Pensando a Buenos Aires

Salgo caminando de mi departamento enclavado en el corazón geográfico de Buenos Aires. Donde llore, reí, me enamoré y agarré un bajo por primera vez, volví a llorar a reír, enamorarme y tocar el bajo hasta que los dedos se me llenen de callos. La primavera se nos presenta con una lluvia molesta y abundante de esas que mojan y salpican en la cara empañando los lentes y dejándome sin ver “LA FINAL” del siglo entre Boca y River mientras, a modo de trastienda, el ejército de Estados Unidos se quiere instalar en Uruguay para defender a los líderes más importantes del mundo que se reúnen en nuestra ciudad a la que la ministra de seguridad aconseja abandonar y el presidente comenta que su hija le sugiere privatizar la aerolínea nacional que garantiza la comunicación entre destinos que no son redituables pero importantes para aquella gente que viviría aislada de no ser por la presencia del Estado. Lo trascendental, sin embargo, va a ser el desenlace del gran partido.

Camino hasta el subte, cargo la tarjeta de viajes y le pregunto al empleado del transporte cuánto sale viajar hoy, sin mirarme a los ojos y de mala gana me contesta: – más que ayer. No le respondí y salí corriendo porque llegaba el tren. Lo primero que me llamó la atención fue la cara de la gente en un miércoles temprano. Noté desahucio y la pérdida de la esperanza se mezcló con el silencio sepulcral en el que viajabamos que sólo fue cortado por la improvisación de dos raperos que se ganan la vida rimando palabras que reflejan un vagón lleno de tristeza y preocupación. Al irse, todo volvió a ser silencio. -Es momento de escribir sobre Buenos Aires escuché mientras cerré los ojos y traté de imaginar aquella ciudad que tanto me dio y a la que tanto le debo. Una ciudad de la que me estoy despidiendo de a poco con un sabor agridulce, no por su falta de cultura sino por la falta de trato, no porque falten lugares para poder trabajar sino porque parece que algunos no quieren que se desarrolle la cultura, no por decisión sino por consecuencia. Esa misma Buenos Aires que se bate entre las contradicciones desde sus inicios en los que fue dos veces fundada. Entre Unitarios y Federales, Patriotas y Cipayos, Boca y River, Soda y Los Redondos, Maradona y Messi, Bilardo y Menotti, Peronistas y Radicales, nacieron Borges y Roberto Arlt, Yupanqui y Gardel, Miguel Abuelo y Pappo, San Martín y Sarmiento, Tato Bores y Olmedo, “el Che” Guevara y Videla. Nada de todas estas contradicciones quedan exentas en la cultura que nace como un resumen de lo social. Los artistas se hunden en las profundidades para poder reflejar en su arte la sociedad en la que nacen, se crían y se desarrollan y, para mí, eso es mi ciudad que se extiende a mi país por la organización unitaria, una guerra de dos posiciones eternas que, supongo yo, tendrá inicio en esa mezcla rara entre españoles y nativos que se dio por la fuerza y fue siendo más cotidiana día a día. Desde ahí nace mi reflexión.

Para la mayoría de nosotros que nos criamos con la vuelta de la democracia han sido muy importante para nuestras vidas la música nacional, nacida en nuestros barrios y gestada desde las mismas cosas que nos sucedían en las calles. Mucha de esa música se expandió desde un mismo lugar: el mítico Cemento. Un recinto que dio albergue y crecimiento a la mayoría de las bandas que inundaron con sus melodías y letras las radios de todo el país de los 80´ y 90´ llegando a los más profundo de los jóvenes que hoy son los adultos con edad productiva que pelean a diario contra el ajuste neoliberal, coincidencia notable entre aquella generación que nos contó como era y la nuestra que lo vive y tiene la obligación de contarle a las próximas de que se trata la resistencia.

Cemento, como su nombre nos dice, fue un reducto gris donde la democracia comenzó a respirar y dar frutos de libre expresión y mensaje de progreso. Un lugar que tampoco escapó a la contradicción que nos tiene acostumbrados nuestra hermosa Buenos Aires, desde donde un italiano insolente gritó pinturas realistas de nuestra forma de ser transformándose en un ícono de nuestro Rock o el varieté interdisciplinario glamoroso hizo culto a la libertad de expresión. Desde aquel recinto olvidado del centro porteño se han oído los gritos de Los Redondos, La Renga, Los Piojos, Riff, Rata Blanca, VIejas Locas, Las Pelotas, Los Ratones Paranoicos, Los Violadores, Babasónicos, ANIMAL, Flema, Ataque 77 y muchísimos más pero la cultura no es un oasis y también está hundida en la corrupción estructural dominada por inescrupulosos empresarios y políticos a los que poco les importa el desarrollo y la apuesta social. Cemento se había transformado en el templo del under al que había que llegar y conquistar para poder comenzar a escalar esa montaña llena de peligros llamada “proyecto músical exitoso de autogestión”. Un amigo me pregunta si me acuerdo de Aníbal Ibarra, cómo no voy a acordarme, todos los días lo hago, le contesté mientras me remití a la noche del 30 de diciembre de 2004 que dejó cerrado Cemento para siempre y la música hasta nuevo aviso como consecuencia de la tragedia de Cromañón con Chaban (dueño de ambos locales) preso. En aquella noche, seguro la más fatídica para la música porteña, todo cambió para la escena músical. Uno a uno los lugares donde se podían apreciar shows en vivo comenzaron a cerrar o precarizar brutalmente la actividad y desde el estado se le dio el golpe de gracia al enfermo terminal en el que se había transformado la música porteña. De esa manera los músicos perdieron lo poco que les quedaba para poder desarrollar una vida digna siendo esa tragedia un antes y después en la oferta cultural de nuestra ya mencionada y contradictoria Buenos Aires. Paradójicamente con el cierre de Cemento murió el semillero de nuestro Rock.

Luego de 5 años, bajo el mandato del entonces Jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el “magnate Burns” Mauricio Macri se decretó la transformación de Cemento en un estacionamiento del área de Infraestructura Escolar, perteneciente al Ministerio de Educación y Deportes.

¿Podía esquivar la contradicción constante argentina un bloque de cemento lleno de momentos importantes para nuestra cultura? Claro que no. En lugar de hacer de aquel templo un espacio de exhibición, construcción, concientización y proyección cultural que nos permita rescatar lo bueno y aprender de los errores se opta por callar para siempre un recinto que llenó de alegría a varias generaciones enteras. Entonces, cómo podemos esperar que nuestra ciudad otorgue espectáculos de calidad ante las condiciones que vengo describiendo en esta columna o que los artistas argentinos sean reconocidos en todo el mundo por su calidad y dedicación. Cualquiera que no conozca esta ciudad y diagnostique teóricamente sobre el desarrollo cultural diría que no están dadas las condiciones pero nuestros artistas como aquellas plantas que nacen y sobreviven en el desierto o en los polos lo logran a diario y me animo a decir que Buenos Aires es una de las ciudades con mayor actividad cultural de calidad del mundo entero. No podía ser de otra manera, una contradicción más para nosotros.

Me lleno de sensaciones extrañas mientras sigue lloviendo, mientras sigo reflexionando sobre la situación que, mis colegas y yo, tenemos que enfrentarnos para poder mejorar y crecer dentro de un oficio tan viejo como cualquier otro. Me voy, me voy sin saber bien dónde ni hasta cuándo, me voy dejando un dejo de incertidumbre, me voy a intentar mejorar como artista con un gusto a exílio, irónicamente volando en la empresa privada del mismo presidente que defenestra el servicio otorgado por un estado en el que ya perdí las esperanzas porque se me han acabado las posibilidades de desarrollarme en el suelo que amo. Esto que me sucede es lo que le pasa a la gran cantidad de colegas con los que trabajo, ya cansados de intentar nadar en un río que hace lo posible por ahogarnos pero al que quiero volver a saltar sin haber siquiera salido. Si nuestra característica social más notoria es la contradicción no es por otra cosa que por nuestra contradicción individual que se hace colectiva al tiempo que nos movemos como conjunto y, en mi opinión, vamos a crecer el día que oposición no signifique enfrentamiento y que construcción sea la palabra más buscada del diccionario… o Google para estos tiempos. Llevamos siglos atrapados entre la pared y la derecha.. peleando contra la dominación extranjera, la sublevación y la explotación de nuestros recursos pero lo más triste es que son de adentro los que blanden su espada y se ponen a su servicio pero siempre le trajimos problemas. Somos los pueblos libres de Latinoamérica y por eso mismo dentro de muy poco voy a escuchar con nostalgia a Gardel cantando Milonga Sentimental o mi Buenos Aires querido.

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