El Alfil Rosso


El capítulo uno del Alfil Rosso está cerrado! Gracias a todos los que participaron en nuestro viaje, y esperamos los archivos de los que aún no los enviaron para completar la historia!.



Dejamos una porción de la torta de la pluma de Ela en su personaje de comisario.

Comisario Ramirez, tercer encuentro.

Hoy nos volvemos a encontrar en el Alfil Rosso. Ya ni sé qué me puede llegar a estar esperando allí dentro. Información, guita, coimas, mentiras, política, juego, alcohol y tabaco. Esta semana todas esas palabras me resonaron en la cabeza. Lucía Rosso me ofreció guita a cambio de que yo esté de su lado. Estar de su lado implica ponerme en contra de la gallega y de Cambalache; ¿qué más da? Total Doña Clara no volvió a llamar. Al cura le voy a decir que del chofer no conseguí nada, él no va a hablar y el Padre Juan tampoco es de mi incumbencia, digo, ya nada me estaría importando mucho. Lo que quedó merodeando en mi cabeza es aquella secuencia en Cambalache, ¿qué habrá pasado con aquella copera?, que de los pelos se la llevaron unos tipos… Como dije, esta ciudad ya no promete nada.

Increíblemente apareció el chofer en la puerta de mi casa. Esto se va a poner peor de lo que pensaba. ¡Los Rosso van a salir a matar, viejo! El chofer me da pena, apenas agarre la guita de Doña Lucía me voy a encargar de ponerle al mejor de mis hombres para su protección. Pobre tipo. Le ofrecí que se fuera conmigo, a Suiza o Hawái, pero es un cagón, tiene miedo de que nos sigan. Yo me voy a ir, él que haga lo que quiera. La protección la tiene garantizada, claro, siempre y cuando salga vivo esta noche del Alfil Rosso. Me volví a casa para agarrar mi calibre 22. En la tobillera cargo también un arma de bolsillo, pequeña pero bastante letal. Esta noche va a estar picante. Juan Domingo Hopólito me dijo que Lucía planea darle de baja a Diego, su secretario. Que quede claro que yo no voy a ir de héroe. La gallega no apareció, Cambalache ya está prendido fuego. Yo ya no me la juego más. Esta noche me vendo al mejor postor.

Apenas llegué al Alfil me recibió, muy amablemente, debo decir, Doña Lucía. Al parecer ella está 100% convencida de que soy yo quien maneja el instituto para niños (al cual solo le puse una firma) y que a mis hijos les quiero dar un futuro mejor. Lamentablemente se enteró del percance que el instituto tuvo con el Padre Juan y uno de los niños (obviamente facilitado por mí) Pero ella asegura dejar eso atrás y darme toda la plata que quiera, siempre y cuando, les tenga lealtad, a la familia y a su misteriosa y paranoica secta. Sí, pertenecen a los masones, pero aún más turbio y oscuro. Yo le dije que sí a todo, como buen caballero. El único problema es que piensa pagarme solo sí Rosso gana las elecciones. Esta noche debo asegurarme de eso. Apenas cobre, me las pico. Espero que el chofer no diga nada, porque sino voy a tener que ensuciarme las manos y empezar a descargar el cartucho. Lucía pareció creerme, pero no sé hasta qué punto puedo yo creer en ella. Supongo que hasta el mismo en el que ella confía en mí.

Salí de la horrorosa oficina de Lucía y me fui directo a la barra. Una cerveza bien fría y un shot de Otard-Dupuy para arrancar la noche. Entre el tumulto de gente y la nube gris de humaredas y alientos desesperados por ganar, vi a Diego, y las palabras del chofer comenzaron a resonar en mi cabeza. “La Doña va a matar a su secretario”. Me acerco a él, me levanta la mirada, perseguido, asustado.
– ¿Qué haces campeón? ¿Todo en orden?
– Sí, sí – contestó desconcertado – Disculpe, ¿usted es?
Diego es un tipo fachero, seductor para muchas mujeres. Pero es un completo farsante. Ya en la mirada se le dejan ver todos los negocios fraudulentos y todas las empresas que hizo quebrar. Ahora se quiso meter con los Rosso y fue una muy mala elección.
– Fijate que esta noche va a estar complicada, aunque el temblor de tus manos y tu mirada paranoica me dicen que ya lo sabés. Rajá de acá, amigo, vas a ser boleta.
Sin decir una palabra el pobre tipo salió corriendo. Para mí de esta no safa.

Escuché unos ruidos extraños que venían cerca del baño y de allí vi salir a una parejita. Casualmente, la actriz y el músico de Cambalache. Le avisé a mi ahora patrona, Lucía (todo sea por seguir ganando su confianza) y fuimos a interrogarlos. En una habitación apartada, de paredes grises y cortinas negras, sentamos a los intrusos, quienes parecían estar muy sorprendidos y sumamente drogados. Les pregunté qué hacían ahí y por dónde se habían metido. La actriz nos inventó el cuentito de que se había llevado al músico al baño para jugar al amor. Obviamente, no les creímos. Lucía empezó a apretarlos con que si no hablaban los hacía desaparecer y el músico, que no coordinaba sus movimientos y el sudor frío se adueñaba poco a poco de su cuerpo, comenzó a balbucear. Estaba muy nervioso, le sudaban las manos. Debo admitir que Doña Rosso es aterradora. La actriz decidió contarnos lo sucedido. Un tal Mario los había hecho entrar por un túnel hacia la bóveda. Desde el edificio de al lado, este tipo tenía hecho un pasaje directo hacia toda la guita del Alfil Rosso. Los dejamos ir. No eran más que unos desdichados con ganas de meterse en donde no los invitan y seguir divirtiéndose. EL gran problema es que la parejita sólo fue la distracción. Están afanando, justo ahora, la bóveda. Lucía me pidió que me encargara del asunto. ¡La puta madre! ¿EN DONDE MIERDA ME METI?

Llamé a mis mejores hombres, otra vez, en el afán de quedar bien con los Rosso. Este tal Mario parece ser un chorro pesado, y por el plan de acción que llevó a cabo no parece ser un tipo cualquiera. Le pedí armas a Lucía, ella está bien equipada. Que empiece el juego.

Intentamos llamar la menor atención posible. Esta noche es crucial para la definición de las elecciones. Gómez, Cáseres, Ringo y yo entramos por la puerta trasera, bajamos al depósito y esperamos a la cuenta de tres para bajar de una patada la puerta de la bóveda. Este lugar parece un búnker, estoy seguro de que arriba la gente no debe ni enterarse de esto. Solo espero que Mario y sus amigos no hayan traído bombas. Oh, demonios, ¿y qué si las trajeron? MIERDA.
Cáseres y yo tiramos la puerta abajo, Ringo y Gómez corrieron hacia los dos tipos que tenían más cerca. Ellos eran 5. La caja fuerte ya tenía un agujero y un tipo encapuchado estaba guardando toda la guita en un saco. – ¡QUE NADIE SE MUEVA O LES VOLAMOS LA CABEZA! – Al instante, el encapuchado se dio vuelta y con la sutileza de una mujer, se dejó ver el rostro, bajando la bandana que tenía puesta. ¡Era el maldito socialista! – ¡DEJÁ EL ARMA EN EL SUELO! – Le gritó Ringo. Y como si no se sintiera amenazado, él sólo bajó el arma, pero antes de hacerlo, miró a sus muchachos, tirándoles un guiño de combate. Y en ese preciso momento, se fue todo al carajo.
Gómez luchaba con dos que equivalían la masa muscular de mi muchacho. Se las bancaba todas, ya le había desfigurado la cara a uno. Ringo era más menudito, pero fibroso y huesudo, una piña de él te hundiría los pómulos sin el mayor esfuerzo. Él luchaba contra el más gordo de todos, era como un toro enfurecido, pero no tan ágil, así que Gómez tenía ventaja. Cáseres ya había empezado a los tiros, no lo culpo, el ambiente estaba tenso. A mí se me tiró encima el socialista.
– Ramirez querido, tanto tiempo sin vernos. ¿Qué te trae al Alfil? No me digas que ahora estas de su lado. No, no me lo digas, ¡¡¡porque me vas a hacer enojar!!!
– Enojate tranquilo, hombre, de acá no salís vivo. Ya te dejé escapar una vez, olvídate que esta te me vayas de las manos.
– Entonces juguemos, Wally.
El socialista era un puto maníaco, y sabía cómo hacerme enojar… Lo perseguí durante años, gracias a él mi vida se fue a la mierda. Estaba a punto de atraparlo y mandarlo a cadena perpetua por homicidio, secuestro y tráfico de drogas. Lo perseguí hasta la frontera y se quedó en Chile. No volví a saber de él hasta hoy. Sabe cuál es mi punto débil. Sabe mi nombre de pila. Y eso me hizo enojar.
– ¿Qué pasa, Walter? ¿Te quedaste mudito?
Lo agarré por la espalda y lo tiré al piso. Ejerciendo todo mi peso sobre él lo acorralé y lo empecé a trompear. El socialista era inteligente, pero no sabía luchar. Mis hombres y yo estábamos ganando por goleada. Pero mi mayor temor se hizo realidad.
El socialista sacó de su bolsillo una granada. Le sacó el gancho de seguridad y la dejó rodar por el suelo. Su sonrisa macabra le adornaba el rostro desfigurado y su mirada estaba completamente perdida. Era un demente.
– Boom, Wally, boom.



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Capitulo 6


El campo es un lugar increíble. Kilómetros y kilómetros de nada o, al contrario, de todo. Un lugar donde, afortunadamente, el hombre no reina. Un lugar donde el mundo se muestra como realmente es: en aparente paz, pero escondiendo un peligro inminente que ríe del increíble equilibrio, de la perfección. Un hermoso lugar donde nada es lo que parece, simplemente es.
Fusch lo contemplaba desde el aire, imaginaba cómo sería su vida viviendo lejos de los negocios y el atareo diario. Finalmente, por primera vez, alguien le perdía el respeto y se decidía a quitarle el sueño. ¿Quién de todos sus enemigos estaría jugando con él? Intentó convencerse de que, tal vez, solo se trataba de un estúpido juego que tenía como objetivo molestarlo sin hacerle daño, pero esa idea era absurda. Sacó el poema del bolsillo y volvió a leerlo. Empezando a transpirar, levantó la mano para llamar a la azafata y pedirle un nuevo whisky, deseando que ése lo durmiera de una vez.
Volvió a despertarse minutos antes de aterrizar, mientras Augusto miraba la ventanilla en silencio. Pensó en abrazarlo pero la escasez que tenía para demostrar los sentimientos no se lo permitió. Los trámites del arribo no presentaron ningún inconveniente y pronto ya estaban en un taxi camino a su hogar de la capital. Al llegar y abrir la puerta sintió una sensación de tranquilidad y seguridad que admiró. Se descalzó y fue en busca de otro vaso de whisky. Caminó lentamente, intentando disfrutar el momento, pero al llegar a su estudio se llevó una gran sorpresa: su réplica de Picasso había sido reemplazada por una carta encuadrada, sobre la mesa su botella más añeja de whisky se encontraba vacía al lado de un vaso marcado con rouge. Inmediatamente decidió acercarse al cuadro, al mismo tiempo que pensaba que ya no le parecía un juego, sino que comenzaba a parecer una escena esquizofrénica, creada por un desequilibrado asesino. Una vez que estaba lo suficientemente cerca para leer, comenzó a pedirle a algún Dios que no apareciera Augusto y viera la escena.
“Magnífico César Fusch. Dueño de un imperio que ilumina nuestras vidas llenas de oscuridad, amante y portador de la estampa del gran Caesar. Ambicioso y audaz, sagaz y astuto. Gran vencedor de la guerra moderna.
¿Cómo le va? ¿Le ha gustado mi sorpresa? Antes que nada, deseo transmitirle mis disculpas por haber entrado sin su consentimiento, tomarme la libertad de modificar su decoración, abrirme ése delicioso whisky y hacer el amor con mi socia en su escritorio. Le gusta la palabra socia… ¿Verdad, Emperador? Imagino que para éste momento parece más una emperatriz asustada; porque acaba de ver caer a su amado esposo en manos de un bárbaro dispuesto a violarla con gran desenfreno… Pero no debo distraerme con situaciones imaginarias y retomar el eje. Mi socia es una mujer que también ha caído en sus trampas, al igual que yo. Se debe preguntar cómo es posible que aparezca en su pueblo y acá tan rápidamente, bueno, sería un estúpido si no contemplara que usted se fue hace varios días de acá, pero realmente le preparé hoy esta divina sorpresa… ¡Hasta le mandé a encuadrar mis hermosas palabras! Debo confesarle que me estoy cansando de tanto trabajo, es agotador pensar todo el día en cómo hacerlo sufrir, pero no hay nada mejor que dedicarse a lo que uno ama. ¿No cree? En fin, la sorpresa, como le dije anteriormente, la preparé hoy. ¿Notó qué día es? El 7 de marzo. La historia es una enseñanza continua para quien quiere aprender y, como amante del gran Caesar, sabrá que hoy, 7 de marzo, comenzaron los Idus de Marzo, el día que se sentenció la muerte del gran emperador, el día en que realmente todo se comenzó a gestar en la oscuridad, entre las sombras, ahí donde usted me mandó… Eso es lo mejor. ¿No cree?
«El águila está en peligro»
Nuevamente le pido perdón por haberle tomado el whisky y usarle el escritorio para hacer el amor en medio de tanto odio.
Atte., Baco”.

Aterrado, corrió para buscar a su hijo y lo encontró ajeno a todo lo que sucedía, investigando la casa que no conocía y que su padre no le mostró. Intentó disimular, pero Augusto notó evidentes rastros de nerviosismo, aunque mucho no le importó y lo dejó volver a su despacho. Una vez ahí tomó un trago de whisky, rompió el vaso marcado con rouge contra el piso y se desmoronó.
“Evidentemente no quiere solamente matarme, también desea hacerme sufrir, busca que muera de a poco. Perverso y audaz, me va a torturar durante 8 días, y el 15 debería matarme, si quiere respetar los plazos como le sucedió a Caesar. No debe ser tan difícil darme cuenta de quién es, pero no puedo jugar al detective, tal vez sea cierto que son varios, pero puede ser una trampa. Yo salí de acá hace varios días, y lo del rouge no es ninguna prueba contundente de que estaba acompañado. Voy a llamar al teniente Aguirre, él sabrá ayudarme”.
Por primera vez, César podía hacer un análisis de la situación y encontrar una posible salida o, al menos, no rendirse sin pelear. Tembló al marcar el número y su corazón parecía salirse del pecho a medida que sonaban los timbres, nadie atendía hasta que de repente la voz imperativa de Aguirre contestó.
–Leopoldo, a su servicio.
Fusch respiró hondo y un segundo antes de que ‘nuestro’ Teniente se impacientara, habló.
–Buenas noches, Aguirre. ¿Cómo te va? Soy César Fusch, el empresario de las linternas que conociste el día de la reunión en casa de…
Antes de que dijera el nombre, Leopoldo lo interrumpió.
–Sí… Sí… César. ¿Cómo te va? No hace falta que des más detalles, lo recuerdo bien. En éstos tiempos de guerra civil es mejor no dar información.
A Fusch le sorprendió la respuesta de Aguirre pero decidió pasarla por alto.
–Bueno… No del todo bien, estoy teniendo un problema y pensé que vos me podrías aconsejar.
Aguirre soltó una leve pero irónica carcajada, al tiempo que dejó salir una burla.
–¿Estás pensando en comprarte un rifle para cazar y no sabés cuál es mejor?
–No precisamente, teniente. Estoy siendo amenazado de muerte. Entraron a mi casa mientras me encontraba en el pueblo visitando a mi hijo y me colgaron un bello cuadro que me informa que el día 15 de marzo voy a morir.
Leopoldo se quedó sin respuestas por unos instantes, hasta que formuló una.
–Suena un poco más urgente que el rifle. En un rato estoy por allá.
–Perfecto, Leopoldo. Te agradezco.
La voz de César sonó mucho más tranquila, como si hubiera encontrado el camino correcto en medio del desierto.
Como era lógico, la espera se hizo eterna. Cada minuto parecía ser una hora; el tiempo tiene la habilidad de cambiar la velocidad de su marcha siendo siempre igual.

Una vez en el despacho, Leopoldo leía una y otra vez –en silencio– la carta que colgaba prolijamente de la pared. Le pareció la amenaza más original que había visto y hasta le causó un dejo de admiración, a él no se le hubiera ocurrido. ¡Cómo cambia la visión de una situación dependiendo el papel en el que te toca actuar! César estaba pasando el peor momento de su vida, mientras Leopoldo admiraba la astucia del malhechor, y el malhechor se regocijaba en su casa imaginando la cara del infeliz.
–No creo que represente una amenaza – dijo Aguirre finalmente, con el propósito de calmar a César y sin estar convencido de sus palabras. Cesar lo miró incrédulo y prefirió no decir nada–. Lo podemos atrapar, basta con seguir de cerca tus movimientos y vigilar la casa, esperando agazapados como un tigre antes del contraataque letal.
A Leopoldo le excitaba idear un plan al estilo de un prestigioso general, comandar la misión y ganarse una estrella para colgar en su pecho, el fracasado teniente deseaba cualquier situación que llenara su vida con un poco de acción.
–¿Y cómo lo haríamos?
–Usted déjeme a mí… –el pecho de Aguirre se llenaba de aire disfrutando cada instante de estrellato que tenía–. No se dará ni cuenta que lo estoy vigilando, lo mejor es que usted no sepa nada, de ésa manera, va a salir todo más natural.
–Y cuando lo atrapemos, ¿qué vamos a hacer con él?
–Ésa es tu decisión. Yo puedo ofrecerte varias opciones… Tengo en mi mano centros de torturas, donde lo van a tratar como merece, si preferís algo más humano lo podemos mandar diplomáticamente a uno de nuestros países vecinos o, quizá la más divertida, encerrarlo en el Hospicio de las Mercedes, hacerlo pasar por loco y que se pudra arrepintiéndose de lo que te hizo. Soy muy amigo del director y por una suma que le permita vacacionar con su amada familia en un paraíso tropical no va a tener ningún inconveniente en ayudarnos…
Fusch respiró hondo nuevamente y por fin se sintió aliviado, ninguna de las opciones le pareció interesante e intentó escaparse sin dar la aprobación.
–Pensaré algo más ingenioso y divertido para ése momento. Te voy a agradecer mucho la ayuda.
–Mientras más ceros, más te ayudo. La próxima semana hay otra reunión, y es importante al parecer. Te informaré cualquier novedad.
Concluyó la frase con su típica carcajada irónica y se retiró.

Estela, mientras tanto, extrañaba terriblemente a Juan Cruz. Una madre nunca se detiene a pensar en el momento de quedar sola, tantos años criando al pequeño para que vuele sin ningún reparo. Lo sintió como una muestra de desagradecimiento, como un puñal por la espalda, sin embargo, desde un punto más objetivo no parece más que el transcurso normal de la naturaleza, le sucede a los pájaros cuando su cría vuela, a los lobos cuando su cría casa o a los árboles cuando cae el fruto, pero Estela no podía verlo con tanta naturalidad. Daba vueltas en la cama sin dejar de pensar en todo lo que le había sucedido en este corto tiempo, enterrada en el pasado que mezclado en el presente, al futuro lograba echar. Sin embargo, Alicia entró apurada en su habitación, Estela se sobresaltó y sorprendida preguntó inmediatamente qué sucedía. Alicia esbozando una sonrisa contestó.
–Tengo una carta, es de Juan Cruz.
Estela se levantó de la cama de un salto, sin reparar en el esfuerzo que debió hacer y contempló ansiosa el sobre enorme de color madera que tenía Alicia en la mano.
–¡Dale! Dámelo. ¿Qué esperas?
Alicia estiró la mano contenta de volver a ver la felicidad en la cara de su amiga, que rompió el sobre sin ningún cuidado. Al destruirlo, se llevó una sorpresa, en lugar de encontrar la carta que esperaba había una revista. El primer pensamiento que se le presentó no fue nada bueno, pero inmediatamente abrió la revista y se cayó la hoja que esperaba.
“Estela querida. Sin más preámbulos ni pérdidas de tiempo, te pido que te dirijas a la página 54”.
Totalmente aturdida, hizo caso, y al leer el nombre de su hijo en el título un cosquilleo subió rápidamente por su espalda. Era el cosquilleo que transportaba el orgullo, que habitó totalmente cada rincón de su cuerpo. Le mostró la página a Alicia y se hundieron en un abrazo.



Capitulo 5


El verde terminaba en el horizonte y daba la sensación de que esos campos se extendían hasta África. Por el medio de la solitaria ruta, Fusch manejaba en soledad mientras llegaba a la conclusión de que el silencio era buena compañía. No podía pensar en otra cosa que en llegar rápido al pueblo y poder ver a su hijo, las últimas semanas habían sido realmente estresantes. Pese a ser un hombre con experiencia en estas situaciones, los nervios eran enormes, y lo cansaba ocultar su debilidad a la vista de los demás. Su empresa crecía a un ritmo inmanejable y, aunque no lo quiso admitir, por un momento no supo cómo llevar semejante responsabilidad. Cada día despertaba pensando en qué debía hacer para cosechar un futuro increíble para su hijo. El poder y el dinero manejaban todas sus actitudes y sólo consiguiendo más podía sentirse aliviado. Cuando lograba un objetivo inmediatamente otro lo suplantaba y volvía la sensación de insatisfacción. ¿Cómo un hombre puede vivir necesitando constantemente más de lo que tiene? Él vivía así, aunque vivir sólo era pasar los días, sin disfrutar, sin tener ningún tipo de relajo más que el whisky y alguna de las mejores mujeres que su dinero podía pagar. Vivir así no es sinónimo de vida, en su alma era sinónimo de insatisfacción.
La entrada del pueblo era igual desde hacía ya muchísimos años, desde aquellos en los que los padres de Fusch llegaron para instalarse y apostar en una población que no tenía más que una plaza, un banco y un médico, en una época donde soñar era posible, donde los hijos de un puñado de analfabetos se recibían en las facultades públicas que eran modelos para toda la región, tiempos en los que el paisaje empezaba a perder su pelea con el cemento. Desde entonces, de la ruta se desprendía una salida adornada con un arco blanco y algo sucio con un cartel que daba la bienvenida y rezaba por un buen viaje, al costado, en el pasto, unas letras de madera se erigían orgullosas de formar el nombre del pueblo. Hacia ambos costados miles de pinos vivían tranquilos, formando un frondoso bosque que en el otoño llenaban la ruta de hojas y daban una vista increíble acompañada de una sensación única de paz. Protagonistas de todas las historias que el pueblo rumoreaba, los pinos observaban en silencio pero atentos a cada persona que ingresaba al pueblo, callando los secretos más antiguos de la pequeña población. Al pasar por el medio de los pinos sintió en su pecho estar en su lugar. Condujo los 5 kilómetros que separaban la ruta de su casa a toda velocidad, ya no quería esperar más para ver a Augusto, una sensación rara le sacaba la tranquilidad. Aunque no lo quería admitir, la carta que recibió le generó miedo.
Augusto, sin embargo, estaba tranquilo cuando Fusch cruzó la puerta. Se perdieron en un abrazo sincero pero lleno de vergüenza, y pasaron un rato conversando acerca de lo que Fusch vivió en su estadía en la capital. Presumiblemente, su egocentrismo no permitió que Augusto pudiera contarle cómo pasó los días lejos de él.
Al acostarse meditó mucho tiempo acerca de si debería contarle a Augusto lo que sucedió, creyó que tal vez lo preocuparía sin motivo. Sin embargo, algo había que hacer. Agarró una hoja y decidió hacer un ejercicio con el fin de intentar acercarse a quien le envió la carta. Una lista de las personas que, según él, podrían intentar dañarlo. Inmediatamente se dio cuenta de que ése tipo de procedimientos solo servía en las novelas que solía leer, y que él no tenía la capacidad de un policía o la astucia de un detective. Intentó dormir pero le costó demasiado.
Nuevamente el subte lo transportaba pero no de un lado a otro, sino al pasado, a las historias que oía sobre la capital. Iba camino a la librería del viejo pelado en busca de la crítica sobre su pequeño cuento, ilusionado. Creía que el camino que lo llevaría al reconocimiento estaba por empezar, pensaba en cómo iba a reaccionar Estela cuando le avisara, desde la distancia, que sus palabras estarían impresas en una revista capitalina. Se planteó cómo sería la manera más original de brindarle semejante noticia, pero cayó en la tentación vulgar de enviarle la revista por correo; en definitiva, no era la más original pero si la más visceral. Sentía su cara incendiada por los nervios, el calor lo llegaba a sonrojar y pensó, nuevamente, en no afrontar la situación, siempre la salida más fácil. Su timidez no era aliada de su sueño, “para poder ser un gran escritor hay que sociabilizar y mostrarse interesante con la gente que puede ayudarte”, le escuchó decir siempre al escritor del pueblo –que era el dueño del único diario local–, sin embargo, él creía que no era así, confiaba ciegamente en que alguien lo descubriera y le diera una mano desinteresada, pecado utópico de alguien que sueña con cambiar un mundo que tiene las raíces más firmes que el pino más viejo de la entrada del pueblo. Al llegar a la puerta de la librería, se detuvo por un segundo y se dijo a sí mismo “sea cual sea la crítica, no te desanimes, los genios siempre fueron incomprendidos”, tomó aire y cruzó.
El viejo calvo sonrió al verlo acercase, y esto tranquilizó sobremanera a Juan Cruz, quien no podía observar detalladamente las reacciones de la gente para deducir lo que pensaban.
–Buen día, Juan Cruz. Te estaba esperando –soltó el viejo, relajado.
–Buen día, estaba ansioso por venir.
–Supongo que no querés hablar de otra cosa que no sea de tu escrito.
–Supone bien.
El corazón de Juan Cruz ya daba vuelcos, no quería ningún tipo de preámbulos o divagaciones, sólo quería escuchar el veredicto.
–Bueno… Entonces comencemos. Lo he leído y releído. No está nada mal. Me gusta la temática y los personajes, me gusta mucho París…
El viejo soltó una risa y Juan Cruz sintió cómo las piernas le dejaban de temblar, acompañando el alivio que apareció en su pecho, pero no pudo decir nada y el viejo continuó.
–Supongo que no conociste París.
–No, en absoluto.
–Eso me gusta. La capacidad de crear es mejor que lo que pueden ver tus ojos, escribir es desnudarse ante quien quiera verte desnudo, es imaginar voces que nunca vas a escuchar, ver caras que jamás vas a tocar, retener penas que preferirías olvidar… Noto que vas por el buen camino, pero todavía falta, el mundo está reacio a leer, se acabó la imaginación, hoy ya todo se conoce. Encontrarás acá –señaló la extensión de su biblioteca– libros ilustrados con las respuestas a todas las preguntas que pueda formular tu cabeza, ahí se encuentran, durmiendo, pero esperando que alguien las despierte. Falta mucho, Juan Cruz, pero tu cuento va a salir publicado en el próximo número de la revista. No ganaste nada, sólo convenciste a un viejo.
Juan Cruz sintió que su vida comenzaba a tomar rumbo cuando creía que no había oportunidades. No pudo decir más que gracias y salió de la librería a punto de estallar en un llanto, su camino comenzaba con el primer paso. Sin embargo, nunca sintió la satisfacción de llegar a la meta, inmediatamente otro objetivo tomó el lugar del que acababa de hacerse realidad y no se sintió lleno. Pensó en los grandes personajes de la historia que, ambiciosos, nunca se detenían y nada les parecía mucho. Tal vez, ésa era la sensación que debía tener para ser enorme, como Poe o Verne, o por qué no, más aún… El mundo estaba a punto de conocer la verdad, su verdad, y él apuntaba seguro de no errar, pero por cada voz que grita son millones las que callan.
El despertar en el pueblo lo llenó de nostalgia. El sol entraba tímido por la ventana, como pidiendo permiso, el viento suave y el caminar cansino de la gente, tratando de masticar cada momento de la vida para digerirlo mejor. Pensó en la gente de la capital, que vivía como si comiera a las apuradas y siempre con el riesgo de una indigestión. No quería que su vida se transformara en eso, pero debía resistir; gracias a su incursión en la gran ciudad, ganaba más en un día de facturación que la suma de lo que gastaba en un mes de ostentamiento. Era un buen día para disfrutar con Augusto, salió de su cuarto y se dirigió a la cocina esperando encontrarlo, pero no había más que un sobre en la mesada. Se acercó lleno de curiosidad y ésta vez no dudó un segundo en abrirlo inmediatamente, pero para su decepción, no era más que el anuncio de un político que se rebajaba hasta el piso, a cambio de un voto que mejore su calidad de vida sin importarle demasiado la de los demás. Sonrió y se terminó de convencer de que le estaba dando mucha importancia a esa carta aislada que había recibido en la capital; suspiró profundamente y siguió en busca de Augusto para vivir un gran día.
En cada instante, en cada segundo, pasan cosas. Todo el tiempo… a diferentes personas, en distintos lugares. Mientras algunos mueren, otros nacen; mientras algunos sufren, otros disfrutan la vida; mientras algunos mueren de hambre, otros tiran la comida en banquetes sin sentido. Mientras Alfredo veía cómo su vida en la capital era una pesadilla, Juan Cruz veía cómo la planta de sus sueños comenzaba a salir de la tierra, Alicia y Estela peleaban cada día para poder hacer crecer su casa de comidas, que parecía estar maldita; Augusto y Fusch volvían el tiempo atrás e intentaban disfrutar del repentino cambio en su relación. Rómulo vivía sus días como una tortura, la quiebra no le sentaba para nada bien y se sentía culpable de haber arrastrado a toda su familia a semejante desgracia. Caminaba por las calles sin rumbo, con la mirada perdida y una sonrisa maliciosa que anunciaba constantemente su locura. Su corazón le partía el cuerpo en dos, ya nada tenía sentido. La nostalgia del pasado esplendoroso le dolía demasiado, las heridas que más duelen son las que no se ven y, para peor, no se pueden salar, diagnosticar o curar de alguna manera, sólo hay que tratar de vivir con el pesar de las acciones, con el pasado pisando los tobillos, perseguido por la muerte que no parece llegar, tentado con ponerle un punto final a su derrotada vida pero sin el valor para poder hacerlo. ¿Quién es más cobarde? ¿El que vive sin querer hacerlo o el que tiene el valor para hacer lo que realmente siente? Caminaba como un cuerpo sin alma, simplemente porque los músculos responden a la física del movimiento. Cada día al levantarse pensaba en que lo único que podría revivirlo era darle muerte a Fusch de una manera lenta y dolorosa, pero tampoco tenía valor para matar. No podía matar y no podía matarse, se preguntó nuevamente “¿Quién es el cobarde?”, y la respuesta la encontró rápidamente y sin mucho esfuerzo: él. Estaba seguro de que la vida le pondría la revancha delante de sus ojos y, lejos de ser honesto o leal, la debería aprovechar de la mejor manera. Recordaba a cada instante a esos grandes millonarios que se llenaban la boca hablando de amistad, que acompañaban sus momentos con cajas de champagne y exquisitos manjares, aquellos con los que compartió lujosos viajes por el mundo, falsos brindis y felicitaciones poco convincentes: todos ellos lo habían abandonado cuando realmente los necesitaba. Al parecer, al caer en la pobreza y el desempleo perdió las cualidades de buena persona. Ya había tachado todos los nombres en la agenda, ya les había pedido trabajo a todos, pero le dieron la espalda. Tal vez porque la versión de Fusch era más convincente, o simplemente porque ahora no era parte de ellos. Pensó nuevamente en quitarse la vida, pero desistió rápidamente.
Durante dos días, Fusch se dedicó a su hijo. Recuperaron el tiempo perdido y se llenó de entusiasmo y felicidad, hacía muchísimo que no lograba disfrutar tanto de su compañía; ahora se sentía más cerca y parecía haber olvidado el incidente de la carta, en el pueblo vivía mucho más tranquilo. Volvían caminando lentamente por el sendero que iba desde la ruta hasta la puerta de su casa. Una tranquera de madera vieja separaba el bosque del jardín interno. La casa se encontraba en el medio de un hermoso bosque, que la aislaba por pocas cuadras de la pequeña civilización. Siempre encontró paz entre los árboles y el silencio pero, esta vez, al llegar, se dio cuenta de que la tranquera estaba abierta. Se alarmó y le volvió rápidamente el recuerdo de la carta, alguien estaba adentro. Miró rápidamente a Augusto, que estaba blanco del miedo, y le hizo una seña que intentaba transmitir una tranquilidad que él no tenía. Caminó despacio y atento a todos los ruidos. No llevaba consigo ningún tipo de artefacto que le pudiera servir para defenderse y se maldijo, pero siguió avanzando despacio. Atravesó el jardín y se detuvo en la puerta delantera, que también estaba abierta. Tomó aire para intentar controlar su corazón, que bombeaba sangre a una velocidad increíble, y entró sigilosamente mientras Augusto esperaba afuera. Recorrió la planta baja en silencio, sin encontrar nada anormal. “Seguramente estén arriba creyendo que en las habitaciones está la plata” pensó, y subió las escaleras armado con un cuchillo que agarró en su paso por la cocina. El corazón seguía latiéndole a una velocidad increíble y el miedo se reía de él a carcajadas, como aliado del diablo. Entró bruscamente en la habitación como intentando sorprender pero, para su decepción –o no–, no había nadie. Revisó todos los cuartos y rincones, no había nadie ni faltaba nada. Agarró la escopeta que guardaba en el armario para los días de caza y bajó raudamente para buscar a Augusto, quien esperaba detrás de un árbol temblando como una hoja más.
–No hay nadie Augusto, tranquilo, vamos.
–¿Nos robaron mucho papá? –preguntó Augusto tímidamente.
–Nada, hijo. Vamos a hacer las valijas, salimos en un rato a la capital. Ésta vez te venís conmigo.
Augusto asintió con la cabeza mientras seguía a su padre, que volvía a entrar a la casa.
Una vez adentro, notó que había una carta en el mismo lugar que había encontrado la propaganda del político días antes. La abrió desesperadamente, luchando contra el temblor de sus dedos. Era del remitente que esperaba:
“Amigo Fusch. ¡Qué alegría volver a comunicarme con vos! Ya estaba pensando si no había pasado demasiado tiempo desde nuestro último contacto. Como te dije anteriormente, mi intención no es lastimarte, como verás, puedo hacerlo fácilmente si quisiera. Ahora bien, tengo un aprecio increíble por la poesía y quería mostrarte mi última creación, espero que no te moleste y te guste:
Quiero decirte que sos pobre,
lleno de pena y de dolor,
vacío de orgullo y de amor,
quiero que tu hijo entienda,
cómo se construyó lo que hay a su alrededor.
Quiero mirar cómo ejecutan su corazón,
como a los pobres que ejecutaste vos.

Quiero verte morir en el más oscuro cajón,
quiero escuchar que nadie llore en tu honor,
quiero verte desgarrando dolor,
mientras alguien divulga tu verdadera vocación.
Quiero que veas cómo el amor vale más que mi ejecución,
cuánta gente me quiere y cuánta te quiere a vos,
yo soy pobre de dinero, pero vos lo sos de amor.
Espero que te guste… estoy convencido de que tengo talento. ¿No te parece? Aguardo paciente tu respuesta.
Te quiere, Baco”.
Fusch soltó la carta con un gesto de rechazo, ya no estaba seguro ni en su casa. Ésa horrible sensación, la de darse cuenta de que el lugar más seguro ya no lo es y de que alguien se pasea tranquilo por tu morada, siguiendo un juego terriblemente perverso y lleno de odio. Le ordenó a Augusto que empacara rápido y antes de que bajara el sol ya estaban volando hacia la capital. Su auto quedó abandonado en la puerta de su casa, la paranoia de que lo maten en cualquier momento ya estaba ganando terreno y no lo dejaba descansar. ¿Quién podía ser el desquiciado que lo amenazaba sin dar la cara, como un cobarde?

–Me seduce la muerte, realmente me seduce… me encantaría terminar con ésta desdichada vida. En el pecho, a veces se me hace presente una sensación de frustración difícil de explicar, todo parece oscuro y sin sentido, nadie presta atención a lo singular, el mundo gira sin importarle nada de lo que me pasa, me ignoran… me gustaría verlos desde arriba, llorando sobre mi cajón. Muerto, quizá se termine el dolor o encuentre el paraíso que tanto me prometen. ¿Por qué no? Si para terminar con tanta desdicha, tan sólo hace falta mirarme en el espejo y tomar las pastillas, o una inyección llena de aire, algo que termine con mi vida sin demasiado dolor ni agonía. Tal vez no pase más que perder la conciencia y no despertar más… pero no tengo el valor para intentarlo, no tengo el valor suficiente de quitarme la vida, sencillamente… La sociedad castiga a los que lo hacen, la gente llora a los que lo hacen, pero para mí parece inmensamente admirable, me encantaría tener semejante valor, pero el valor escasea, no puedo llevar a cabo mi mayor deseo, no puedo hacerme escuchar, no puedo caminar por la calle con la frente en alto y orgulloso de lo que fui, soy y seré… simplemente me gustaría no estar acá, pero acá estoy. Me gustaría morir, pero acá vivo, me gustaría no pensar en semejantes estupideces, pero acá las pienso, me gustaría tener valor, pero soy cobarde…
Federico lo escuchaba atento. Una vez más, un paciente hablaba y él se sentía identificado, sin encontrar una salida aparente. Tal vez algo en él también estaba muriendo, pero no se animaba a admitirlo. Pensó que la gente debe dejarse llevar por el corazón sin contaminar las decisiones con el maldito cerebro, pero no pudo decirle eso a su paciente, que pedía a gritos que alguien le dijera que no se mate. En cambio, creyó que era más conveniente hablar con sinceridad.
–Le va a parecer raro lo que va a escuchar, pero creo que lo más sano es hacer lo que uno realmente desea. En el fondo sabe bien lo que pretende, por más que a veces piense en matarse, sabe realmente qué es lo que quiere. Uno siempre sabe lo que espera, aunque a veces no lo quiera ver. Esto, que parece un simple juego de palabras o de querer, es lo que destruye su interior. Usted sabe que anhela morirse pero no puede hacer nada con eso. Piense en un cáncer o tiente al destino, haga lo que realmente quiere: si desea morirse, muérase, no sea cobarde. Va a vivir toda su maldita vida como un cobarde que no quiere vivir. Los demás nunca lo entenderían, pero ése es su deseo. Si lo quiere hacer, hágalo, porque lo demás no tiene ningún tipo de sentido…
El paciente lo miraba atónito sin dar crédito a lo que escuchaba, el silencio se apoderó de la habitación por un momento que pareció eterno, pero terminó cuando el analizado decidió irse. Federico quedó sentado en el mismo lugar sin decir nada, con la mirada perdida pero mucho más liviano… se había sacado un gran peso de encima: acababa de suicidarse como analista.



Capitulo 4


     La realidad de la economía, la política y la seguridad, eran total-mente diferentes entre el pueblo de Juan Cruz y la capital. Los gran-des medios aseguraban que se vivía en un estado pudiente, de tolerancia y solidaridad, mientras existía un grupo que peleaba contra la autoridad del ‘presidente’. Un hombre que accedió al poder por medio de la fuerza y sin dar elección al pueblo. De un importante porte –más alto que la media– y con una actitud por demás sobradora. Sus poros respiraban poder, había nacido para mandar. La profundidad de sus ojos llegaban a causar miedo en cualquier alma y la seguridad de su voz hacía dudar hasta al más sabio de sus propios pensamientos, capaz de convencer a un pueblo entero de que se inmole por su lealtad, gobernaba a gusto i piacere de su voluntad. Su bigote tallado a mano le daba el toque final a su cara, una total expresión de ambición sin límites. Un hombre que era capaz de matar a su hermano para que-darse con su poder podía hacer estragos en una patria que apenas sentía suya. Los que peleaban contra su autoridad afirmaban que vivía en medio de lujosas fiestas, emulando al Palacio de Versalles, y se hacía llamar “El dictador Majestuoso”, mientras se embriagaba casi a diario con el whisky más añejo de estos pagos. Amante de cabalgar, del campo, de las armas y, sobre todo, de los grandes generales que inmortalizaron su nombre por un desempeño grandioso en alguna batalla. Su mayor ambición era poder asemejarse a Aníbal Barca, Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte. Sin embargo parecía haber nacido en el tiempo equivocado, en un mundo en el cual la guerra parecía obsoleta y las bombas eran capaces de hundir en el medio del océano una isla sin demasiado esfuerzo; tan poderosas que las grandes potencias no se animaban a sacarlas de sus arsenales. Un mundo donde la batalla estaba en otro flanco. Las empresas se dividían el poder con facturaciones diarias que sobraban para la vida entera de una nación, muchísimo dinero en pocas manos, que las marcas usaban para imponer sus estilos de vida y necesidades. Nunca tuvo la posibilidad de participar en una guerra y ésa era una cuenta pendiente.
Mientras caminaba por la calle descubriendo un mundo nuevo, Juan Cruz pensaba en que sólo era una hoja en medio de una enorme y cruel selva. Debería ser enorme para sobresalir. La oferta era tan grande que sus escritos quedaban silenciados en el intento, el poder y el dinero dominaban cualquier rubro y la literatura no estaba exenta, de nada servía gritar si el ruido de la ciudad era tan fuerte, de nada servía luchar para captar la atención del prójimo si miles de empresas millonarias estaban en la misma pelea, y con una notoria ventaja. El vacío que sentía en el pecho no era más que la sensación de fracaso e impotencia, el miedo de vivir una vida plana sin ningún tipo de acción, el miedo de despertar cada mañana sin tener nada más interesante que pensar que cuánto falta para volver a cobrar un sueldo que derrochará en pocos días y no lo hará feliz. Impotencia de querer cambiar un mundo que parecía estar hecho para los que más tienen, y tan bien diseñado que no podía encontrar fisuras o puntos débiles.
A medida que pasaban los días la angustia crecía a un ritmo incontenible, ya no estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Mucho menos al ver a Alfredo bajándose los pantalones frente a un nuevo millonario, agrandado y corrupto. Caminando con la brisa de la tarde pegándole placenteramente, entró en una librería (el lugar en el que más le gustaba pasar el tiempo) y notó un cartel que solicitaba escritores para una pequeña revista semanal. De un momento a otro se llenó de esperanzas y se dirigió al mostrador donde atendía un hombre mayor, calvo y con algo de sobrepeso, que le dijo con amabilidad al tenerlo lo suficientemente cerca:
–Buenas tardes, joven. ¿En qué puedo ayudar?
–Quería preguntarle acerca del cartel que tiene en la entrada.
El hombre lo recorrió con la mirada generando un prejuicio basa-do en su apariencia. Luego de terminar tomó la palabra con desconfianza.
–¿Sos escritor?
Juan Cruz intentó responder rápido y sin vacilar pero terminó dudando.
–Sí… Bueno, eso estoy intentando.
Atajos del destino y algunas vidas desdichadas
63
–¿Y qué te falta? –disparó el hombre, seguro de acertar en el blanco con esa bala.
–Experiencia… tal vez.
–Yo diría que seguridad, cuando uno escribe se desnuda ante cualquiera que quiera verlo desnudo y ahí debe estar, orgulloso de lo que tiene y seguro de lo que puede dar.
Juan Cruz se quedó en silencio y no supo qué contestar. Lo primero que se le vino a la mente fue que perdió su oportunidad. El hombre, notándolo herido, continuó.
–Noté que no sos de acá, el acento te delata.
–Así es. Soy del interior, vine a la capital porque a mi padre lo trasladaron a la sucursal que tiene acá la empresa en la que trabaja, y como mi deseo es escribir, decidí venir con él, creyendo que en la capital existen más oportunidades.
El hombre dibujó una sonrisa de placer y asestó el golpe mortal.
–Entonces va en serio lo de ser escritor.
Juan Cruz lo miró con mezcla de incertidumbre y bronca. No lo-graba entender si el viejo le estaba hablando bien o simplemente se estaba divirtiendo en medio de una librería que no tenía clientes. Luego de pensar lo que iba a decir habló intentando sonar convencido.
–Más que en serio, es casi una realidad –luego de decirlo, pensó cómo se había animado a demostrar semejante seguridad.
El hombre volvió a sonreír y haciendo un movimiento de afirmación con la cabeza contestó.
–Ahora me gusta más la actitud. ¿Tenés algo escrito para dejarme?
Juan Cruz negó con la cabeza, sintiendo que estaba haciendo todo lo posible para perder la oportunidad, pero el hombre volvió a tomar la palabra.
–No soy sólo yo quien debe estar conforme. Deberías preguntar -me acerca de la revista, más en estos tiempos en los que te matan por decir lo que al ‘majestuoso’ no le gusta. Hagamos lo siguiente; te voy a dar un ejemplar de la revista para que la leas y veas si te sigue interesando escribir para nosotros, si llega a ser así, te espero con un escrito tuyo.
Juan Cruz se llenó de alegría repentina y asintió sin poder decir nada. El viejo gordo y calvo se agachó lentamente y revolvió debajo del mostrador, al levantarse tenía en la mano una revista que dejó sobre el mostrador, haciéndole un gesto para que la agarre. Juan Cruz la examinó y lo primero que vio fue el nombre Espíritu federal. Una ola de intriga le sacudió la cabeza, la agarró y salió entusiasmado agradeciéndole al viejo. Las cosas comenzaban a cambiar.
A pesar de ser pocas las cuadras que separaban la librería de su nuevo hogar, decidió viajar en subte. Todavía recordaba con lujo de detalles aquellas tardes de domingo en las que, mientras su abuela cocinaba los fideos, su abuelo le contaba con un dejo de nostalgia sobre aquellos años que vivió en la capital. Sintió una alegría enorme por estar conociendo el lugar que siempre imaginó entre las palabras de su abuelo. Tomó rápidamente el anotador que siempre llevaba encima y comenzó a escribir lo que sentía, pensando que su próximo viaje sería para entregárselo al gordo de la librería.
“Un tren viaja a gran velocidad por debajo de la tierra, como metido en un tubo enorme de cemento, decorado con sencillos pero hermosos murales. Un cartel de color rojo intenso te recuerda el nombre de la calle que pasa por encima y a la luz del sol, un olor particular se siente a medida que bajás cada escalón. La estación, pintoresca, respira con tranquilidad mientras que arriba, la avenida enorme y llena de luces es el sendero que utilizan miles de personas apuradas. Sin embargo por la noche todo cambia, existe otra vida. La estación se silencia por completo, dejando sólo el eco del último tren que se aleja y la misma gente que caminaba apurada en la avenida ahora camina vestida de fiesta y a un ritmo mucho más cansino, disfrutando de la libertad. Los teatros se abren paso entre las confiterías y la ciudad respira otro aire, una aire lleno de alegría y elegancia, un aire que transforma la ciudad en la envidia del resto del continente, un aire de grandeza que la distingue frente al resto, ése aire que a mí me enamoró”.
El sol entraba tenue por la ventana de la oficina de Fuch, todavía no se terminaba de adecuar a las nuevas instalaciones pero todo iba según lo planeado. El equipo de ventas ya estaba trabajando y las empaquetadoras que le ponían la marca a las linternas importadas comenzaban a funcionar. Pensó en que extrañaba a Augusto, pero rápidamente recordó que lo mejor era que él siguiera allá, más seguro y tranquilo; todavía era joven y merecía tiempo para disfrutar. Aunque el dinero pueda comprar todo lo que se vende, había algo que a Fuch le faltaba: una mujer. Desde que la madre de Augusto lo dejó no pu-do volver a sentir amor, ése sentimiento totalmente efímero e intangible, ese sentimiento que nadie puede explicar de manera certera, pero que maneja la vida de hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales, ese sentimiento que conduce a todo ser humano –incluso al más malvado– a realizar todo tipo de comportamientos sin sentido alguno. Pasó los años alquilando cuerpos en busca de saciar las demandas naturales pero sintiendo un vacío imposible de llenar, por más voluntad y deseo que le pusiera a sus ilusiones. Se sirvió otro whisky, sin dejar de contemplar desde la oficina la inmensidad de la fábrica que ahora le pertenecía, sin correr la vista pensó si existía la felicidad realmente y no encontró respuesta pero el golpe de la puerta lo interrumpió bruscamente.
–¡Adelante! –dijo con desgano.
–Permiso señor, vine a dejarle la correspondencia –la secretaria anunció el motivo de su visita mientras dejaba varias cartas sobre el escritorio.
–Muchas gracias, podés seguir con tus tareas –Fuch no le dio importancia y tomó otro trago de whisky.
–¿Doctor, usted se imagina cómo sería su vida si ese sueño que tiene desde la niñez le llega pero a la mitad? Así me siento yo, siendo teniente general del ejército. Aunque no lo crea, desde chico soñé con liderar un escuadrón y llenarme de honores en una guerra. Sé qué pensará cosas desagradables de mí, como la mayoría de la gente, a nadie le gusta la guerra, pero a los hombres como yo nos encanta, porque entendemos que hay mucho más que muerte y violencia en una guerra… Existen otras cosas, verá… Existe la estrategia, la bondad, el talento, el liderazgo, la fidelidad, las sorpresas, la adrenalina y, sobre todo, mucho honor. Pero, ¿cuánto más sé yo que usted de la guerra? Nada que los libros no me hayan contado. Siendo teniente general, al igual que usted nunca fui a una guerra, no sé qué se siente realmente al estar en un campo de batalla ideando la estrategia más apropiada para ganar y eso me tortura. ¿Cómo puede ser que un ejército sobre-viva sin guerras o que nos preparemos para algo que tal vez nunca llegue? Es similar a que usted estudiara toda la vida para hacer ésta terapia pero nunca la pudiera desarrollar.
Federico escuchó atentamente cada palabra, hacía mucho tiempo que no podía prestar tanta atención, en cada palabra del General se sentía identificado, él también estaba metido en una profesión que no lo llenaba y también se sentía angustiado. Nuevamente no supo qué contestar, pero tomó la salida más sencilla, e hizo un gesto para que el General prosiguiera.
–Anoche tuve un sueño extraño; en el que moría en un accidente de tránsito y rápidamente me despertaba en el medio de un enorme campo de olivos. El olor de los mismos me encantó y me llenó de frescura. Es muy difícil explicar por qué pero, en ése momento, en el medio del sueño, me sentí feliz y en paz. Caminé sin rumbo aunque sin la certeza de estar avanzando, porque el campo era infinito. De un momento a otro, sin entender cómo sucedió, apareció frente a mí una muralla enorme con una entrada que bien podía ser de Roma o Atenas. Una sensación de miedo –que intenté controlar– se hizo presente y de repente se abrió la puerta. Curioso, entré despacio y con cuidado. Todo parecía estar abandonado y con rastros de haber sufrido a manos del fuego, el olor a carne quemada se hacía más fuerte a medida que me adentraba en la ciudad. A lo lejos vi a un hombre corriendo, vestido únicamente con una túnica. Le grité pero no se detuvo, en ése momento me miré la ropa por primera vez y me di cuenta de que llevaba el uniforme del ejército. Corrí desesperado detrás del hombre. Lo perseguí por más o menos dos cuadras, hasta que entró en un palacio enorme, íntegramente de mármol. Me paré en la puerta y aprecié semejante edificio, que se erguía frente a mí. Cuando volví a
bajar la vista vi al hombre, que desde el interior me hacía señas para que entrara. Con mucho temor, lo seguí.
Fui detrás de él por varios pasillos decorados con hermosas esculturas y delicados cuadros. Después de cruzar una puerta me encontré con un salón que tenía una mesa en el medio y cuatro personas sentadas. Desde lejos no los podía ver bien, pero el hombre, parado al lado de la mesa, me hizo señas para que me acercara. De un momento a otro estaba parado frente a la mesa alargada que compartían esas cuatro personas, y caí en la cuenta de que algo extraño pasaba: Alejandro Magno, Julio César, Aníbal Barca y Napoleón estaban sentados mirándome fijo. Cómo podrá imaginar, el corazón estaba por estallarme. Julio César tomó la palabra y me dijo:
–¿Quién eres, bárbaro?
–Soy el Teniente General del ejército terrestre, Leopoldo Aguirre.
–Parece un cargo importante –dijo Aníbal rápidamente, de manera irónica.
–Lo es, aunque no como lo sería en tu tiempo –le contesté firme y ya con menos temor.
–¿Qué haces aquí? –volvió a tomar la palabra Julio César.
–No lo sé, ni tampoco sé dónde es que estoy, y mucho menos cómo estoy hablando con ustedes que ya están muertos.
Se miraron riendo, burlándose de mí, y después Alejandro tomó la palabra.
–¿De qué tierra eres?
–Una tierra de la que sólo Napoleón escuchó hablar, está cruzando un enorme océano hacia el oeste, una tierra muy lejana de Francia, Grecia, Roma o Cartago.
Napoleón asintió con la cabeza al tiempo que dijo:
–América.
–¡Exacto! –dije orgulloso.
–¿Cuántos hombres te siguen y cómo es tu ejército? –volvió a preguntar Alejandro.
–En mí época es un poco más complicado que en la tuya, el ejército es totalmente profesional, contamos con un ejército aéreo, uno naval y uno terrestre.
Nuevamente se miraron entre ellos riéndose de mí y haciendo ges-tos.
–¿Aéreo? –dijo Aníbal, burlándose de mí.
–Sí, tenemos unas máquinas que se llaman aviones, son como pájaros gigantes que planean y van cargados de misiles.
Siguieron riéndose de mí, yo ya había perdido todo el respeto que me generaba la admiración. Alejandro volvió a preguntar.
–¿Cuántas batallas ganaste?
Me sentí humillado pero me vi en la obligación de responder.
–Ninguna.
Me desperté de repente en medio de las burlas de todos mis gran-des ídolos. ¿Se da cuenta? ¿Qué clase de teniente soy? Uno que nunca fue a una guerra y ya tiene más de 60 años.
Una vez más Federico no supo qué contestar, sus días de terapeuta estaban contados.
Fuch seguía sentado en su oficina, absorto en sus pensamientos, mientras una canción insulsa sonaba de fondo como musicalizando la escena; papeles tirados por doquier, el whisky a medio tomar, su ca-misa desprolija y su sonrisa irónica y sobradora borrada de su cara por la soledad. De repente sacó la vista de la ventana y notó la carta que le había dejado su secretaria arriba del escritorio; buscó el remitente pero no lo encontró. Desanimado, la revoleó sobre el escritorio y se levantó para servirse otro trago de whisky, luego la intriga le ganó y la volvió a agarrar. La observó con desconfianza mientras pensaba que se debía tratar de publicidad o algo por el estilo. Tanto misterio no tenía sentido si sólo hacía falta abrirla para averiguar qué decía, pero era un juego que Fuch solía disfrutar; el poder trae consecuencias. Luego de un rato decidió ponerle fin al asunto y rompió el sobre sin ningún tipo de cuidado.
La recorrió con la vista y notó que estaba escrita a mano alzada, cosa que le sorprendió sobremanera, pero todavía se negaba a comenzar a leerla. Sólo diferenció que comenzaba con unas amenas palabras, tomó otro trago de whisky y volvió a mirar por la ventana: las luces ya estaban apagadas, se encontraba solo en medio de la fábrica, cosa que le causó una sensación extraña. Se acomodó en su sillón y comenzó a leer.

“Querido amigo Fuch:

Como notará, tengo el gran placer de dirigirme a usted por un medio bastante inusual en éstos tiempos, pero yo lo prefiero así. Es mucho más personal, ¿no lo cree? Mi abuela siempre dijo que la letra es la confesión del alma y que uno puede saber mucho si mira la letra de alguien. Entienda que le estoy mostrando demasiado. Por el momento no le voy a decir mi nombre y entenderá más adelante que por ahora no tiene sentido hacerlo, sin embargo yo sé mucho de usted, sé más de lo que usted cree, se lo puedo asegurar. Sé a qué se dedica, y no hablo de las linternas de juguete: hablo de las estafas y del circo que tiene armado para hacer caer a los pobres infelices a los que seduce. Sé muchísimo de cómo se dedica a eso, porque hace tiempo yo también caí, pero ahora me doy cuenta de que debo llevar mi vida a otra dimensión, tengo que darle un sentido. ¿No cree? No quiero robarle mucho más tiempo a un hombre tan ocupado como usted, pero quiero que le quede clara una sola cosa: tal vez no lo mate ni lo lastime, pero quiero hacerle la vida un poquito más difícil. Con cariño, su dios; Baco”.

Luego de terminar de leer la carta entró en un estado de confusión. Por un lado; el miedo, como era de esperar, entró en su cuerpo y por otro; la tranquilidad de su personalidad le indicaba que no debía preocuparse y que seguramente se trataba de un despechado infeliz que perdió todo por no saber hacer las cosas bien. Se sirvió otro trago –ése que estaba de más– y ya sus sentidos no respondieron bien. Se levantó como pudo y caminó por el medio de la fábrica, ya oscura y solitaria. Pese a que trataba de convencerse de que no tenía miedo, sentía correr por sus venas el punto más débil de cualquier humano, el terror a la muerte.
Llegó al estacionamiento de la fábrica sin poder caminar derecho y hundido en un profundo silencio. Su auto –de gran porte– denotaba estilo y superioridad extrema. “Un hombre de mi clase no puede tener menos y por eso me amenazan con boludeces”, pensó mientras le erraba varias veces a la cerradura. Como pudo volvió a su casa manejando, la música que sonaba en la radio se mezcló lentamente con el alcohol y lo sumergió en un viaje por el pasado. Recordó a su mujer con un dejo de melancolía y resentimiento. Cuando intentó volver a la realidad le costó mucho, tal vez más que manejar en ese estado. Por suerte para él –no para mí, hubiese deseado verlo accidentado– la ciudad estaba desierta y el viaje no tuvo sobresaltos.
El subte lo comenzó a entusiasmar, lo sentía como un viaje al pasado. Era un tren anticuado en medio de tanta modernidad, los vagones hechos de madera, las luces, las puertas; todo era muy antiguo y, para alguien que todos los días al despertar piensa que éste no es su tiempo, era una inyección de satisfacción. Es increíble ver cómo se perdió el misterio, el uso de la imaginación, las historias. Recordaba, mientras viajaba, aquellas tardes que se juntaba con los chicos del pueblo a escuchar historias de héroes y lugares a los que sólo podían imaginar. El abuelo de uno de los chicos solía contarles historias de los lugares que había recorrido, un hombre viajado y muy culto que disfrutaba de narrar aventuras a un par de chiquillos curiosos. “París es hermosa, iluminada de noche como si estuviera el sol, un hermoso río refleja la luna y en su aire se respiran historias de grandes artistas. Una torre de hierro se erige en el centro, es tan alta que parece pinchar las nubes con su punta filosa, y te hace sentir un ser tan pequeño como una mosca, pero sin aunque sea poder volar. La gente habla un idioma seductor y totalmente interesante. Francia es mi segunda patria”. Recordaba tan claras ésas palabras que podía escuchar la voz del viejo en su memoria. Así comenzaba el escrito que le llevaba al hombre gordo de la biblioteca. Viajaba muy nervioso contando las estaciones que le faltaban para llegar y repetía en su cabeza, una y otra vez, la pequeña historia que llevaba manuscrita en un cuaderno. Se trataba de un chico que, hundido en una profunda angustia por sentir que su vida no encontraba sentido ni destino de héroe, decide comenzar a recorrer los pueblos de Francia, recolectando las historias de los pocos protagonistas que quedaban de la Revolución que llenaría el mundo de ideas utópicas y sensación de igualdad. Estaba orgulloso de su creación, y seguro de que su estilo encajaría perfecto en la revista del viejo librero.
Al llegar a la puerta de la librería sintió todo lo contrario, una ola de inseguridad y miedo lo atacó de repente. Debía cruzar la puerta, encarar al viejo con seguridad y darle la historia. Sabía que era lo correcto pero no podía hacerlo, se sintió paralizado y sin poder mover las piernas hacia delante. Estuvo varios segundos pensando si debía entrar o no, hasta que decidió no hacerlo. Caminó enfurecido consigo mismo por ser tan cobarde y bajó nuevamente las escaleras del subte, pero una vez abajo, discutió con la voz que le decía que se fuera y que era bastante malo lo que iba a presentar. Se puso firme contra sí mismo, contra esa maldita voz que lo atormentaba y llenaba de inseguridad y temores, ésa voz que no lo dejaba vivir y que varias veces le hizo pensar que lo mejor sería morirse. Realmente deseaba morirse, no a diario, pero sí seguido cuando la voz aparecía. Pero ésta vez peleó con más fuerzas y al mirar a su alrededor cayó en la cuenta de que estaba en el subte, en la capital, que se había ido del pueblo para perseguir su sueño y tenía la oportunidad entre sus manos. Hizo fuerza para callar la voz y retomó el camino hacia la librería. Entró decidido. Una vez adentro se dio cuenta de lo que había hecho, por primera vez había vencido a la voz que tanto lo atormentaba, respiró hondo y se dirigió al viejo con seguridad.
–Buenas tardes, joven. Has vuelto –saludó el viejo cordialmente.
–Buenas tardes. Sí, he vuelto porque me gustó la revista y quería entregarle mi escrito.
La voz de Juan Cruz estaba llena de seguridad inconsciente, ya que él no se dio cuenta.
–Muy bien. Eso me alegra.
Luego de terminar, hizo un gesto para que Juan Cruz se la diera. Metió la mano en el cuaderno y alcanzó las cuatro hojas que contenían sus palabras. Lleno de nervios, se quedó sin decir nada mientras el viejo ojeaba por encima. Un momento de incomodidad.
–¡Perfecto! ¡Y manuscrito! Eso me gusta. ¿Podés pasar mañana así charlamos sobre esto?
Juan Cruz asintió sin decir nada y todavía sin poder comprender de dónde salió la fuerza que lo llevó a callar la voz, salir de la estación y encarar sin ningún problema al viejo. Saludó con un gesto y se retiró de la librería lleno de esperanzas.
La vida de Alfredo en la capital no estaba floreciendo como la de Juan Cruz. La incomodidad que le causaba el trabajo en la nueva sucursal era profundizada por la actitud de Adriana. Ella parecía no entender la realidad de la situación, se la pasaba paseando, comprando cosas y viviendo una realidad paralela, lejos de los verdaderos sentimientos de Alfredo. Estaba considerando seriamente pedirle a Fuch volver al pueblo con la suma de dinero que le correspondía, pero como era de esperar su carácter no le permitía arriesgarse y encarar semejante momento.
Sentado en su consultorio, ésta vez sin pacientes, Federico contemplaba en silencio los diplomas que colgaban de la pared marrón, al lado de un reloj barato que simulaba ser el de Dalí y un cuadro –obvio y trillado– de Freud. Repasaba en silencio los logros que obtuvo en el psicoanálisis: artículos premiados, ensayos, investigaciones, cátedras, libros y congresos de excelencia; algo que llenaría de orgullo a la mayoría de los profesionales, pero que a él le causaba un vacío enorme en su pecho. Su vida debía cambiar repentinamente. Años estudiando los problemas de los demás y descuidando los suyos. La profesión a la que había dedicado su vida ya no lo entusiasmaba, el amor por su mujer había terminado y la pasión era tan nula que ni recordaba la última vez que se excitó realmente. Su hija creció y se fue a vivir al exterior, empujada por su marido, gerente de una multinacional.
¿Cómo el tiempo pudo ser tan dañino? ¿Cómo pudo destruir hasta los lazos más fuertes? ¿Por qué no me animo a dejar a mi mujer y rehacer mi vida? Todas ésas preguntas las escuchó demasiadas veces en la boca de sus pacientes, y siempre tuvo la palabra adecuada, pero para él no encontraba ni la equivocada.
Mientras la ciudad seguía confundida acerca de la realidad, había un grupo de gente muy confiada y segura del camino que se debía tomar. Una hermosa quinta era el centro de reunión. Las plantas se trepaban desde el suelo por los alambrados como queriendo alcanzar la libertad y despegar. El pasto, húmedo, despedía un hermoso olor que purificaba los pulmones, la tenue luz iluminaba justo lo que la noche requería, un hombre debidamente uniformado se ocupaba de mantener siempre llenas las copas de los invitados. El murmullo ilustrado y refinado se mezclaba con los tonos de música clásica que des-pedía un parlante antiguo en perfectas condiciones. En el centro, una hermosa pileta rodeada de antorchas daba un dejo de misticidad alucinante. Elegantes personajes hablaban en grupos sobre sus hazañas personales y sus grandes posesiones. Restos de la burguesía colonial se detectaban en cada mueble que adornaba la escena. Con extravagantes aires de grandeza debatían sobre ideas retrógradas y basadas en el beneficio propio.
En un banco al costado de la pileta, dos hombres eran iluminados por el fuego de las antorchas y a simple vista sobresalían del resto. El más viejo portaba un excelente cuerpo, bastante más alto que la media. El pelo, debidamente prolijo, enmarcaba su cara huesuda y algo colorada debido al alcohol, que corría libremente por su sangre. El más joven era un hombre de mediana edad que disfrutaba en cada gesto y en cada palabra, hacer notar su poder.
–Todo el pueblo sabe lo que va a pasar, pero nadie se anima a impedirlo. Saben que realmente es lo mejor para todos. Esto ha pasado siempre. La historia es la mejor maestra, todo ya ocurrió en el pasado y sólo los que interpretan el pasado para estar alertas en el presente son los que escriben el futuro. Reyes que reinan hasta que mueren, duques que envenenan a sus hermanos, vírgenes hermosas que son entregadas a degenerados príncipes por sus mismos padres, sabiendo que van a ser violadas cada noche, pueblos que siguen a un hombre que afirma ser de una raza superior, enormes ejércitos que matan en nombre de Dios, cuerpos ardiendo en la hoguera por no creer en el mismo Dios que les garantizaba el amor por el prójimo, tolerancia e igualdad y hasta un Papa que monta una red de asesinos para garantizar la grandeza del Señor… ¿No te parece hipócrita? El poder es hipócrita pero no es para cualquiera, por ese motivo existieron los reyes, los generales, los duques, los emperadores, los presidentes, los ricos y… los pobres. Hay gente que nace para que el propósito de sus desdichadas vidas sea el de ser pobres y así, la gente que lo merece viva bien. Inevitablemente tiene que haber gente que viva mal. ¿Quién haría el trabajo sucio? ¿Los monos?
El viejo hizo una pausa seguida de una carcajada irónica. Su tono de voz era firme y seguro, como quien camina a oscuras dentro de su casa sabiendo dónde está cada baldosa. Mientras tanto, el más joven lo escuchaba atento y tratando de digerir las palabras que escuchaba.
–¡No! Los pobres… ¿Acaso Darwin no aseguró que somos una evolución de los monos? Y éstos…–señaló al hombre de traje que servía las copas– son el eslabón que hay entre un simio africano y nosotros. Por eso son pobres.
El joven digirió las palabras y se tomó el debido tiempo para con-testar. Con gran parte de lo que escuchaba estaba de acuerdo.
–Yo he nacido pobre, mi padre fue pobre, pero supo hacer las cosas bien y yo las potencié; mi empresa de linternas ha crecido y por eso estoy acá. ¿Un golpe de suerte o sólo un mono talentoso? –Fuch habló con su tono habitual, muy tranquilo.
–Por algo dejó de serlo, son pocos los que evolucionan, pero lógicamente algunos hay. Te felicito por dar el siguiente paso. Probablemente tu hijo te supere.
Una emoción extraña invadió a Fuch. Recordó de repente que tenía un hijo y tuvo la sensación de haberlo olvidado.
–Es lo que más deseo. ¿Qué es lo que va a pasar?
–¿Un hombre inteligente hace ésa pregunta? ¿Qué podrían estar haciendo los hombres que manejan el ejército junto a los empresarios más pudientes? ¡Exacto! Justo lo que estarás pensando, planeando un golpe. Por otro lado parece estar de moda por éstas tierras.
La risa del viejo demostraba cuánto disfrutaba de lo que estaba sucediendo. Fuch, incrédulo e inocente, no entendía qué hacía en ésa reunión, pero seguramente le convenía.
Mientras tanto, en las calles de la capital nadie sospechaba lo que estaba por ocurrir y Alfredo era una más de las personas que caminaban tratando de distraerse y disfrutar el poco tiempo de libertad. Una brisa primaveral hacía que el clima fuera perfecto para una caminata y Alfredo recordó las noches de verano que salía a caminar por la costanera del pueblo con Estela y Juan Cruz, ésa misma costanera en la que Estela casi enloquece al verlo con Adriana. Absorto en su recuerdo caminaba en silencio y con la mirada perdida, llevando a Adriana de la mano. Ella ni se imaginaba el torbellino que sacudía la cabeza de Alfredo, y a pesar de que sentía una sensación de triunfo enorme, sentía un vacío de similar tamaño. Tanto tiempo de pelear obsesiona-da por obtenerlo, recorriendo un camino interminable que le llevó años y sacrificio transitar, lleno de privaciones y sufrimientos, de envidia y rencor, de dolor y traición. Ahora lo tenía, Alfredo caminaba de su mano pero no sabía qué hacer con eso, la felicidad que imaginaba seguía sin aparecer mientras las palabras estaban de huelga. No existía nada de lo que siempre imaginó. El amor correspondido, lejos de ser garantía de felicidad, era una condena al sufrimiento, en ése momento recordó una frase que leyó en algún libro: “Cuidado con lo que soñás, puede hacerse realidad”. Lo miró y ambos se sonrieron de compromiso. Alfredo ya estaba seguro de que la decisión de viajar a la capital había sido un error.



Trayectoria


Christian Morana


Desde muy chico ha participado de manera estable de diferentes proyectos de blues, swing, R&B y jump blues, siendo uno de los bajistas más solicitados del circuíto argentino, sumando una cantidad incontable de shows en: Argentina, Uruguay, Brasil y Europa, el 2017 sumará a esta lista también países como México.

La experiencia recolectada de: diez años en la escena del blues de Buenos Aires, la cantidad de proyectos en los que participó, de escenarios, de músicos a los que acompañó, de ciudades recorridas en busca de blues, lo ha transformado en un conocedor del estilo y una de las primeras opciones para ser parte de las bandas que acompañan a músicos de blues que llegan a Argentina desde el exterior.


Trayectoria


 

Los Huesos de gato negro

Periodo: 2009 a 2014.

321651_10200468176340511_876376361_n.jpgBanda conformada en Buenos Aires y con gran aceptación en el circuito de blues porteño que revolucionó por la fusión de las melodías clásicas del blues de Chicago con letras escritas en español. Christian co-fundó la banda junto a Guido Venegoni (voz) y Federico Verteramo (guitarra), luego se sumarían Germán Pedraza (batería) y Jorge Costales (armónica).

Rol: Bajista estable y compositor.

Discos grabados:


 Huguís Lopez & The Stone Heads

Periodo: 2012 – 2014

Estilo: blues clásico de Chicago, con fuertes influencias de Little Walter y Son House.

Rol: Bajista estable.


 Jorge Costales & The Evil 

Periodo: 2012 – actualidad.

Estilo: Blues clásico, jump blues, west coast blues.

Rol: Bajista estable.

Discos grabados:

  • Blues en Movimiento (Vol 4) (2015)
  • Shock Instrumental (2016)


 El Club del Jump 

Periodo: 2015 – actualidad.

Estilo: Jump blues, west coast, swing, blues clásico.

Rol de Christian: Bajista estable.

Discos grabados:

  • Checkmate (2017)


 Verteramo Trío 

Periodo: 2014 – actualidad.

Estilo: Blues clásico.

Rol: Bajista estable.

Discos grabados:

  • Verteramo trío (2017)


 Blues Company (Producción)

Periodo: 2016 – actualidad.

Rol: Producción, gestión y bajista de banda estable.

Grupo de trabajo que realiza ciclos, giras nacionales e interrelaciones, conciertos y producciones de artistas de blues con el objetivo de difundir el género.


 La Frondosa Recodrs

Periodo: 2016 – actualidad.

Proyecto que tiene como objetivo grabar en formato de video las sesiones de diferentes músicos de la escena del blues y el jazz de Sudamérica. (Click para ir al Canal de Youtube).


En sesión

Especializado en el blues y derivados ha acompañado a reconocidos músicos argentinos 13906897_10209741102541635_6357554229949030475_ncomo: Roberto Porzio, César Valdomir, Adrían Jimenez, Javier Goffman, Daniel Raffo, Miguel “Botafogo” Vilanova, Nico Smolijan, Deborah Dixon, Cristina Dall, Nico Raffeta, “Rulo” Garcia, Dario Soto, entre otros. También a artistas internacionales como James Bolden (USA), Tia Carrol (USA), Slam Allen (USA), Lurrie Bell (USA), Jimmy Burns (USA), Camila Dengo (Brasil), José Luis Pardo (España), Quique Gómez (España), Tota Blues (España). Juan Cruz Barrueco (España), Jörg Danielsen (Austria), entre otros.


Como miembro de la banda que acompañó a James Bolden (ex trompe13886967_10209741102341630_5716317579170562805_ntista de B.B King) en su gira latinoamericana participó de las presentaciones en los dos festivales más importantes de blues en Sudamérica: Buenos Aires Blues Festival de Argentina y Mississippi Delta Blues Festival de Brasil.




Con los diferentes proyectos ha realizado gran cantidad de giras que incluyen: Entre Ríos, Córdoba, Santa Fé, Costa Atlántica y Buenos Aires en Argentina. Brasil, Uruguay,  España, Austria, Francia, Hungría, Alemania y Holanda en el exterior.


 

Capitulo 3


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      Sin importarle el desorden que se extendía a lo largo y ancho de su habitación, decidió salir a caminar solo. La mudanza era algo que no le gustaba, mucho menos si se trataba de encerrarse en un cuarto a ordenar mientras afuera existía una ciudad por descubrir, un nuevo mundo donde perderse, un mar de sentimientos por aflorar o, por qué no, un sinfín de historias por contar. La idea de perderse la vida haciendo cosas que no tenían sentido le generaba asco. Afuera, el sol pegaba con una tibieza que hacía perfecta la temperatura, al tiempo que iluminaba cada rincón de la ancha avenida. Caminaba incrédulo, observando cada detalle. ¿Cómo podía vivir tanta gente encimada en el mismo lugar, sin un centímetro de tierra, sumida en el silencio de la naturaleza? Ese silencio no existía en el medio de los altos edificios y el tránsito continuo, sin embargo, algo de todo eso lo sedujo y pensó en no volver nunca más a su pequeño poblado –sin saber por qué, en su interior estaba convencido de que no lo haría–. Mientras sus ojos se paseaban por las calles atascadas de gente, grabando en su mente las imágenes como si fueran fotografías, su alma se sintió mejor. La sensación de estar más cerca de un sueño lo llenó de alegría y lo obligó a suspirar, al instante siguiente se sorprendió de que nadie se saludara, tardó en entender que todos eran desconocidos, que nadie miraba a los ojos a quien caminaba a su lado, que cada persona vivía en un mundo que nada tenía que ver con los demás y se dio cuenta de que le iba a ser muy difícil hacerse notar con sus escritos en medio de semejante vorágine y la pena lo invadió otra vez, esa sensación que no lo dejaba en paz y era tan difícil de explicar con palabras, tan dañina como repentina, tan punzante como la espada más filosa del mejor gladiador. Perdido y sin saber por dónde empezar, siguió caminando con menos entusiasmo. Inexplicablemente su alma se batía constantemente en un duelo por la supremacía. La felicidad y la tristeza eran tan corrientes que aparecían de repente como una tormenta en el desierto, tan cambiantes que bastaba un segundo para pasar de la depresión más profunda a la euforia más desmedida sin razón aparente, por lo menos para los demás. En su interior la razón existía y él sabía perfectamente de qué se trataba… la vida no avanzaba como había soñado, las cosas no se daban como él pretendía, descreía del amor tanto como de todos los dioses que había conocido, desconfiaba de los hombres, convencido de que eran el principal problema de la humanidad, le indignaba profundamente el comportamiento de la gente que, hundida en la locura que el mundo proponía, se llenaba de violencia e intolerancia. Un torbellino de angustia le sacudía el pecho al momento que se desgarraba en un papel escribiendo las palabras que no podía decir ante los demás, ésas que quedaban clavadas en su garganta sin poder salir, sin embargo, a sus manos no las podía detener en los momentos de mayor angustia –algunos lo llaman inspiración, él lo llamó sufrimiento–, cuando la soledad era tan grande que la idea de suicidarse lo excitaba, cuando el dramatismo destruía a la realidad y el corazón daba saltos incontrolados. Sin aviso –de la misma manera que aparecía– ponía el punto final y la angustia desaparecía, aunque él sabía perfectamente que era temporario. Seguía caminando por las calles de la capital sin un rumbo aparente, era momento de empezar a recorrer el camino que siempre soñó pero que nunca imaginó lo difícil que sería. Mientras tanto, Alfredo se preparaba para ir a conocer su nuevo lugar de trabajo, la ex fábrica de Don Alva. Lo que no sabía era que el mismo Fuch lo estaría esperando. Bajó por el ascensor al garaje del edificio y se subió al auto que le habían dejado estacionado, se sorprendió al ver que era prácticamente nuevo y se le escapó la primera sonrisa capitalina. Le habían explicado cómo llegar hasta la fábrica pero no estaba seguro de poder hacerlo sin perderse, tenía pánico a no ubicarse en semejante ciudad. No es fácil para un hombre de su edad cambiar repentina y drásticamente la manera de vivir. Las cuadras que recorrió fueron caóticas, el violento tránsito capitalino reinado por las bocinas y los conductores arriesgados (sin olvidar la falta de cordialidad y las velocidades alteradas) fueron demasiado para su primer viaje. Estas conductas eran corrientes en el comportamiento de los habitantes de la capital pero no en un hombre mayor que vivió con el ritmo de una pequeña ciudad. Paró en un semáforo con los ojos abiertos e incrédulos y se quedó contemplando a su alrededor, todavía no terminaba de entender qué hacía ahí parado, por qué había aceptado la propuesta de Fuch, qué hacía separado de Estela y cómo se le había ocurrido separar a Juan Cruz de su madre, pero un bocinazo lo regresó a la realidad y continuó su camino a la fábrica sin ninguna respuesta. Totalmente transpirado y lleno de pánico –producido por su aventura al volante– paró en la puerta de la fábrica. Consciente de la lentitud de sus movimientos, rehusándose conscientemente a que la vorágine le gane, se dirigió a la puerta lateral de la fábrica y tocó el timbre. ¿Por qué un hombre de su edad tenía que pasar por semejante momento? “Debería estar en mi casa disfrutando del tiempo que me queda. Uno trabaja toda la vida para intentar disfrutar los años de jubilación, pero el cuerpo ya no le responde. En definitiva, uno trabaja y después no se encuentra en condiciones de disfrutar. Al final, la jubilación sólo parece un certificado de incapacidad”, concluyó, mientras esperaba que abrieran la puerta. Cuando al fin le abrieron intentó disimular su disconformidad sentimental al poner una forzada sonrisa, pero el empleado que apareció detrás de la puerta ni siquiera reparó en su expresión y lo saludó. –Buen día. Usted debe ser Alfredo. –Así es, mucho gusto.

Alfredo, sorprendido, le estrechó la mano con fuerza. Su padre siempre le dijo que estrechar la mano con fuerza era una demostración de firmeza y honestidad. –Lo mismo digo, Alfredo. Mi nombre es Juan. Le voy a mostrar todas las instalaciones y comentarle cómo nos manejamos acá. –Juan… Igual que mi hijo, y debés tener una edad similar. Será un placer. –Perfecto, sígame –Juan hizo un gesto indicándole el camino. –Por favor, no me trates de usted, ¡no estoy tan viejo! –Perdón, Alfredo. Es la costumbre.

    Se disculpó el joven, mostrándose amable. Juan inició su camino por un pasillo y Alfredo lo siguió. Caminaron alrededor de unos veinte pasos hasta que salieron a la recepción donde todavía, abajo del escritorio, figuraba el logo de Don Alva. Una mujer que rondaba los treinta años, muy elegante, con el pelo recogido en un rodete, unos ojos azules intensos enmarcados en unos lentes que insinuaban demasiado y vestida con una camisa que parecía no resistir el ataque de los pechos buscando romper los botones, les sonrió en señal de cortesía. Alfredo pensó que ya no estaba para semejante mujer al tiempo que le devolvía la sonrisa. Continuaron por otro pasillo más corto que el anterior y al cruzar la puerta salieron a lo que era la inmensa fábrica, devenida en depósito. Alfredo miró y no lo podía creer: un lugar inmenso que todavía mantenía el olor a chocolate y el calor de las máquinas, la nostalgia de que ya el mundo era otro vibró en sus venas, al tiempo que recordó todos los momentos de su vida que compartió con los productos de Don Alva, y ahora sólo era un depósito de linternas extranjeras. Levantó la vista y vio lo alto que estaban las últimas cajas. No era bueno para los cálculos y, por más que lo intentó, no pudo descifrar cuánto median las estanterías y cuántas linternas había. Juan lo observaba en silencio y no quiso molestarlo. Cruzaron todo el depósito dejando atrás lo que antes era la zona de laboratorio y departamento químico de Don Alva, hasta subir por una escalera a la zona de oficinas. Un pasillo largo del cual, a los costados, se desprendían las oficinas. En el final del pasillo estaba la oficina más importante, la de Fuch. Lo que Alfredo desconocía era que el mismo Fuch se encontraba en ella. Juan caminó directamente hacia el final del pasillo –todavía no había carteles que indicaran de qué departamento era cada oficina– y Alfredo no sospechó en ningún momento que se dirigía a hablar con Fuch. Juan golpeó la puerta y al recibir el permiso correspondiente, ingresó seguido de Alfredo, quien se sorprendió mucho al ver al dueño sentado en un elegante sillón. Pese a que la mudanza se estaba realizando, había tres sectores que estaban totalmente listos: el depósito con toda la mercadería, el departamento de ventas y la oficina de Fuch. Un escritorio en ‘L’, una hermosa biblioteca llena de libros que nadie leyó, su mesa con whisky y lo más importante, la colección de cabezas de animales que fue cazando por sus incursiones en lujosos safaris por África, todos embalsamados y con los ojos llenos de miedo, capturados como si fueran una foto y con el brillo intacto que dejaron al despedir el último suspiro, un realismo increíble. Alfredo miró estupefacto, al principio le repugnó e intentó entenderlo, aunque no lo logró. Mientras sonreía y le hacía un gesto a Juan para que se retirara, Fuch saludó a Alfredo. –¡Alberto! Qué alegría verlo por acá. ¿Cómo lo trató el viaje? “Alfredo, hijo de puta”, pensó, pero fiel a su manera de ser, no lo corrigió. –Bien, por suerte. Ya estamos instalándonos, le quería agradecer por… –¡Por nada! –interrumpió sin importarle lo que Alfredo decía–. No tiene que agradecerme por nada, es como deben ser las cosas simplemente. ¿Desea un trago? ¿Me acompaña? La sonrisa de Fuch era enorme y contagiosa. Alfredo, sorprendido por tanta amabilidad, asintió mientras César le estiraba la mano para alcanzarle el vaso. –No es cualquier trago, Alberto. Es un escocés añejo, de los mejores, disfrútelo, no creo que haya tomado algo así antes. Me alegro de que se sienta a gusto con el departamento y el auto, pero ahora cuénteme qué le parece la capital. Sin salir del asombro por el trato amable de Fuch, Alfredo contestó nervioso y tartamudeando. –Bi… Bi… Bien. Es muy grande, pienso en cómo voy a hacer para orientarme y poder recorrerla…. –hizo una pausa para pensar bien, se mojó los labios con el whisky (aunque nunca le gustó), y continuó–. Eh… todavía no pude hablar con mi hijo para preguntarle qué le pareció. En definitiva, es lo que más me importa. Fuch se echó a reír e incomodó a Alfredo, pero inmediatamente contestó. –Es padre igual que yo, lo entiendo Alberto, a mí me pasa lo mismo. Un hijo lo es todo, seguramente va a estar contento de estar acá, imagínese lo que hubiese hecho usted de joven con semejante cantidad de mujeres por conocer. César rió alborotadamente de sus propias palabras. Alfredo asintió con una mueca de compromiso, pero sin contestar y sintiéndose bastante incómodo. –Bueno Alberto, espero que esté muy bien acá y cualquier cosa que necesite me lo comunica, la segunda oficina de la derecha, yendo por el pasillo para el depósito es la suya, vaya a instalarse tranquilo y después tómese el día, que todavía falta terminar la mudanza. –Muchas gracias Fuch, le agradezco. Alfredo se retiró sintiendo la mirada de Fuch y de los animales que colgaban de la pared. Caminó hasta la segunda puerta y abrió sin golpear: estaba vacía, como imaginó. Una oficina sencilla, con alfombra en el piso, las paredes blancas, un pizarrón colgando, un escritorio y varios pupitres de frente, le recordaron su época de estudiante, pero ya había quedado muy lejos y sólo quedaban recuerdos fríos, sin rastros de sensaciones. Se derrumbó en el sillón del escritorio y se quedó en silencio contemplando el techo, todavía sin entender bien lo que estaba sucediendo. Adriana, por su parte, se pasó toda la tarde acomodando el departamento, ubicando vajillas, adornos, cuadros, libros, el televisor, el equipo de música, los discos, las ollas, toallas, sábanas y por supuesto su ropa y la de Alfredo. Quería sorprenderlo cuando regresara, tener todo ordenado y la comida hecha, “aunque también estaría bien ir a cenar”, pensó. De todos modos estaba contenta, se sentía lejos de los problemas. Esa falsa sensación que algunos tienen al escapar de los problemas, sin embargo éstos nos persiguen a donde sea que vayamos, como los hongos o los piojos, van con nosotros a todos lados, pero Adriana prefería no admitirlo. En ningún momento pensó en su trabajo, en buscar un estudio o, como mínimo, conocer los tribunales de la capital. No le interesaba rehacerse, solo quería estar con Alfredo. Ese amor que por momentos era más un capricho o una obsesión, una sensación de victoria y perseverancia a lo largo de los años, ese amor de la adolescencia, ese sueño que se materializa tantos años después, la emoción de vivirlo, le ganaba a cualquier cosa que le sucediera. Juan Cruz tampoco estaba, lo que le daba tranquilidad. “Esta va a ser una gran vida”, pensó mientras limpiaba al ritmo de la música que sonaba de fondo. A varios kilómetros de distancia, Estela sentía un vacío enorme en el pecho, todavía sin entender cómo su ex marido se fue a vivir a la capital con su propia hermana, y para colmo se llevó a su único hijo. Distraída, empanaba las milanesas en la cocina de su nuevo negocio. La inauguración no tuvo sobresaltos, fue tal y como la planearon, aunque empañada por la ausencia de Juan Cruz. El comienzo, sin embargo, no fue de los mejores, pasaron las primeras noches llenas de ilusión pero sin trabajo, el teléfono no sonaba y nadie cruzaba por la puerta, la vida le ponía una oportunidad delante, esa que estuvo esperando y creía que nunca iba a llegar, pero no podía entender lo difícil que resultaba. “Trabajar, trabajar, trabajar; pero siempre para uno” decía su madre. Los primeros días dieron pérdidas, los días se transformaron en semanas y el futuro se veía oscuro. De a poco, Estela comenzó a creer que su vida no tenía ningún sentido, pero la fuerza de Alicia la sostenía y no la dejaba caer. La paciencia no es para cualquiera. “Se pasó rápido el día, recorriendo la fábrica y conociendo a los nuevos compañeros” pensó, mientras emprendía el viaje de vuelta en medio de esa ciudad enorme a la que miraba asombrado en cada esquina. Con un auto nuevo que no era suyo, yendo a una casa que no conocía lo suficiente y, como si fuera poco, lo esperaba una mujer con la que nunca había convivido. Demasiado para una persona de su edad. Al llegar y abrir la puerta se llevó una grata sorpresa, todo estaba totalmente prolijo y ordenado, el ventanal abierto de par en par dejaba ingresar una brisa relajante mientras en el fondo brillaban las interminables luces de la ciudad, un cuadro de algún conocido pintor que desconocía adornaba la pared marrón, la mesa de vidrio tenía un discreto mantel a tono que no la cubría totalmente, los libros acomodados en los estantes, el equipo de música pasando una melosa canción y un hermoso olor a violetas mezclado con el olor a comida que salía de la cocina. Caminó entonces siguiendo el olor de la comida, esperando encontrar a Adriana, pero se volvió a llevar una sorpresa, era Juan Cruz quien controlaba la olla y al verlo le sonrió. –Hola… ¿Cómo te fue en el primer día? Alfredo no pudo contestar de inmediato, pero luego de tragar saliva pudo hacerlo. –Bien, me mostraron la fábrica que era de Don Alva. No puedo creer que Fuch haya comprado esa fábrica. ¿Te acordás cómo te gustaban esos chocolates? –¿Cómo no me voy a acordar? Siempre me traías cuando volvías de trabajar… ¡no fue hace tanto! Alfredo sintió cómo el comentario le movía todos los sentimientos y sólo pudo sonreír. –Adriana se está bañando, ya va a estar la comida, ponete cómodo –dijo Juan Cruz, tratando de cortar el momento. –Dale. Alfredo se fue a cambiar para disfrutar de la cena con una sonrisa dibujada y pensando que todo iba a ser mejor de lo que imaginaba. –¿Sabe qué se siente cuando toda la gente te mira como si fueras un monstruo? Al caminar, al despertar, o incluso al dormir. ¡Todos y cada uno de ellos!, a los que les arrancaría la piel del cuerpo y los mandaría a andar así por la calle para que vean lo que se siente. Algunos; los más disimulados, cuando me ven bajan la vista y esperan a que pase para contar cuán feo les parezco; otros, los que no tienen noción del tacto, lo hacen en mi cara, sin ninguna restricción, sin importarles que detrás de esta bestia asquerosa existen sentimientos; y estoy olvidándome de los chicos, que son los que más me lastiman y a los que no les puedo decir nada. Es muy feo ser alguien que escapa a los estándares que la gente lleva en la sangre. En todo el mundo, en todas las culturas, la gente busca agruparse bajo la palabra ‘normal’, es como que esa palabra es un círculo enorme en el que debés estar dentro para obtener respeto. Se creen que soy menos sólo por ser distinto, por distinguirme, incluso, por algo que no elegí, que me tocó y no puedo cambiar, algo que llevo como una piedra sobre mis espaldas. Las mujeres nunca me miraron con ojos seductores, no conozco lo que se siente al besar con amor, sólo he pagado por alguna migaja mentirosa de cariño, incluso tengo que rogar para que me atiendan. Dicen por ahí que es hermoso sentir el calor de una mujer, escucho a los hombres hablar de lo trascendental que es esto para sus vidas… tener el calor y el desenfreno de una mujer. Pese a que no lo conozco y no lo tengo, sigo vivo. Cada noche sueño con encontrar a una mujer que me ame, me cuide, me mire sin ningún tipo de prejuicios o de idioteces estéticas y sin sentido. Siempre escuché dulces palabras de poetas hablando del amor, de cómo le escapa a los límites que la gente impone, de cómo transciende clases sociales, gustos y sueños, pero puedo jurar que sólo son decoraciones para que esta vida sea menos de mierda, doctor. –No creo que sea así –afirmó Federico, pese a que no escuchó ni la mitad de las palabras por centrar su atención en la cara deformada de su paciente. –Explíqueme, entonces. ¿Por qué nunca ninguna mujer me acarició la cara? La mirada del paciente en medio de esa cara maltratada y roja, hervía como el aceite que le hizo esa marca cuando era chico. –Tal vez sos vos quien no lo permite, es por tu inseguridad. –Ustedes siempre con la fácil decisión de echarle la culpa al damnificado. ¿Te creés que no tengo ganas de que me amen? ¿Vos estar- ías seguro con esta cara? –Yo también tengo mis inseguridades. ¿Vos estarías seguro con ésta panza? –preguntó mientras se agarraba los veinte kilos que le sobraban de experiencia en el psicoanálisis. –Mucho más que con mi cara, seguro. –Eso es porque tu cara es tuya y mi panza es mía. Todos tenemos cosas que no nos gustan y no podemos cambiar.

–No podés comparar tu panza con la deformidad de mi cara, y mucho menos porque es resultado de una situación en la que no tuve nada que ver. El silencio apareció por primera vez en lo que iba del análisis. Nunca antes había mencionado que la marca que lo torturaba había aparecido para cambiar su vida. Luego de unos minutos –que parecieron años– en silencio, lleno de nerviosismo y dolor en los ojos, el paciente habló. –Creo que debo irme. –No podés irte ahora, yo soy el que debe darte el final de cada sesión. La voz de Federico se puso firme tratando de parecer imperativa, pero el paciente no escuchó, o simuló no hacerlo. Se levantó y se fue en dirección de la puerta, luego de hacer dos pasos, giró y mirando fijo a su terapeuta le dijo con voz burlona: –Le pago a su secretaria, hasta la próxima semana, doctor. Se dio vuelta con una mueca de sonrisa que no llegó a serlo y se fue. Federico se recostó en su sillón y suspiró hundido en su reflexión. Ese hombre tenía razón, aunque busque consolarlo, su vida era tan desdichada y podrida como violenta y resentida, una vez más Federico no sabía qué camino tomar para continuar con el análisis, después de tantos años se dio cuenta de que se su trayectoria no servía para nada.

Con la pluma del pueblo (Entrega 1, año 1)



Smith & Sons


 

 El Alfil Rosso es un lugar detestable, el más profundo de todos los infiernos, un lugar oscuro donde solo las ratas acompañan a lo más bajo de la escoria humana. Un sótano donde a diario se juntan los poderosos y los desdichados a jugar su destino en una mano de poker o un movimiento de alfil. Ése alfil que representa un movimiento en diagonal entre las oscuridades, a los costados de los reyes moviéndose sigilosamente intentando influir las decisiones de la pareja más poderosa pero influyente. La luz es escasa, se entra por una puerta de madera que no parece decir demasiado, inmediatamente la escalera te lleva hacía el infierno, escalón tras escalón te vas a acercando. Tu alma, de apoco, se va enloqueciendo comunicándolo con un zamarreo de corazón, las venas vibran como si la sangre pediría a gritos escaparse de esos tubos que la aprisionan, la sangre pide una revolución que cambie para siempre el sistema humano. Esa misteriosa puerta insulza se la ve al lado de la respetada inmobiliaria Rosso. Como si fuera un juego cínico de Don Álvaro, el “Alfil” se desempeña en las profundidades mientras el sol sólo puede bendecir los cimientos honorables de una inmobiliaria que el barrio de Almagro representa.cantilo

  Entre partidas de poker, prestamistas, prostitución, contrabando, cantores de tango, políticos, comisarios y matones, Álvaro Rosso construyó su poder, el barrio lo ignora, el pueblo lo ignora. Ese mismo hombre es el que se presentará a elecciones, que le sonríe en una foto, que le pone una hermosa cara de buen hombre antes de despertar de un sueño y vivirlo en la realidad. Obtener el poder y control total de la hermosa Buenos Aires. Imagine una ciudad tomada por la mafia, dirigida y gobernada por la gente que busca hacerse con más y más poder para seguir alimentando sus negocios oscuros de un sótano con humedad. El destino está en tu manos. Votá José Cantilla, un trabajador como todos nosotros. Querido compañero, el futuro de nuestra ciudad depende de vos.


Morana Christian