Archivo de la etiqueta: Crónicas de un infeliz (2013)

Talento heredado


           Horacio era un chico como cualquiera, lleno de sueños y fantasías, lleno de fuerzas que lograrían derrotar las barreras de los miedos e inseguridades típicas del mundo. Desde hacía unos años se había enamorado del viejo piano que estaba en silencio en su casa, este hermoso instrumento era el legado que su abuela dejó. Nadie se animó nunca a tocarlo, nadie heredó la sensibilidad artística de sus entrañas. La abuela siempre fue una mujer muy sensible y adorable y había sido, sobre todo, una excelente pianista, dueña de grandes proezas musicales entre las que se destaca una noche con el teatro del pueblo colmado como nunca se lo había visto. Gente de todos los pueblos cercanos, se acercaron a escuchar al gran talento que viajaba con su piano por todo el país y gran parte del mundo. Un día, cuando su vida florecía en una eterna primavera, un accidente, el menos pensado, marchitó de golpe la flor de sus días. Su camioneta se cruzó de carril y, al intentar esquivar un auto que venía de frente, chocó contra un árbol y como consecuencia, cayó en un barranco de no más de 10 metros, lo suficiente para dar muerte a todos los tripulantes del vehículo. Horacio era muy chico, contaba apenas con 3 años, pero el recuerdo de ése día lo atormenta desde entonces, tiene muy presente la cara de su madre llorando desconsoladamente y el cajón cerrado de su abuela, pero el peor recuerdo lo escuchó años después de la boca de su padre; cuando le contaba a un amigo que, pareciendo una ironía de la vida, la mejor pianista del pueblo había perdido las dos manos en el accidente. Horacio se enamoró, en ése momento, del piano de su abuela. Deseaba que pasen rápido las horas en el colegio, en las clases de gimnasia y en los ratos con sus amigos, para poder sentarse en el piano y tocar. Le encantaba tocar de noche mientras todos dormían. Se hacía el dormido hasta que el silencio, en complot con la luna, se adueñaban de la noche. Bajaba las escaleras en puntas de pie y tocaba muy despacio durante las horas de más silencio y melancolía. Le gustaba mucho el jazz, a diferencia de la música clásica y el tango de su abuela, pero sentía que el espíritu era el mismo, el mismo siempre. En cada nota que sonaba del piano, las manos de su abuela volvían a vivir. Mucho fue el esfuerzo que Horacio dejó frente al piano, no contaba con el talento innato de su abuela pero podía suplantarlo con el esfuerzo y el sacrificio que el aplicaba día a día. Al cumplir los 14 años, se celebró una fiesta en su casa, con todos los familiares y amigos, pero él no estaba completo, faltaba su abuela. Le llenaba de pena que ahora, su abuela no tuviera ni manos ni oídos para escucharlo y enseñarle. Ese fue el regalo que deseó durante toda la fiesta. En el momento del brindis, muerto de vergüenza y miedo, pidió la palabra. Cuando todos callaron y le prestaron atención, sorprendiendo a la mayoría, se sentó en el piano y comenzó a tocar una composición de su abuela, ¡la famosa pianista del pueblo! Nadie lo había escuchado antes, ni sus padres, ni sus hermanos, ni sus amigos, ¡nadie!… Las expresiones hablaban por sí solas, mucho más que las palabras, atónitos los invitados, que ahora pasaban a ser público, creían escuchar al gran talento muerto. Al terminar, Horacio, cerró el piano bruscamente y corrió desesperado hasta su cuarto, donde se encerró y no salió más. Su madre, emocionada por la gran sorpresa, corrió en su búsqueda pero no obtuvo la mejor de las respuestas. Los invitados poco a poco se retiraron murmurando comentarios sobre lo sucedido. A la mañana siguiente, Horacio debió enfrentar a su madre y contarle que hace años que empezó a tocar por las noches, que ésa era el motivo por el cuál se despertaba tarde y que su sueño y anhelo era simplemente ser músico, como su abuela. La madre lloraba al escucharlo pero, inconscientemente, lloraba por el dolor de que la abuela no esté para verlo. Algún tiempo después -pero no mucho- Horacio, acompañado por el apoyo de su padre, se presentó en el piano bar del pueblo. Un lugar muy chico, del tamaño de un living. Concurrieron todos los amigos y algunos que gustaban del legado del talento muerto. Los nervios de Horacio no cesaban, incluso crecían, a medida que la aguja del reloj se acercaba a marcar la hora del inicio. El show comenzó con un jazz potente lleno de virtuosismo pero no faltaron los tangos y los clásicos. El final sorprendió a propios y extraños cuando la voz de Horacio entonó una letra que él escribió para su abuela. Eran las primeras palabras que salían de la voz del joven… Al otro día los diarios y las radios locales hablaban del sucesor, “el gran talento” engendrado en los dedos del joven. Esa frase hizo un ruido muy raro en el interior de Horacio. La noche siguiente se despertó en medio de una pesadilla; en la que él tocaba en el teatro del pueblo, la multitud lo ovacionaba de pie, una hermosa dama, enamorada de él, subía al escenario y le robaba un beso, pero al finalizar el gran beso y abrir los ojos, ésa chica era su abuela y no tenía manos, él se las había arrancado en el momento del beso. ¿Qué significaría ese sueño? Tal vez un grave presagio. Sintió que le estaba robando el crédito a su abuela, que estaba viviendo de su recuerdo. Buscaba en él algo que fuera más que recordar al gran orgullo del pueblo, la pasión no podía quedar resignada por un sentimiento que no lo favorecía. Pasó años tocando en bares, entre copas, mujeres y el apodo de “el heredero”. En un momento su padre, sin su consentimiento, convenció con una fuerte suma de dinero a un productor de la capital, el único lugar donde el joven podría triunfar masivamente. El llamado del misterioso productor sorprendió a Horacio que aceptó sin pensarlo y viajó de inmediato. El nuevo disco lo llevó a diversos lugares a través de viajes interminables, pero el lugar donde quería tocar era el viejo teatro del pueblo. Su nombre, sin embargo, florecía en todos los rincones del viejo continente. El cambio de idiomas, culturas, caras y costumbres, acogían la música de sus conciertos. El sueño -en gran parte- estaba cumplido. Llegó muy lejos, donde su abuela nunca había llegado: premios, contratos, coches, mansiones, castillos, estrellas de cine, artistas, cantantes, todos querían conocerlo y hasta robarle el corazón pero, había algo en él que no lo dejaba tranquilo, que no lo dejaba dormir y mucho menos disfrutar. Tras la insistencia de Horacio, su productor organizó un show en el teatro del pueblo. Todo parecía ser una fiesta, el pueblo esperaba ansiosamente el momento Se organizaría una recepción, e incluso el alcalde lo declaró día festivo. Las tiendas de ropa, galeras y cotillón estaban atascadas de gente tratando de comprar atuendos para la fiesta. Las calles angostas, por donde no hacía mucho circulaban las carrozas, estaban decoradas con globos de colores y retratos de Horacio, las mujeres solteras y vírgenes, se amontonaban en la peluquería con el objetivo de seducir al hombre más deseado, que alguna vez salió de las entrañas del pueblo. El momento se acercaba, increíblemente el pueblo estaba en la puerta del teatro y Horacio peleaba contra la ansiedad y los nervios; por fin el sueño, el motor de su vida estaba por suceder. Soñó durante años su entrada al escenario: las luces apagadas, el fondo decorado con un gran telón rojo que llevaría bordado su nombre en oro, un imponente piano blanco en tono con su elegante traje. Salió ante la ovación del público. Sus dedos estuvieron como nunca, precisos, rápidos, llenos de talento y de una dulzura hermosísima. El público fue deleitado con la mejor música y todo lo recaudado en la noche fue destinado a construir la primera escuela de música del pueblo, que llevaría el nombre de su abuela y en la cual Horacio, en persona, iba a ensañar cuando llegue la hora de retirarse.

Ésta vez, no solo estaban presentes los diarios y las radios locales sino a nivel nacional y continental. Todos, sin excepción, hicieron alusión al talento heredado. Al hacerse conocida la música de Horacio, se hizo conocida su historia, y el nombre de su predecesora se hizo tan conocido como el suyo. Estaba opacado por el talento muerto de su abuela y esto a Horacio lo llenó de envidia. El amor que sentía por la mujer que, sin saberlo, lo introdujo en la música, se transformó en un rencor y un resentimiento sin precedentes en el alma del joven. No pudo escapar y comenzó a enloquecer, nunca más se fue del pueblo. No quiso seguir adelante, su sueño estaba cumplido y no encontraba motivación para continuar. Poco tiempo después del gran concierto en el teatro, la madre de Horacio entró sin avisar en la habitación de su hijo y la imagen la llenó de dolor, hasta el punto de no poder soportarlo. Horacio yacía boca abajo en el suelo, sin vida. Al acercarse y darlo vuelta, encontró una nota en su pecho que decía: “Ahora ya no van a decir que mis manos son las de la abuela. Horacio tiene talento propio”. Los llantos desconsolados de la madre alertaron al padre que acudió rápidamente, descubriendo el escalofriante detalle. Horacio se había cortado los dedos, uno por uno, como tratando de sacarse el exorcismo que llevaba dentro. “El mejor talento que conoció el pueblo se quitó la vida. Gran pérdida”, tituló el diario local al conocer la noticia.


Información: “Talento heredado” fue publicado en el libro “Crónicas de un infeliz” de Morana Christian.


Anuncios

Hasta siempre


                 Ella llega de trabajar, el silencio delata la ausencia de su hombre. Se dirige a la cocina y empieza a preparar la cena, le cuesta desconectar su cabeza y decide prender la radio. Todo transcurre como de costumbre. Mientras espera la llegada de su marido, corta en pedazos alguna verdura o cierra los repulgues. Un día más, otro más, igual que ayer, igual que mañana. De repente, en la radio suena una canción, reconoce los primeros tonos al instante, ése sonido es familiar y va más allá de los sonidos. Es una carga de sentimientos, cada nota trae un sinfín de imágenes, muchísimas sensaciones que llegan como si cada palabra que entona la misteriosa voz de la radio, activara un botón para liberarlos. Los recuerdos caen como el agua en la tormenta, rápida y violenta, precisa pero desordenada. La sensación de ésos labios suaves pero cortantes recorriendo el desierto de su cuerpo hasta llegar al oasis donde saciar su sed le levantaba la temperatura como la primera vez. Esos tiempos son parte del pasado. Desde el día en que se despidió de él no tiene noticias; aunque cíclicamente le vuelve su nombre al pensamiento, nunca logró amar a nadie con tal pasión, ni sentirlo de tal manera. Todo el cuerpo transformado en placer extremo, ése terrible escalofrío que destruye con todas las leyes físicas que gobiernan en cada rincón del cuerpo. Se deja transportar hacia aquellos hermosos momentos y se encuentra, joven, manteniendo todavía su silueta tallada a mano, su piel suave y firme, su inocencia y su risa fácil. El cuerpo de él, tan juvenil, sin rastros del tiempo y con un desenfreno sexual que hoy hace tanto que no ve. El suspiro que daba fin al placer suena al unísono con el final de tema y cae, como una manzana del árbol, a la realidad.

Casi sin tiempo de pensar y entender lo que le acababa de suceder, suena el crujido de la puerta y detrás, aparece su hombre, ése que ahora está a su lado. Se acerca a la cocina y la toma desde atrás besando su nuca, ella, todavía invadida por la nostalgia y la melancolía, se da vuelta, lo abraza fuerte y le da un beso lleno de amor. La comida está lista. Se dirige a la mesa y comienzan a cenar. “¿Cómo te fue en el día?”, “No alcanza la plata…”, problemas en el trabajo y algunos temas más pasan por el guión de la cena. Terminan y se van a dormir pero, ésta vez, a diferencia de lo habitual, antes hacen el amor. Ella todavía siente una extraña sensación, tiene a su “esposo” arriba, subiendo el ritmo de sus movimientos, acelera la respiración, la abraza fuerte y se desprende quedando boca arriba transpirado y contento. Ella quedó a mitad de camino, como tantas otras veces . Ya nadie se preocupa por complacerla, nadie está atento a sus detalles. Escucha refunfuñar a su hombre y al girar, nota que ya está dormido. Hoy, más que nunca, siente un vacío enorme en su alma, no sabe si la decisión que tomó hace tantos años fue acertada, si el hombre que duerme a su lado todas las noches es lo que quiere, si esto es la felicidad del matrimonio de la que tanto escuchó hablar. Es imposible escapar a la fantasía y pensar en que aquel muchacho, que tanto tiempo después la tiene pensando en él, debe estar en su casa haciendo feliz a otra mujer que se entrega a sus brazos, que goza de su cuerpo tanto como hizo ella, que su boca recorre los confines de su cuerpo, que disfruta de los detalles, orgullosa de que semejante hombre haya aparecido en su camino. En el medio de tan raros pensamientos, otro suspiro da el final, ésta vez, a la jornada laboral de su conciencia y se queda dormida.

En ése mismo momento, él ve dormir profundamente a su mujer después de haberle hecho el amor. Viaja al pasado con su cabeza, a lugares totalmente nostálgicos; amigos, momentos de juventud, de plenitud, de colegio, hasta llegar a la fibra más sensible: un viejo amor. Ése amor que fue el primero, distinto, el descubrir lo desconocido, sensaciones nunca antes vividas y mucho menos, imaginadas. El amor de ésa mujer, que le entregaba su cuerpo hasta agotar sus energías, que lo acariciaba de una manera apenas perceptible pero que activaba todos los rincones de su piel hasta provocar una fiebre que lo hacía delirar, ésa que besaba su cuello tan apasionadamente que lo asustaba, ésa que saciaba sus deseos como una hembra en celo pero que inmediatamente después lo abrazaba con la ternura más grande que pudo conocer, ésa que endulzaba su ego con las palabras justas, que lo hacía sentirse inigualable, indispensable, único, como aquellos héroes mitológicos que leía de chico, aquel amor que excitaba tanto con la palabra como con el cuerpo. Vuelve a girar y ve a su mujer, durmiendo, sin enterarse del aluvión de sentimientos que sacude su cabeza. Hoy está disimulando, como un veterano de guerra, olvidado, despreciado y traicionado, arruinado por los pasos de la vida, abrumado por la rutina y el desamor. Se levanta, agarra un vaso, sirve un poco de gin y lo toma de un sorbo, vuelve a la cama y se duerme tratando de olvidar.

A los pocos días, en el barrio de Belgrano, camina apurado por la calle y dobla casi sin mirar. Por la vereda y ante sus ojos, se encuentra ella, su viejo amor. Un nudo se hace presente en las gargantas de ambos, tan fuerte que pareciera hecho por un experto. No hay palabras. La blanquísima piel de ella, se transforma rápidamente en un rojizo simpático. Por fin, él rompe el silencio haciendo preguntas de rutina, rápidamente las palabras banales se hacen cargo de la situación; la familia, el perro, el canario o el loro, son el tema de conversación. En sus mentes, mientras tanto, pasan otras cosas. El deseo de ella de besarlo es incontenible, pero se resiste en una dura batalla entre su razón y su pasión. Él, por su lado, siente ganas de apretarla contra su pecho, pero tampoco se anima. En ése momento, del cielo caen las primeras gotas a modo de presagio de lo que será una gran tormenta. Ella se excusa y se despide aunque no desee hacerlo. Se va fríamente con una sensación de culpa que la carcome. Camina rápido bajo la lluvia tratando de no pensar en lo que sucedió. Llega a la casa y abraza a su marido, el hombre que la cuida, que la quiere y que se encarga de que no le falte nada.

Él, por su lado, se frena a las pocas cuadras y escribe en su agenda… “me enseñaste que las personas no se quedan con quien más aman, sino con quien mejor las trata; y yo traté mejor a otra. Hasta siempre para mi memoria, hasta nunca para mis ojos.”
Volvió corriendo para darle el papel, pero ella ya no estaba.


 

Información: “Hasta siempre” es un relato publicado en el libro “Crónicas de infeliz” de Christian Morana, por Editorial Utopías (2013).

 


 

Talento heredado

    Horacio era un chico como cualquiera, lleno de sueños y fantasías,
lleno de fuerzas que lograrían derrotar las barreras de los
miedos e inseguridades típicas del mundo. Desde hacía unos años
se había enamorado del viejo piano que estaba en silencio en su
casa, este hermoso instrumento era el legado que su abuela dejó.
Nadie se animó nunca a tocarlo, nadie heredó la sensibilidad artística
de sus entrañas. La abuela siempre fue una mujer muy
sensible y adorable y había sido, sobre todo, una excelente pianista,
dueña de grandes proezas musicales entre las que se destaca
una noche con el teatro del pueblo colmado como nunca se lo
había visto. Gente de todos los pueblos cercanos, se acercaron
a escuchar al gran talento que viajaba con su piano por todo el
país y gran parte del mundo. Un día, cuando su vida florecía en
una eterna primavera, un accidente, el menos pensado, marchitó
de golpe la flor de sus días. Su camioneta se cruzó de carril y, al
intentar esquivar un auto que venía de frente, chocó contra un
árbol y como consecuencia, cayó en un barranco de no más de
10 metros, lo suficiente para dar muerte a todos los tripulantes
del vehículo.
Horacio era muy chico, contaba apenas con 3 años, pero el
recuerdo de ése día lo atormenta desde entonces, tiene muy presente
la cara de su madre llorando desconsoladamente y el cajón
cerrado de su abuela, pero el peor recuerdo lo escuchó años después
de la boca de su padre; cuando le contaba a un amigo que,
pareciendo una ironía de la vida, la mejor pianista del pueblo había
perdido las dos manos en el accidente. Horacio se enamoró,
en ése momento, del piano de su abuela.
Deseaba que pasen rápido las horas en el colegio, en las clases
de gimnasia y en los ratos con sus amigos, para poder sentarse en
el piano y tocar. Le encantaba tocar de noche mientras todos dormían.
Se hacía el dormido hasta que el silencio, en complot con
la luna, se adueñaban de la noche. Bajaba las escaleras en puntas
de pie y tocaba muy despacio durante las horas de más silencio y
melancolía. Le gustaba mucho el jazz, a diferencia de la música
clásica y el tango de su abuela, pero sentía que el espíritu era el
mismo, el mismo siempre. En cada nota que sonaba del piano,
las manos de su abuela volvían a vivir. Mucho fue el esfuerzo que
Horacio dejó frente al piano, no contaba con el talento innato de
su abuela pero podía suplantarlo con el esfuerzo y el sacrificio que
el aplicaba día a día.
Al cumplir los 14 años, se celebró una fiesta en su casa, con
todos los familiares y amigos, pero él no estaba completo, faltaba
su abuela. Le llenaba de pena que ahora, su abuela no tuviera ni
manos ni oídos para escucharlo y enseñarle. Ese fue el regalo que
deseó durante toda la fiesta. En el momento del brindis, muerto
de vergüenza y miedo, pidió la palabra. Cuando todos callaron
y le prestaron atención, sorprendiendo a la mayoría, se sentó en
el piano y comenzó a tocar una composición de su abuela, ¡la famosa
pianista del pueblo! Nadie lo había escuchado antes, ni sus
padres, ni sus hermanos, ni sus amigos, ¡nadie!… Las expresiones
hablaban por sí solas, mucho más que las palabras, atónitos los
invitados, que ahora pasaban a ser público, creían escuchar al
gran talento muerto. Al terminar, Horacio, cerró el piano bruscamente
y corrió desesperado hasta su cuarto, donde se encerró y
no salió más. Su madre, emocionada por la gran sorpresa, corrió
en su búsqueda pero no obtuvo la mejor de las respuestas. Los
invitados poco a poco se retiraron murmurando comentarios sobre
lo sucedido. A la mañana siguiente, Horacio debió enfrentar
a su madre y contarle que hace años que empezó a tocar por las
noches, que ésa era el motivo por el cuál se despertaba tarde y que
su sueño y anhelo era simplemente ser músico, como su abuela.
La madre lloraba al escucharlo pero, inconcientemente, lloraba
por el dolor de que la abuela no esté para verlo.
Algún tiempo después -pero no mucho- Horacio, acompañado
por el apoyo de su padre, se presentó en el piano bar del pueblo.
Un lugar muy chico, del tamaño de un living. Concurrieron
todos los amigos y algunos que gustaban del legado del talento
muerto. Los nervios de Horacio no cesaban, incluso crecían, a
medida que la aguja del reloj se acercaba a marcar la hora del
inicio. El show comenzó con un jazz potente lleno de virtuosismo
pero no faltaron los tangos y los clásicos. El final sorprendió
a propios y extraños cuando la voz de Horacio entonó una letra
que él escribió para su abuela. Eran las primeras palabras que
salían de la voz del joven… Al otro día los diarios y las radios
locales hablaban del sucesor, “el gran talento” engendrado en los
dedos del joven. Esa frase hizo un ruido muy raro en el interior
de Horacio. La noche siguiente se despertó en medio de una pesadilla;
en la que él tocaba en el teatro del pueblo, la multitud lo
ovacionaba de pie, una hermosa dama, enamorada de él, subía al
escenario y le robaba un beso, pero al finalizar el gran beso y abrir
los ojos, ésa chica era su abuela y no tenía manos, él se las había
arrancado en el momento del beso.
¿Qué significaría ese sueño? Tal vez un grave presagio. Sintió
que le estaba robando el crédito a su abuela, que estaba viviendo
de su recuerdo. Buscaba en él algo que fuera más que recordar al
gran orgullo del pueblo, la pasión no podía quedar resignada por
un sentimiento que no lo favorecía. Pasó años tocando en bares,
entre copas, mujeres y el apodo de “el heredero”.
En un momento su padre, sin su consentimiento, convenció
con una fuerte suma de dinero a un productor de la capital, el
único lugar donde el joven podría triunfar masivamente. El llamado
del misterioso productor sorprendió a Horacio que aceptó
sin pensarlo y viajó de inmediato. El nuevo disco lo llevó a diversos
lugares a través de viajes interminables, pero el lugar donde
quería tocar era el viejo teatro del pueblo. Su nombre, sin embargo,
florecía en todos los rincones del viejo continente. El cambio
de idiomas, culturas, caras y costumbres, acogían la música de sus
conciertos. El sueño -en gran parte- estaba cumplido. Llegó muy
lejos, donde su abuela nunca había llegado: premios, contratos,
coches, mansiones, castillos, estrellas de cine, artistas, cantantes,
todos querían conocerlo y hasta robarle el corazón pero, había
algo en él que no lo dejaba tranquilo, que no lo dejaba dormir
y mucho menos disfrutar. Tras la insistencia de Horacio, su productor
organizó un show en el teatro del pueblo. Todo parecía ser
una fiesta, el pueblo esperaba ansiosamente el momento Se organizaría
una recepción, e incluso el alcalde lo declaró día festivo.
Las tiendas de ropa, galeras y cotillón estaban atascadas de gente
tratando de comprar atuendos para la fiesta. Las calles angostas,
por donde no hacía mucho circulaban las carrosas, estaban decoradas
con globos de colores y retratos de Horacio, las mujeres
solteras y vírgenes, se amontonaban en la peluquería con el objetivo
de seducir al hombre más deseado, que alguna vez salió de
las entrañas del pueblo.
El momento se acercaba, increíblemente el pueblo estaba en
la puerta del teatro y Horacio peleaba contra la ansiedad y los
nervios; por fin el sueño, el motor de su vida estaba por suceder.
Soñó durante años su entrada al escenario: las luces apagadas,
el fondo decorado con un gran telón rojo que llevaría bordado
su nombre en oro, un imponente piano blanco en tono con su
elegante traje. Salió ante la ovación del público. Sus dedos estuvieron
como nunca, precisos, rápidos, llenos de talento y de una
dulzura hermosísima. El público fue deleitado con la mejor música
y todo lo recaudado en la noche fue destinado a construir la
primera escuela de música del pueblo, que llevaría el nombre de
su abuela y en la cual Horacio, en persona, iba a ensañar cuando
llegue la hora de retirarse.
Ésta vez, no solo estaban presentes los diarios y las radios locales
sino a nivel nacional y continental. Todos, sin excepción,
hicieron alusión al talento heredado. Al hacerse conocida la música
de Horacio, se hizo conocida su historia, y el nombre de su
predecesora se hizo tan conocido como el suyo. Estaba opacado
por el talento muerto de su abuela y esto a Horacio lo llenó de
envidia. El amor que sentía por la mujer que, sin saberlo, lo introdujo
en la música, se transformó en un rencor y un resentimiento
sin precedentes en el alma del joven. No pudo escapar y comenzó
a enloquecer, nunca más se fue del pueblo. No quiso seguir adelante,
su sueño estaba cumplido y no encontraba motivación para
continuar. Poco tiempo después del gran concierto en el teatro, la
madre de Horacio entró sin avisar en la habitación de su hijo y la
imagen la llenó de dolor, hasta el punto de no poder soportarlo.
Horacio yacía boca abajo en el suelo, sin vida. Al acercarse y darlo
vuelta, encontró una nota en su pecho que decía: “Ahora ya no
van a decir que mis manos son las de la abuela. Horacio tiene
talento propio”. Los llantos desconsolados de la madre alertaron
al padre que acudió rápidamente, descubriendo el escalofriante
detalle. Horacio se había cortado los dedos, uno por uno, como
tratando de sacarse el exorcismo que llevaba dentro.
“El mejor talento que conoció el pueblo se quitó la vida. Gran
pérdida”, tituló el diario local al conocer la noticia.

Información: Cuento perteneciente al libro “Crónica de infeliz” de Christian Morana, editado por Editorial Utopías en mayo de 2013.