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Este relato fue seleccionado por la Editorial Dunken par participar, junto a otros seleccionados, en la publicación “Ausencias al alba” que se llevará a cabo en noviembre del 2016.


               Tenía la intención de vestirme para que ella se arrepienta de haberme rechazado. Se acercaba la hora de la fiesta y me debatía entre ir y no hacerlo. Abrí el guardarropa y me encontré con la desazón, mi vida dedicada a la música no permitía comprarme ropa… me puse lo poco que tenía y me fui. Cuando salí sentí un agradable viento que me hizo pensar que mí último invierno al fin se había ido. Al cruzar la puerta recorrí los ojos de los invitados que bailaban un ritmo latino que me generó una sordera detestable, la busqué intentando hacer un contacto visual que la incomode y la vi con su novio, sonriendo. Se le notaba una plenitud insólita, disfrutando de sus vidas perfectas de oficina, perros y camisas. Realmente disfrutaban de ignorar los problemas que atravesaban a la sociedad, la existencia, la vida o la muerte. Con su salario medio podían sortear los problemas de una sociedad manejada – como siempre – por los poderosos y planear viajes a alguna playa paradisíaca explotada por hábiles comerciantes que hacen de la naturaleza su mejor negocio. Me sentí un estúpido pensando semejantes cosas y anotando palabras sueltas – que después no iba a entender – en medio de una fiesta mientras los invitados bailaban felices. Comprendí en ese momento que la música clásica y las letras no eran para cualquiera; recordé aquellas tardes en las que hablábamos horas acerca de mis problemas con Vittoria, de la falta de consideración que tenía para conmigo, en definitiva, lo que soy… Natalia, me repetía hasta el cansancio que debía buscarme una mujer que disfrute verme tocar o recibir algún relato en su honor.
-Vittoria tiene una indiferencia horrible, le da lo mismo que escribas sobre ella o sobre otra.
Decía cargada de celos mientras yo no me decidía entre callarla de un beso o resistir la tentación. Aquellas épocas, sin embargo, terminaron, quedaron en el pasado, tanto Vittoria como Natalia.
Al tiempo que sonaba un ritmo repetitivo que daba la sensación de saltos, Natalia bailaba con una sonrisa enorme, esa que me sedujo tanto tiempo atrás, incluso me hizo dudar de mi amor para con Vittoria. La observaba con cuidado para evitar que su novio se diera cuenta que mis ojos la deseaban profundamente. El ritmo me trasladaba la cabeza con vulgaridad, parecía tratarse de una música pecaminosa, delante de esa base saltarina se destacaba una voz que parecía un acorde, grave y rota como si la garganta que despedía tan diabólico sonido estaría por quebrarse en un llanto. Los pocos invitados daban saltos descoordinados y fuera de ritmo, asegurando que eso era un baile. Una mujer se acercó y comenzó a bailar delante de mí. La seguí inmediatamente tratando de olvidar semejante análisis sin sentido.
-Hola. ¿Cómo estás?
Le dije como si hubiera dicho una frase elocuente.
-Bailando.
Su sonrisa se dibujó en su agraciada cara. Me entregué a la música sin decir más nada, bailamos en silencio pero con una conexión rara. Mi cabeza no paraba de imaginar mis manos agarrándola, no tanto por ella sino para que Natalia me vea accionar con otra mujer, tratar de tirar un ataque contra el amor perdido de Natalia. Dudé durante dos temas mientras bailaba hasta que, la misteriosa mujer, se retiró y me volvió a dejar sólo. Terminé sentado en un costado tomando vino casi de manera compulsiva, y digo casi porque tuve que parar dos veces para ir al baño.
De repente, vi a Natalia que caminaba directo hacia mi posición, mi cuerpo comenzó a sentir el estado de alerta que envió el cerebro. Mi corazón comenzó a bombear de manera obsesiva, el sudor comenzó a salir sigilosamente y mi cerebro encimaba palabras sin ningún sentido, cuando la tenía lo suficientemente cerca me preparé para saludarla, ella, sin embargo no posó sus ojos en los míos y pasó de largo dejando una brisa que me llenó la cara de indiferencia y me abandonó al corazón latiendo por inercia cada vez más lento. Pensé si el vino tenía un efecto especial que transformaba a las células en invisibles, podría ser muy divertido.
Me di cuenta, entonces, que mi estadía en la fiesta había terminado, salí sin saludar a nadie pensando que ese tipo de rituales nunca fue de mi agrado, me senté a esperar el colectivo y saqué un libro de Kafka, era un sábado a las cuatro de la mañana, yo estaba sólo, algo alterado, leyendo Kafka, evidentemente mi vida no estaba bien para estos tiempos.


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