Archivo de la etiqueta: Tirando semillas en la arena (2016)

Caminando en una primavera olvidada


 

        Anoche volví con la certeza de cumplir un sueño… un sueño que día a día parece más grande y no terminar. Hace unos años solo escribía acerca de un alma muerta, muerta en vida, olvidada en los avatares de un amor que no valoraba mi convicción, mi deseo y mi decisión. Con el tiempo mi alma se llenó de callos que no hicieron más que endurecerme, estuve duro de verdad pero salí, estuve deprimido pero salí… salí y decidí perseguir la vida con valor aunque no explotó mi cuerpo de felicidad como creí que sucedería. Aquel chico inocente que disfrutaba de imaginar historias y jugaba a adivinar las capitales de las banderas que veía en un atlas se transformó en un hombre, aquel chico imaginaba viajar por el mundo, este hombre lo está haciendo pero nada es como imaginaba ese pequeño inocente. Una sociedad que me  ignora, que me vio nacer y crecer, perder  finales de ajedrez, de natación, de futbol  e incluso de literatura, una sociedad que llena de murmullo el aire mientras intento tocar un poco de la música que me lleva por el mundo. Salí esta mañana con optimismo, ayer sentencié volver a salir del país para mostrarmr, para mostrar mi música, ya parece natural.

             Al salir de mi casa el sol me acarició, sentí en el aire que se venía el buen tiempo, la gente caminaba llena de colores, sus remeras rojas, amarillas, verdes, trajeron a mí a los antiguos hombres.

         ¿Por qué el hombre ha modificado tanto su entorno? Imaginé aquellos años donde la primavera llegaba porque las plantas se vestían de gala, porque el sol se ponía tan claro que hacía del agua un espejo, los animales que se escondían durante el invierno comenzaban a asomar sus hosicos. Hoy todo parece igual, flores de papel, campos en una pantalla, vientos artificiales, cemento, humo, ruido y sobre todo, sueños destrozados al por mayor. Miro la gente a la cara mientras camino, llevo otro ritmo, es lunes o martes tal vez, no lo sé bien, mi vida me llevó a perderme en el calendario. Todos los días son iguales para mí. La cara de esas personas denota cuántos sueños tienen destrozados mientras corren, corren para no perder un colectivo al que no le entra más gente. La caminata me lleva a un centro comercial. Miles de negocios (miles literales) se abarrotan uno al lado de otro vendiendo ropa, vendiendo imágenes. Esa ropa se parece a la que da estatus, a la que te pone bien ante los demás, al igual que si viviéramos en la Roma antigua.

      Pero estos negocios la venden mucho más barato que el resto de la ciudad, casi como para que la mayoría de la gente pueda mostrarse a la altura de las circunstancias sociales. Las mesas en la calle se llenan de gente discutiendo de política, deportes y la vida de personajes públicos, me sacan una sonrisa al escuchar como debaten ante la posibilidad de proteger la industria nacional, aunque siempre hay alguien que quiere lo contrario.

        Seguí caminando sin dejar de lado que los sueños cumplidos no me llenaban el alma, nunca imaginé caminar por las calles de Francia con mi bajo a las espaldas y no contar con agua caliente para bañarme casi al unísono. Los colores, entonces, no aparecen en la naturaleza sino en las grandes ciudades, aparecen en el hombre, el hombre intenta recrear esa herencia que mantiene de su época animal, el mercado de ropa se mueve como si fuera un puerto y siempre hay alguien esperando el momento adecuado para sacar ventajas como si fuera un zorro que entra por la noche a un gallinero, pese a que está seguro de vencer. Las gallinas no tienen ninguna posibilidad ante un zorro, solo les queda gritar y gritar y gritar para llamar la atención de una naturaleza que le da la espalda, que la ignora totalmente. El zorro, que podría matarla con los ojos vendados, ingresa mientras el silencio se hace cargo de la noche y la oscuridad reina con los miedos como guardia real. Al gallo solo le queda morir como un héroe, eso lo llena de gratitud, más que la muerte. El honor que nace cuando la gallina lo ve morir por defender su lugar, eso es suficiente. Me voy, en pocos días vuelvo a dejar mi ciudad, como si fuese un gallinero. Invadidos por la formación de opinión, por la demagogia política, por la deshumanización de los conductores, por la corrupción, por el desequilibrio de posibilidades… ignorado… sin valor, me voy a otra tierra donde me valoran un poco más, parece increíble pero es real, ya no encuentro consuelo en hundirme en una utopía revolucionaria que termine con los zorros porque en definitiva el zorro entra solo a un gallinero de cientos y cientos de gallinas que organizadas lo vencerían sin demasiados problemas pero el miedo paraliza. El miedo traba las articulaciones mucha más que las fracturas.

          El gallinero donde nací me ignora, prefieren ver a los zorros sentados en el medio mientras las gallinas le preparan de comer banquetes a base de sus propios pollos, sirven a sus hijos en bandejas para que los zorros se llenen el estómago, se suben a los trenes como ganado, se suben a los colectivos tratando de no caerse de las ventanas. Voy llegando a destino y veo un hombre de unos ochenta años haciendo cola para pagar impuestos, ahí estamos, toda la vida pagando tributo para que unos pocos paseen por Estados Unidos enviados especialmente para ver cómo los que más tienen se hacen con el poder del mundo… esos viajes, esas mansiones, esos autos, esos plásticos implantados en cuerpos, esos lechones a fuego lento, esos vinos de uvas exclusivas se re recaudan en el tributo que pagamos a diario… Porque el zorro también evoluciona y una día, en lugar de entrar al gallinero y matar unas cuantas gallinas las amenazó con atacarlas si no le daban comida entonces, ellas, prefirieron entregarles algunos pollos y vivir sin miedo. El miedo, es el problema que hace que las caras que vi durante todo este recorrido sean tristes, el miedo es el que hace que los zorros manejen a las gallinas aunque sean menos. Me voy, nuevamente, tal vez esta sea definitiva, tal vez no. Llegué a mi casa, prendí la radio y escuché una avalancha de invitaciones a consumo desmedido para festejar el nacimiento de un revolucionario que cambió el mundo, un hombre que salió desde los rincones más olvidados de la sociedad, que se plantó delante de un poder que te hacía cagar encima, que intentó hacer justicia social, que lo mataron y lo tomaron como símbolo de una institución que nunca siguió sus palabras y solo soñó con dominar el mundo como un personaje loco de dibujos animados. Me senté destruido, abatido pese a tener mis sueños cumplidos, agarré un libro y lo abrí al azar y, justamente, como obra del mismo azar se me presentó una frase delante de mi nariz que ignoro su veracidad pero apareció como arte de magia: “Pero Jesús les dijo: —En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa.”


 

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Mientras un inventor está de gira.


               Se echó en el hombro el montgomery que usaba para las ocasiones especiales y se dirigió al espejo donde encontró un hombre exitoso, un hombre que había logrado sus propias metas, sin dinero pero con el alma disfrutando dentro de una salsa que se cocinaba a fuego lento en su alma. En pocos minutos debía dirigirse al aeropuerto para regresar a su ciudad, más puntualmente a su hogar, donde lo esperaba su pequeño hijo y su mujer. Su anhelo se vio satisfecho al terminar la cuarta gira en el año o viaje de negocios – como le decía a su mujer para que lo tome un poco más en serio -… Un tiempo atrás había logrado dejar su trabajo de quince años en la empresa de su suegro para dedicarse a su lado de inventor que comenzaba a dar frutos aunque no suficientes para alimentar y vestir correctamente a su familia, pero él sentía un orgullo enorme.

 Cuarta gira internacional del año, invitado con gastos pagos a los congresos más importantes de proyectos referidos a la industria de la medicina, le otorgaron un pequeño stand en una ubicación de las más alejadas de la acción pero ahí estaba él, con el pecho inflado y una sonrisa eterna, con un invento que llevaba su apellido… ahí, revelador, revolucionario y con una frescura tal que podía llegar a cambiar la industria para siempre. Una noche que lo encontró desvelado se le apareció como voluntad de algún Dios – de ésos en los que él no cree, seguramente como consecuencia de su afición por el conocimiento y la ciencia – la imagen de un parche… un simple parche que se pegaba en la piel y luego de 15 minutos daba un diagnóstico certero de HIV, verde negativo, rojo positivo. Pasó meses y meses que se transformaron en un par de años hasta que al fin dio en el químico exacto, en la fórmula exacta ¡el parche funcionó! Y ahí estaba paseando por los congresos…

Nunca pude obtener el conocimiento necesario para saber cómo funcionaba pero así lo demostraba nuestro amigo en cada Congreso… Como todo invento que puede cambiar la industria tiene que vencer a los que están aferrados como liendres al funcionar de un sistema que trae tantos beneficios para ellos. Sí, aunque cueste creerlo también funcionan los intereses en una industria como la medicina que debería tener como principal objetivo mejorar la vida y, por qué no, la muerte de la mayor cantidad de personas posible.

Seguía parado frente al espejo con la sonrisa dibujada en el rostro. Pese a no poder vender la licencia y que la única oferta que recibió fue la de una marca de preservativos que pretendía incluir el parche a sus tres condones para que el negocio no se les termine, “si te da el verde dejáme en la mesa de luz” repetía el dueño de la fábrica en el stand de nuestro inventor quien se negaba a vender la licencia por más ceros que incluya el cheque que llegó a sus manos… No podía resignar sus aspiraciones medicinales.

El espejo, ése increíble objeto que refleja la realidad en vivo, seguía teniéndolo como actor principal mientras pensaba, mientras recordaba el cuerpo de Iva. Aquella hermosa mujer belga que se paseaba por el stand de al lado sonriendo mientras lo miraba fijo sin ningún temor… Concurría el segundo día del congreso cuando venció la pared que levantaba su vergüenza y se puso a hablar en un inglés que generaba risas en los demás que pasaban y lo escuchaban. Los ojos de Iva le transmitían una sensualidad que nunca había experimentado, por alguna razón que desconocía, una energía exótica le hizo vibrar las venas y lo llenó de seguridad, esa que solía faltarle en situaciones similares… Contemplaba su cuerpo y le costaba imaginarse a esa mujer deseándolo, para su enorme sorpresa, así fue…Criado en una cultura que veía mal a una mujer con actitud y que pueda disfrutar de su libertad de la misma manera que un hombre, menospreció y prejuicio la valentía de Iva que lo deseó y se lo hizo saber, en breves instantes estaban en su habitación sacándose la ropa desesperados como si el reloj los apurara, olvidándose de todo lo que podía suceder en algún otro lugar en ese preciso instante. Simplemente se disfrutaron hasta quedar exhaustos boca arriba, contemplándose en el espejo que descubrieron en el techo, tal descubrimiento tardío los hizo sonreír de manera compulsiva. Sin conocerse, sin poder comunicarse si quiera en el mismo idioma, con serías complicaciones en el inglés de nuestro inventor, se excitaron tanto que terminaron riendo de un espejo…

 El Congreso duró diez días, al segundo estaba acostado con ella mirando su cuerpo con una admiración inusual, al tercero estaba escuchando el acento del español seductor que ella había aprendido solo para decirle que no vuelva a la Argentina y al cuarto estaba enamorado olvidando hablar con su mujer en Buenos Aires.

Estaba frente al espejo, todavía seguía ahí inmóvil, el sueño había terminado, la invitación se terminaba en minutos, el hotel comenzaba a abrir sus gastos a nombre del exitoso pero, por demás pobre, inventor. Debía irse, salir de esa habitación que quedaría como si nunca hubiera recibido tanto aire cargado de sentimientos, como si nunca hubiera escuchado gemir en belga a una hermosa mujer. ¿Cómo abandonar una mujer que tomaba whisky mientras escuchaban las hermosas melodías de Thelonius?) Monk y le pedía sexo sin restricciones?

Recordaba frente al espejo los gritos desesperados de su mujer pidiéndole que baje la música aburrida del ´40 y que largue el whisky porque era un  pésimo ejemplo para el hijo que compartían, ¿acaso esconderse y mostrar algo que no se es suele ser mejor? Se repetía para adentro mientras intentaba esconderse en la habitación que tenía destinada para inventar, escuchar música o escribir estúpidos relatos, dependiendo el estado en el qué se encontrara. Los pies no se le movían del piso, aferrado al parquet, frente a ese mísero espejo que lo replicaba disfrutando de su trabajo de espejo, mostrándole a la gente la realidad – sinceramente, no creo que haya mejor trabajo que desenmascarar tanto a héroes como a villanos por igual y mostrarles su cara tal cuál es – Recordaba a Iva que ya debería estar camino a Bélgica, las últimas palabras que dijo en un español tan malo que le encantaba retumbaban en su cerebro: “tal vez, tus inventos te lleven a Bruselas, ahí estaré, tal vez disponible, tal vez no, no lo sabemos, pero ahí estaré”. Imposible olvidarse de ese cuerpo diez años menor que brillaba como la enorme catarata que se escondía en los cerros llenos de vegetación que rodeaban el hotel. De repente, el sonido de la puerta seguido de una voz bien masculina lo alteró, era un empleado del hotel que le rogaba salir pronto. Se volvió a mirar en el espejo, por última vez, se puso el Montgomery que llevaba colgado del hombro, recorrió la habitación intentado retener cada pequeño detalle que haga mantener vivo el recuerdo de Iva y salió respirando tan hondo que sus costillas parecieron reventar aunque lograron soportar la presión de los pulmones.

Afortunadamente le tocó la ventana y la salida de emergencia en el avión, pudo estirar sus piernas y apreciar una noche tan oscura que solo era cortada por las luces lejanas de una enorme ciudad que se parecía más a un hormiguero super evolucionado que una civilización humana. Obviamente, y a esta altura no hace falta aclararlo, pasó las 23 horas que duró el viaje pensando en Iva, en las posibilidades matemáticas de volverla a ver, prefirió la matemática porque la estadística era mucho más cruel. El vuelo no tuvo sobresaltos importantes si descartamos los que tenía él dentro de su cuerpo casi inerte, llevó los ojos secos de mirar por la ventana sin moverse, con la cabeza clavada en una chica belga que no vio más de diez días en su vida pero que le alcanzaron para mover toda su estructura que parecía adherida a lo vulgar de su rutina.

Al llegar al aeropuerto, mientras bajaba del avión imaginó la conversación que iba a tener al encontrarse con su mujer….

– ¿Cómo te fue? – Diría ella- .

-Bien, ya vamos a hacer un buen trato- . Respondería el exitoso inventor por simple cortesía.

– ¿Entonces no trajiste plata? -. Expulsaría la mujer llena de rabia.

– No-. Se limitaría a decir él pensando: Entonces no haremos el amor, ¿verdad? Y llevarían en silencio todo el viaje por la autopista desde el aeropuerto hasta su casa.

Claro que éste dialogo no fue más que la imaginación de él porque al llegar a la salida de la zona de desembarque se dio cuenta de que nunca le avisó la hora ni el día que arribaría el vuelo a su mujer, llevaba tres días sin hablarle, su ingenuo amor repentino le generó una ceguera tal que ahora se encontraba varado en el aeropuerto, solo, sin la belga diez años menor, sin su mujer, sin su hijo, sin vender su invento. Sonrió por su estupidez y volvió a repetir el futuro dialogo mientras se subía a un taxi y sus ojos se volvían a acostumbrar a una ciudad que parecía desconocida.

-Qué haces acá? No me avistaste nada-. Otra vez ella a la defensiva.

-Quería darte la sorpresa-. Mentiría ávido de confianza y diría para sí mismo; y agarrarte contra la heladera y hacerte el amor.

-No te conté para la cena – Ella sonriendo llena de complicidad mientras lo besaba.

La  historia continuaba desnudos arriba de la mesa.

El taxi arribó y el inventor le pidió que lo espere, necesitaba ir a buscar pesos a sus casa, solo venía con hermosos billetes verdes. El taxista asintió contento mientras el reloj seguía su curso. Abrió la puerta esperando encontrar un seductor olor a comida pero todo estaba oscuro, frío y sin olor aparente. Prendió las luces, dejó caer sus valijas, notaba el aire extraño, se acercó a la cocina por el pasillo de entrada, también estaba oscura, prendió las luces, todo estaba en silencio, abandonado, siguió al cuarto, tampoco había nadie y su ropa estaba tirada en la cama, en el piso, en el ventilador, en la estufa, en todos lados, pasó por el cuarto de su hijo y estaba totalmente vacío con la marca en la pared que declaraba que la cama había estado apoyada en el mismo lugar durante años, continuó a su cuarto, el de los inventos, el de escribir, el del whisky y lo encontró tal cual él lo había dejado pero sobre el escritorio había unas cuantas hojas, se acercó y las reconoció, pertenecían al cuaderno donde él escribía sus penas con una prosa bastante pobre que aspiraba ser de calidad pero no podía llegar a serlo, se acercó para leer bien,  era una frase de él que recordaba bien “Las mejores historias no las he escrito, las dejé tiradas en alguna charla, las mejores noches las dejé olvidadas en un bar”, con lapícera roja seguía la letra de su, ahora, ex mujer, “te dejo todas estas hojas en blanco para que puedas escribir tu mejor historia y, si eres capaz, inventes la manera de dejar de sufrir.” El impacto fue similar a un cross de derecha preciso y certero, de tal manera que lo sentó en una silla que había por ahí. Se olvidó de Iva al instante y su alma se descuartizó en mil pedazos mientras había dejado olvidado al taxista que seguía contabilizando un momento que parecía eterno.


Próximo tren: 3´


Entrada 1. Julio 16 - Al mundo le falta un tornillo.

Texto: Christian Morana

Dibujo digital: Hernán Lopéz.


     Mañana a mañana, tarde a tarde, día a día, viaja a su trabajo donde siente que se seca como una planta de esas que nos olvidamos de regar porque estamos ocupados en ver cómo se pierde la vida en el qué hubiera sido… Contrastando con la imagen de domingo a la tarde que lo retrata con la mochila pequeña de Mickey que queda enorme en su espalda y Natalí agarrada de su mano mientras va a la casa de su ex mujer, la cual todavía no puede ver sin que su química se alborote de manera nefasta. Flavia rearmó su vida y ahora vive con ese inteligente y exitoso director de cine que se inspiró en él para un personaje detestable de su última película…. Esa imagen de perfecto padre de fin de semana se pierde el lunes rumbo a la oficina…

      Ya lleva diez años en el mismo trabajo y, a pesar de tener solo treinta años, se siente como un adulto completo, se mira en el espejo cada mañana cuando suena el despertador y ve un fracasado sistemático, todo lo que deseó para su vida quedó ahogado en el agujero sin fin que genera su inseguridad, no puede pelear contra eso. Sale abrigado por demás (para evitar alguna gripe), y se encuentra con Malena (su amiga y compañera de trabajo desde hace diez años) en el subte, en la misma estación, en el mismo horario… siente el olor del pelo recién lavado que ella desprende sabiendo lo que causa, en un punto lo disfruta… Él, la desea pero no sabe cómo hablarle, cómo intentar acercarse y tomarla violentamente de la cintura. Se saludan pero nada de eso tiene sentido, su personalidad quedó marcada a fuego aquella noche que tocaba la guitarra con la banda de sus amigos de la secundaria, la música le gustaba pero no era capaz de afrontar lo difícil de una vida dedicada al arte… Aquella noche, entonces, vio como el guitarrista de la banda que tocaba después, un músico talentoso que contaba con un renombre y una calidad sorprendente, se llevó de la mano a su primer amor, a su primera novia. El enlace entre aquella situación y Malena fue inevitable cuando se enteró que ella se había acostado con el hombre más interesante de la oficina, un profesor de historia devenido en empleado y dueño de una mente brillante que con un carisma seductor encontraba una historia interesante para cada momento. Él, se veía al espejo cada mañana, después de lavarse la cara y antes de encontrarse con Malena. Imposible, para su devenida autoestima, no compararse con el exitoso director de cine que se llevó a su mujer, el talentoso guitarrista que se llevó a su primera novia y el cuentista carismático que pasea con Malena. El fracaso era algo constante en su cabeza, apostó por una familia que se desarmó en su cama a manos de la rutina y la falta de deseo. Caminaba a diario hasta la estación de subte hundido en el profundo océano que son las grandes ciudades, siendo una pequeña gota mezclada con sal, mezclada con vida pero también con muerte, con el sol y la luz más clara y el frío más gélido de las profundidades. En sus auriculares (aquella mañana donde yo centré mi lupa) sonaba una canción que gritaba “Para vos lo peor es la libertad” su cabeza quiso hacer caso omiso  al mensaje pero su corazón latió fuerte prendiendo la alarma, trato de no pensar y bajó rápido las escaleras del subte. Como cada mañana, un cardumen de gente se peleaba por entrar a un vagón que no tenía la capacidad necesaria, levantó la vista y vio que el cartel prometía el próximo tren en 3′. Pensó que su vida no tenía la necesidad de contar con esos 3′ y comenzó a empujar la gente que también intentaba entrar para llegar antes al trabajo.


Sentirse como un marciano

Entrada 1. Julio 16. Un marciano en el planeta tierra.jpg

Dibujo: Hernán Lopéz.

Relato: Christian Morana.


 

          No es novedad sentirse como un marciano en nuestro Planeta Tierra, por lo menos para mí. ¿Qué tendrá de humano torturar hasta la muerte por pensar distinto? ¿Qué tendrá de humano esclavizar por el mero hecho de obtener algún beneficio efímero de eso?…Tal vez el instinto de supervivencia. Pararme y verme viviendo como una hormiga me genera una profunda sensación de tristeza… ¿Qué pensarán nuestros futuros compañeros desde la Luna o Marte acerca de esto?

          Los persas soñaban con conquistar todo el mundo conocido, Alejandro Magno con ser el dueño, usando la fuerza, de oriente y occidente basándose en la fantasía de mezclar las culturas. Los romanos soñaron con esclavizar el resto del mundo para vivir de fiestas con las riquezas robadas en nombre de la evolución cultural y la libertad… pero los cristianos dijeron basta. Napoleón, sin embargo, casi lo logra y parece una trillada ficción que haya sido después de participar en la revolución social más grande de los últimos 200 años. Sin esforzarme en hacer cuentas, el abuelo de mi abuelo podría haber peleado en el ejército de Napoleón o ayudarlo a robar un pedazo de una pirámide egipcia o cualquiera de las cosas que todavía hoy Francia exhibe en un museo parisino con una entrada muy bien remunerada… ¿la gente? Me pregunté mientras mis ojos contemplaban la pirámide de cristal que reina en medio de semejante injusticia… Saca fotos y está endeudándose por respirar el aire parisino, me contesté…

      En época de mi abuelo,  Hittler casi destruye el mundo asegurando que era necesario limpiar la raza, todavía hoy existen los que aseguran que lo único que hizo mal el alemán fue no terminar su trabajo; pero: “el humano evolucionó ¡no desesperemos!”… escupen los canales de televisión sobreviviendo de las pautas publicitarias que le dan los bancos más importantes siendo quienes manejan el papel que se mueve al rededor de TODO el mundo, generando una relación morbosa entre millonario y dueño de banco, ambos se necesitan y ambos tienen intereses… ¿Qué se dirán? nunca lo sabré desde el lado en el que elijo estar… el ser humano evolucionó de la mano de Estados Unidos que, venciendo en la final televisada para TODO el mundo con el montaje cinematográfico de la destrucción de un muro… un muro que dejó la cicatriz marcada en las calles de Berlín, está ahí, ahí se ve, ahí se toca, en el medio de la calle, cruza por toda la ciudad, un pedazo de adoquín en medio del perfecto asfalto, realmente ahí está la marca de una guerra silenciosa… La gente, sin embargo, no mira para abajo mientras le parece curiosa la historia de que Napoleón se robó una escultura enorme de oro que adornaba la entrada principal de Berlín y que un alemán que no recuerdo el nombre, por fin, logró poner a los franceses de rodillas y recuperar el oro…

        Me pregunté entonces: ¿A qué le llamábamos evolución? llegando a la conclusión que la evolución que sufrimos como civilizaciones está medida en cuán lejos o cerca estemos de nuestros instintos, de la manera natural en la que deberíamos vivir, sobreviviendo, mirando a la cara al peligro, a la noche, a la muerte constante… ¿Dónde irán todas esas hormonas violentas que el cuerpo dispara de manera mecánica, porque el mundo en el que vivimos toda nuestra historia estuvo plagado de peligros… eso que todavía nos hace dar cuenca que somos parte de una naturaleza que nos rodea pero no miramos, solo conquistamos cada vez más, sin ningún límite, sin ningún fundamento, no les alcanzó con ser dueño del mundo y no les alcanzará… viven callando revoluciones, sometiendo a las otras culturas que resisten, avanzan sin escrúpulos, avanzan… y avanzan… y avanzan… sobre la cultura porque así ganaron la guerra que los puso al mando, en silencio, con mentiras, espamento, así son ellos, así pelean, así nacieron sus empresas que entienden el mercado como una guerra (basta con revisar la historia de Coca-Cola y Pepsi)… se enorgullecen de eso, de esa manera que tiene de ser el imperio de hoy… Fueron, y nos plantaron su bandera en la luna por si teníamos dudas de su poder. Prefiero festejar el día de la independencia del sueño que tenemos algunos pocos… de la independencia… pero de ellos…


Recuerdo de una partida de ajedrez


       El recuerdo se mezcla con la realidad en varias ocasiones, en ésta, se trata de un recuerdo de la niñez. Yo era un chico tímido y extremadamente retraído, hundido en una soledad inducida en la que me sentía cómodo, un chico de esos que disfrutan de adquirir conocimiento. Uno de mis mayores pasatiempos era estudiar las banderas y las capitales de los países que aparecían en una lámina de una vieja enciclopedia que mi madre tenía en su biblioteca y que nunca vi que la leyera. Agarraba a cada persona que andaba por mi casa y le pedía que me tome lecciones, que señale una bandera tapando el nombre que aparecía abajo y yo sin dudarlo respondía. -¿Cuál es esta bandera? ¡Rápido!… Disparaba Rosita, una mujer que vivía en el departamento de enfrente al nuestro y que me cuidaba mientras mis padres trabajaban extensamente para poder mantener a mis hermanos y a mí. No puedo acertar la edad que tenía Rosita por aquellos tiempos pero para mí era muy vieja, cruzaba por el pasillo lento pero siempre sonriente, me contaba historias sobre algunos héroes y recordaba siempre que había hecho lo mismo con mi madre cuando ella también era muy pequeña, la había visto nacer, eso se generaba en mí una sensación de eternidad en la vida de Rosita aunque mi madre me había parido muy joven. –Esa es la bandera de Nepal- contestaba yo haciéndome el superado, que sabía todo. –Y esa es la de Zimbawe, esa es la Francia y su capital es París, aquella de allá es de la Yugoslavia y la capital de Egipto es el Cairo.- Sonreía orgulloso y pensaba que era el chico más inteligente de toda la cuadra, con tan solo unos seis años me sentía sabio y quería serlo tanto como lo era Rosita. En un momento, aparecía alguno de mis hermanos y terminábamos jugando al fútbol por el comedor destrozando todo lo que había a nuestro paso, el deporte también era mi pasión por aquellos tiempos. Un gran deportista ilustrado, le decía a mi madre cuando ella volvía de trabajar en su puesto en el Banco estatal… Un día, al llegar mi madre, me comenta que en el colegio iban a hacer un campeonato de ajedrez para los chicos de primer grado, yo sabía jugar y me encantaba aquel juego que para mí era violento y bélico, disfrutaba de matar a mis oponentes y quedarme con sus piezas.          Un sábado a la mañana, me levanté temprano, desperté a mi padre y le pedí que me lleve al campeonato en su moto, mi madre escuchó y dijo – De ninguna manera, iremos caminando-. Está de más decir que así fue. Del torneo de ajedrez no tengo demasiadas imágenes en mi cabeza pero recuerdo que había muchos bancos con tableros preparados, en ese momento me parecieron un montón, pero probablemente no eran más de cinco, empecé a jugar y a ganar, era una máquina, recuerdo haber ganado más de un partido en dos o tres jugadas. Llegó el momento de la final, iba a jugar la final del torneo de ajedrez para chicos de primer grado de mi colegio, quería destrozar a mi oponente y llevarme esa medalla, volver corriendo y decirle a Rosita que había triunfado y que iba a ser tan inteligente como lo era ella. Mi oponente, el hijo de uno de los dueños del colegio privado donde me enviaban mis padres. Sentía las venas vibrar como nunca antes lo habían hecho, tenía enfrente a ese agrandado y repugnante que detestaba día a día, que abusaba del poder que le daba su posición, que molestaba a todos los chicos porque tenía beneficios, una muestra pequeña de la sociedad, quería destrozarlo, cortarle una pierna y regalarle la cabeza a todos compañeros que sufrían, como yo, de su maldito abuso de poder. Llegó  la directora y sacó el tablero especial con el que se iba a jugar la final. Las piezas eran enormes y de madera, talladas a mano y con detalles brillantes en la reina y el rey, exquisito para que el hijo de puta de mi contrincante e hijo millonario del dueño se sienta a fin. Lo miré a los ojos y me dije que lo iba a destrozar. Comenzó el partido, me sentía exultante, confiado y poderoso, sentía a mis compañeros de mi lado, a Rosita orgullosa y a mis padres felices. Hice un movimiento en diagonal con un alfil y un sorpresivo jaque mate apareció para dejar a ese miserable indefenso, grité con fuerzas, había ganado, pero no parecía ser así, la directora, de manera rápida anuló la jugada argumentando que alfil partió de un casillero blanco y terminó en uno negro… ¡No fue así! grité, realmente no había sido así pero lo anularon de todas formas y comenzamos de nuevo la partida, desmoralizado y enceguecido por las ganas de arrancarle un brazo al hijo de puta y escupir a la directora, perdí en pocas jugadas, me destrocé en un llanto y  comencé a insultar a todos… La directora, en seguida, premió al pequeño arrogante millonario y llamó a mi padre para que me agarre, me levantó con facilidad y me llevó pateando hacía afuera. Me sentó en un escalón, y compró una coca. Cuando me calmé, me dijo: -Bienvenido al mundo, nosotros vamos a tener que pelear siempre contra los poderosos, los que más tienen no soportarán nunca vernos alzarnos sobre ellos, no lo harán, tendrás que pelear el doble para vencerlos, esto va a marcar el lado del mundo en el que estarás, estoy orgulloso que hayas dejado en evidencia que necesita la ayuda de su poder.

      Un mar de tranquilidad me asaltó y me quedé sentado mientras escuchaba a mi madre discutir a los gritos por semejante injusticia. Ese día mi vida cambió, mis padres me dieron una lección sobre de qué lado tenía que estar. Cuando volvimos a casa en silencio, me esperaba Rosita. Nunca más jugué ajedrez y el año siguiente comencé en un colegio estatal y con delantal blanco que nos mostraba a todos iguales.


Una noche cualquiera de un músico cualquiera.


           Una mañana me levanté y todo había cambiado, la soledad latía en mi pecho como resultado de una sensación ermitaña que había dicho presente el último tiempo. Despertar y darse cuenta que las únicas cosas que te gustan hacer no traen más que soledad, pobreza y una vida llena de adversidades no es lo más recomendable para un domingo soleado de un hombre depresivo. La noche anterior había estado tocando el violín con mi cuarteto en un bar destinado a que los turistas paguen un sobreprecio exagerado por una cerveza de mala calidad. Oscar, Aaron y Fortuna tocabamos en la tarima mal acondicionada los clásicos que nos habían hecho efervescente la sangre y disfrutábamos de eso. Lo hacíamos bien, mis dedos bailaban en el violín con una soltura inédita en mi desempeño, sumaba mi facilidad para el ritmo con la falta de sustento teórico, eso me daba una libertad que excedía todos los límites que las teorías proponían. Mientras paseaba por las notas chillonas pensaba en el corral que nos proponen la religión, las leyes, la moral, la teoría y hasta la manera correcta de elegir, simplemente porque así debe ser. La gente miraba (no puedo asegurar que escuchaba también) nuestro número, cuatro músicos desprendiendo su supuesto talento. En silencio, observaban con ojos de inspector de sanidad en primera fila y, como ya solía pasar, estaba sentado un joven violinista que intentaba copiarme cada movimiento, yo lo sabía pero disimilaba mi molestia. Me observaba directamente a los dedos y se sentaba del lado del escenario que me tocaba en cada ocasión.
Afuera, hacía frío pero ya la buena estación le iba ganando lugar al invierno más aterrador y depresivo para los solitarios. Mientras ejecutaba una melodía sugestiva y alegre, bajo la mirada del joven violinista, reparé en un grupo de jóvenes mujeres que estaban sentadas del otro lado del escenario. Miraban atentas y movían la cabeza o el pie al ritmo de la música, señal de agrado y bien estar. Continué tocando la melodía casi sin pensar, por repetición, por inercia, mientras en mi cabeza se hizo presente la idea de penetrar violentamente a una de las señoritas que clavaba sus ojos en los míos con una fuerza que me asustó. Llevaba una pollera roja que dejaba ver la parte menos importante de las piernas que, a su vez, estaban cubiertas con una media de red negra que dejaba salir un tatuaje lleno de color que no pude ver qué era con exactitud. Enseguida me olvidé de lo que estaba tocando pero nunca lo dejé de hacer, mantuve la mirada para no salir perdedor en el primer encuentro (cosa que hubiese marcado mi eterno segundo puesto en la relación) pero ella dobló la apuesta y sonrió sin disimulo, jugó su turno y me dio los dados. Yo seguí tocando por un rato más.
Al terminar me dirigí hacia la barra para cobrar mi parte de la paga.
-Un vino por favor.
-¿Cuál querés?
Me dijo el encargado de mala manera, sin levantar sus ojos de la computadora con la que no sólo controlaba el bar.
-Cabernet.
-A los músicos sólo les podemos dar malbec y no el de la casa, una copa. Se creen que vienen a emborracharse y no a trabajar.
-Discúlpame, por algo llamás músicos a tu bar, nos pagan una miseria y encima nos tratan mal, curiosamente al hombre que vende cocaína en el baño lo tratan mejor. ¿Será más honesto?
Clavó su mirada en mis ojos y me sirvió la copa de malbec. Le devolví una mirada poco amena y me dirigí a la puerta con mis amigos.
Al salir, los vi en ronda hablando efusivamente entre ellos.
-Este país no da para más, debemos irnos. Me han contado que en Europa los músicos son valorados, que la paga es aceptable, no tienen que rebajarse para enseñarle a tocar a pobres chicos arrastrados por sus padres para que los dejen a solas un par de horas, que mucho menos te niegan la comida y no hay que trabajar en el puerto quejándote al sol…
Las palabras se vieron interrumpidas en mi mente por el pasar de la mujer de la pollera roja, me miró y se fue sin decir nada. Yo me encontré repasando mis penas mientras esperaba el colectivo envuelto en una madrugada tenebrosa, en soledad y  con el alma vacía. Con doscientos pesos en mi bolsillo correspondiente a mi paga y un violín de treinta mil pesos.


Historia de una fiesta de cumpleaños


Este relato fue seleccionado por la Editorial Dunken par participar, junto a otros seleccionados, en la publicación “Ausencias al alba” que se llevará a cabo en noviembre del 2016.


               Tenía la intención de vestirme para que ella se arrepienta de haberme rechazado. Se acercaba la hora de la fiesta y me debatía entre ir y no hacerlo. Abrí el guardarropa y me encontré con la desazón, mi vida dedicada a la música no permitía comprarme ropa… me puse lo poco que tenía y me fui. Cuando salí sentí un agradable viento que me hizo pensar que mí último invierno al fin se había ido. Al cruzar la puerta recorrí los ojos de los invitados que bailaban un ritmo latino que me generó una sordera detestable, la busqué intentando hacer un contacto visual que la incomode y la vi con su novio, sonriendo. Se le notaba una plenitud insólita, disfrutando de sus vidas perfectas de oficina, perros y camisas. Realmente disfrutaban de ignorar los problemas que atravesaban a la sociedad, la existencia, la vida o la muerte. Con su salario medio podían sortear los problemas de una sociedad manejada – como siempre – por los poderosos y planear viajes a alguna playa paradisíaca explotada por hábiles comerciantes que hacen de la naturaleza su mejor negocio. Me sentí un estúpido pensando semejantes cosas y anotando palabras sueltas – que después no iba a entender – en medio de una fiesta mientras los invitados bailaban felices. Comprendí en ese momento que la música clásica y las letras no eran para cualquiera; recordé aquellas tardes en las que hablábamos horas acerca de mis problemas con Vittoria, de la falta de consideración que tenía para conmigo, en definitiva, lo que soy… Natalia, me repetía hasta el cansancio que debía buscarme una mujer que disfrute verme tocar o recibir algún relato en su honor.
-Vittoria tiene una indiferencia horrible, le da lo mismo que escribas sobre ella o sobre otra.
Decía cargada de celos mientras yo no me decidía entre callarla de un beso o resistir la tentación. Aquellas épocas, sin embargo, terminaron, quedaron en el pasado, tanto Vittoria como Natalia.
Al tiempo que sonaba un ritmo repetitivo que daba la sensación de saltos, Natalia bailaba con una sonrisa enorme, esa que me sedujo tanto tiempo atrás, incluso me hizo dudar de mi amor para con Vittoria. La observaba con cuidado para evitar que su novio se diera cuenta que mis ojos la deseaban profundamente. El ritmo me trasladaba la cabeza con vulgaridad, parecía tratarse de una música pecaminosa, delante de esa base saltarina se destacaba una voz que parecía un acorde, grave y rota como si la garganta que despedía tan diabólico sonido estaría por quebrarse en un llanto. Los pocos invitados daban saltos descoordinados y fuera de ritmo, asegurando que eso era un baile. Una mujer se acercó y comenzó a bailar delante de mí. La seguí inmediatamente tratando de olvidar semejante análisis sin sentido.
-Hola. ¿Cómo estás?
Le dije como si hubiera dicho una frase elocuente.
-Bailando.
Su sonrisa se dibujó en su agraciada cara. Me entregué a la música sin decir más nada, bailamos en silencio pero con una conexión rara. Mi cabeza no paraba de imaginar mis manos agarrándola, no tanto por ella sino para que Natalia me vea accionar con otra mujer, tratar de tirar un ataque contra el amor perdido de Natalia. Dudé durante dos temas mientras bailaba hasta que, la misteriosa mujer, se retiró y me volvió a dejar sólo. Terminé sentado en un costado tomando vino casi de manera compulsiva, y digo casi porque tuve que parar dos veces para ir al baño.
De repente, vi a Natalia que caminaba directo hacia mi posición, mi cuerpo comenzó a sentir el estado de alerta que envió el cerebro. Mi corazón comenzó a bombear de manera obsesiva, el sudor comenzó a salir sigilosamente y mi cerebro encimaba palabras sin ningún sentido, cuando la tenía lo suficientemente cerca me preparé para saludarla, ella, sin embargo no posó sus ojos en los míos y pasó de largo dejando una brisa que me llenó la cara de indiferencia y me abandonó al corazón latiendo por inercia cada vez más lento. Pensé si el vino tenía un efecto especial que transformaba a las células en invisibles, podría ser muy divertido.
Me di cuenta, entonces, que mi estadía en la fiesta había terminado, salí sin saludar a nadie pensando que ese tipo de rituales nunca fue de mi agrado, me senté a esperar el colectivo y saqué un libro de Kafka, era un sábado a las cuatro de la mañana, yo estaba sólo, algo alterado, leyendo Kafka, evidentemente mi vida no estaba bien para estos tiempos.