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Este relato fue publicado por la Editorial Dunken en el libro “Entre lunas y soles” (2015).

 

 


         Seguro que viene a escuchar la historia que todos quieren escuchar. Esa que me hizo famoso y recorrió las calles de la ciudad con la misma velocidad que tiene la peste. Aquella que me dio reputación entre las mujeres, que susurraban comentarios cuando me veían pasar. Lamento decirle que usted no está de suerte, ésa historia ya no genera nada en mí y preferiría no contarla más. Acá me ve, anciano, sin sueños, sin alegrías, lleno de melancolía, pero sobre todo, sin ganas de vivir. Pareciera que aquella historia es todo lo que queda de este pobre hombre… En ocasiones, cuando tengo algo de fuerzas, salgo a caminar por la ciudad, ¡ay! ¡Pero como vuela el tiempo! La ciudad está transformada, se lo puedo asegurar, ya nada es igual… me acuerdo de memoria, todavía, cada detalle de mí barrio, podría enumerar (sin olvidarme de ninguno) los comercios que daban decoración a la avenida, ¡ay, querido! Cómo cambiaron las cosas… pero me estoy yendo por las ramas, usted venía para escuchar mi historia, aquella que me subió al pedestal, desde el cual miraba a mis compadres desde tan alto que me daba vértigo. Es una historia que podría haber inventado una noche de primavera con luna llena tranquilamente (a pesar de parecer sólo un recurso romántico, realmente así ocurrió), pero afortunadamente tengo testigos: “el toro” Arismendi, hijo del carnicero, una especie de príncipe vacuno, y “el gordo” Prapotti, simplemente un vagabundo. Gracias a ellos y sus ojos, sus oídos y su fe, me hice famoso en la ciudad y usted viene a escuchar mi historia. Tanto “el toro” como “el gordo” contaron la historia en innumerables oportunidades. Las versiones fueron siempre idénticas, con las mismas palabras y los mismos acentos. Le juro, compadre, que nunca nos pusimos de acuerdo, pero así salía, como si hubiese estado guionado… se me viene a la cabeza, fugazmente, una tarde en la que estábamos en la terraza del “toro” con dos señoritas que ansiaban escuchar nuestra fantástica aventura. Mientras “el toro” y yo nos repartíamos los párrafos; ellas miraban atentas con admiración, tenían delante de sus ojos a dos de los tres héroes más grandes de la aburrida ciudad… fue una tarde fantástica. Ésta historia que usted viene a escuchar, joven, ha sido el motivo de 4.369 visitas como las suyas (no se alarme pensando que estoy loco, pero las contabilizo con un mero fin estadístico), 10.587 notas en periódicos y hasta una por radio, es raro que usted asegure que nunca la escuchó… incluso, a medida que la historia viaja de boca en boca se va modificando, cada persona que la recibe y luego la cuenta le agrega una parte o le quita otra, los más arriesgados le agregan balas al relato, en cambio los más cobardes le agregan suspenso. He escuchado una vez que alguien le agregó amor, un ingrediente improvisado en semejante historia; seguramente aquel que le agregó amor era un iluso… por aquel momento las calles derrochaban violencia y miedo, de ahí nace la historia, querido… pero ya es tarde y no quiero contarla, la escuché tantas veces que preferiría callarla.


 

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