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       Según el calendario el invierno estaba terminando pero aquella noche el frío era gélido y constante. Un jueves diferente tenía lugar, me habían llamado de un bar para tocar alguno de los clásicos que la gente vulgar quería escuchar. Salí del depósito de cajas más tarde de lo habitual y llegué corriendo a la estación para no perder el tren (pocas cosas me alteran más que la falta de tiempo). Mi humor estaba en decadencia. Sabía anticipadamente que la noche se haría eterna y mi estadía de viernes en el depósito sería similar a una tortura pero, pese a eso, seguía fiel desfilando por los bares con mi violín.
Al llegar al departamento me invadió el apuro ya que contaba con sólo una hora para prepararme antes de que mi compañero de toda la vida me pase a buscar. Saúl era un talento con vida, lo conocí muy chico cuando ambos nos presentamos en respuesta de un aviso del diario que buscaba músicos para una orquesta de aficionados jóvenes. “El turco” (trillado y obvio apodo) tenía cuatro años menos que yo pero su talento con el Chelo no entendía de edades, juntos fuimos aprendiendo el oficio y, sobre todo, el sufrimiento filosófico de los músicos.
Corría con el pantalón sin abrochar y sin remera por el departamento tratando de hacer varias cosas al mismo tiempo (situación que siempre sale mal), me repetía que lo más importante era el violín y recordaba una frase de mi padre que homenajeaba a Napoleón “Vísteme despacio que estoy apurado”, cuando sonó el timbre, abajo ya estaba Saúl, bajé con el violín colgando, la campera a medio poner, el cinturón en la mano, una manzana en el bolsillo y fumando en el palier del edificio (cosa que a mi vecina/administradora le molestaba de sobremanera pero yo necesitaba hacerlo para ver la vida de una manera más optimista). Subí al auto agitado y me di cuenta que me había olvidado el arco, tuve que retornar y mi mal humor se disparó. Corrí, agarré el arco y me di cuenta que no había hablado con Vittoria en todo el día pero ya no había tiempo, debíamos viajar 80km a las afueras de la cuidad para tocar composiciones que tenían más de 400 años, cosa que se transformaba en la totalidad de mi vida.
El viaje fue de lo más normal, veía como el frío se estrellaba contra el vidrio deseando entrar mientras, Saúl y yo, armábamos frases que sólo escondían esa ambición tácita que nos caracterizaba por aquellos tiempos, deseábamos con fuerza desmesurada dejar nuestros trabajos neo esclavistas para poder tocar por los bares de todo el mundo, era un sueño que carecía de fundamentos pero eso era lo motivador. Encontré en Saúl la compañía necesaria para mi espíritu solitario y soñador, mis sueños de una ética inviolable se mezclaban con su capacidad de gestión y negociación transformándonos en un equipo infalible, cosa que hasta el momento no sabíamos. Entre Schubert y filosofía llegamos a los suburbios de una ciudad que dormía.
Nos recibieron afectuosamente, el dueño del bar con aire irlandés salió a nuestro encuentro disimulando muy bien que esa era la primera vez que nos veíamos la cara. Nos abrazó y repitió varias veces que le habían hablado muy bien de nosotros, hundido en la incomodidad que me generaban los halagos me puse nervioso y no supe qué decir, en ése momento intervino Saúl confirmando que éramos un buen equipo. En pocos instantes estábamos tomando cerveza y comiendo un guiso que nos devolvió el alma, ganándole una batalla a la naturaleza.
Poco a poco fui observando como el pequeño bar fue llenándose de gente, una vez que las pocas mesas estaban ocupadas y la barra colmada de bebedores de día jueves, el afectuoso y confianzudo dueño nos hizo una seña para que comencemos a tocar. Mis dedos esa noche estaban incontenibles, es imposible explicar en palabras el comportamiento de mis dedos, mi cerebro y mi alma al momento de ejecutar música sobre mi violín, por alguna razón que desconozco existen días en los que el ritmo late dentro mío, me libero de tal manera que todo fluye con una precisión similar a la que tiene la naturaleza, perfecta. Hay otros, sin embargo, en los que parezco un principiante poco agraciado. Por suerte para mi, esa noche fue de las que me siento parte de la naturaleza y el ritmo. Saúl blandía su arco cautivando al público que celebraba sus momentos de talento pero había una sola persona a la que Saúl no le llamaba la atención, una hermosa mujer que me miraba a los ojos mientras yo repartía mi atención entre ella y lo que tocaba. Pasé las dos horas del concierto mirándola a los ojos pero cuando me mezclé entre (ya a esta altura) los borrachos de viernes no pude hablarle, seguíamos intercambiando miradas a la distancia pero no me animaba a acercarme, por suerte ella fue más valiente. Se acercó mirándome fijo y me dijo sacando algo del bolsillo.
-voy a fumar. ¿Te gustaría aceptar de mi cigarro?
Después de un segundo de vacilar, pude contestar nervioso.
-Claro, me encantaría.
Seguí tras sus pasos mirando toda la parte posterior de su cuerpo armonioso y artístico.
Una vez afuera nos alejamos unos metros del bar y prendió su cigarro invadiendo de ese olor que me hizo pensar en Vittoria, inmediatamente reprimí a mi cerebro.
-Me encantó lo que tocaste. Sos muy buen músico.
-Gracias. Pero me queda grande lo de músico, eso es para Bach. Yo soy un empleado de un depósito de cajas que se divierte por la noche.
Sonreí tratando de ocultar mi pesimismo.
-Sos muy buen músico, yo te juzgo como tal. ¿Qué tiene como carta de presentación este empleado que se divierte?
-Así empieza, soy un empleado que toca el violín por las noches, le gusta escribir historias pesimistas y leer a los escritores que terminaron borrachos, drogados, envenenados por su propio veneno o suicidados en una demostración de honor. También soy un opositor a esa máxima que hay entre los músicos que afirma que Mozart no tiene que ser escuchado por ser popular. Creo que es envidia…
Me besó antes de dejarme continuar y mi sorpresa fue enorme. Disfruté tanto de sus labios como hacía tiempo no disfrutaba, me dejó de importar las pocas horas que iba a dormir, en poco tiempo estaba penetrándola en el baño con la mayoría de la ropa puesta. Al terminar desapareció, dejándome sin decir más, evidentemente tenía una atracción por las mujeres libres. Salí del baño y la busqué en el bar para aunque sea saber su nombre pero ya no estaba, lo vi a Saúl muy ocupado con una señorita y me dirigí sólo afuera sin importarme el frío me senté y comencé a fumar.
Me encontré en soledad con mis pensamientos de madrugada y, obviamente, apareció Vittoria en mi mente, mi amor nada tenía que ver con la atracción que me generó aquella anónima amante del violín. Cuando pude volver a la realidad tenía a Saúl a mi lado.
-Tengo la paga.
Me dijo con voz desanimada.
-¿Cómo resultó?
Le dije sin más desánimo.
-Nos alcanza para tres cervezas o lo guardamos para comer un pollo mañana antes de ir a tocar a la otra punta de la ciudad.
-Menos mal que llevamos 7 años haciendo esto.
-Tengo esperanzas. Vamos a lograrlo.
-No puedo pensar en otra cosa. Prefiero  pollo.
-Yo también.
A los pocos instantes estábamos volviendo por la desolada autopista. Una vuelta muy diferente a la ida, en silencio y sin música. Mi cabeza no paraba de dar vueltas entre la mujer que tuve unos instantes y la manera de dejar el depósito de cajas para tocar el violín. Cuando me despedí de Saúl y entré a mi departamento me encontré con el caos que dejó mi vida vertiginosa y sin tiempo. Tenía tres horas para dormir, al sacarme el pantalón descubrí un papel que decía:
Me llamo Agustina, también toco el violín. 47679812.


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