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Prólogo a la obra Contrato social (Mariano Moreno)mariano-moreno.jpg

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no
conoce lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir  la tiranía”.


           El día transcurrió normalmente, sin sobresaltos, pero más lento que de costumbre Realmente se me hizo eterno. Debido a la ansiedad que me había generado el doctor cuando habló, el día anterior, de ése misterioso grupo de internos sanos. Pasaron los minutos pegados a mis pensamientos. ¿Me aceptarán? ¿Creerán que estoy sano? ¿Qué tipos de actividades realizan? ¿Quiénes serán? No he conocido muchos internos en estos días. De ésa manera, lentamente, transcurrió el día. Al llegar la noche y terminar de cenar -un horrible e insípido pescado del cual no supe diferenciar la especie-, me dirigí a la habitación para esperar ansioso al doctor. Para matar el tiempo, comencé mi rutina de aseo, me bañé, me recorté el pelo -siempre lo hice yo mismo- y me afeité. Cuando estaba en el medio de la afeitada, Shuster tocó la puerta. Le di permiso para que ingrese, a pesar de que estaba procediendo con mi aseo. Se paró en un costado y me observó en silencio. Sentí su presencia, porque me incomodó, tal vez por invadir un momento tan íntimo como ése o simplemente por la fuerte personalidad que tenía. Luego de unos pocos minutos terminé, recién en ése momento habló.

-Hola Ernesto, ¿cómo andás?

-Bien, doctor. Mucho más despierto sin los medicamentos, me siento mucho mejor.

-Me alegra mucho poder ayudarte. Tengo algo para vos.

La intriga ganó terreno dentro de mi cuerpo hasta reinar en su totalidad. ¿Qué podría traerme?

-¡Qué bueno doctor! Permítame ver, me intriga.

Extendió su mano ofreciéndome una bolsa, de la cual no me había percatado.

-Muchas gracias. ¿Pero qué es?

-Míralo.

-Muy práctico, doctor.

De a poco, nuestras conversaciones iban tomando un correr relajado y gracioso. Abrí la bolsa y, apresurado, miré que llevaba en el interior. ¡Libros!… 5 libros. En la primera impresión, no me importó de que autores o de qué estilo eran, sino tener líneas para leer dentro de ése infierno.

-Muchas gracias doctor. Pensé que no se iba a acordar.

-Te dije que iba a hacer lo posible para que estés mejor.

-Usted hace mucho más fácil mi estadía.

-Me gratifica mucho tu opinión. Pero cambiemos de tema.

Ayer no pude comentarte, pero los pacientes como vos, sanos, hacen cosas por mí también.

-Me parecía que nada era gratis. ¿En qué lo puedo ayudar?

-No te voy a cobrar por nada, por favor, no me ofendas.

-No es mi intención, fue solo un comentario.

-Está bien, somos todos sensibles –continuó-. Con los internos que yo considero sanos formamos una especie de ayuda recíproca.

Mi parte de la ayuda hacia a vos ya comenzó.

-Doctor, por favor, da tantas vueltas que me asusta. ¡Vaya al grano!

-Bueno, sos muy impaciente, tenemos tiempo. La cuestión es así. Estoy elaborando una teoría sobre la cura de pacientes internados  en los hospicios. Para mí, la mejor manera consiste en la ayuda entre los internos, que cada uno ayude a su par. Los que realmente están locos, se abren mucho más ante la imagen de semejanza, éste delantal no hace más que diferenciarme, poniéndome en un escalón más alto a mí que a ustedes. Por lo tanto, lo único que pretendo es que me ayuden a desarrollar actividades para los que realmente están enfermos. Ustedes, ante los ojos de ellos, también lo son, son pares, de ésa manera cuando los vean desarrollando las actividades normalmente, se van a motivar creyendo que también las pueden hacer, al estar seguros van a tener mejorías notables.

-¿No es engañarlos?

-Es ayudar Ernesto, de la misma manera que lo hago con ustedes.

Ayudar depende las necesidades.

-Cuente conmigo entonces.

-Perfecto. ¿Estás listo para ir a conocer al grupo?

-Sí, muy ansioso, pensé mucho sobre el grupo.

-Bueno, seguíme. Ya es tarde, deben haber empezado. Te pido que te mantengas en silencio hasta que te den la palabra, son muy ordenados.

-Como diga.

Salió de la habitación y dobló hacia la derecha del pabellón.

Mi habitación era una de las primeras, por eso el pasillo era muy largo. Caminé detrás de él alrededor de 50 metros hasta que terminó el pabellón, chocando contra la entrada al jardín. En el medio, donde estaba la fuente, pude ver un grupo de hombre sentados en semicírculo, escuchando cómo uno -el único parado- hablaba. A medida que me fui acercando, pude diferenciar al hombre que lideraba, era ése misterioso hombre de sombrero que hablaba con el doctor la primera tarde que salí al jardín, el misterioso Hipólito Iolster. Cuando llegamos hasta la reunión, ninguno de los hombres giró la cabeza para observarnos. El doctor me hizo una seña para que me sentara. Intenté observar a los hombres que estaban en el suelo a mi lado, y pude ver a Fausti en la otra punta, a los demás nunca los había visto. Todos escuchaban atentos a Iolster hablar, su voz era totalmente imponente, no podía pasarse uno sin detenerse a escuchar, tenía un encanto extraño de la misma manera que las flautas llaman la atención de las serpientes en Medio Oriente. Hablaba con mucho énfasis, pero sin levantar la voz. Gesticulaba mucho, era un gran orador. Una vez que observé todo el contexto, me dispuse a escucharlo.

-¡No se crean que la gente que se encuentra del otro lado de ésta horrible muralla es libre! No, amigos. ¡De ninguna manera!

También son prisioneros, quizá no tienen alguien vestido de blanco que no lo deja ir donde su corazón manda, pero tiene una mujer. Una mujer que también lo esclaviza, pero sin dejar de ser esclava. Él se va a gastar el dinero que ganó en prostitutas y caballos, creyéndose muy astuto por hacerlo. En cambio, ella busca algo más, por la puerta de atrás entra un amante, el cual, ¿quién sabe dónde lo conoció? Ella le hace el amor como a nadie. Al llegar su marido ambos están satisfechos, se mienten sobre las cosas que hicieron durante el día y se duermen, hipócritamente, abrazados. Los dos juntos, son esclavos a su vez del sistema, el sistema que solo busca ver cómo consumen, cómo compran, cómo se endeudan sin motivo, buscando una felicidad material que nunca va a llegar, ¡jamás! Y, ¿saben por qué? Porque la felicidad no es material. El domingo pasa rápido y el lunes otra vez a trabajar. Éste señor se levanta, se baña y se afeita, mientras su mujer le prepara el mate, un mate manchado de infidelidad e infelicidad, se sientan y sin decirse palabra alguna escuchan las noticias en la radio. El hombre, impecablemente vestido con las camisas que ella planchó, se va a trabajar o mejor dicho a venderse, a prostituirse ante las necesidades del patrón, a ser el esclavo de su patrón… ¿Por qué hablan de abolición? ¡Es mentira!, no existe

la abolición… ¿Saben lo que existe? La esclavitud por horas. Ahora somos esclavos por horas, nuestras horas valen tanto dinero, dentro de esas horas debemos halagar y cubrir las necesidades de nuestro querido patrón. Al fin el reloj marca las seis de la tarde, “es hora de irme a casa”, piensa el ingenuo que no se da cuenta de que ya no le quedan fuerzas para disfrutar sus horas de libertad, pasa por el bar, se tomas unos tragos y vuelve a casa. En ésta ocasión, el amante no visitó a su mujer y él no pasó por el prostíbulo, decidió gastar la poca plata que tenía en alcohol… Llega

un poco ebrio y se acuesta con su mujer, le toca las nalgas y se excita. En pocos minutos, ella ésta con los ojos cerrados sobre él, pero pensando en su amante. Gritan como tratando de mostrarse el uno al otro que la está pasando bien, los dos exageran, gritan…

Al terminar se dan vuelta y ni se miran. Otro día más pasó, las fuerzas las vendió en sus horas de productividad, cuando tenía horas de libertad no hizo más que emborracharse y acostarse con una mujer que no solo lo engaña sino que también ya no ama. Por el lado de ella, no trabaja, es libre, pero su alma siente una pena enorme, no encuentra fuerzas para irse, para dejar a éste hombre con el que duerme. Cuando lo conoció era atento, amoroso, romántico, detallista, flaco, esbelto, muy sexual y divertido. Hoy, la vida de “libertad” lo convirtió en todo lo contrario; mal humorado, dejado, antipático, le grita, le exige la comida y las camisas planchadas. ¿Qué hay de libertad en esas dos almas? ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Él no puede dejar el trabajo esclavizador porque tiene un hipoteca, dos hijos en el colegio, un auto y tres bocas que mantener… Ella siente una pena enorme, hace tiempo que no se siente como una mujer, que no la miran, que no la aman, que la desprecian, ignoran su pelo, su ropa interior, sus ojos, sus manos y hasta su comida. ¡Si tan solo dijera que la comida es rica!… El sentimiento que tiene por ser madre es hermoso pero, ¡la olvidaron como mujer! Y ellos son libres, caminan donde quieren sus piernas, sin murallas, sin doctores, sin jeringas, ¡pero también son prisioneros! Nosotros estamos acá, algunos porque lo merecen, otros por castigos, otros por ser distintos, otros por tener sensibilidad, otros por no tener dónde dormir o qué comer, pero todos juntos, los que estamos esta noche, sabemos que no deberíamos estar acá… Al sistema, a los poderosos, no les conviene que nosotros andemos sueltos, si nos juntáramos todos peligrarían sus intereses. Lo único que quieren es plata y, mientras más tienen, más quieren: les gustaría comprar la luna, el océano, ¡solo para que lleven su nombre! Así estamos… pero desde el hospicio, las cosas pueden cambiar. Tenemos que escapar, tenemos que salir y demostrarle al mundo que hay una vida mejor. Una vida, pero ¿qué vida? Esto que tienen los hombres ¡no es vida!… Hay una vida llena de arte, de cultura, de diversión….

Todos se pusieron de pie y estallaron en aplausos pero Iolster rápidamente desaprobó el gesto.

-Un momento, ¡silencio! Los aplausos van a estar cuando todos estemos fuera de aquí. Lo vamos a hacer cuando logremos la victoria. Tenemos un compañero nuevo, vamos a darle la bienvenida.

¿Cómo te llamas? Contamos un poco de vos.

En ese momento que se desvió toda la atención hacia mí, se dieron vuelta los ojos de todos los “locos” que se encontraban sentados. Dentro mío se produjo una enorme sensación de vergüenza, empecé a traspirar al tratar de contestar. Me sentí realmente muy incómodo, pero como pude contesté:

-Me llamo Ernesto, tengo 20 años y…

Iolster me interrumpió inmediatamente al oír mi edad.

-¿Qué haces acá adentro con 20 años?

-Mi padre me encerró a modo de castigo por leer a los autores socialistas y anarquistas.

Su rostro se transformó y levantando el tono contestó.

-¡Vean amigos! De esto les hablo… ¡La gente de poder nos encierra por pensar…! ¡Basta de esto, por favor…! Algo tenemos que hacer amigos, yo no voy a permitir ni un caso más, ¡ni uno!…

Otra vez todos se levantaron y aplaudieron, pero ahora no los interrumpió, sino que por el contrario, los alentó. Después de unos minutos de arenga, los locos se dispersaron por el jardín. Separados en pequeños grupos, algunos corrían, otros hablaban, otros jugaban a las cartas. Así pasé mi primera noche perteneciendo al grupo de los alienados, comandado por Iolster, ideado por Fausti y sostenido por Shuster.


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