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          Sentado en el sillón espero que salga del baño. No sé, exactamente, a cuántas esperé sentado en éste mismo lugar pero, puedo asegurar, que es el estado ideal. Mientras ella, o la que sea, está en el baño yo me siento lleno de paz, tan solo como necesito pero con la sensación de que tanto no lo estoy. Una soledad mentirosa que terminará en breve, sin poder prevenirlo, simplemente terminará.  Sólo existió una mujer que, mientras estaba en ése mismo baño y yo en éste mismo sillón, deseaba que salga con la ansiedad de un chico y la desesperación de un adulto, simplemente para tenerla entre mis brazos, su piel era hermosa y sus labios…. ¡Sus labios!… llevaban consigo una increíble sensación que nunca voy a olvidar pero esos tiempos pasaron, ahora, espero a otra, sentado en el mismo lugar y con la mente pervertida. Esta misteriosa señorita no llama demasiado mi atención pero acá estoy, acá me tienen, sentado esperándola ¿Quién sabe por qué? ¿Por qué cometemos éste tipo de actos sin sentido aparente? El único tema que podemos llegar a un acuerdo es el horario en que viene todos los miércoles, como si de la misa se tratase. Se la ve feliz cuando acude a nuestros fugaces encuentros, ríe pero se la nota atrapada como si su cuerpo estaría lleno de cadenas invisibles que la envuelven y no la dejan desplegarse, levantarse, erguirse ante el mundo y mostrarse como realmente es. Cabe aclarar que nuestros encuentros son fugaces debido a mi desinterés,  por un lado, pero también, a que es una mujer “comprometida” con un dichoso hombre. Sus palabras describen a un hombre terrible, casi a la altura de un ogro, un monstruo que la reprime y la secuestra utilizando artimañas psicológicas de origen pagano, mundano, azteca, umbanda o quién sabe cuál…  Su sueño, sin embargo, es casarse y tener una hermosa fiesta, celebrar la mutación de dos almas en una, disfrutar de la compañía eterna de otra persona, sentirse la princesa más divina de todos los Reinos (incluyendo la dinastía Mongol). Mientras se expresa, sus colorados cachetes se expanden al tiempo que sus ojos se llenan de brillo, realmente lo desea. Yo le contesto que, para mí, sueña firmar un contrato, una promesa, que asegura amar a alguien de por vida sin importar hacia dónde la conduzca la mismísima vida, que el tiempo no podrá hacerla cambiar de opinión, que está prometiendo a Dios o a algún Estado la eternidad de sus sentimientos y que no podrá arrepentirse, que ése hombre que camina a su lado hacía el deslumbrante altar de oro tampoco tendrá posibilidades de cambiar  y que deberá agarrarla con la misma intensidad cada noche del resto de su vida, que no podrá verla con ojos objetivos mientras su cuerpo va perdiendo la batalla contra el tiempo, que tendrá las mismas atenciones que cuando lo conoció, que dibujará una sonrisa cada vez que la tenga que ir a buscar en medio del horripilante tráfico de la cuidad y que le dirá lo hermoso que es levantarse con ella todos los días a las seis de la mañana para hacerle el desayuno antes de ir a trabajar diez horas a una oficina que tiene un ventanal enorme que encuadra perfectamente el río, paisaje ideal para disfrutar de las liquidaciones de sueldos, los curriculums y la contadora que ve a diario.

 Ahora, bien, ambos deberán mantener sus pensamientos, ideales y sentimientos congelados en el memento en que sus manos dejen la marca en el papel, sin importar que tal vez, diez, quince o veinte años después ya no sean los mismos.

                Nunca nos pondremos de acuerdo más que el horario de cada miércoles pero, por algo que desconozco, cada miércoles nos ponemos de acuerdo en encontrarnos, acá, en el mismo sillón. Ahora, se me acaba el tiempo porque ella abrió la puerta y salió del baño.


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