Entre el silencio inexistente de la campana del tren

Sin saber por qué me desperté de noche sintiendo algo raro, de repente me había transformado en un narrador omnipresente que todo lo sabe, como si mi capricho se hiciera realidad y podría determinar el destino de la gente que me rodea, simplemente imaginando lo que me gustaría que le sucediera a quién se me venga a la mente y en cuestión de minutos ¡zas!… ahí estaba mi pensamiento hecho realidad. En un principio me asustó. ¿Qué haría yo con semejante poder? ¿Sería capaz de controlarlo sin que él me controlara a mí? ¿Hasta dónde me iba a ser útil y no se transformaría en un gran problema inmanejable? Yo no lo elegí, nadie me preguntó si realmente yo quería portar semejante don y responsabilidad. Para ser sincero nunca quise demasiadas responsabilidades.

Simplemente sucedió en el ruidoso y silencioso barrio de Flores. Por lo menos ahí comenzó, quién sabe dónde terminará. Recién escribo mis primeras líneas caprichosas. Seguramente más de uno se pensará; ¿No era que vos podías disponer, hacer y deshacer cualquier cosa que quisieras? ¿Cómo es entonces que no sabes dónde irá todo esto? Bueno… de eso se trata queridos amigos, se trata de ir conociendo esto nuevo que me sucede, de ir construyendo ladrillo a ladrillo y descubriendo esto que llegó a mi vida de sorpresa. Así, entonces, llega mi primer episodio. Se presentó ante mí una curiosa situación:

Él estaba desnudo pero no como otras veces, estaba sentado solo en el sillón tomándose la cabeza entre la oscuridad, debatiéndose entre la realidad y la ficción de una situación que nunca hubiera imaginado vivir. Ella, también desnuda, se debatía en la cama sin entender lo que sucedía. Tal vez la vida comenzaba a tomar diferentes caminos que ella tampoco comprendía del todo.

Fue una noche primaveral como cualquiera como tantas. El silencio era interrumpido por la campana de la estación que anunciaba a manera de metrónomo que el tren se acercaba para cruzar la ciudad por el medio, siendo natural que semejante bestia metálica andase a toda velocidad por los jardines de los edificios que albergan cada uno tanta gente como una manzana entera de las afueras de la ciudad. El olor a la verdura que se cocinaba en la olla remitía a aquellos viejos dibujos animados donde las tribus caníbales se preparaban para comer algún pobre individuo capturado y el fresco viento ingresaba por el ventanal de un balcón invadido por dos bicicletas y unas cuantas prendas que lo hacían inhabitable. Difícil entender cómo vive la gente amontonada entre barrotes de cemento, un silencio inexistente y un tren corriendo entre su jardín pero así fueron, son y serán las noches primaverales del barrio de Flores. Ellos dos, mientras tanto, sentían como la vida del día a día hacía estragos en su rutina. Los gritos incongruentemente y violentos viajaban desde alguna ventana cercana y discutían con una mujer que se suponía como la madre. Situación tan cotidiana como la campana, el tren, el viento fresco, la verdura en la olla o la bicicletas desinfladas del balcón. Lo que hace pensar que ellos dos no eran los que peor la estaban pasando en ese momento. Tal vez la familia de abajo, en ese mismo momento, se hundía en un silencio cortante mientras los padres no encontraban la manera de explicarles a sus hijos por qué hace días que comen arroz en diferentes formas… con salsa de tomate, con queso, en buñuelos o con un dos salchichas cortadas en rodajas diminutas…. Tal vez la vecina de enfrente seguía lamentando entre llantos, silencio y soledad la pérdida de su padre a los 99 años en lugar de festejar haberlo tenido durante 70 (cosa poco usual en las vidas humanas), o la vecina de al lado seguía lamentando haber dedicado su vida entera a trabajar para el servicio de inteligencia en lugar de formar una familia con chicos que a los gritos hagan desaparecer el sonido de la campana. Pero ellos dos sentían que lo acontecido en ese momento era lo peor que podía sucederles, nada de eso podía ser más terrible, más triste, más evitado en la vida de dos que se aman. Él, entonces, se levantó del sillón y volvió a la cama, se acostó y se abrazaron hasta que en un silencio total, sólo interrumpido por la campana, el tren y la pelea a gritos, se quedaron dormidos.

El amanecer no fue muy diferente, comenzaron un nuevo día rutinario, lo que no sabían es que en aquella noche que se fue con un gusto agrio iba a acontecer el comienzo de una historia que narrará cómo dos entusiastas soñadores dejaban su rutina porteña para encarar un viaje en búsqueda de saciar esa necesidad de encontrarle un motivo a la vida que vaya más allá de esa campana, ese tren, esa tarta de verdura y el amor. Y fui yo, el elegido para narrar.

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