmes que parecían no tener movimiento, sus cinturas tan pronunciadas que daban vértigo pero, sus cerebros,  tan diminutos que su atención se limitaba a mantener sus cuerpos esplendidos para que los héroes se sigan fijando en ellas. No existían palabras entre los seres de aquel extraño mundo, solo importaba cuán exitoso era él y cuán hermosa era ella, no se comunicaban, solo se admiraban mutuamente. El dinero no era algo que preocupara a los habitantes del exótico mundo, ellos solían tener de sobra y ellas solían sacárselo sin ninguna restricción. Paseaban bajo el sol (nunca vi ninguna nube) riendo sin motivo aparente. Cada tanto, llegaba el día de la competencia, el día en el que cada uno de ellos debía demostrar su verdadera valía o ser expulsados instantáneamente como si nunca hubieran pertenecido, aquel día le daba sentido a la vida que se tenía por aquellos lares.

Como decía, el día de la competencia era una jornada muy especial que, irónicamente, comenzaba la noche anterior, estaba prohibido (por estatuto) todo tipo de excesos, tanto carnales como de los otros. Ellas se comenzaban a producir para poder (a la mañana siguiente) brillar más que el sol e incluso que su propio hombre o también, por qué no, que la mujer de otro hombre, en definitiva, creo yo, ese era el mayor anhelo de las mujeres de aquel mundo, ser la mejor, la más linda. Utilizaban pantalones tan ajustados que se podían observar los relieves naturales de la piel. Sus pechos sobresalían de las remeras con una fuerza tan provocadora que asustaba, sus ojos iban cubiertos de unos lentes espejados que reflejaban el sol a destellos. Todavía las recuerdo con gran nitidez, paradas al costado del campo sonriendo entre ellas con la misma falsedad que tiene el bronce cuando intenta ser oro, se envidiaban, se detestaban pero ahí las recuerdos, paradas todas juntas, esperando la aparición de sus héroes.

Mientras tanto, en el campo, dentro de una habitación que nadie veía, los grandes héroes de la competencia se preparaban, un ritual incomparable, el silencio era el anfitrión de la velada, nadie decía nada, la concentración era total estaba en juego lo más importante para los hombres de aquel mundo, el honor. No existía nada como el honor, nada podía ser más importante que el honor, es el motivo para vivir, para pelear. La permanencia en aquel maravilloso mundo dependía de su rendimiento en el campo.

El momento se acercaba y ya casi estaba todo listo, el silencio se rompía cuando (todavía en el cuarto apartado) los gritos aparecían, arengas por doquier, ¡gritos! ¡gritos! y más gritos salían de las bocas de los héroes, pronto iban a estar ahí afuera, en el campo, dejando su vida si es necesario, si el honor lo requería. Entre todos los héroes, cabe mencionar, existía un líder, un hombre mayor a todos que debido a su edad y la falta de respuesta de su cuerpo debió abandonar la práctica activa de la competencia pero que, basándose en su experiencia, elegía a los héroes que iban a participar llenándolos de consejos y, en algunos casos, de órdenes que los llevarían a una victoria segura.

Una vez que ya estaban los dos bandos de héroes listos para la competencia y las mujeres totalmente producidas, se abrían las puertas del campo para que miles y miles de personas comiencen a ocupar las adyacencias buscando una ubicación para poder observar con detalles la competencia. En el momento que los héroes estaban listos, las mujeres expectantes y la muchedumbre ubicada, aparecían los verdaderos beneficiarios de ésta crucial competencia; los directivos o políticos (como los llaman en éste mundo) vestidos con largos freaks rojos, azules o verdes (dependiendo de su estatus) y con  sus sonrisas (más falsas y calculadoras que las de las mujeres de los héroes) se ubicaban en sus lujosos condominios con vista privilegiada, todo en ellos era privilegiado, grandes banquetes se encontraban a su merced para poder disfrutar de la competencia.

¡Ahora sí! Todo estaba listo… Las mujeres hermosas, los héroes nerviosos, la muchedumbre impaciente y los directivos cómodos. ¡Ya era hora de comenzar!  Ambos bandos aparecían caminando de repente ante el descontrol instantáneo de la muchedumbre que gritaba tan fuerte como se podía imaginar, el sonido de los gritos viajaba en el viento y repercutía en los pueblos vecinos que podían mantenerse informados acerca del rumbo de la competencia escuchando los rugidos de la multitud. Los dos bandos de héroes se formaban esperando que comience el himno de aquel extraño mundo eternamente soleado. Las emociones eran muy fuertes, los héroes sentían en el pecho una revolución increíble, un revuelo de sentimientos imposible de explicar con palabras, un nerviosismo traicionero y un miedo a la derrota que solo pueden entender los que ganan. Eran minutos muy tensos. Pronto, varios de ellos deberían abandonar su hermoso mundo para siempre.

La orden era dada y los héroes comenzaban la competencia, varios recuerdos aparecen en mí retina mientras escribo, épicas mañanas dónde yo también era el héroe pero en éste caso, la historia no cuenta mis hazañas sino el día decisivo de otros  que todavía permanecían en aquel mundo. La jornada se extendió lo habitual y el triunfo cayó sobre uno de los bandos, festejaron como era costumbre con sus hermosas mujeres, aquellos héroes que no poseían alguna antes de la competencia ya tenían designada la mujer que iba a compartir su gloria, su honor y su riqueza por el resto de los días en aquel mundo (algunas, luego de conocer a su héroe, se enamoraban y lo acompañaban incondicionalmente aunque tengan que abandonar el hermoso mundo soleado, pero no era lo más frecuente). Sin embargo, los héroes del bando perdedor no la pasaban tan bien, las mujeres que los seguían (salvo las que se enamoran como dije antes) intentaban seducir a un héroe ganador, nadie quiere a un perdedor a su lado, y el momento crucial no se hacía esperar demasiado, sin importar cuánto lleven siendo héroes, o la cantidad de competencias que hayan ganado, o lo grandioso de su talento, el líder de su bando (el hombre experimentado que daba las órdenes) elige quién va a seguir formando parte de ése bando y quién no.  Con la frialdad que requiere semejante momento, el líder, comenzaba a decir una lista de nombres, sin mover siquiera una pestaña, sin mostrar un dejo de sensibilidad, sin importarle demasiado el futuro de cada nombre que decía, la lista se extendía en su boca hasta que corona con la frase “éstos son los héroes que van a dejar de estar con nosotros, les deseo la mejor suerte” y se retiraba sin más.

Los héroes que continúan en el bando no se sentían demasiado conmovidos, entendían que así eran las reglas y seguían con su rutina habitual hasta que la próxima competencia les de la revancha que necesitaban. Los abatidos, en cambio, se destrozaban, no soportaban la idea de no ser lo suficientemente bueno para poder ser un gran héroe, ése que soñaban desde chico, ése que todas las mujeres quisieran tener a su lado, el fracaso golpeó sus puertas y ellos no pudieron evitar que entre. De no mostrarse apto para incorporarse a un bando rápidamente deberán abandonar el mundo eternamente soleado, la competencia, la sensación que ésta generaba, las mujeres hermosas, el dinero indiscriminado, el reconocimiento. Otro mundo, en el que yo ahora vivo, los esperaba.

El viaje entre el mundo de los héroes y éste es, por demás, horrible. Acá existen otras realidades, los días no siempre son soleados, aparecen tormentas que duran varias jornadas, las mujeres no son todas hermosas pero sus cerebros son deliciosos, el sufrimiento y el cansancio son platos diarios, la vida no se basa en competencias sino en sacrificios eternos que no hacen más que llenar de dolor los cuerpos agotados comandados por mentes destruidas de pobres personas. Pero a veces sale el sol y es tanto o más hermoso que en aquel extraño mundo. Los hombres y las mujeres suelen ilusionarse con amores que terminan lastimando tanto que la pena parece destruir el mundo que, en algún momento y sin razón, se vuelve a construir y también a creer en la esperanza. Pero la transición es letal y no todos sobreviven.

Recuerdo el día en que decidí dejar aquel mundo definitivamente. Mis sentimientos arrastraban una pena enorme, mi alma no encontraba paz, mi talento de héroe parecía desperdiciado, todo aquello que la mayoría deseaba yo lo tenía pero no me interesaba tenerlo, era como un rey que desprecia su corona y se levanta todas las mañanas para sacar a pastar el ganado de algún patrón. Algunas de las personas que compartían mi mundo insistían con que no lo deje, con el futuro próspero que me esperaba, un futuro con todos los lujos, lleno de gloria que inflaría mi pecho hasta el punto de explotar… Era una mañana soleada, la brisa era leve y fresca, placentera. Como todos los días me dirigí al campo, miré a mi alrededor y no entendí qué hacía parado ahí, los demás héroes reían de felicidad, ellos estaban completos, pertenecían al mundo que soñaban, yo no encontraba rumbo ni tranquilidad, miré hacia el sol y pensé… “tal vez hoy tenga suerte y encuentre la manera de morir”.


 

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