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Capitulo 6


El campo es un lugar increíble. Kilómetros y kilómetros de nada o, al contrario, de todo. Un lugar donde, afortunadamente, el hombre no reina. Un lugar donde el mundo se muestra como realmente es: en aparente paz, pero escondiendo un peligro inminente que ríe del increíble equilibrio, de la perfección. Un hermoso lugar donde nada es lo que parece, simplemente es.
Fusch lo contemplaba desde el aire, imaginaba cómo sería su vida viviendo lejos de los negocios y el atareo diario. Finalmente, por primera vez, alguien le perdía el respeto y se decidía a quitarle el sueño. ¿Quién de todos sus enemigos estaría jugando con él? Intentó convencerse de que, tal vez, solo se trataba de un estúpido juego que tenía como objetivo molestarlo sin hacerle daño, pero esa idea era absurda. Sacó el poema del bolsillo y volvió a leerlo. Empezando a transpirar, levantó la mano para llamar a la azafata y pedirle un nuevo whisky, deseando que ése lo durmiera de una vez.
Volvió a despertarse minutos antes de aterrizar, mientras Augusto miraba la ventanilla en silencio. Pensó en abrazarlo pero la escasez que tenía para demostrar los sentimientos no se lo permitió. Los trámites del arribo no presentaron ningún inconveniente y pronto ya estaban en un taxi camino a su hogar de la capital. Al llegar y abrir la puerta sintió una sensación de tranquilidad y seguridad que admiró. Se descalzó y fue en busca de otro vaso de whisky. Caminó lentamente, intentando disfrutar el momento, pero al llegar a su estudio se llevó una gran sorpresa: su réplica de Picasso había sido reemplazada por una carta encuadrada, sobre la mesa su botella más añeja de whisky se encontraba vacía al lado de un vaso marcado con rouge. Inmediatamente decidió acercarse al cuadro, al mismo tiempo que pensaba que ya no le parecía un juego, sino que comenzaba a parecer una escena esquizofrénica, creada por un desequilibrado asesino. Una vez que estaba lo suficientemente cerca para leer, comenzó a pedirle a algún Dios que no apareciera Augusto y viera la escena.
“Magnífico César Fusch. Dueño de un imperio que ilumina nuestras vidas llenas de oscuridad, amante y portador de la estampa del gran Caesar. Ambicioso y audaz, sagaz y astuto. Gran vencedor de la guerra moderna.
¿Cómo le va? ¿Le ha gustado mi sorpresa? Antes que nada, deseo transmitirle mis disculpas por haber entrado sin su consentimiento, tomarme la libertad de modificar su decoración, abrirme ése delicioso whisky y hacer el amor con mi socia en su escritorio. Le gusta la palabra socia… ¿Verdad, Emperador? Imagino que para éste momento parece más una emperatriz asustada; porque acaba de ver caer a su amado esposo en manos de un bárbaro dispuesto a violarla con gran desenfreno… Pero no debo distraerme con situaciones imaginarias y retomar el eje. Mi socia es una mujer que también ha caído en sus trampas, al igual que yo. Se debe preguntar cómo es posible que aparezca en su pueblo y acá tan rápidamente, bueno, sería un estúpido si no contemplara que usted se fue hace varios días de acá, pero realmente le preparé hoy esta divina sorpresa… ¡Hasta le mandé a encuadrar mis hermosas palabras! Debo confesarle que me estoy cansando de tanto trabajo, es agotador pensar todo el día en cómo hacerlo sufrir, pero no hay nada mejor que dedicarse a lo que uno ama. ¿No cree? En fin, la sorpresa, como le dije anteriormente, la preparé hoy. ¿Notó qué día es? El 7 de marzo. La historia es una enseñanza continua para quien quiere aprender y, como amante del gran Caesar, sabrá que hoy, 7 de marzo, comenzaron los Idus de Marzo, el día que se sentenció la muerte del gran emperador, el día en que realmente todo se comenzó a gestar en la oscuridad, entre las sombras, ahí donde usted me mandó… Eso es lo mejor. ¿No cree?
«El águila está en peligro»
Nuevamente le pido perdón por haberle tomado el whisky y usarle el escritorio para hacer el amor en medio de tanto odio.
Atte., Baco”.

Aterrado, corrió para buscar a su hijo y lo encontró ajeno a todo lo que sucedía, investigando la casa que no conocía y que su padre no le mostró. Intentó disimular, pero Augusto notó evidentes rastros de nerviosismo, aunque mucho no le importó y lo dejó volver a su despacho. Una vez ahí tomó un trago de whisky, rompió el vaso marcado con rouge contra el piso y se desmoronó.
“Evidentemente no quiere solamente matarme, también desea hacerme sufrir, busca que muera de a poco. Perverso y audaz, me va a torturar durante 8 días, y el 15 debería matarme, si quiere respetar los plazos como le sucedió a Caesar. No debe ser tan difícil darme cuenta de quién es, pero no puedo jugar al detective, tal vez sea cierto que son varios, pero puede ser una trampa. Yo salí de acá hace varios días, y lo del rouge no es ninguna prueba contundente de que estaba acompañado. Voy a llamar al teniente Aguirre, él sabrá ayudarme”.
Por primera vez, César podía hacer un análisis de la situación y encontrar una posible salida o, al menos, no rendirse sin pelear. Tembló al marcar el número y su corazón parecía salirse del pecho a medida que sonaban los timbres, nadie atendía hasta que de repente la voz imperativa de Aguirre contestó.
–Leopoldo, a su servicio.
Fusch respiró hondo y un segundo antes de que ‘nuestro’ Teniente se impacientara, habló.
–Buenas noches, Aguirre. ¿Cómo te va? Soy César Fusch, el empresario de las linternas que conociste el día de la reunión en casa de…
Antes de que dijera el nombre, Leopoldo lo interrumpió.
–Sí… Sí… César. ¿Cómo te va? No hace falta que des más detalles, lo recuerdo bien. En éstos tiempos de guerra civil es mejor no dar información.
A Fusch le sorprendió la respuesta de Aguirre pero decidió pasarla por alto.
–Bueno… No del todo bien, estoy teniendo un problema y pensé que vos me podrías aconsejar.
Aguirre soltó una leve pero irónica carcajada, al tiempo que dejó salir una burla.
–¿Estás pensando en comprarte un rifle para cazar y no sabés cuál es mejor?
–No precisamente, teniente. Estoy siendo amenazado de muerte. Entraron a mi casa mientras me encontraba en el pueblo visitando a mi hijo y me colgaron un bello cuadro que me informa que el día 15 de marzo voy a morir.
Leopoldo se quedó sin respuestas por unos instantes, hasta que formuló una.
–Suena un poco más urgente que el rifle. En un rato estoy por allá.
–Perfecto, Leopoldo. Te agradezco.
La voz de César sonó mucho más tranquila, como si hubiera encontrado el camino correcto en medio del desierto.
Como era lógico, la espera se hizo eterna. Cada minuto parecía ser una hora; el tiempo tiene la habilidad de cambiar la velocidad de su marcha siendo siempre igual.

Una vez en el despacho, Leopoldo leía una y otra vez –en silencio– la carta que colgaba prolijamente de la pared. Le pareció la amenaza más original que había visto y hasta le causó un dejo de admiración, a él no se le hubiera ocurrido. ¡Cómo cambia la visión de una situación dependiendo el papel en el que te toca actuar! César estaba pasando el peor momento de su vida, mientras Leopoldo admiraba la astucia del malhechor, y el malhechor se regocijaba en su casa imaginando la cara del infeliz.
–No creo que represente una amenaza – dijo Aguirre finalmente, con el propósito de calmar a César y sin estar convencido de sus palabras. Cesar lo miró incrédulo y prefirió no decir nada–. Lo podemos atrapar, basta con seguir de cerca tus movimientos y vigilar la casa, esperando agazapados como un tigre antes del contraataque letal.
A Leopoldo le excitaba idear un plan al estilo de un prestigioso general, comandar la misión y ganarse una estrella para colgar en su pecho, el fracasado teniente deseaba cualquier situación que llenara su vida con un poco de acción.
–¿Y cómo lo haríamos?
–Usted déjeme a mí… –el pecho de Aguirre se llenaba de aire disfrutando cada instante de estrellato que tenía–. No se dará ni cuenta que lo estoy vigilando, lo mejor es que usted no sepa nada, de ésa manera, va a salir todo más natural.
–Y cuando lo atrapemos, ¿qué vamos a hacer con él?
–Ésa es tu decisión. Yo puedo ofrecerte varias opciones… Tengo en mi mano centros de torturas, donde lo van a tratar como merece, si preferís algo más humano lo podemos mandar diplomáticamente a uno de nuestros países vecinos o, quizá la más divertida, encerrarlo en el Hospicio de las Mercedes, hacerlo pasar por loco y que se pudra arrepintiéndose de lo que te hizo. Soy muy amigo del director y por una suma que le permita vacacionar con su amada familia en un paraíso tropical no va a tener ningún inconveniente en ayudarnos…
Fusch respiró hondo nuevamente y por fin se sintió aliviado, ninguna de las opciones le pareció interesante e intentó escaparse sin dar la aprobación.
–Pensaré algo más ingenioso y divertido para ése momento. Te voy a agradecer mucho la ayuda.
–Mientras más ceros, más te ayudo. La próxima semana hay otra reunión, y es importante al parecer. Te informaré cualquier novedad.
Concluyó la frase con su típica carcajada irónica y se retiró.

Estela, mientras tanto, extrañaba terriblemente a Juan Cruz. Una madre nunca se detiene a pensar en el momento de quedar sola, tantos años criando al pequeño para que vuele sin ningún reparo. Lo sintió como una muestra de desagradecimiento, como un puñal por la espalda, sin embargo, desde un punto más objetivo no parece más que el transcurso normal de la naturaleza, le sucede a los pájaros cuando su cría vuela, a los lobos cuando su cría casa o a los árboles cuando cae el fruto, pero Estela no podía verlo con tanta naturalidad. Daba vueltas en la cama sin dejar de pensar en todo lo que le había sucedido en este corto tiempo, enterrada en el pasado que mezclado en el presente, al futuro lograba echar. Sin embargo, Alicia entró apurada en su habitación, Estela se sobresaltó y sorprendida preguntó inmediatamente qué sucedía. Alicia esbozando una sonrisa contestó.
–Tengo una carta, es de Juan Cruz.
Estela se levantó de la cama de un salto, sin reparar en el esfuerzo que debió hacer y contempló ansiosa el sobre enorme de color madera que tenía Alicia en la mano.
–¡Dale! Dámelo. ¿Qué esperas?
Alicia estiró la mano contenta de volver a ver la felicidad en la cara de su amiga, que rompió el sobre sin ningún cuidado. Al destruirlo, se llevó una sorpresa, en lugar de encontrar la carta que esperaba había una revista. El primer pensamiento que se le presentó no fue nada bueno, pero inmediatamente abrió la revista y se cayó la hoja que esperaba.
“Estela querida. Sin más preámbulos ni pérdidas de tiempo, te pido que te dirijas a la página 54”.
Totalmente aturdida, hizo caso, y al leer el nombre de su hijo en el título un cosquilleo subió rápidamente por su espalda. Era el cosquilleo que transportaba el orgullo, que habitó totalmente cada rincón de su cuerpo. Le mostró la página a Alicia y se hundieron en un abrazo.



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Capitulo 5


El verde terminaba en el horizonte y daba la sensación de que esos campos se extendían hasta África. Por el medio de la solitaria ruta, Fusch manejaba en soledad mientras llegaba a la conclusión de que el silencio era buena compañía. No podía pensar en otra cosa que en llegar rápido al pueblo y poder ver a su hijo, las últimas semanas habían sido realmente estresantes. Pese a ser un hombre con experiencia en estas situaciones, los nervios eran enormes, y lo cansaba ocultar su debilidad a la vista de los demás. Su empresa crecía a un ritmo inmanejable y, aunque no lo quiso admitir, por un momento no supo cómo llevar semejante responsabilidad. Cada día despertaba pensando en qué debía hacer para cosechar un futuro increíble para su hijo. El poder y el dinero manejaban todas sus actitudes y sólo consiguiendo más podía sentirse aliviado. Cuando lograba un objetivo inmediatamente otro lo suplantaba y volvía la sensación de insatisfacción. ¿Cómo un hombre puede vivir necesitando constantemente más de lo que tiene? Él vivía así, aunque vivir sólo era pasar los días, sin disfrutar, sin tener ningún tipo de relajo más que el whisky y alguna de las mejores mujeres que su dinero podía pagar. Vivir así no es sinónimo de vida, en su alma era sinónimo de insatisfacción.
La entrada del pueblo era igual desde hacía ya muchísimos años, desde aquellos en los que los padres de Fusch llegaron para instalarse y apostar en una población que no tenía más que una plaza, un banco y un médico, en una época donde soñar era posible, donde los hijos de un puñado de analfabetos se recibían en las facultades públicas que eran modelos para toda la región, tiempos en los que el paisaje empezaba a perder su pelea con el cemento. Desde entonces, de la ruta se desprendía una salida adornada con un arco blanco y algo sucio con un cartel que daba la bienvenida y rezaba por un buen viaje, al costado, en el pasto, unas letras de madera se erigían orgullosas de formar el nombre del pueblo. Hacia ambos costados miles de pinos vivían tranquilos, formando un frondoso bosque que en el otoño llenaban la ruta de hojas y daban una vista increíble acompañada de una sensación única de paz. Protagonistas de todas las historias que el pueblo rumoreaba, los pinos observaban en silencio pero atentos a cada persona que ingresaba al pueblo, callando los secretos más antiguos de la pequeña población. Al pasar por el medio de los pinos sintió en su pecho estar en su lugar. Condujo los 5 kilómetros que separaban la ruta de su casa a toda velocidad, ya no quería esperar más para ver a Augusto, una sensación rara le sacaba la tranquilidad. Aunque no lo quería admitir, la carta que recibió le generó miedo.
Augusto, sin embargo, estaba tranquilo cuando Fusch cruzó la puerta. Se perdieron en un abrazo sincero pero lleno de vergüenza, y pasaron un rato conversando acerca de lo que Fusch vivió en su estadía en la capital. Presumiblemente, su egocentrismo no permitió que Augusto pudiera contarle cómo pasó los días lejos de él.
Al acostarse meditó mucho tiempo acerca de si debería contarle a Augusto lo que sucedió, creyó que tal vez lo preocuparía sin motivo. Sin embargo, algo había que hacer. Agarró una hoja y decidió hacer un ejercicio con el fin de intentar acercarse a quien le envió la carta. Una lista de las personas que, según él, podrían intentar dañarlo. Inmediatamente se dio cuenta de que ése tipo de procedimientos solo servía en las novelas que solía leer, y que él no tenía la capacidad de un policía o la astucia de un detective. Intentó dormir pero le costó demasiado.
Nuevamente el subte lo transportaba pero no de un lado a otro, sino al pasado, a las historias que oía sobre la capital. Iba camino a la librería del viejo pelado en busca de la crítica sobre su pequeño cuento, ilusionado. Creía que el camino que lo llevaría al reconocimiento estaba por empezar, pensaba en cómo iba a reaccionar Estela cuando le avisara, desde la distancia, que sus palabras estarían impresas en una revista capitalina. Se planteó cómo sería la manera más original de brindarle semejante noticia, pero cayó en la tentación vulgar de enviarle la revista por correo; en definitiva, no era la más original pero si la más visceral. Sentía su cara incendiada por los nervios, el calor lo llegaba a sonrojar y pensó, nuevamente, en no afrontar la situación, siempre la salida más fácil. Su timidez no era aliada de su sueño, “para poder ser un gran escritor hay que sociabilizar y mostrarse interesante con la gente que puede ayudarte”, le escuchó decir siempre al escritor del pueblo –que era el dueño del único diario local–, sin embargo, él creía que no era así, confiaba ciegamente en que alguien lo descubriera y le diera una mano desinteresada, pecado utópico de alguien que sueña con cambiar un mundo que tiene las raíces más firmes que el pino más viejo de la entrada del pueblo. Al llegar a la puerta de la librería, se detuvo por un segundo y se dijo a sí mismo “sea cual sea la crítica, no te desanimes, los genios siempre fueron incomprendidos”, tomó aire y cruzó.
El viejo calvo sonrió al verlo acercase, y esto tranquilizó sobremanera a Juan Cruz, quien no podía observar detalladamente las reacciones de la gente para deducir lo que pensaban.
–Buen día, Juan Cruz. Te estaba esperando –soltó el viejo, relajado.
–Buen día, estaba ansioso por venir.
–Supongo que no querés hablar de otra cosa que no sea de tu escrito.
–Supone bien.
El corazón de Juan Cruz ya daba vuelcos, no quería ningún tipo de preámbulos o divagaciones, sólo quería escuchar el veredicto.
–Bueno… Entonces comencemos. Lo he leído y releído. No está nada mal. Me gusta la temática y los personajes, me gusta mucho París…
El viejo soltó una risa y Juan Cruz sintió cómo las piernas le dejaban de temblar, acompañando el alivio que apareció en su pecho, pero no pudo decir nada y el viejo continuó.
–Supongo que no conociste París.
–No, en absoluto.
–Eso me gusta. La capacidad de crear es mejor que lo que pueden ver tus ojos, escribir es desnudarse ante quien quiera verte desnudo, es imaginar voces que nunca vas a escuchar, ver caras que jamás vas a tocar, retener penas que preferirías olvidar… Noto que vas por el buen camino, pero todavía falta, el mundo está reacio a leer, se acabó la imaginación, hoy ya todo se conoce. Encontrarás acá –señaló la extensión de su biblioteca– libros ilustrados con las respuestas a todas las preguntas que pueda formular tu cabeza, ahí se encuentran, durmiendo, pero esperando que alguien las despierte. Falta mucho, Juan Cruz, pero tu cuento va a salir publicado en el próximo número de la revista. No ganaste nada, sólo convenciste a un viejo.
Juan Cruz sintió que su vida comenzaba a tomar rumbo cuando creía que no había oportunidades. No pudo decir más que gracias y salió de la librería a punto de estallar en un llanto, su camino comenzaba con el primer paso. Sin embargo, nunca sintió la satisfacción de llegar a la meta, inmediatamente otro objetivo tomó el lugar del que acababa de hacerse realidad y no se sintió lleno. Pensó en los grandes personajes de la historia que, ambiciosos, nunca se detenían y nada les parecía mucho. Tal vez, ésa era la sensación que debía tener para ser enorme, como Poe o Verne, o por qué no, más aún… El mundo estaba a punto de conocer la verdad, su verdad, y él apuntaba seguro de no errar, pero por cada voz que grita son millones las que callan.
El despertar en el pueblo lo llenó de nostalgia. El sol entraba tímido por la ventana, como pidiendo permiso, el viento suave y el caminar cansino de la gente, tratando de masticar cada momento de la vida para digerirlo mejor. Pensó en la gente de la capital, que vivía como si comiera a las apuradas y siempre con el riesgo de una indigestión. No quería que su vida se transformara en eso, pero debía resistir; gracias a su incursión en la gran ciudad, ganaba más en un día de facturación que la suma de lo que gastaba en un mes de ostentamiento. Era un buen día para disfrutar con Augusto, salió de su cuarto y se dirigió a la cocina esperando encontrarlo, pero no había más que un sobre en la mesada. Se acercó lleno de curiosidad y ésta vez no dudó un segundo en abrirlo inmediatamente, pero para su decepción, no era más que el anuncio de un político que se rebajaba hasta el piso, a cambio de un voto que mejore su calidad de vida sin importarle demasiado la de los demás. Sonrió y se terminó de convencer de que le estaba dando mucha importancia a esa carta aislada que había recibido en la capital; suspiró profundamente y siguió en busca de Augusto para vivir un gran día.
En cada instante, en cada segundo, pasan cosas. Todo el tiempo… a diferentes personas, en distintos lugares. Mientras algunos mueren, otros nacen; mientras algunos sufren, otros disfrutan la vida; mientras algunos mueren de hambre, otros tiran la comida en banquetes sin sentido. Mientras Alfredo veía cómo su vida en la capital era una pesadilla, Juan Cruz veía cómo la planta de sus sueños comenzaba a salir de la tierra, Alicia y Estela peleaban cada día para poder hacer crecer su casa de comidas, que parecía estar maldita; Augusto y Fusch volvían el tiempo atrás e intentaban disfrutar del repentino cambio en su relación. Rómulo vivía sus días como una tortura, la quiebra no le sentaba para nada bien y se sentía culpable de haber arrastrado a toda su familia a semejante desgracia. Caminaba por las calles sin rumbo, con la mirada perdida y una sonrisa maliciosa que anunciaba constantemente su locura. Su corazón le partía el cuerpo en dos, ya nada tenía sentido. La nostalgia del pasado esplendoroso le dolía demasiado, las heridas que más duelen son las que no se ven y, para peor, no se pueden salar, diagnosticar o curar de alguna manera, sólo hay que tratar de vivir con el pesar de las acciones, con el pasado pisando los tobillos, perseguido por la muerte que no parece llegar, tentado con ponerle un punto final a su derrotada vida pero sin el valor para poder hacerlo. ¿Quién es más cobarde? ¿El que vive sin querer hacerlo o el que tiene el valor para hacer lo que realmente siente? Caminaba como un cuerpo sin alma, simplemente porque los músculos responden a la física del movimiento. Cada día al levantarse pensaba en que lo único que podría revivirlo era darle muerte a Fusch de una manera lenta y dolorosa, pero tampoco tenía valor para matar. No podía matar y no podía matarse, se preguntó nuevamente “¿Quién es el cobarde?”, y la respuesta la encontró rápidamente y sin mucho esfuerzo: él. Estaba seguro de que la vida le pondría la revancha delante de sus ojos y, lejos de ser honesto o leal, la debería aprovechar de la mejor manera. Recordaba a cada instante a esos grandes millonarios que se llenaban la boca hablando de amistad, que acompañaban sus momentos con cajas de champagne y exquisitos manjares, aquellos con los que compartió lujosos viajes por el mundo, falsos brindis y felicitaciones poco convincentes: todos ellos lo habían abandonado cuando realmente los necesitaba. Al parecer, al caer en la pobreza y el desempleo perdió las cualidades de buena persona. Ya había tachado todos los nombres en la agenda, ya les había pedido trabajo a todos, pero le dieron la espalda. Tal vez porque la versión de Fusch era más convincente, o simplemente porque ahora no era parte de ellos. Pensó nuevamente en quitarse la vida, pero desistió rápidamente.
Durante dos días, Fusch se dedicó a su hijo. Recuperaron el tiempo perdido y se llenó de entusiasmo y felicidad, hacía muchísimo que no lograba disfrutar tanto de su compañía; ahora se sentía más cerca y parecía haber olvidado el incidente de la carta, en el pueblo vivía mucho más tranquilo. Volvían caminando lentamente por el sendero que iba desde la ruta hasta la puerta de su casa. Una tranquera de madera vieja separaba el bosque del jardín interno. La casa se encontraba en el medio de un hermoso bosque, que la aislaba por pocas cuadras de la pequeña civilización. Siempre encontró paz entre los árboles y el silencio pero, esta vez, al llegar, se dio cuenta de que la tranquera estaba abierta. Se alarmó y le volvió rápidamente el recuerdo de la carta, alguien estaba adentro. Miró rápidamente a Augusto, que estaba blanco del miedo, y le hizo una seña que intentaba transmitir una tranquilidad que él no tenía. Caminó despacio y atento a todos los ruidos. No llevaba consigo ningún tipo de artefacto que le pudiera servir para defenderse y se maldijo, pero siguió avanzando despacio. Atravesó el jardín y se detuvo en la puerta delantera, que también estaba abierta. Tomó aire para intentar controlar su corazón, que bombeaba sangre a una velocidad increíble, y entró sigilosamente mientras Augusto esperaba afuera. Recorrió la planta baja en silencio, sin encontrar nada anormal. “Seguramente estén arriba creyendo que en las habitaciones está la plata” pensó, y subió las escaleras armado con un cuchillo que agarró en su paso por la cocina. El corazón seguía latiéndole a una velocidad increíble y el miedo se reía de él a carcajadas, como aliado del diablo. Entró bruscamente en la habitación como intentando sorprender pero, para su decepción –o no–, no había nadie. Revisó todos los cuartos y rincones, no había nadie ni faltaba nada. Agarró la escopeta que guardaba en el armario para los días de caza y bajó raudamente para buscar a Augusto, quien esperaba detrás de un árbol temblando como una hoja más.
–No hay nadie Augusto, tranquilo, vamos.
–¿Nos robaron mucho papá? –preguntó Augusto tímidamente.
–Nada, hijo. Vamos a hacer las valijas, salimos en un rato a la capital. Ésta vez te venís conmigo.
Augusto asintió con la cabeza mientras seguía a su padre, que volvía a entrar a la casa.
Una vez adentro, notó que había una carta en el mismo lugar que había encontrado la propaganda del político días antes. La abrió desesperadamente, luchando contra el temblor de sus dedos. Era del remitente que esperaba:
“Amigo Fusch. ¡Qué alegría volver a comunicarme con vos! Ya estaba pensando si no había pasado demasiado tiempo desde nuestro último contacto. Como te dije anteriormente, mi intención no es lastimarte, como verás, puedo hacerlo fácilmente si quisiera. Ahora bien, tengo un aprecio increíble por la poesía y quería mostrarte mi última creación, espero que no te moleste y te guste:
Quiero decirte que sos pobre,
lleno de pena y de dolor,
vacío de orgullo y de amor,
quiero que tu hijo entienda,
cómo se construyó lo que hay a su alrededor.
Quiero mirar cómo ejecutan su corazón,
como a los pobres que ejecutaste vos.

Quiero verte morir en el más oscuro cajón,
quiero escuchar que nadie llore en tu honor,
quiero verte desgarrando dolor,
mientras alguien divulga tu verdadera vocación.
Quiero que veas cómo el amor vale más que mi ejecución,
cuánta gente me quiere y cuánta te quiere a vos,
yo soy pobre de dinero, pero vos lo sos de amor.
Espero que te guste… estoy convencido de que tengo talento. ¿No te parece? Aguardo paciente tu respuesta.
Te quiere, Baco”.
Fusch soltó la carta con un gesto de rechazo, ya no estaba seguro ni en su casa. Ésa horrible sensación, la de darse cuenta de que el lugar más seguro ya no lo es y de que alguien se pasea tranquilo por tu morada, siguiendo un juego terriblemente perverso y lleno de odio. Le ordenó a Augusto que empacara rápido y antes de que bajara el sol ya estaban volando hacia la capital. Su auto quedó abandonado en la puerta de su casa, la paranoia de que lo maten en cualquier momento ya estaba ganando terreno y no lo dejaba descansar. ¿Quién podía ser el desquiciado que lo amenazaba sin dar la cara, como un cobarde?

–Me seduce la muerte, realmente me seduce… me encantaría terminar con ésta desdichada vida. En el pecho, a veces se me hace presente una sensación de frustración difícil de explicar, todo parece oscuro y sin sentido, nadie presta atención a lo singular, el mundo gira sin importarle nada de lo que me pasa, me ignoran… me gustaría verlos desde arriba, llorando sobre mi cajón. Muerto, quizá se termine el dolor o encuentre el paraíso que tanto me prometen. ¿Por qué no? Si para terminar con tanta desdicha, tan sólo hace falta mirarme en el espejo y tomar las pastillas, o una inyección llena de aire, algo que termine con mi vida sin demasiado dolor ni agonía. Tal vez no pase más que perder la conciencia y no despertar más… pero no tengo el valor para intentarlo, no tengo el valor suficiente de quitarme la vida, sencillamente… La sociedad castiga a los que lo hacen, la gente llora a los que lo hacen, pero para mí parece inmensamente admirable, me encantaría tener semejante valor, pero el valor escasea, no puedo llevar a cabo mi mayor deseo, no puedo hacerme escuchar, no puedo caminar por la calle con la frente en alto y orgulloso de lo que fui, soy y seré… simplemente me gustaría no estar acá, pero acá estoy. Me gustaría morir, pero acá vivo, me gustaría no pensar en semejantes estupideces, pero acá las pienso, me gustaría tener valor, pero soy cobarde…
Federico lo escuchaba atento. Una vez más, un paciente hablaba y él se sentía identificado, sin encontrar una salida aparente. Tal vez algo en él también estaba muriendo, pero no se animaba a admitirlo. Pensó que la gente debe dejarse llevar por el corazón sin contaminar las decisiones con el maldito cerebro, pero no pudo decirle eso a su paciente, que pedía a gritos que alguien le dijera que no se mate. En cambio, creyó que era más conveniente hablar con sinceridad.
–Le va a parecer raro lo que va a escuchar, pero creo que lo más sano es hacer lo que uno realmente desea. En el fondo sabe bien lo que pretende, por más que a veces piense en matarse, sabe realmente qué es lo que quiere. Uno siempre sabe lo que espera, aunque a veces no lo quiera ver. Esto, que parece un simple juego de palabras o de querer, es lo que destruye su interior. Usted sabe que anhela morirse pero no puede hacer nada con eso. Piense en un cáncer o tiente al destino, haga lo que realmente quiere: si desea morirse, muérase, no sea cobarde. Va a vivir toda su maldita vida como un cobarde que no quiere vivir. Los demás nunca lo entenderían, pero ése es su deseo. Si lo quiere hacer, hágalo, porque lo demás no tiene ningún tipo de sentido…
El paciente lo miraba atónito sin dar crédito a lo que escuchaba, el silencio se apoderó de la habitación por un momento que pareció eterno, pero terminó cuando el analizado decidió irse. Federico quedó sentado en el mismo lugar sin decir nada, con la mirada perdida pero mucho más liviano… se había sacado un gran peso de encima: acababa de suicidarse como analista.



Capitulo 4


     La realidad de la economía, la política y la seguridad, eran total-mente diferentes entre el pueblo de Juan Cruz y la capital. Los gran-des medios aseguraban que se vivía en un estado pudiente, de tolerancia y solidaridad, mientras existía un grupo que peleaba contra la autoridad del ‘presidente’. Un hombre que accedió al poder por medio de la fuerza y sin dar elección al pueblo. De un importante porte –más alto que la media– y con una actitud por demás sobradora. Sus poros respiraban poder, había nacido para mandar. La profundidad de sus ojos llegaban a causar miedo en cualquier alma y la seguridad de su voz hacía dudar hasta al más sabio de sus propios pensamientos, capaz de convencer a un pueblo entero de que se inmole por su lealtad, gobernaba a gusto i piacere de su voluntad. Su bigote tallado a mano le daba el toque final a su cara, una total expresión de ambición sin límites. Un hombre que era capaz de matar a su hermano para que-darse con su poder podía hacer estragos en una patria que apenas sentía suya. Los que peleaban contra su autoridad afirmaban que vivía en medio de lujosas fiestas, emulando al Palacio de Versalles, y se hacía llamar “El dictador Majestuoso”, mientras se embriagaba casi a diario con el whisky más añejo de estos pagos. Amante de cabalgar, del campo, de las armas y, sobre todo, de los grandes generales que inmortalizaron su nombre por un desempeño grandioso en alguna batalla. Su mayor ambición era poder asemejarse a Aníbal Barca, Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte. Sin embargo parecía haber nacido en el tiempo equivocado, en un mundo en el cual la guerra parecía obsoleta y las bombas eran capaces de hundir en el medio del océano una isla sin demasiado esfuerzo; tan poderosas que las grandes potencias no se animaban a sacarlas de sus arsenales. Un mundo donde la batalla estaba en otro flanco. Las empresas se dividían el poder con facturaciones diarias que sobraban para la vida entera de una nación, muchísimo dinero en pocas manos, que las marcas usaban para imponer sus estilos de vida y necesidades. Nunca tuvo la posibilidad de participar en una guerra y ésa era una cuenta pendiente.
Mientras caminaba por la calle descubriendo un mundo nuevo, Juan Cruz pensaba en que sólo era una hoja en medio de una enorme y cruel selva. Debería ser enorme para sobresalir. La oferta era tan grande que sus escritos quedaban silenciados en el intento, el poder y el dinero dominaban cualquier rubro y la literatura no estaba exenta, de nada servía gritar si el ruido de la ciudad era tan fuerte, de nada servía luchar para captar la atención del prójimo si miles de empresas millonarias estaban en la misma pelea, y con una notoria ventaja. El vacío que sentía en el pecho no era más que la sensación de fracaso e impotencia, el miedo de vivir una vida plana sin ningún tipo de acción, el miedo de despertar cada mañana sin tener nada más interesante que pensar que cuánto falta para volver a cobrar un sueldo que derrochará en pocos días y no lo hará feliz. Impotencia de querer cambiar un mundo que parecía estar hecho para los que más tienen, y tan bien diseñado que no podía encontrar fisuras o puntos débiles.
A medida que pasaban los días la angustia crecía a un ritmo incontenible, ya no estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Mucho menos al ver a Alfredo bajándose los pantalones frente a un nuevo millonario, agrandado y corrupto. Caminando con la brisa de la tarde pegándole placenteramente, entró en una librería (el lugar en el que más le gustaba pasar el tiempo) y notó un cartel que solicitaba escritores para una pequeña revista semanal. De un momento a otro se llenó de esperanzas y se dirigió al mostrador donde atendía un hombre mayor, calvo y con algo de sobrepeso, que le dijo con amabilidad al tenerlo lo suficientemente cerca:
–Buenas tardes, joven. ¿En qué puedo ayudar?
–Quería preguntarle acerca del cartel que tiene en la entrada.
El hombre lo recorrió con la mirada generando un prejuicio basa-do en su apariencia. Luego de terminar tomó la palabra con desconfianza.
–¿Sos escritor?
Juan Cruz intentó responder rápido y sin vacilar pero terminó dudando.
–Sí… Bueno, eso estoy intentando.
Atajos del destino y algunas vidas desdichadas
63
–¿Y qué te falta? –disparó el hombre, seguro de acertar en el blanco con esa bala.
–Experiencia… tal vez.
–Yo diría que seguridad, cuando uno escribe se desnuda ante cualquiera que quiera verlo desnudo y ahí debe estar, orgulloso de lo que tiene y seguro de lo que puede dar.
Juan Cruz se quedó en silencio y no supo qué contestar. Lo primero que se le vino a la mente fue que perdió su oportunidad. El hombre, notándolo herido, continuó.
–Noté que no sos de acá, el acento te delata.
–Así es. Soy del interior, vine a la capital porque a mi padre lo trasladaron a la sucursal que tiene acá la empresa en la que trabaja, y como mi deseo es escribir, decidí venir con él, creyendo que en la capital existen más oportunidades.
El hombre dibujó una sonrisa de placer y asestó el golpe mortal.
–Entonces va en serio lo de ser escritor.
Juan Cruz lo miró con mezcla de incertidumbre y bronca. No lo-graba entender si el viejo le estaba hablando bien o simplemente se estaba divirtiendo en medio de una librería que no tenía clientes. Luego de pensar lo que iba a decir habló intentando sonar convencido.
–Más que en serio, es casi una realidad –luego de decirlo, pensó cómo se había animado a demostrar semejante seguridad.
El hombre volvió a sonreír y haciendo un movimiento de afirmación con la cabeza contestó.
–Ahora me gusta más la actitud. ¿Tenés algo escrito para dejarme?
Juan Cruz negó con la cabeza, sintiendo que estaba haciendo todo lo posible para perder la oportunidad, pero el hombre volvió a tomar la palabra.
–No soy sólo yo quien debe estar conforme. Deberías preguntar -me acerca de la revista, más en estos tiempos en los que te matan por decir lo que al ‘majestuoso’ no le gusta. Hagamos lo siguiente; te voy a dar un ejemplar de la revista para que la leas y veas si te sigue interesando escribir para nosotros, si llega a ser así, te espero con un escrito tuyo.
Juan Cruz se llenó de alegría repentina y asintió sin poder decir nada. El viejo gordo y calvo se agachó lentamente y revolvió debajo del mostrador, al levantarse tenía en la mano una revista que dejó sobre el mostrador, haciéndole un gesto para que la agarre. Juan Cruz la examinó y lo primero que vio fue el nombre Espíritu federal. Una ola de intriga le sacudió la cabeza, la agarró y salió entusiasmado agradeciéndole al viejo. Las cosas comenzaban a cambiar.
A pesar de ser pocas las cuadras que separaban la librería de su nuevo hogar, decidió viajar en subte. Todavía recordaba con lujo de detalles aquellas tardes de domingo en las que, mientras su abuela cocinaba los fideos, su abuelo le contaba con un dejo de nostalgia sobre aquellos años que vivió en la capital. Sintió una alegría enorme por estar conociendo el lugar que siempre imaginó entre las palabras de su abuelo. Tomó rápidamente el anotador que siempre llevaba encima y comenzó a escribir lo que sentía, pensando que su próximo viaje sería para entregárselo al gordo de la librería.
“Un tren viaja a gran velocidad por debajo de la tierra, como metido en un tubo enorme de cemento, decorado con sencillos pero hermosos murales. Un cartel de color rojo intenso te recuerda el nombre de la calle que pasa por encima y a la luz del sol, un olor particular se siente a medida que bajás cada escalón. La estación, pintoresca, respira con tranquilidad mientras que arriba, la avenida enorme y llena de luces es el sendero que utilizan miles de personas apuradas. Sin embargo por la noche todo cambia, existe otra vida. La estación se silencia por completo, dejando sólo el eco del último tren que se aleja y la misma gente que caminaba apurada en la avenida ahora camina vestida de fiesta y a un ritmo mucho más cansino, disfrutando de la libertad. Los teatros se abren paso entre las confiterías y la ciudad respira otro aire, una aire lleno de alegría y elegancia, un aire que transforma la ciudad en la envidia del resto del continente, un aire de grandeza que la distingue frente al resto, ése aire que a mí me enamoró”.
El sol entraba tenue por la ventana de la oficina de Fuch, todavía no se terminaba de adecuar a las nuevas instalaciones pero todo iba según lo planeado. El equipo de ventas ya estaba trabajando y las empaquetadoras que le ponían la marca a las linternas importadas comenzaban a funcionar. Pensó en que extrañaba a Augusto, pero rápidamente recordó que lo mejor era que él siguiera allá, más seguro y tranquilo; todavía era joven y merecía tiempo para disfrutar. Aunque el dinero pueda comprar todo lo que se vende, había algo que a Fuch le faltaba: una mujer. Desde que la madre de Augusto lo dejó no pu-do volver a sentir amor, ése sentimiento totalmente efímero e intangible, ese sentimiento que nadie puede explicar de manera certera, pero que maneja la vida de hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales, ese sentimiento que conduce a todo ser humano –incluso al más malvado– a realizar todo tipo de comportamientos sin sentido alguno. Pasó los años alquilando cuerpos en busca de saciar las demandas naturales pero sintiendo un vacío imposible de llenar, por más voluntad y deseo que le pusiera a sus ilusiones. Se sirvió otro whisky, sin dejar de contemplar desde la oficina la inmensidad de la fábrica que ahora le pertenecía, sin correr la vista pensó si existía la felicidad realmente y no encontró respuesta pero el golpe de la puerta lo interrumpió bruscamente.
–¡Adelante! –dijo con desgano.
–Permiso señor, vine a dejarle la correspondencia –la secretaria anunció el motivo de su visita mientras dejaba varias cartas sobre el escritorio.
–Muchas gracias, podés seguir con tus tareas –Fuch no le dio importancia y tomó otro trago de whisky.
–¿Doctor, usted se imagina cómo sería su vida si ese sueño que tiene desde la niñez le llega pero a la mitad? Así me siento yo, siendo teniente general del ejército. Aunque no lo crea, desde chico soñé con liderar un escuadrón y llenarme de honores en una guerra. Sé qué pensará cosas desagradables de mí, como la mayoría de la gente, a nadie le gusta la guerra, pero a los hombres como yo nos encanta, porque entendemos que hay mucho más que muerte y violencia en una guerra… Existen otras cosas, verá… Existe la estrategia, la bondad, el talento, el liderazgo, la fidelidad, las sorpresas, la adrenalina y, sobre todo, mucho honor. Pero, ¿cuánto más sé yo que usted de la guerra? Nada que los libros no me hayan contado. Siendo teniente general, al igual que usted nunca fui a una guerra, no sé qué se siente realmente al estar en un campo de batalla ideando la estrategia más apropiada para ganar y eso me tortura. ¿Cómo puede ser que un ejército sobre-viva sin guerras o que nos preparemos para algo que tal vez nunca llegue? Es similar a que usted estudiara toda la vida para hacer ésta terapia pero nunca la pudiera desarrollar.
Federico escuchó atentamente cada palabra, hacía mucho tiempo que no podía prestar tanta atención, en cada palabra del General se sentía identificado, él también estaba metido en una profesión que no lo llenaba y también se sentía angustiado. Nuevamente no supo qué contestar, pero tomó la salida más sencilla, e hizo un gesto para que el General prosiguiera.
–Anoche tuve un sueño extraño; en el que moría en un accidente de tránsito y rápidamente me despertaba en el medio de un enorme campo de olivos. El olor de los mismos me encantó y me llenó de frescura. Es muy difícil explicar por qué pero, en ése momento, en el medio del sueño, me sentí feliz y en paz. Caminé sin rumbo aunque sin la certeza de estar avanzando, porque el campo era infinito. De un momento a otro, sin entender cómo sucedió, apareció frente a mí una muralla enorme con una entrada que bien podía ser de Roma o Atenas. Una sensación de miedo –que intenté controlar– se hizo presente y de repente se abrió la puerta. Curioso, entré despacio y con cuidado. Todo parecía estar abandonado y con rastros de haber sufrido a manos del fuego, el olor a carne quemada se hacía más fuerte a medida que me adentraba en la ciudad. A lo lejos vi a un hombre corriendo, vestido únicamente con una túnica. Le grité pero no se detuvo, en ése momento me miré la ropa por primera vez y me di cuenta de que llevaba el uniforme del ejército. Corrí desesperado detrás del hombre. Lo perseguí por más o menos dos cuadras, hasta que entró en un palacio enorme, íntegramente de mármol. Me paré en la puerta y aprecié semejante edificio, que se erguía frente a mí. Cuando volví a
bajar la vista vi al hombre, que desde el interior me hacía señas para que entrara. Con mucho temor, lo seguí.
Fui detrás de él por varios pasillos decorados con hermosas esculturas y delicados cuadros. Después de cruzar una puerta me encontré con un salón que tenía una mesa en el medio y cuatro personas sentadas. Desde lejos no los podía ver bien, pero el hombre, parado al lado de la mesa, me hizo señas para que me acercara. De un momento a otro estaba parado frente a la mesa alargada que compartían esas cuatro personas, y caí en la cuenta de que algo extraño pasaba: Alejandro Magno, Julio César, Aníbal Barca y Napoleón estaban sentados mirándome fijo. Cómo podrá imaginar, el corazón estaba por estallarme. Julio César tomó la palabra y me dijo:
–¿Quién eres, bárbaro?
–Soy el Teniente General del ejército terrestre, Leopoldo Aguirre.
–Parece un cargo importante –dijo Aníbal rápidamente, de manera irónica.
–Lo es, aunque no como lo sería en tu tiempo –le contesté firme y ya con menos temor.
–¿Qué haces aquí? –volvió a tomar la palabra Julio César.
–No lo sé, ni tampoco sé dónde es que estoy, y mucho menos cómo estoy hablando con ustedes que ya están muertos.
Se miraron riendo, burlándose de mí, y después Alejandro tomó la palabra.
–¿De qué tierra eres?
–Una tierra de la que sólo Napoleón escuchó hablar, está cruzando un enorme océano hacia el oeste, una tierra muy lejana de Francia, Grecia, Roma o Cartago.
Napoleón asintió con la cabeza al tiempo que dijo:
–América.
–¡Exacto! –dije orgulloso.
–¿Cuántos hombres te siguen y cómo es tu ejército? –volvió a preguntar Alejandro.
–En mí época es un poco más complicado que en la tuya, el ejército es totalmente profesional, contamos con un ejército aéreo, uno naval y uno terrestre.
Nuevamente se miraron entre ellos riéndose de mí y haciendo ges-tos.
–¿Aéreo? –dijo Aníbal, burlándose de mí.
–Sí, tenemos unas máquinas que se llaman aviones, son como pájaros gigantes que planean y van cargados de misiles.
Siguieron riéndose de mí, yo ya había perdido todo el respeto que me generaba la admiración. Alejandro volvió a preguntar.
–¿Cuántas batallas ganaste?
Me sentí humillado pero me vi en la obligación de responder.
–Ninguna.
Me desperté de repente en medio de las burlas de todos mis gran-des ídolos. ¿Se da cuenta? ¿Qué clase de teniente soy? Uno que nunca fue a una guerra y ya tiene más de 60 años.
Una vez más Federico no supo qué contestar, sus días de terapeuta estaban contados.
Fuch seguía sentado en su oficina, absorto en sus pensamientos, mientras una canción insulsa sonaba de fondo como musicalizando la escena; papeles tirados por doquier, el whisky a medio tomar, su ca-misa desprolija y su sonrisa irónica y sobradora borrada de su cara por la soledad. De repente sacó la vista de la ventana y notó la carta que le había dejado su secretaria arriba del escritorio; buscó el remitente pero no lo encontró. Desanimado, la revoleó sobre el escritorio y se levantó para servirse otro trago de whisky, luego la intriga le ganó y la volvió a agarrar. La observó con desconfianza mientras pensaba que se debía tratar de publicidad o algo por el estilo. Tanto misterio no tenía sentido si sólo hacía falta abrirla para averiguar qué decía, pero era un juego que Fuch solía disfrutar; el poder trae consecuencias. Luego de un rato decidió ponerle fin al asunto y rompió el sobre sin ningún tipo de cuidado.
La recorrió con la vista y notó que estaba escrita a mano alzada, cosa que le sorprendió sobremanera, pero todavía se negaba a comenzar a leerla. Sólo diferenció que comenzaba con unas amenas palabras, tomó otro trago de whisky y volvió a mirar por la ventana: las luces ya estaban apagadas, se encontraba solo en medio de la fábrica, cosa que le causó una sensación extraña. Se acomodó en su sillón y comenzó a leer.

“Querido amigo Fuch:

Como notará, tengo el gran placer de dirigirme a usted por un medio bastante inusual en éstos tiempos, pero yo lo prefiero así. Es mucho más personal, ¿no lo cree? Mi abuela siempre dijo que la letra es la confesión del alma y que uno puede saber mucho si mira la letra de alguien. Entienda que le estoy mostrando demasiado. Por el momento no le voy a decir mi nombre y entenderá más adelante que por ahora no tiene sentido hacerlo, sin embargo yo sé mucho de usted, sé más de lo que usted cree, se lo puedo asegurar. Sé a qué se dedica, y no hablo de las linternas de juguete: hablo de las estafas y del circo que tiene armado para hacer caer a los pobres infelices a los que seduce. Sé muchísimo de cómo se dedica a eso, porque hace tiempo yo también caí, pero ahora me doy cuenta de que debo llevar mi vida a otra dimensión, tengo que darle un sentido. ¿No cree? No quiero robarle mucho más tiempo a un hombre tan ocupado como usted, pero quiero que le quede clara una sola cosa: tal vez no lo mate ni lo lastime, pero quiero hacerle la vida un poquito más difícil. Con cariño, su dios; Baco”.

Luego de terminar de leer la carta entró en un estado de confusión. Por un lado; el miedo, como era de esperar, entró en su cuerpo y por otro; la tranquilidad de su personalidad le indicaba que no debía preocuparse y que seguramente se trataba de un despechado infeliz que perdió todo por no saber hacer las cosas bien. Se sirvió otro trago –ése que estaba de más– y ya sus sentidos no respondieron bien. Se levantó como pudo y caminó por el medio de la fábrica, ya oscura y solitaria. Pese a que trataba de convencerse de que no tenía miedo, sentía correr por sus venas el punto más débil de cualquier humano, el terror a la muerte.
Llegó al estacionamiento de la fábrica sin poder caminar derecho y hundido en un profundo silencio. Su auto –de gran porte– denotaba estilo y superioridad extrema. “Un hombre de mi clase no puede tener menos y por eso me amenazan con boludeces”, pensó mientras le erraba varias veces a la cerradura. Como pudo volvió a su casa manejando, la música que sonaba en la radio se mezcló lentamente con el alcohol y lo sumergió en un viaje por el pasado. Recordó a su mujer con un dejo de melancolía y resentimiento. Cuando intentó volver a la realidad le costó mucho, tal vez más que manejar en ese estado. Por suerte para él –no para mí, hubiese deseado verlo accidentado– la ciudad estaba desierta y el viaje no tuvo sobresaltos.
El subte lo comenzó a entusiasmar, lo sentía como un viaje al pasado. Era un tren anticuado en medio de tanta modernidad, los vagones hechos de madera, las luces, las puertas; todo era muy antiguo y, para alguien que todos los días al despertar piensa que éste no es su tiempo, era una inyección de satisfacción. Es increíble ver cómo se perdió el misterio, el uso de la imaginación, las historias. Recordaba, mientras viajaba, aquellas tardes que se juntaba con los chicos del pueblo a escuchar historias de héroes y lugares a los que sólo podían imaginar. El abuelo de uno de los chicos solía contarles historias de los lugares que había recorrido, un hombre viajado y muy culto que disfrutaba de narrar aventuras a un par de chiquillos curiosos. “París es hermosa, iluminada de noche como si estuviera el sol, un hermoso río refleja la luna y en su aire se respiran historias de grandes artistas. Una torre de hierro se erige en el centro, es tan alta que parece pinchar las nubes con su punta filosa, y te hace sentir un ser tan pequeño como una mosca, pero sin aunque sea poder volar. La gente habla un idioma seductor y totalmente interesante. Francia es mi segunda patria”. Recordaba tan claras ésas palabras que podía escuchar la voz del viejo en su memoria. Así comenzaba el escrito que le llevaba al hombre gordo de la biblioteca. Viajaba muy nervioso contando las estaciones que le faltaban para llegar y repetía en su cabeza, una y otra vez, la pequeña historia que llevaba manuscrita en un cuaderno. Se trataba de un chico que, hundido en una profunda angustia por sentir que su vida no encontraba sentido ni destino de héroe, decide comenzar a recorrer los pueblos de Francia, recolectando las historias de los pocos protagonistas que quedaban de la Revolución que llenaría el mundo de ideas utópicas y sensación de igualdad. Estaba orgulloso de su creación, y seguro de que su estilo encajaría perfecto en la revista del viejo librero.
Al llegar a la puerta de la librería sintió todo lo contrario, una ola de inseguridad y miedo lo atacó de repente. Debía cruzar la puerta, encarar al viejo con seguridad y darle la historia. Sabía que era lo correcto pero no podía hacerlo, se sintió paralizado y sin poder mover las piernas hacia delante. Estuvo varios segundos pensando si debía entrar o no, hasta que decidió no hacerlo. Caminó enfurecido consigo mismo por ser tan cobarde y bajó nuevamente las escaleras del subte, pero una vez abajo, discutió con la voz que le decía que se fuera y que era bastante malo lo que iba a presentar. Se puso firme contra sí mismo, contra esa maldita voz que lo atormentaba y llenaba de inseguridad y temores, ésa voz que no lo dejaba vivir y que varias veces le hizo pensar que lo mejor sería morirse. Realmente deseaba morirse, no a diario, pero sí seguido cuando la voz aparecía. Pero ésta vez peleó con más fuerzas y al mirar a su alrededor cayó en la cuenta de que estaba en el subte, en la capital, que se había ido del pueblo para perseguir su sueño y tenía la oportunidad entre sus manos. Hizo fuerza para callar la voz y retomó el camino hacia la librería. Entró decidido. Una vez adentro se dio cuenta de lo que había hecho, por primera vez había vencido a la voz que tanto lo atormentaba, respiró hondo y se dirigió al viejo con seguridad.
–Buenas tardes, joven. Has vuelto –saludó el viejo cordialmente.
–Buenas tardes. Sí, he vuelto porque me gustó la revista y quería entregarle mi escrito.
La voz de Juan Cruz estaba llena de seguridad inconsciente, ya que él no se dio cuenta.
–Muy bien. Eso me alegra.
Luego de terminar, hizo un gesto para que Juan Cruz se la diera. Metió la mano en el cuaderno y alcanzó las cuatro hojas que contenían sus palabras. Lleno de nervios, se quedó sin decir nada mientras el viejo ojeaba por encima. Un momento de incomodidad.
–¡Perfecto! ¡Y manuscrito! Eso me gusta. ¿Podés pasar mañana así charlamos sobre esto?
Juan Cruz asintió sin decir nada y todavía sin poder comprender de dónde salió la fuerza que lo llevó a callar la voz, salir de la estación y encarar sin ningún problema al viejo. Saludó con un gesto y se retiró de la librería lleno de esperanzas.
La vida de Alfredo en la capital no estaba floreciendo como la de Juan Cruz. La incomodidad que le causaba el trabajo en la nueva sucursal era profundizada por la actitud de Adriana. Ella parecía no entender la realidad de la situación, se la pasaba paseando, comprando cosas y viviendo una realidad paralela, lejos de los verdaderos sentimientos de Alfredo. Estaba considerando seriamente pedirle a Fuch volver al pueblo con la suma de dinero que le correspondía, pero como era de esperar su carácter no le permitía arriesgarse y encarar semejante momento.
Sentado en su consultorio, ésta vez sin pacientes, Federico contemplaba en silencio los diplomas que colgaban de la pared marrón, al lado de un reloj barato que simulaba ser el de Dalí y un cuadro –obvio y trillado– de Freud. Repasaba en silencio los logros que obtuvo en el psicoanálisis: artículos premiados, ensayos, investigaciones, cátedras, libros y congresos de excelencia; algo que llenaría de orgullo a la mayoría de los profesionales, pero que a él le causaba un vacío enorme en su pecho. Su vida debía cambiar repentinamente. Años estudiando los problemas de los demás y descuidando los suyos. La profesión a la que había dedicado su vida ya no lo entusiasmaba, el amor por su mujer había terminado y la pasión era tan nula que ni recordaba la última vez que se excitó realmente. Su hija creció y se fue a vivir al exterior, empujada por su marido, gerente de una multinacional.
¿Cómo el tiempo pudo ser tan dañino? ¿Cómo pudo destruir hasta los lazos más fuertes? ¿Por qué no me animo a dejar a mi mujer y rehacer mi vida? Todas ésas preguntas las escuchó demasiadas veces en la boca de sus pacientes, y siempre tuvo la palabra adecuada, pero para él no encontraba ni la equivocada.
Mientras la ciudad seguía confundida acerca de la realidad, había un grupo de gente muy confiada y segura del camino que se debía tomar. Una hermosa quinta era el centro de reunión. Las plantas se trepaban desde el suelo por los alambrados como queriendo alcanzar la libertad y despegar. El pasto, húmedo, despedía un hermoso olor que purificaba los pulmones, la tenue luz iluminaba justo lo que la noche requería, un hombre debidamente uniformado se ocupaba de mantener siempre llenas las copas de los invitados. El murmullo ilustrado y refinado se mezclaba con los tonos de música clásica que des-pedía un parlante antiguo en perfectas condiciones. En el centro, una hermosa pileta rodeada de antorchas daba un dejo de misticidad alucinante. Elegantes personajes hablaban en grupos sobre sus hazañas personales y sus grandes posesiones. Restos de la burguesía colonial se detectaban en cada mueble que adornaba la escena. Con extravagantes aires de grandeza debatían sobre ideas retrógradas y basadas en el beneficio propio.
En un banco al costado de la pileta, dos hombres eran iluminados por el fuego de las antorchas y a simple vista sobresalían del resto. El más viejo portaba un excelente cuerpo, bastante más alto que la media. El pelo, debidamente prolijo, enmarcaba su cara huesuda y algo colorada debido al alcohol, que corría libremente por su sangre. El más joven era un hombre de mediana edad que disfrutaba en cada gesto y en cada palabra, hacer notar su poder.
–Todo el pueblo sabe lo que va a pasar, pero nadie se anima a impedirlo. Saben que realmente es lo mejor para todos. Esto ha pasado siempre. La historia es la mejor maestra, todo ya ocurrió en el pasado y sólo los que interpretan el pasado para estar alertas en el presente son los que escriben el futuro. Reyes que reinan hasta que mueren, duques que envenenan a sus hermanos, vírgenes hermosas que son entregadas a degenerados príncipes por sus mismos padres, sabiendo que van a ser violadas cada noche, pueblos que siguen a un hombre que afirma ser de una raza superior, enormes ejércitos que matan en nombre de Dios, cuerpos ardiendo en la hoguera por no creer en el mismo Dios que les garantizaba el amor por el prójimo, tolerancia e igualdad y hasta un Papa que monta una red de asesinos para garantizar la grandeza del Señor… ¿No te parece hipócrita? El poder es hipócrita pero no es para cualquiera, por ese motivo existieron los reyes, los generales, los duques, los emperadores, los presidentes, los ricos y… los pobres. Hay gente que nace para que el propósito de sus desdichadas vidas sea el de ser pobres y así, la gente que lo merece viva bien. Inevitablemente tiene que haber gente que viva mal. ¿Quién haría el trabajo sucio? ¿Los monos?
El viejo hizo una pausa seguida de una carcajada irónica. Su tono de voz era firme y seguro, como quien camina a oscuras dentro de su casa sabiendo dónde está cada baldosa. Mientras tanto, el más joven lo escuchaba atento y tratando de digerir las palabras que escuchaba.
–¡No! Los pobres… ¿Acaso Darwin no aseguró que somos una evolución de los monos? Y éstos…–señaló al hombre de traje que servía las copas– son el eslabón que hay entre un simio africano y nosotros. Por eso son pobres.
El joven digirió las palabras y se tomó el debido tiempo para con-testar. Con gran parte de lo que escuchaba estaba de acuerdo.
–Yo he nacido pobre, mi padre fue pobre, pero supo hacer las cosas bien y yo las potencié; mi empresa de linternas ha crecido y por eso estoy acá. ¿Un golpe de suerte o sólo un mono talentoso? –Fuch habló con su tono habitual, muy tranquilo.
–Por algo dejó de serlo, son pocos los que evolucionan, pero lógicamente algunos hay. Te felicito por dar el siguiente paso. Probablemente tu hijo te supere.
Una emoción extraña invadió a Fuch. Recordó de repente que tenía un hijo y tuvo la sensación de haberlo olvidado.
–Es lo que más deseo. ¿Qué es lo que va a pasar?
–¿Un hombre inteligente hace ésa pregunta? ¿Qué podrían estar haciendo los hombres que manejan el ejército junto a los empresarios más pudientes? ¡Exacto! Justo lo que estarás pensando, planeando un golpe. Por otro lado parece estar de moda por éstas tierras.
La risa del viejo demostraba cuánto disfrutaba de lo que estaba sucediendo. Fuch, incrédulo e inocente, no entendía qué hacía en ésa reunión, pero seguramente le convenía.
Mientras tanto, en las calles de la capital nadie sospechaba lo que estaba por ocurrir y Alfredo era una más de las personas que caminaban tratando de distraerse y disfrutar el poco tiempo de libertad. Una brisa primaveral hacía que el clima fuera perfecto para una caminata y Alfredo recordó las noches de verano que salía a caminar por la costanera del pueblo con Estela y Juan Cruz, ésa misma costanera en la que Estela casi enloquece al verlo con Adriana. Absorto en su recuerdo caminaba en silencio y con la mirada perdida, llevando a Adriana de la mano. Ella ni se imaginaba el torbellino que sacudía la cabeza de Alfredo, y a pesar de que sentía una sensación de triunfo enorme, sentía un vacío de similar tamaño. Tanto tiempo de pelear obsesiona-da por obtenerlo, recorriendo un camino interminable que le llevó años y sacrificio transitar, lleno de privaciones y sufrimientos, de envidia y rencor, de dolor y traición. Ahora lo tenía, Alfredo caminaba de su mano pero no sabía qué hacer con eso, la felicidad que imaginaba seguía sin aparecer mientras las palabras estaban de huelga. No existía nada de lo que siempre imaginó. El amor correspondido, lejos de ser garantía de felicidad, era una condena al sufrimiento, en ése momento recordó una frase que leyó en algún libro: “Cuidado con lo que soñás, puede hacerse realidad”. Lo miró y ambos se sonrieron de compromiso. Alfredo ya estaba seguro de que la decisión de viajar a la capital había sido un error.



Capitulo 3


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      Sin importarle el desorden que se extendía a lo largo y ancho de su habitación, decidió salir a caminar solo. La mudanza era algo que no le gustaba, mucho menos si se trataba de encerrarse en un cuarto a ordenar mientras afuera existía una ciudad por descubrir, un nuevo mundo donde perderse, un mar de sentimientos por aflorar o, por qué no, un sinfín de historias por contar. La idea de perderse la vida haciendo cosas que no tenían sentido le generaba asco. Afuera, el sol pegaba con una tibieza que hacía perfecta la temperatura, al tiempo que iluminaba cada rincón de la ancha avenida. Caminaba incrédulo, observando cada detalle. ¿Cómo podía vivir tanta gente encimada en el mismo lugar, sin un centímetro de tierra, sumida en el silencio de la naturaleza? Ese silencio no existía en el medio de los altos edificios y el tránsito continuo, sin embargo, algo de todo eso lo sedujo y pensó en no volver nunca más a su pequeño poblado –sin saber por qué, en su interior estaba convencido de que no lo haría–. Mientras sus ojos se paseaban por las calles atascadas de gente, grabando en su mente las imágenes como si fueran fotografías, su alma se sintió mejor. La sensación de estar más cerca de un sueño lo llenó de alegría y lo obligó a suspirar, al instante siguiente se sorprendió de que nadie se saludara, tardó en entender que todos eran desconocidos, que nadie miraba a los ojos a quien caminaba a su lado, que cada persona vivía en un mundo que nada tenía que ver con los demás y se dio cuenta de que le iba a ser muy difícil hacerse notar con sus escritos en medio de semejante vorágine y la pena lo invadió otra vez, esa sensación que no lo dejaba en paz y era tan difícil de explicar con palabras, tan dañina como repentina, tan punzante como la espada más filosa del mejor gladiador. Perdido y sin saber por dónde empezar, siguió caminando con menos entusiasmo. Inexplicablemente su alma se batía constantemente en un duelo por la supremacía. La felicidad y la tristeza eran tan corrientes que aparecían de repente como una tormenta en el desierto, tan cambiantes que bastaba un segundo para pasar de la depresión más profunda a la euforia más desmedida sin razón aparente, por lo menos para los demás. En su interior la razón existía y él sabía perfectamente de qué se trataba… la vida no avanzaba como había soñado, las cosas no se daban como él pretendía, descreía del amor tanto como de todos los dioses que había conocido, desconfiaba de los hombres, convencido de que eran el principal problema de la humanidad, le indignaba profundamente el comportamiento de la gente que, hundida en la locura que el mundo proponía, se llenaba de violencia e intolerancia. Un torbellino de angustia le sacudía el pecho al momento que se desgarraba en un papel escribiendo las palabras que no podía decir ante los demás, ésas que quedaban clavadas en su garganta sin poder salir, sin embargo, a sus manos no las podía detener en los momentos de mayor angustia –algunos lo llaman inspiración, él lo llamó sufrimiento–, cuando la soledad era tan grande que la idea de suicidarse lo excitaba, cuando el dramatismo destruía a la realidad y el corazón daba saltos incontrolados. Sin aviso –de la misma manera que aparecía– ponía el punto final y la angustia desaparecía, aunque él sabía perfectamente que era temporario. Seguía caminando por las calles de la capital sin un rumbo aparente, era momento de empezar a recorrer el camino que siempre soñó pero que nunca imaginó lo difícil que sería. Mientras tanto, Alfredo se preparaba para ir a conocer su nuevo lugar de trabajo, la ex fábrica de Don Alva. Lo que no sabía era que el mismo Fuch lo estaría esperando. Bajó por el ascensor al garaje del edificio y se subió al auto que le habían dejado estacionado, se sorprendió al ver que era prácticamente nuevo y se le escapó la primera sonrisa capitalina. Le habían explicado cómo llegar hasta la fábrica pero no estaba seguro de poder hacerlo sin perderse, tenía pánico a no ubicarse en semejante ciudad. No es fácil para un hombre de su edad cambiar repentina y drásticamente la manera de vivir. Las cuadras que recorrió fueron caóticas, el violento tránsito capitalino reinado por las bocinas y los conductores arriesgados (sin olvidar la falta de cordialidad y las velocidades alteradas) fueron demasiado para su primer viaje. Estas conductas eran corrientes en el comportamiento de los habitantes de la capital pero no en un hombre mayor que vivió con el ritmo de una pequeña ciudad. Paró en un semáforo con los ojos abiertos e incrédulos y se quedó contemplando a su alrededor, todavía no terminaba de entender qué hacía ahí parado, por qué había aceptado la propuesta de Fuch, qué hacía separado de Estela y cómo se le había ocurrido separar a Juan Cruz de su madre, pero un bocinazo lo regresó a la realidad y continuó su camino a la fábrica sin ninguna respuesta. Totalmente transpirado y lleno de pánico –producido por su aventura al volante– paró en la puerta de la fábrica. Consciente de la lentitud de sus movimientos, rehusándose conscientemente a que la vorágine le gane, se dirigió a la puerta lateral de la fábrica y tocó el timbre. ¿Por qué un hombre de su edad tenía que pasar por semejante momento? “Debería estar en mi casa disfrutando del tiempo que me queda. Uno trabaja toda la vida para intentar disfrutar los años de jubilación, pero el cuerpo ya no le responde. En definitiva, uno trabaja y después no se encuentra en condiciones de disfrutar. Al final, la jubilación sólo parece un certificado de incapacidad”, concluyó, mientras esperaba que abrieran la puerta. Cuando al fin le abrieron intentó disimular su disconformidad sentimental al poner una forzada sonrisa, pero el empleado que apareció detrás de la puerta ni siquiera reparó en su expresión y lo saludó. –Buen día. Usted debe ser Alfredo. –Así es, mucho gusto.

Alfredo, sorprendido, le estrechó la mano con fuerza. Su padre siempre le dijo que estrechar la mano con fuerza era una demostración de firmeza y honestidad. –Lo mismo digo, Alfredo. Mi nombre es Juan. Le voy a mostrar todas las instalaciones y comentarle cómo nos manejamos acá. –Juan… Igual que mi hijo, y debés tener una edad similar. Será un placer. –Perfecto, sígame –Juan hizo un gesto indicándole el camino. –Por favor, no me trates de usted, ¡no estoy tan viejo! –Perdón, Alfredo. Es la costumbre.

    Se disculpó el joven, mostrándose amable. Juan inició su camino por un pasillo y Alfredo lo siguió. Caminaron alrededor de unos veinte pasos hasta que salieron a la recepción donde todavía, abajo del escritorio, figuraba el logo de Don Alva. Una mujer que rondaba los treinta años, muy elegante, con el pelo recogido en un rodete, unos ojos azules intensos enmarcados en unos lentes que insinuaban demasiado y vestida con una camisa que parecía no resistir el ataque de los pechos buscando romper los botones, les sonrió en señal de cortesía. Alfredo pensó que ya no estaba para semejante mujer al tiempo que le devolvía la sonrisa. Continuaron por otro pasillo más corto que el anterior y al cruzar la puerta salieron a lo que era la inmensa fábrica, devenida en depósito. Alfredo miró y no lo podía creer: un lugar inmenso que todavía mantenía el olor a chocolate y el calor de las máquinas, la nostalgia de que ya el mundo era otro vibró en sus venas, al tiempo que recordó todos los momentos de su vida que compartió con los productos de Don Alva, y ahora sólo era un depósito de linternas extranjeras. Levantó la vista y vio lo alto que estaban las últimas cajas. No era bueno para los cálculos y, por más que lo intentó, no pudo descifrar cuánto median las estanterías y cuántas linternas había. Juan lo observaba en silencio y no quiso molestarlo. Cruzaron todo el depósito dejando atrás lo que antes era la zona de laboratorio y departamento químico de Don Alva, hasta subir por una escalera a la zona de oficinas. Un pasillo largo del cual, a los costados, se desprendían las oficinas. En el final del pasillo estaba la oficina más importante, la de Fuch. Lo que Alfredo desconocía era que el mismo Fuch se encontraba en ella. Juan caminó directamente hacia el final del pasillo –todavía no había carteles que indicaran de qué departamento era cada oficina– y Alfredo no sospechó en ningún momento que se dirigía a hablar con Fuch. Juan golpeó la puerta y al recibir el permiso correspondiente, ingresó seguido de Alfredo, quien se sorprendió mucho al ver al dueño sentado en un elegante sillón. Pese a que la mudanza se estaba realizando, había tres sectores que estaban totalmente listos: el depósito con toda la mercadería, el departamento de ventas y la oficina de Fuch. Un escritorio en ‘L’, una hermosa biblioteca llena de libros que nadie leyó, su mesa con whisky y lo más importante, la colección de cabezas de animales que fue cazando por sus incursiones en lujosos safaris por África, todos embalsamados y con los ojos llenos de miedo, capturados como si fueran una foto y con el brillo intacto que dejaron al despedir el último suspiro, un realismo increíble. Alfredo miró estupefacto, al principio le repugnó e intentó entenderlo, aunque no lo logró. Mientras sonreía y le hacía un gesto a Juan para que se retirara, Fuch saludó a Alfredo. –¡Alberto! Qué alegría verlo por acá. ¿Cómo lo trató el viaje? “Alfredo, hijo de puta”, pensó, pero fiel a su manera de ser, no lo corrigió. –Bien, por suerte. Ya estamos instalándonos, le quería agradecer por… –¡Por nada! –interrumpió sin importarle lo que Alfredo decía–. No tiene que agradecerme por nada, es como deben ser las cosas simplemente. ¿Desea un trago? ¿Me acompaña? La sonrisa de Fuch era enorme y contagiosa. Alfredo, sorprendido por tanta amabilidad, asintió mientras César le estiraba la mano para alcanzarle el vaso. –No es cualquier trago, Alberto. Es un escocés añejo, de los mejores, disfrútelo, no creo que haya tomado algo así antes. Me alegro de que se sienta a gusto con el departamento y el auto, pero ahora cuénteme qué le parece la capital. Sin salir del asombro por el trato amable de Fuch, Alfredo contestó nervioso y tartamudeando. –Bi… Bi… Bien. Es muy grande, pienso en cómo voy a hacer para orientarme y poder recorrerla…. –hizo una pausa para pensar bien, se mojó los labios con el whisky (aunque nunca le gustó), y continuó–. Eh… todavía no pude hablar con mi hijo para preguntarle qué le pareció. En definitiva, es lo que más me importa. Fuch se echó a reír e incomodó a Alfredo, pero inmediatamente contestó. –Es padre igual que yo, lo entiendo Alberto, a mí me pasa lo mismo. Un hijo lo es todo, seguramente va a estar contento de estar acá, imagínese lo que hubiese hecho usted de joven con semejante cantidad de mujeres por conocer. César rió alborotadamente de sus propias palabras. Alfredo asintió con una mueca de compromiso, pero sin contestar y sintiéndose bastante incómodo. –Bueno Alberto, espero que esté muy bien acá y cualquier cosa que necesite me lo comunica, la segunda oficina de la derecha, yendo por el pasillo para el depósito es la suya, vaya a instalarse tranquilo y después tómese el día, que todavía falta terminar la mudanza. –Muchas gracias Fuch, le agradezco. Alfredo se retiró sintiendo la mirada de Fuch y de los animales que colgaban de la pared. Caminó hasta la segunda puerta y abrió sin golpear: estaba vacía, como imaginó. Una oficina sencilla, con alfombra en el piso, las paredes blancas, un pizarrón colgando, un escritorio y varios pupitres de frente, le recordaron su época de estudiante, pero ya había quedado muy lejos y sólo quedaban recuerdos fríos, sin rastros de sensaciones. Se derrumbó en el sillón del escritorio y se quedó en silencio contemplando el techo, todavía sin entender bien lo que estaba sucediendo. Adriana, por su parte, se pasó toda la tarde acomodando el departamento, ubicando vajillas, adornos, cuadros, libros, el televisor, el equipo de música, los discos, las ollas, toallas, sábanas y por supuesto su ropa y la de Alfredo. Quería sorprenderlo cuando regresara, tener todo ordenado y la comida hecha, “aunque también estaría bien ir a cenar”, pensó. De todos modos estaba contenta, se sentía lejos de los problemas. Esa falsa sensación que algunos tienen al escapar de los problemas, sin embargo éstos nos persiguen a donde sea que vayamos, como los hongos o los piojos, van con nosotros a todos lados, pero Adriana prefería no admitirlo. En ningún momento pensó en su trabajo, en buscar un estudio o, como mínimo, conocer los tribunales de la capital. No le interesaba rehacerse, solo quería estar con Alfredo. Ese amor que por momentos era más un capricho o una obsesión, una sensación de victoria y perseverancia a lo largo de los años, ese amor de la adolescencia, ese sueño que se materializa tantos años después, la emoción de vivirlo, le ganaba a cualquier cosa que le sucediera. Juan Cruz tampoco estaba, lo que le daba tranquilidad. “Esta va a ser una gran vida”, pensó mientras limpiaba al ritmo de la música que sonaba de fondo. A varios kilómetros de distancia, Estela sentía un vacío enorme en el pecho, todavía sin entender cómo su ex marido se fue a vivir a la capital con su propia hermana, y para colmo se llevó a su único hijo. Distraída, empanaba las milanesas en la cocina de su nuevo negocio. La inauguración no tuvo sobresaltos, fue tal y como la planearon, aunque empañada por la ausencia de Juan Cruz. El comienzo, sin embargo, no fue de los mejores, pasaron las primeras noches llenas de ilusión pero sin trabajo, el teléfono no sonaba y nadie cruzaba por la puerta, la vida le ponía una oportunidad delante, esa que estuvo esperando y creía que nunca iba a llegar, pero no podía entender lo difícil que resultaba. “Trabajar, trabajar, trabajar; pero siempre para uno” decía su madre. Los primeros días dieron pérdidas, los días se transformaron en semanas y el futuro se veía oscuro. De a poco, Estela comenzó a creer que su vida no tenía ningún sentido, pero la fuerza de Alicia la sostenía y no la dejaba caer. La paciencia no es para cualquiera. “Se pasó rápido el día, recorriendo la fábrica y conociendo a los nuevos compañeros” pensó, mientras emprendía el viaje de vuelta en medio de esa ciudad enorme a la que miraba asombrado en cada esquina. Con un auto nuevo que no era suyo, yendo a una casa que no conocía lo suficiente y, como si fuera poco, lo esperaba una mujer con la que nunca había convivido. Demasiado para una persona de su edad. Al llegar y abrir la puerta se llevó una grata sorpresa, todo estaba totalmente prolijo y ordenado, el ventanal abierto de par en par dejaba ingresar una brisa relajante mientras en el fondo brillaban las interminables luces de la ciudad, un cuadro de algún conocido pintor que desconocía adornaba la pared marrón, la mesa de vidrio tenía un discreto mantel a tono que no la cubría totalmente, los libros acomodados en los estantes, el equipo de música pasando una melosa canción y un hermoso olor a violetas mezclado con el olor a comida que salía de la cocina. Caminó entonces siguiendo el olor de la comida, esperando encontrar a Adriana, pero se volvió a llevar una sorpresa, era Juan Cruz quien controlaba la olla y al verlo le sonrió. –Hola… ¿Cómo te fue en el primer día? Alfredo no pudo contestar de inmediato, pero luego de tragar saliva pudo hacerlo. –Bien, me mostraron la fábrica que era de Don Alva. No puedo creer que Fuch haya comprado esa fábrica. ¿Te acordás cómo te gustaban esos chocolates? –¿Cómo no me voy a acordar? Siempre me traías cuando volvías de trabajar… ¡no fue hace tanto! Alfredo sintió cómo el comentario le movía todos los sentimientos y sólo pudo sonreír. –Adriana se está bañando, ya va a estar la comida, ponete cómodo –dijo Juan Cruz, tratando de cortar el momento. –Dale. Alfredo se fue a cambiar para disfrutar de la cena con una sonrisa dibujada y pensando que todo iba a ser mejor de lo que imaginaba. –¿Sabe qué se siente cuando toda la gente te mira como si fueras un monstruo? Al caminar, al despertar, o incluso al dormir. ¡Todos y cada uno de ellos!, a los que les arrancaría la piel del cuerpo y los mandaría a andar así por la calle para que vean lo que se siente. Algunos; los más disimulados, cuando me ven bajan la vista y esperan a que pase para contar cuán feo les parezco; otros, los que no tienen noción del tacto, lo hacen en mi cara, sin ninguna restricción, sin importarles que detrás de esta bestia asquerosa existen sentimientos; y estoy olvidándome de los chicos, que son los que más me lastiman y a los que no les puedo decir nada. Es muy feo ser alguien que escapa a los estándares que la gente lleva en la sangre. En todo el mundo, en todas las culturas, la gente busca agruparse bajo la palabra ‘normal’, es como que esa palabra es un círculo enorme en el que debés estar dentro para obtener respeto. Se creen que soy menos sólo por ser distinto, por distinguirme, incluso, por algo que no elegí, que me tocó y no puedo cambiar, algo que llevo como una piedra sobre mis espaldas. Las mujeres nunca me miraron con ojos seductores, no conozco lo que se siente al besar con amor, sólo he pagado por alguna migaja mentirosa de cariño, incluso tengo que rogar para que me atiendan. Dicen por ahí que es hermoso sentir el calor de una mujer, escucho a los hombres hablar de lo trascendental que es esto para sus vidas… tener el calor y el desenfreno de una mujer. Pese a que no lo conozco y no lo tengo, sigo vivo. Cada noche sueño con encontrar a una mujer que me ame, me cuide, me mire sin ningún tipo de prejuicios o de idioteces estéticas y sin sentido. Siempre escuché dulces palabras de poetas hablando del amor, de cómo le escapa a los límites que la gente impone, de cómo transciende clases sociales, gustos y sueños, pero puedo jurar que sólo son decoraciones para que esta vida sea menos de mierda, doctor. –No creo que sea así –afirmó Federico, pese a que no escuchó ni la mitad de las palabras por centrar su atención en la cara deformada de su paciente. –Explíqueme, entonces. ¿Por qué nunca ninguna mujer me acarició la cara? La mirada del paciente en medio de esa cara maltratada y roja, hervía como el aceite que le hizo esa marca cuando era chico. –Tal vez sos vos quien no lo permite, es por tu inseguridad. –Ustedes siempre con la fácil decisión de echarle la culpa al damnificado. ¿Te creés que no tengo ganas de que me amen? ¿Vos estar- ías seguro con esta cara? –Yo también tengo mis inseguridades. ¿Vos estarías seguro con ésta panza? –preguntó mientras se agarraba los veinte kilos que le sobraban de experiencia en el psicoanálisis. –Mucho más que con mi cara, seguro. –Eso es porque tu cara es tuya y mi panza es mía. Todos tenemos cosas que no nos gustan y no podemos cambiar.

–No podés comparar tu panza con la deformidad de mi cara, y mucho menos porque es resultado de una situación en la que no tuve nada que ver. El silencio apareció por primera vez en lo que iba del análisis. Nunca antes había mencionado que la marca que lo torturaba había aparecido para cambiar su vida. Luego de unos minutos –que parecieron años– en silencio, lleno de nerviosismo y dolor en los ojos, el paciente habló. –Creo que debo irme. –No podés irte ahora, yo soy el que debe darte el final de cada sesión. La voz de Federico se puso firme tratando de parecer imperativa, pero el paciente no escuchó, o simuló no hacerlo. Se levantó y se fue en dirección de la puerta, luego de hacer dos pasos, giró y mirando fijo a su terapeuta le dijo con voz burlona: –Le pago a su secretaria, hasta la próxima semana, doctor. Se dio vuelta con una mueca de sonrisa que no llegó a serlo y se fue. Federico se recostó en su sillón y suspiró hundido en su reflexión. Ese hombre tenía razón, aunque busque consolarlo, su vida era tan desdichada y podrida como violenta y resentida, una vez más Federico no sabía qué camino tomar para continuar con el análisis, después de tantos años se dio cuenta de que se su trayectoria no servía para nada.

Capitulo 2


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Empacar toda una vida en un puñado de horas no era la manera que hubiera elegido pero no le quedaban opciones. Presionado, en gran medida por Adriana y Juan Cruz, aceptó la propuesta y ya era demasiado tarde para volver atrás. Gran parte de su pensamiento no estaba del todo de acuerdo con la decisión que había tomado pero nunca fue un hombre que se caracterizó por tomar decisiones. Mientras desarmaba los cajones, placares y recovecos de su casa lo asaltaban gran cantidad de recuerdos e imágenes. La misma casa que lo vio en los primeros momentos de casados cuando todo era distinto; la alegría vivía entre Estela y él… salían, se juntaban con amigos, mataban la noche hablando y riendo (todavía le parecía escuchar el eco de aquellas noches en las que se reían hasta la madrugada), luego apareció Juan Cruz llenando la casa de vitalidad y trayendo consigo la idea de reconstruir la relación pero sólo alargó la agonía. Se vio armando las valijas para mudarse, para dejar atrás toda la vida que había construido pero por lo menos Juan Cruz estaba haciendo lo mismo a su lado. Con la miseria en la mano, se acercó para buscar consuelo pero no se animó a hablarle. La relación entre ellos no era la mejor, la comunicación de Alfredo nunca fue una de sus mejores virtudes, por el contrario, le costaba mucho, al punto de no hablar ni mostrar sus sentimientos; y ésta situación lo superaba. Mientras, luchó por unos instantes contra ésa fuerza inentendible que no lo dejaba hablar, vio cómo Juan Cruz se alejaba, cerró los ojos y pensó en las primeras palabras que diría, pero ésas conversaciones que imaginaba nunca resultaban idénticas en la realidad. Hundido entre la indecisión y la falta de iniciativa, perdió la posibilidad de hablar con Juan Cruz, se llenó de miedos y se preguntó por qué Fuch le hacía esto, al tiempo que retomaba el trabajo con los cajones.

       Ver a un imperio destrozado no es fácil, sobre todo si ése imperio era tu sueño, tu anhelo, tu aspiración y esa chispa que le da un poco de sentido a una vida plana y sin emociones. Rómulo caminaba por los pasillos de lo que hasta ayer era su fábrica, el silencio era aterrador  y tan fuerte que asustaba. Largas máquinas que dormían sin hacer ningún ruido, las luces apagadas y la pintura destrozada. Cada paso, cada rincón que miraba tenía un recuerdo. Toda su vida había pasado ahí adentro. Cuando apenas era un niño su padre montó la fábrica con todos sus ahorros: en aquel momento era posible tener un sueño y poder empezar con poco. Comenzaron a producir los mejores chocolates del barrio. Todas las mañanas, Álvaro –el padre de Rómulo– salía a hacer el reparto mientras Clara, su madre, se encargaba de las recetas y el orden. Rómulo caminaba encantado por la fábrica, el olor a chocolate lo ponía de buen humor y le contaba a todos sus amigos sobre las aventuras en las máquinas. Era feliz.

       A medida que fue creciendo, comenzó a trabajar y a tomar las riendas del negocio ante la supervisión de su padre, quien –ya grande– veía con ojos incrédulos y orgullosos cómo su hijo convertía lo que había sido un horno en un garaje en una de las fábricas más importantes de la capital y luego de la patria entera. Toda esa alegría no entraba en el cuerpo desgastado del pobre Don Álvaro. Rómulo resultó ser un hábil empresario, honesto y comprensivo. En ningún lugar los empleados estaban mejor, sus salarios eran acordes y el clima era excelente, pero la ambición suele ser mala consejera. “Don Alva” estaba en lo alto de la montaña, la fábrica vendía y se hacía conocida a lo ancho y largo del país, pero a Rómulo no le alcanzaba. Un empresario le había prometido el éxito continental, era muy fácil: sólo había que invertir y sentarse a ver como volvía la plata, obviamente en sociedad. ¿Quién no se sentiría seducido por semejante oferta? Rómulo conocía a este empresario desde hacía muchos años pero sólo por cuestiones laborales. Si bien su relación era muy buena, no se conocían profundamente. “Uno nunca termina de conocer a la gente”, aunque es una frase hecha y vulgar, dice la verdad. Ambos invirtieron en esto que, para Rómulo, era un gran desafío y un sueño alimentado por la ambición. Los primeros tiempos fueron bastante bien pero pronto todo se desmoronó. Nadie supo bien qué pasó, ni quién era el culpable. La realidad marcaba que las cosas no estaban bien, la desconfianza de Rómulo crecía día a día, cada acción que su socio emprendía era decorada con una manta de sospechas y la posibilidad del fraude era cada vez más concreta. Sin dar crédito a lo que sus personas cercanas le decían, siguió adelante como quien ve una vela en medio de la oscuridad pero no se da cuenta de que el viento, por más débil que sea, apagará la vela con facilidad. Cuando el abatido Rómulo reaccionó ya era demasiado tarde, estaba inmerso en una deuda enorme y entendió el mecanismo que utilizaba su socio para quedarse con lo que no le correspondía. No pudo evitar recordar las palabras de su padre, “cuando la limosna es grande hasta el más santo desconfía”, y este misterioso empresario no quería la limosna, buscaba algo más. Rómulo agradeció que su padre hubiera muerto y no estaría presente en el momento en que bajara la persiana para siempre. Tenía como garantía del negocio la fábrica, y pese a su pedido de compasión, Fuch avanzó con los procedimientos legales necesarios para que la bandera de sus linternas aparezca flameando en la entrada de la vieja fábrica “Don Alva”.

       Rómulo caminaba en medio de la fábrica en silencio y a cada paso que daba una espina hacía presión sobre su alma, al punto de no soportar el dolor que causaba ver cómo el esfuerzo de su vida se desmoronaba. Aquel lugar que hasta hace poco brillaba de colores, movimientos, gritos, risas y un olor a chocolate seductor, se hundía en el más cruel silencio y olor a humedad. La recorrida debía finalizar pronto, porque lo esperaba Fuch con el escribano para firmar los papeles que le trasladaban la titularidad de la fábrica a cambio de saldar la deuda que su ambición había acumulado.

       “Un hombre de negocios no para de trabajar un segundo”, pensó para consolarse  mientras la sonrisa malévola se dibujaba en su rostro. Esperaba que el escribano le abriera la puerta a él, a su hijo Augusto y a su abogado. Una mezcla de sentimientos se entrelazaba en su pecho, una dosis de culpa y sensación de victoria que sólo sentía en los días en que le tocaba hacer esta parte del trabajo. Ya tenía bastante aceitado el accionar en este negocio, por un lado la fase previa que constaba de seducir a la futura víctima prometiendo un próspero negocio; la segunda, la de montar el negocio gastando a sabiendas muchísimo más de lo necesario; y la última, cobrando todo junto con enormes intereses. No era la primera vez que recibía una propiedad en parte de pago o resarcimiento por algún negocio. Había escuchado por ahí “el dinero es el único bien que genera dinero por el hecho de ser dinero”, y él tenía dinero de sobra para poner a generar más de lo que sabía en qué lo podía gastar. Si bien en la actualidad la fábrica de linternas no iba del todo bien, ya tenía arreglada la distribución de las linternas extranjeras y pasaría de tener una fábrica a una distribuidora, lo que le permitiría ganar más teniendo menos empleados y, sobre todo, problemas. Al miserable prepotente no le entraba tanto orgullo en su propio cuerpo.

Por fin el escribano le abrió la puerta, y ambos se sorprendieron al verse, todos imaginamos físicamente a personas que no conocemos dependiendo de lo que hacen y nos cuentan, ésta no era la excepción. El escribano se encontró a un hombre estereotipado, vestido con ropa fea pero muy cara, lo que denotaba su mal gusto, varios anillos de oro que brillaban al punto de encandilar la mirada y una sonrisa que arrancaría a los golpes de ser posible. Fuch, por su lado, se sorprendió al ver al escribano, un hombre calvo con algo de pelo arriba de las orejas, desalineado pero elegante, cara de tortuga y un sobrepeso enorme, vestía ropa antigua y su oficina relucía de estilo adornada con retratos de viejos patriotas que combatieron por la independencia, muebles pertenecientes a la antigua monarquía, mucha luz amarilla y una hermosa arcada con ladrillos a la vista que separaba la sala de espera del escritorio; que contenía su punto débil: un portalápices pintado por alguno de sus hijos en un  viejo día del padre. Devolviendo el gesto, Fuch y su séquito, entraron y se sentaron en silencio en el sillón de la sala de espera.

–Todavía no llegó la otra parte. ¿Gustan un café para la espera? Preguntó el escribano en señal de amistad.

Fuch asintió sonriendo y el escribano se retiró. Al cabo de unos pocos instantes ya había regresado con el café, se los sirvió y pidiendo permiso se retiró.

–Debés estar orgulloso de tu padre, Augusto, no todos los días se gana un millón de dólares. ¿No te parece? ­–el tono de voz de Fuch era tan suave que sus palabras no parecían contener maldad.

–¡Lo estoy! Ahora que vamos a instalar la fábrica en la capital, ¿tenemos que venir a vivir para acá?

–No, vos no. Yo voy a ir y venir. Vamos a tener empleados de confianza acá.

–Asegurate de hacerles firmar los papeles que te mandé antes de que viajen –intervino el abogado, como si no tuviera otra cosa en qué pensar.

–Tranquilo, para eso estás vos… Pero bueno hijo, hoy te traje para que entiendas un poco de qué se trata ser un hombre de negocios. ¿Cuántas veces compraste chocolates  “Don Alva” en el kiosco? –el ritmo lento y pausado de Fuch pondría nervioso a cualquiera.

–Muchísimas, ¡sabés que es mi preferido!

Augusto estaba lleno de inocencia. Fuch suspiró, asintió con la cabeza y luego comenzó a responder.

–Ésos son los negocios. Ahora, el pobre Rómulo tendrá que volver a empezar, si es que puede, por una mala jugada. Quiero que aprendas que hoy tenemos mucho pero hay que defenderlo y por eso yo sigo trabajando, para dejarte una linda vida –hizo una pausa esperando la respuesta de su hijo, que lo escuchaba atento, mientras el abogado fingía no prestar atención a lo que hablaban. Al ver que su hijo no tenía palabras, retomó gesticulando como un gran líder–. Parece una ironía de la historia, Rómulo le cede su imperio a César, el padre de Augusto.

Los tres se quedaron en silencio mientras retumbaban en el aire las últimas palabras de Fuch. Ni su propio hijo ni su abogado estaban orgullosos de escuchar tanta hipocresía junta. Augusto era una especie de Dios y diablo, un adolescente que creció viendo cómo la verborragia, la ambición, la avaricia y la arrogancia de su padre contrastaban duramente con la amabilidad y sensibilidad que recordaba de su madre. Lógicamente, la relación no duró demasiado y su madre se escapó de su casa después de un trágico accidente hogareño donde el pobre Augusto se llevó la peor parte. Por esa razón César lo crió solo y con esfuerzo, pero siempre apoyado en la arrogancia, y en la brecha que separaba a los que realmente eran inteligentes como para ser dueños de los que simplemente eran esclavos con sensación de libertad. Las ideas de su madre vivían en su interior pero él se esforzaba en reprimirlas porque, en definitiva, su madre lo había abandonado sin reparar en el amor y sí habiéndolo hecho demasiado en sus ideas. Por lo menos eso era lo que contaba su padre.

      Con el pasar de los años, Augusto comenzó a analizar mejor la situación, y así entendió que su madre era sometida a la personalidad de un hombre muy particular, el dolor y la bronca fueron dejándole su lugar a la comprensión. Pese a eso, César fue quien lo crió y nunca le hizo faltar nada.

    El reloj se movía en la sala de espera con un sonido enfermizo, acompañando al ruido de la máquina donde el escribano redactaba el futuro contrato. Fuch, Augusto y su abogado, permanecían en silencio impacientes, reacomodándose en los asientos una y otra vez, evidenciando su incomodidad, que no se debía al confortable sillón verde que brindaba el calvo escribano a sus clientes, sino a que Rómulo llevaba mucho retraso. Lo que no sabían ellos era que estaba parado en la vereda hacía más de media hora, paralizado y sin fuerzas para entrar. El escribano seguía tan entretenido con su redacción que ni pensó en eso. El sonido del segundero en medio del silencio alimentaba la ansiedad de Fuch, que comenzó a sentir cómo caía por su espalda una gota de sudor. Siempre odió ser un hombre que transpire tan fácil; en reuniones, en discursos, en juicios, con mujeres, en cenas, siempre que alguna situación fuera incómoda, o así lo sintiera, comenzaban a correr las gotas por su cuerpo con la fuerza de un río y el silencio de la muerte, esa situación lo hacía sentir vulnerable, su mente pensaba en la gota que sentía en la frente, no podía apartar los pensamientos y centrarse en lo que el momento requiriera y como si fuese poco martirio, tenía como resultado más sudor al punto de no poder controlarlo. Miró desesperado para sus costados y notó a su abogado leyendo unos papeles –que traía en su maletín– y a su hijo ojeando una revista con fotos de mujeres inalcanzables que sólo muestran una belleza abstracta y muy lejos de la media: figuras esbeltas, cuidados excesivos de cabellos, nalgas tan dulces que hacen imposible pensar en el verdadero uso que tienen en el cuerpo, hombres y mujeres dedicados íntegramente a su cuidado corporal lejos de los problemas cotidianos de la mayoría de la sociedad, pero a Augusto poco le importaba, solo miraba atento mientras su padre sentía que se moría a causa de la pérdida de gran cantidad de minerales. A todo esto, Rómulo continuaba parado en la puerta del edificio, mirando fijo la entrada sin atreverse a entrar, paralizado por el dolor, sin poder reaccionar y con la mente en blanco. La gente corría por al lado suyo, apurada por el reloj de las grandes ciudades que parece ir más rápido que en el resto de los pueblos, donde la fiebre por el dinero le pone precio a los sentimientos y donde el único propósito es vender sus horas de vida para que alguien saque provecho, donde todo se transforma en un negocio: la mente, la ropa, el frío, el calor, el viento y la lluvia, donde la calle exhibe grandes publicidades que venden una felicidad obsoleta y cada tanto aparece alguno mostrando una sonrisa enorme y pidiendo un voto como si se tratase de vender un chocolate que genera orgasmos,  una bebida que te asegura la risa, un auto que te llena de felicidad o un plato de comida en no más de 5 minutos, carteles luminosos en pleno día llaman a entrar para dejar tu dinero a cambio de algo que nadie necesita para vivir. Rómulo estaba exento de todo esto, su mente en blanco no lo dejaba reaccionar. En la oficina, Fuch seguía escuchando el sonido de los segundos que, aunque parezca increíble, para todos corren igual.

       Alicia no podía ver nuevamente destrozada a Estela, la partida de Juan Cruz no hacía más que golpearla en la cabeza cuando intentaba levantarse, hundirla nuevamente en la soledad y el dolor, hacerla sentir abandonada y herida, despreciada y sola; no podía entender que su hijo ya no era un chico y que merecía hacer su propio camino, así lo dicta la naturaleza y así debe ser, aunque el hombre se niegue a aceptarlo. Prepararse para ir a despedir a su hijo no le hacía mucha gracia, menos si sabía que también despediría a su ex marido y a su hermana que, lamentablemente, no puede ser también ex. Alicia se ofreció a acompañarla, lo que de alguna manera la tranquilizaba un poco y la hacía sentir contenida, pese a que lo único que deseaba era que Juan Cruz recapacite, pero no fue así.

       El viento de todos los días soplaba tan fuerte que los árboles parecían pelear para no salir volando, tan cerca del violento y helado mar esto era cotidiano. Alicia y Estela salieron pegadas a la pared para sentir menos el golpe del viento y aguardaron un taxi para ir a la estación del tren que las llevaría al aeropuerto. Con una tristeza punzante, Estela esperaba que el momento no llegara nunca, pero no se puede detener el tiempo, se subieron al taxi y fueron camino al aeropuerto.

       La nostalgia es un sentimiento totalmente contradictorio, por un lado la alegría del recuerdo y por otro la tristeza de no volver a vivirlo. Así se sentía Alfredo al ver cómo quedaba la casa sin vida, al tiempo que todo su pasado entraba en un par de valijas. Por suerte, Juan Cruz y Adriana lo acompañaban en esta aventura, era lo único que lo tranquilizaba. El taxi ya estaba en la puerta hacía un rato. Alfredo recorría una y otra vez la casa retrasando el momento de irse, retrasando terminar su antigua vida y comenzar la otra, lejos del pueblo y en la gran ciudad. Adriana lo vio meditando y decidió intervenir para sacar provecho de la situación. Caminó sin que se diera cuenta, lo tomó de atrás y abrazándolo le dijo:

–Va a estar todo bien, Alfredo. Te lo prometo.

–No prometas cosas que no podés cumplir, no sabés si realmente va a estar todo bien, nadie lo sabe.

–Pero por lo menos intento ver las cosas de manera positiva, entiendo que estés nervioso, pero haceme caso, va a estar todo bien.

Alfredo se rindió ante la dulzura y la sonrisa de Adriana. No estaba todo tan mal, Juan Cruz y Adriana permanecían a su lado… la tomó fuerte como queriendo que el amor pase de su cuerpo al de ella y al poco tiempo estaban yendo los tres al aeropuerto.

       Ver la capital por primera vez desde el cielo y de noche, impacta a cualquiera. Las luces van apareciendo una al lado de la otra sin tener fin, un enorme mar luminoso se desprende sobre del río, que sirve de espejo para las luces duplicando la cantidad en un espectáculo hermoso. Un tamaño imponente, la mirada se pierde en los puntos iluminados. A medida que el avión se va acercando a la tierra, las luces van tomando formas y colores que impresionan por demás a los visitantes primerizos. Grandes edificios surcan el cielo como intentando llegar a Dios, algunos espejados completamente, otros con imponentes logos de sus dueños, un edificio al lado del otro, uno más impactante que el otro. Juan Cruz, Alfredo y Adriana miraban amontonados por la ventana la maravilla que tenían bajo sus pies, la prueba de cuán grande es el ser humano, la construcción de un hábitat enorme y lleno de confort, lo imponente de estar volando como un pájaro y sumergiéndose en un mundo que visto desde lejos parece hermoso pero estando dentro es lo suficientemente cruel para enloquecernos. Ignorando todo esto, los tres miraban con los ojos brillosos su nuevo hogar, tan distinto al pueblo y tan prometedor. Alfredo, sin embargo, era el menos entusiasmado, a pesar de haber podido elegir no estaría aterrizando dentro de un pájaro metálico en medio de la cruel capital.

       Como le había prometido Fuch, una persona los estaba esperando con un cartel que decía Alfredo Fontana. Reparó en que alguien le había dicho a Fuch que no se llamaba Alberto y esto lo hizo sentir importante. Amablemente el hombre les comunicó que los acompañaría a su departamento y les explicaría todo lo que necesitaban saber sobre su nueva vida.

Las imágenes que veían a través de la ventana del auto no dejaban de sorprenderlos; las calles anchas con miles de autos  que iban de un lado a otro, negocios, restaurantes en cadena tan juntos que parecían compartir el territorio, publicidades de productos que no necesitaban, luces haciendo de día la noche y gente caminando apurada pese a que ya no era horario de trabajo: pensó en lo grande que era la capital y cómo hacían los habitantes para ubicarse con tanta facilidad.

       Al poco tiempo estaban arribando al departamento. Un cálido ambiente en un piso elevado, cosa que no dejaba de sorprenderlos, tres cuartos decorados simple pero elegantemente, un sobrio comedor pintado de marrón claro, un luminoso ventanal, una mesa de vidrio redonda en el centro y un hermoso juego de sillones, una pequeña cocina y un baño humilde, ambos con unos azulejos amarillos que rozaban el mal gusto. Todo sin vida pero prolijo. Adriana, casi al instante de haber entrado, comenzó a explicarle a Alfredo cómo debían ordenar las cosas y qué adornos debían poner para transformar en un hogar aquella casa. Alfredo asintió a todo lo que Adriana decía sin importarle demasiado. Ya comenzaba a arrepentirse de la decisión.

       Al mismo tiempo, Fuch seguía disfrutando el sabor de su victoria y recorría su nueva adquisición; la vieja fábrica de Don Alva. Su hijo miraba incrédulo mientras pensaba que semejante lugar le pertenecía, ambos disfrutaban del éxito. Por su parte, Estela trataba de asimilar la partida de Juan Cruz y la pareja que formaban Alfredo y su hermana. Alicia atendía contenta su nuevo emprendimiento. En otra parte, Rómulo fantaseaba con quitarse la vida y, tal vez, también el sufrimiento por haber perdido la fábrica. Encerrado en su habitación, un oficial del ejército tomaba un trago de gin mientras se angustiaba porque en sus veinte años de servicio nunca había estado en un campo de batalla. No tan lejos de ahí, un adolescente lloraba en silencio porque un accidente que tuvo de chico le quitó el sentido a su desdichada vida.

–No puedo seguir así, no sé por qué lo hago, no quiero hacerlo. Es como si lo hiciera a propósito, ya sé que me voy a arrepentir, pero por alguna razón que desconozco llevo la situación al límite, hasta el momento en el que es demasiado tarde. Mientras la espero me late el corazón, me siento nervioso y quiero volver atrás, pero ya no puedo, sé que va a llegar y no voy a poder resistir, una fuerza interna o una voz… o no sé bien qué es… insiste, dice que voy a obtener satisfacción y rellenar mi ego que suele estar por el piso. En el momento la paso bien, negarlo sería un error, pero inmediatamente después quiero escapar y no puedo. Una mujer desnuda en mi cama, sin ningún sentido, sin ninguna razón. Tapando sus pechos acostándose boca abajo y dejando escapar la parte inferior de sus piernas desnudas. Recién penetrada con violencia y decisión, me cuenta sobre un sinfín de hombres con los que se acostó sin conocerlos, le excita la situación, tanto que la repite una y otra vez, esa vez me tocó a mí que caí como un iluso. No para de hablar mostrando una mueca de sonrisa, está contenta pero no le puedo prestar atención, sólo quiero que se vaya, sus palabras quedan de fondo mientras pienso una manera amable y cordial de echarla de mi casa pero, ¿por qué busco cordialidad? Si tampoco me interesa. Las palabras se traban en mi garganta como si existiera una especie de barrera que no las dejara salir, se me inunda el pecho, me pongo nervioso, sé claramente lo que quiero decir pero no puedo, no tengo el valor de hacerlo, pienso una y mil veces en silencio cómo hacerlo pero no puedo, el tiempo pasa y yo sigo sin decir nada, no puedo hacerlo, ella (o la que sea en ese momento) me pregunta si estoy bien, y es el pie perfecto para decirle: “la verdad que no, no te soporto más, sólo quería –y no sé por qué– penetrarte, ahora quiero que desaparezcas”, pero no puedo decir la verdad, invento una sonrisa poco convincente y le digo que sí, que está todo bien… Arrepentido, de alguna manera, con una señal le hago notar que deseo verla ir pero no puedo decirlo directamente. Por fin se va, por fin estoy solo y ahí es donde me arrepiento de lo que hice.

–Usted debe saber por qué lo hace. Estoy seguro –dijo el licenciado con tono firme.

–No lo sé, no sé por qué lo hago. Me encantaría saberlo… de saberlo no estaría acá. ¿No le parece?

–No me parece. Usted tiene un problema, más allá de acostarse con una mujer que no desea. Su problema es no poder decir lo que siente, lo que quiere y lo que piensa –el licenciado hizo una pausa para que su paciente pueda asimilar las palabras y continuó gesticulando exageradamente–. “No señorita, no la deseo. Deseo que se vaya. Quiero un aumento. No, no voy, estoy cansado….”.

Como es su costumbre, el licenciado dejó que el silencio participe de la sesión. Su paciente entendió las palabras pero se veía reacio a aceptarlas.

–Sería mucho más fácil para mí decir que no, pero no puedo, para colmo yo a mi mujer la amo y no hay otra que me guste más, deseo otras mujeres pero mientras no las tengo, cuando las tengo me doy cuenta de que la mía es la única que me gusta realmente. Así y todo, sigo intentando con todas las mujeres que se me cruzan por el camino. ¿Eso tiene explicación? Yo no la encuentro, tal vez es el instinto de macho reproductor, de dominante, mientras más mujeres fecunde más macho voy a ser pero no quiero escucharlas hablar, no quiero tener que echarlas ni mucho menos tener que complacerlas. Sigo insistiendo, no sé por qué hago esas cosas si desde antes de hacerlas sé que no quiero…

El licenciado se acomodó en el sillón como afirmándose antes de hablar, ganando tiempo para utilizar la palabra concreta pero no la encontró, no sabía muy bien qué decir, cómo continuar hablando, y optó por el camino más fácil.

–Vamos a dejar acá. Quiero que pienses en lo que hablamos.

Su paciente lo miró incrédulo pero obedeció, como era lógico no tenía la suficiente fuerza para decir lo que le parecía y plantarse ante la situación. Saludó y se fue hacia la puerta, acompañado por el psicoanalista.

Federico no lograba entender qué le pasaba, cómo después de tantos años de profesión llegaba al punto de no saber cómo continuar una conversación, perder las armas para hacerle entender a un paciente las palabras que él mismo dice, verse atrapado en una encrucijada por una simple problemática, tal vez no era la falta de argumentos o de análisis profesional, quizá era que su alma estaba seca, que la pulpa que contenía había desaparecido, que la motivación ya no existía, que su vida no era la que había deseado, que el mandato le cayó de su familia y nunca lo hizo feliz… “Terminá el colegio, elegí una carrera para TODA tu vida, conocé a la mujer que te va a acompañar TODA tu vida, comprá la casa de tus sueños para ver los atardeceres cuando seas un anciano y por último comprá la parcela donde van a ir a llevarte flores que decoran el paisaje pero que tu nariz no podrá oler”. ¿Había construido una vida estable y bien vista sólo porque así se lo imponían? Sacudió su cabeza buscando alejar los pensamientos y se levantó para hacerse una taza de café, pero el siguiente paciente lo regresó a la realidad: su vida de analista, casado, propietario pero infeliz.


Capitulo 1

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La pequeña ciudad estaba erguida, la cálida noche subía su temperatura a medida que los festejos en el centro se hacían más intensos. Celebrando aquel brillante logro deportivo, la multitud cantaba flameando las banderas de la patria. Pensar que cambiaron tanto las cosas, antes los héroes eran formidables guerreros, grandes pensadores, astutos conquistadores, admirables revolucionarios, arriesgados pacifistas, científicos, inventores, hábiles políticos y hoy, son los talentosos deportistas quienes pasan a la inmortalidad. Por unos días la gente se había olvidado de los desmanes políticos, económicos, y sobre todo violentos que agravaban la vida del pueblo. Censuras, muertes, persecuciones, desapariciones, torturas y exilios. Ignorando todo eso, la multitud se perdía en una fiesta, la gente estallaba de alegría pero no todas las generalidades son generales, mientras la gran parte del pueblo festejaba, había un alma que se desgarraba por el dolor. Estela contaba 54 años, con un hijo, y una vida que se le desarmó delante de sus ojos sin que, por lo menos para ella, pudiera evitarlo. Su marido la engañaba y lo descubrió. ¡Después de 30 años juntos! Ése ‘hombre’, ése por el que entregó su vida, mantenía una relación paralela… ¡con su hermana! Como si el sufrimiento por el engaño no fuese suficiente, ¿debía hacerlo con su propia hermana? ¿Con la sangre de su sangre? Las dos personas con las que construyó su vida la habían defraudado. Ni siquiera sabía cuánto hacía que venía siendo así, ¿cuántos años? ¿Uno, dos, tres, diez, veinte?

       Miles de recuerdos comenzaron a pasar delante de sus ojos como una película muda. Las puntas se fueron amarrando entre conjeturas y las conclusiones comenzaron a fluir. Recordó aquella noche con la precisión punzante de su memoria: estaban los tres. Estela, presa del cansancio, se retiró a dormir y ellos se quedaron metidos en una eterna conversación decorada con agradables carcajadas, que ella podía escuchar desde su habitación… ¡Hijo de puta! Delante de sus narices, en su casa… en sus sábanas. Imaginaba a la portadora de su sangre, heredera de pasión, sentada sobre él, moviéndose como el trigal por culpa del viento, meciendo su cadera para poder sentirlo bien, sus enormes pechos (a diferencia de los pequeños pechos de Estela) rebotando al ritmo de su movimiento, y a la vez, con las manos en sus glúteos, él la miraba con fascinación, volviendo a tener esa cara de adolescente desesperado. Conoció cada gesto de Alfredo en el momento de amar, el cerrar de sus párpados, el movimiento de su lengua, el andar de sus dedos en un desierto de piel. De la misma manera conocía el cuerpo de su hermana, lo que le daba un nivel de realidad increíble a su imaginación, tanto que parecían recuerdos… Ya había producido miles de situaciones diferentes, todas las posiciones, todos los gestos, todas las variantes escenográficas, ya no quedaba más por imaginar. De día y de noche, solo podía pensar en la imagen de Alfredo con su hermana. Llegó al punto de imaginarlos desnudos, fumando, estableciendo una melancólica conversación sobre ella. Para agudizar su mal, como a quién la desgracia persigue, su hijo tomó la decisión de irse a vivir con Alfredo, dado que la situación de Estela iba de mal en peor a medida que avanzaba su vida de divorciada.

Había dejado de trabajar hacía muchos años, cuando quedó embarazada de su único descendiente, alentada por el machismo de Alfredo. Aunque no quería dejar su vida profesional de lado, así lo hizo para dedicarse a los quehaceres domésticos y la crianza de su hijo. Ahora, en la mediana edad, se encontraba sin trabajo, sin experiencia, con el corazón, el alma y el orgullo destruidos. ¿Cómo hace una persona de su edad para rehacer su vida después de semejante presente? “Peleando, saliendo adelante”, eso le decía la única persona que quedó a su lado, su amiga de toda la vida: Alicia. La madre de Estela vivía pero no quería darle semejante disgusto, de sólo imaginar la reacción que podía provocarle saber la verdad, se ponía nerviosa. De todos modos los asados familiares de los domingos no iban a cambiar demasiado, Alfredo pasaría a sentarse al lado de su hermana y no más cambios. En los primeros meses, mientras ella buscaba la manera de subsistir, Alfredo la ayudó mandándole plata aprovechando las visitas de su hijo y la dejó quedarse en la casa que compartían. La angustia de todos era muy grande, pero la depresión sólo era de ella. Se pasaba los días tirada en el sofá mirando el techo, desgarrándose con las situaciones que ella misma creaba, ¡todo parecía tan real! Ése era el verdadero problema, las alucinaciones. Seguramente más de la mitad de esas historias no habían pasado más que en su cabeza, pero a ella, el solo hecho de recrearlas la atormentaba. Pasó la estación de las flores sin salir de su casa, descuidada y mantenida por Alfredo. Alicia no soportaba verla así y decidió  ayudarla. Tenía un pequeño garaje en la entrada de su casa, que estaba completamente vacío desde que su marido falleció. Si bien ella estaba muy bien con la pensión que cobraba, decidió emprender un proyecto para que ambas pudieran mejorar, no económicamente sino afectivamente, que regresen un poco a esos años cuando eran felices, cuando iban a comer los cuatro, y al teatro, y al cine, y se producían para que cualquier hombre que las mirase deseara tocarlas. ¡Qué lejos estaban esos tiempos! Atrás quedaron olvidados en la urna de Alicia y en las sábanas de Estela. El pequeño comercio no sería más que aprovechar las cualidades culinarias que ambas acumularon a lo largo de su vida como mujeres de sus hombres. Por las noches, el momento en que la tristeza cumple su horario de trabajo, estarían ocupadas en el negocio y sobre todo acompañadas una por la otra. Pensó en cambiar el portón oxidado del garaje por un ventanal, pintarlo de bordó oscuro, decorarlo con numerosas imágenes de actores, cantantes y afiches de aquellos años, poner sólo dos mesas –por la falta de lugar– y vender la comida más sabrosa de la pequeña ciudad. Hasta fantaseó con darle a Estela la habitación que alguna vez fue de su hijo y vivir juntas. Entonces una tarde, fue corriendo contenta  a buscarla para contarle su idea. Un viento fuerte viajaba desde las orillas del río hacía el interior de las calles, por lo que se tapó con una bufanda que le cubrió la mitad de la cara y se lanzó, sin pensarlo dos veces, contra la pared para luchar contra el viento. Caminó las pocas cuadras que separaban su casa del departamento de Estela. Al llegar tocó el timbre pero nadie contestó. Volvió a insistir pero tampoco. Se comenzó a preocupar pensando lo peor, Estela estaba muy deprimida por esos días. Le tocó el timbre al encargado del edificio y le preguntó por ella; el hombre salió con el bigote intacto, en el mismo lugar desde hace ya muchísimos años y le comentó que Estela había salido hacía un rato, lo que le tranquilizó la espera. No mucho después, llegó con las bolsas del supermercado y al ver a Alicia se contentó, se saludaron sin decir demasiado y subieron al departamento.  Como en los viejos tiempos, Estela sirvió un aperitivo y se sentaron en los sillones del comedor a conversar.

–Te veo mejor –Alicia inició.

–Parece que hay días buenos y otros no tanto en esto de olvidar a un amor.

–Yo tengo más de los malos igual, la muerte me lo arrebató.

–Sí, justo hace un rato pensaba en la diferencia… ¡yo lo quiero matar! –acompañó las palabras con una mueca y al terminar se echó a reír.

–Siempre con ese humor tan inocente…

Alicia conocía el humor de Estela, solía jugar con las desgracias, propias y ajenas. Esas cosas ya no le molestaban.

–Te escucho… ¿Qué es eso que se te ocurrió?

–Pensando en cómo hacer para que las dos estemos mejor, se me ocurrió algo… –hizo una pausa como para tomar fuerzas y continuó– ¿Viste el garaje de mi casa?

Estela afirmó moviendo la cabeza, sin decir nada.

Alicia se inclinó para delante frotándose las manos, mostrando nerviosismo, tomó aire y continuó:

–Bueno, estaba pensando en poner un negocio de comidas entre las dos, nada muy grande, simplemente comidas por las noches, nosotras cocinamos y atendemos. Pensando y dando vueltas también creí que podías venirte a vivir a casa, tengo un cuarto libre y estamos las dos solas… ¿Qué te parece?

–Me gusta la idea, necesito trabajar y qué mejor que con vos, pero… ¿Creés que vamos a venderle milanesas a alguien?

Se echaron a reír juntas y luego Alicia contestó.

–Obvio querida, estoy segura de que sí.

La conversación siguió un largo rato y comenzaron a hablar sobre el proyecto, inconscientemente el humor de las dos cambió: un sueño se había metido entre sus palabras y ahora sonaban un poco mejor.

        Los tiempos fueron mejorando poco a poco, el viento ya no soplaba desde el río y la estación de las flores le fue dando lugar a la de las tardes en la orilla. Las dos mujeres andaban juntas para todos lados, comprando las cosas necesarias para abrir el local: pintura, utensilios de cocina, vajilla, cuadros, etc.… Sus caras tenían un brillo que hacía demasiado que no lucían. De a poco cada día, Estela fue sacando las cosas de su casa y llevándolas a la de Alicia. Se sentían como dos chicas adolescentes que se van juntas de la casa de sus padres.  El día de la apertura se acercaba y los nervios crecían,  pero ellas se sentían muy bien. Como en todo clima hermoso, apareció una tormenta para opacar al sol. Una tarde, Estela caminaba sola por la costanera, yendo a la sesión de psicología y ahí los vio. En un banco, riendo como dos jóvenes enamorados estaban Alfredo y su hermana, disfrutando del amor que debían tener contenido desde hacía muchos años. Ahora caminaban libres, disfrutaban. Estela sintió una fuerza malvada desde el estómago, por un segundo pensó en ir e interrumpir el momento de felicidad recordándoles que la destruyeron pero recapacitó, se sentó en el primer banco que encontró y se largó a llorar. Desconsolada y sin nada que la hiciera sentir un poco mejor, quedó expuesta frente a todo el mundo. ¿Cómo puede destrozarse tan fácil la vida de una mujer? ¿Acaso Alfredo no tenía derecho a buscar su bienestar? Todo giraba en su cabeza y el dolor era indescriptible. De un lado de la costanera, la luz del sol florecía, llena de amor y de proyectos, de sueños y de entusiasmo, del otro, la oscuridad crecía, el dolor gobernaba y las entrañas se pudrían con el soplar del viento. Cada segundo se tornaba determinante, la decisión de Estela de quedarse en un costado se veía flaqueada por el empujón que le salía desde el pecho, el impulso que hace fuerza desde adentro hasta volverse incontenible. Tomó aire, cerró los ojos y se levantó encarando hacía los enamorados. La vida le jugó su carta y los tortolitos, sin saber el final, eligieron volver y tomar el camino que los llevaba al banco que Estela estaba abandonando. La vieron, pero fingieron no hacerlo e intentaron seguir caminando. Su propia hermana, la persona con la que compartió toda su infancia, y el hombre que más amó en su vida, estaban ignorándola. No lo aguantó más y les gritó… A ellos no les quedó más remedio que atender al llamado de Estela y le devolvieron una mirada pero sin hacer ningún sonido. Los ojos de Estela se llenaron de terror y violencia mientras que, los de la pareja, deslumbraban una mezcla de vergüenza y temor. No hubo palabras por algunos segundos, el viento pasaba tenso sobre los rostros paralizados y el sol dejaba poco a poco de brillar, ya nada importaba y el silencio continuaba, cada instante hacía de la situación un horror, nadie quería mover ni una pestaña por temor a sufrir una reacción. Estela estaba cegada por el odio, nunca había sentido tal cosa. La pareja, en cambio, se agarraba fuerte de la mano y tenían miedo de sufrir una agresión despechada… La mente de Alfredo comenzó a trabajar sacando del archivo una sucesión de recuerdos felices junto a Estela pero, rápidamente, llegaron las incontables veces que la engañó con su hermana. La gente que paseaba por la costanera lo hacía sin reparar en esta situación, nadie se percató de lo grave que podía ser el desenlace de este horrendo encuentro, sólo eran tres personas paradas sin decir nada. Cuando Alfredo estaba pensando en retirarse, llegó Alicia e irrumpió gritando el nombre de su amiga: el llamado tuvo un efecto de despertador y rápidamente los tres reaccionaron.  La mirada penetrante de Alicia se clavó en los ojos de Alfredo y él, sin decir nada, mirándola fijo, tomó el brazo de su amada y se retiró. La única palabra que se escuchó en toda la escena fue el grito de Alicia que cortó el viento.

       Como pudo, Alicia agarró a su amiga y la arrastró hacia su casa. Caminaron envueltas en un profundo silencio desgarrador. Al llegar, Estela se dejó caer como una bolsa de arena. Pasó la noche llorando desconsoladamente, sus ojos fueron testigos de la traición, de la felicidad que envolvía el aire de la pareja. Los gritos molestaron a la pobre Alicia que, preocupada por su amiga, tampoco pudo dormir. Pasaron varios días en los que Estela no se movió del sillón, la televisión fue su única compañía, parecía evadir todo tipo de contacto con la realidad. A veces, cuando en la pantalla aparecía algo que la llevaba hacia los recuerdos del pasado, parecía caer en la cuenta de lo que estaba pasando pero inmediatamente, volvía a envolverse en su fantasía. Alicia, mientras tanto, continuaba con los preparativos para la apertura de la casa de comidas creyendo que era una crisis momentánea y que rápidamente se levantaría. Compró las cortinas que le faltaban, alguna que otra vajilla y demás pequeñeces, contenta por la pronta inauguración. Por otra parte, el hijo de Estela llegó para visitar a su madre pero la encontró tirada en la misma posición de la última vez que la vio, ya había pasado una semana del encuentro con Alfredo.

       La oficina tenía el mismo ritmo rutinario de siempre: los escritorios enfrentados, el ambiente viciado, relojes torturadores y mentes volando por doquier tratando de evadirse de la realidad laboral. El momento de la empresa no era el mejor, las ventas de linternas caía estrepitosamente por el ingreso indiscriminado de productos extranjeros a un costo casi irrisorio. Sentado en su escritorio, sin mucho para hacer, pensaba en todo lo que le estaba sucediendo. Por primera vez comenzó a dudar de su decisión aunque no podía diferenciar del todo si se trataba de culpa, pena o, simplemente, lástima. En el medio de todo ese nudo de pensamientos, sonó el teléfono que, con el sonido, lo asustó. Levantó el tubo y contestó con desgano. Era el gerente general que le pedía por favor que se dirigiese a su oficina. En el momento en que cortó, se dio cuenta instantáneamente de lo que sucedía. Debido a la importación indiscriminada las ventas cayeron, y la maquinaria –que se instalaba todos los días– disminuía a la mitad la necesidad de empleados. La cuenta era fácil y el resultado evidente: despidos masivos. Caminó lentísimo los pasos que separaban su escritorio de la oficina del jefe, como tratando de detener el tiempo en los pasos y que nunca llegue el momento de golpear la puerta, pero eso es imposible. Parado delante de la puerta, tomó aire, cerró los ojos, intentó detener su corazón –que daba vuelcos incontrolables– y golpeó la puerta pero no tuvo respuesta. Dudó en insistir o no, pero cuando se decidió a hacerlo, una voz le ordenó que ingresara. Al cruzar el umbral y levantar la vista, se llevó una sorpresa: el gerente no estaba solo, también se encontraban el dueño y el jefe de su sector. Otra mala señal, era obvio lo que le iba a suceder. Con un gesto amable pero imperativo, el gerente le indicó que se sentara y comenzó a hablar.

–¿Cómo le va, Alfredo? Escuché por ahí que está teniendo problemas en su vida personal.

La pregunta lo descolocó, no esperaba tal preocupación por su pobre vida.

–No sé dónde lo escuchó, algo de cierto hay, pero no es para preocuparse –intentó contestar ocultando el tono débil de su voz.

El dueño miró al gerente y se estiró en el asiento retorciéndose, luego tomó la palabra.

–Verá Alberto, como usted sabrá…

–Alfredo –lo corrigió el jefe del sector con el tono muy suave.

–Perdón, Alfredo, sepa disculpar, estamos muy atareados… –Hizo una pausa y continuó–  Como usted sabrá, estamos atravesando problemas en la empresa y por consecuencia, reduciendo el personal… Usted, Alberto –Alfredo asumió que el dueño no sabía su nombre y, esta vez, nadie lo interrumpió– es uno de los empleados que más años lleva dentro de nuestra fábrica, ha estado en todos los sectores y  conoce, como a su mano, cada rincón de nuestro edificio. Por otro lado, sabemos que está atravesando un duro momento y no nos gustaría dejar sin ayuda a uno de nuestros empleados más antiguos. Dada esta situación, tenemos para ofrecerle dos alternativas: la primera debe ser la que está pensando, le daremos una buena suma en concepto de indemnización. ¿Le gusta la pesca, Alberto?

Las manos le transpiraban, miles de reacciones se le cruzaron en un segundo y la más viable que encontró era mandarlo a la puerta del vientre del que salió… siempre detestó ese tono bastante irónico y sobrador del dueño. Tomó aire, contó hasta cinco, y cuando empezó a responder, lo interrumpió la secretaria gerencial, que entró sin golpear.

–¿Café, señor?

El dueño miró a los dos empelados de alto rango que tenía a sus lados, éstos asintieron y respondió que trajera tres. Alfredo se sintió una vez más menospreciado, al parecer un fantasma que no toma café. Volvió a respirar hondo, tomó fuerzas y continuó:

–Sí, suelo ir a pescar… ¿Por qué lo pregunta?

–Con la plata que le daremos se puede poner una casa de artículos para pesca y camping… de esa manera vivirá tranquilo… –giró buscando los ojos de los demás secuaces tratando de encontrar complicidad y esbozó una enorme sonrisa– Yo sería su cliente… me encanta la pesca.

–Yo también –agregó el jefe del sector, riendo y tratando de complacer al dueño.

–A mí no me gusta la pesca pero si alguien me pregunta de un local, lo mandaré al suyo –disparó el gerente con total sinceridad.

Alfredo se mantuvo callado, no dio respuesta alguna y sólo podía pensar en qué haría un hombre de su edad sin trabajo. Bajó la vista y prolongó el silencio.

–…pero le dije que tengo dos alternativas, no se ponga así… la segunda es que siga ligado a la empresa. Estamos por abrir una nueva sucursal en la capital y pensamos que sea jefe de sector. Acá ya no tiene lugar, pero allá estará a cargo del sector de capacitación donde le explicará a los nuevos empleados de qué se trata la empresa y creemos que su experiencia es vital… ¿Qué opina?

–¿A la capital, dijo? ¿Me tengo que mudar a la capital? ¿Y mi familia?

–Ésas son las preguntas que se tiene que responder usted –el gerente tomó la palabra–. Así está el panorama, dejaremos que lo piense hasta mañana. Esperamos que tome la mejor decisión para usted, Alfredo.

Asintió con la cabeza, notando que el gerente conocía su nombre pero tampoco le ofrecía café. Se levantó sin decir nada y, con los ojos llenos de lágrimas, salió antes de que lo vieran desgarrarse ahí mismo. Las manos le temblaban sin piedad y la cara se le pintaba, lentamente, de un blanco extremo. No pudo concentrarse en lo que le restaba de trabajo, los pensamientos rebotaban en la cabeza sin encontrar ningún resultado. ¿Qué hace un hombre a su edad sin trabajo? En este momento en el que la edad es un insulto, la experiencia no sirve y sólo se buscan universitarios a muy bajo costo.

       Volvió manejando ido de la realidad, pensando a cada metro qué debía hacer, cómo seguir con su vida. Por un lado su hijo, la razón de su vida, por otro el amor, justo en este momento que renace y todo se llena de colores. Era muy tentadora la propuesta de ir a la capital pero, ¿cómo alejarse de sus afectos? Tenía todo acordado para cenar con su nuevo amor. En un momento pensó en cancelarlo, pero inmediatamente se dio cuenta de que podía ser una buena manera de escapar y pedir consejos. Abrió la puerta de su casa, disfrutó de la soledad y el silencio, se descalzó y comenzó con los preparativos de la cena. Tenía todo listo: como buen hombre precavido y estructurado, el día anterior compró el pollo deshuesado, las papas, la mostaza, el vino y la decoración. En ésta ocasión, le servía como escape.

       El timbrazo lo encontró con casi todo listo para recibirla. Se miró un segundo en el espejo antes de ir a abrir y se vio viejo, lleno de canas, triste y preocupado… pensó que nunca podría conseguir otro empleo, sacudió la cabeza como diciéndose que no y se apresuró para recibir a Adriana. Al abrir la puerta y verla ahí parada se entusiasmó: era hermosa y exuberante, los años no parecían ganarle la pelea, delicada y arreglada, pintada y perfumada, se le tiró encima y lo besó profundamente. Ella siempre quiso a Alfredo y maldijo por mucho tiempo el momento en que se lo presentó a su hermana sin imaginarse semejante desenlace. Entraron a la casa, y Alfredo le confesó a Adriana que tenía muchas ganas de agasajarla esa noche, pero ella notó en su cara un dejo de tristeza que se permitió ignorar por el momento y le sonrió dulcemente mientras se sentaba en el sillón. Mostrando las largas piernas que llevaba al descubierto, las cruzó y se inclinó para adelante para dejar salir todo su encanto, como es de esperar, una mujer sabe cómo seducir a un hombre. Alfredo por un segundo olvidó todo lo malo y se distrajo en el cuerpo de ésa hermosa mujer que tenía para él en su sillón, fue a la cocina y volvió con un vino, dos copas y una excelente picada. Mientras hablaban, Adriana notó nuevamente que algo no estaba bien, aunque lo intentara disimular, la cara de Alfredo no podía ocultar su preocupación, y ella no iba a dejarlo pasar otra vez.

–¿Qué te pasa, Alfredo? Te noto extraño.

–Nada, sólo es cansancio, fue un día agotador en el trabajo.

–No te creo, Alfredo. Extrañás a Estela, ¿verdad?

La idea de que Alfredo seguía amando a Estela era un martirio para Adriana, que vivió a la sombra de ese amor durante muchos años. Las marcas del amor nunca se borran. La pregunta lo incomodó y se reacomodó en el sillón, sintió que la transpiración le bajaba por la espalda pero intentó controlarla.

–No, no tiene nada que ver con ella, es en el trabajo.

Adriana se comenzó a impacientar.

–Por favor Alfredo, parecés un chico… hacela corta y contame, sabés que no te voy a dejar de preguntar y vamos a terminar discutiendo.

Vencido por el poder de Adriana, Alfredo se rindió y comenzó a hablar.

–Tuve una reunión con el dueño de la empresa y me dijo que no tenía más lugar.

Mientras hablaba bajó la vista sintiéndose menospreciado y humillado.

–¿Te echaron?.

Preguntó Adriana sin pensar en la contención.

–No del todo, me dieron dos posibilidades, tengo que elegir en ir a ocupar un puesto en la nueva sucursal de la capital o irme con una indemnización que me permita poner un negocio o algo para vivir.

El silencio apareció de repente, ninguno sabía bien qué decir, a Adriana la asaltó un sentimiento incontrolable, pensó por un segundo en tener que separarse de Alfredo con todo lo que había esperado para estar con él, después de todas las noches que lloró porque dormía con su hermana, después de todas las reuniones en que notaba cómo él la miraba pero no podía hacer nada, después de que pasaran por su vida una decena de hombres que no duraban por el amor oculto que ella tenía por Alfredo, pero mientras se miraban sin decir nada, pensó que era una excelente oportunidad para alejarlo de Estela y entonces apuntó y, con voz dulce, lanzó su flecha.

–Yo me voy con vos.

Mientras terminaba de decir la frase, se acercó para besarlo y abrazarlo, luego continuó:

–Me voy con vos, es una oportunidad importante para tu vida laboral y tu hijo ya está grande, Estela está por abrir su negocio y tampoco te necesita acá, yo me instalo fácilmente, una abogada en la capital se tiene que necesitar.

Las palabras de Adriana desconcertaron a Alfredo, nunca se hubiese imaginado semejante reacción y sobre todo, semejante decisión.

–Me parece que no es una decisión para tomar a la ligera.

–No es a la ligera, Alfredo, yo te amo y te esperé muchos años, ahora no te voy a perder, somos gente grande y no necesitamos un futuro, tenemos el presente y eso es lo que me motiva a vivir, quizá si te dejo ir, ya nunca voy a enamorarme y me pase la vida arrepintiéndome. Si voy con vos y no funciona, te mando a la mierda y me vuelvo, pero no me arrepiento.

Alfredo trató de digerir bien las palabras de Adriana y se tomó el tiempo necesario para comprenderlas del todo.

–Me parece que es apresurado…

–¿Cuándo tenés que contestar?.

–Mañana.

–¿Y decís que es apresurado? ¡Tenés que tomar la decisión ahora!

–Lo sé. Me gustaría hablarlo con mi hijo.

–Eso me parece bien, Alfredo. Sabés mi posición y mi decisión al respecto, lo dejo en tus manos, pero yo no quiero separarme de vos, si te quedás acá y te ponés un negocio, estoy con vos, si te vas a la capital, también. Ahora servime más vino.

Alfredo sonrió orgulloso de tener a alguien que lo quiera tanto y no dude ni un segundo en sus convicciones. Se levantó y llevó otro vino. Mientras cenaban, imaginaron cómo sería su nueva vida.

       A medida que corrían los días, la pena de Estela se hacía mucho menos dañina y violenta, tal vez sea la costumbre de sentirse así, o realmente ya no era tal el sufrimiento. Las mañanas, llenas de ilusión por la pronta inauguración, pasaban rápido entre tareas y compras. La noticia sobre el viaje de Alfredo, como era de esperar, le llegó en una de esas hermosas mañanas que compartía con Alicia. La puerta sonó de improviso mientras estaban diseñando los combos que prepararían para los menús, una gran idea de Alicia que consistía en mezclar productos que poco tuvieran que ver entre sí para inventar combos, a veces ingeniosos, y otras no tanto… No esperaban visitas, menos por la mañana. Ambas se sorprendieron y se miraron tratando de decidir quién se levantaba para abrir. Finalmente Alicia, que todavía no podía salir del rol de dueña, tomó la iniciativa y se dirigió a la puerta. Juan Cruz, el hijo mayor de Estela, apareció después de que Alicia abriera la puerta.

–¡Hola, Juan! ¿Cómo andás? –fue lo primero que le salió de la boca a Alicia tratando de ocultar la sorpresa.

–Bien, ¿vos? –preguntó por mero compromiso.

–Bien, ultimando detalles, ya estamos casi listas.

–¡Qué bueno! Me alegro. ¿Mi mamá? –dijo, con la intención de cortar la conversación.

–En la cocina, pasá –pronunció sin mover demasiado los labios y haciendo un gesto para que pase.

       Juan Cruz no podía controlar lo que llevaba dentro, siempre que las personas le mostraban algún tipo de afecto contestaba con palabras tan frías que asustaban, tan lejanas de sentimientos que no se podía entender cómo una persona no poseía ningún tipo de matiz sentimental. Sus ojos eran profundos y oscuros, se veía un pantano al final de sus pupilas, sólo quería estar encerrado en sus fantasías y gobernar un mundo que no estaba preparado para sus ideas, un mundo que él fantaseaba desde chico, donde la gente podía prescindir de dinero, de artefactos, que se juntaba en la plaza a bailar viejas canciones de flautas dulces y tambores, donde todos celebraban el triunfo de los soldados locales sobre los invasores imperiales, donde la tierra les daba todo lo que necesitaban, donde las casas no eran más que un lugar para acobijarse del frío o de la lluvia y donde se viviera afuera, en el campo, en la montaña o en el bosque, pero no encerrado en un mundo de cemento y hormigón hasta ver todo un sueño frustrado e imposible de generar. Aquella ilusión lo hundía en una profunda decepción que generaba no tener sentimientos para con la gente que aceptaba vivir en ese mundo horrible y gris de las ciudades. Ir a visitar a su madre recién separada y deprimida para contarle que su padre, quien la dejó por su hermana, se iba a vivir a la capital y que no sólo él lo acompañaría, sino que también su tía, no le generaba satisfacción alguna.

       Juan Cruz caminaba por la vida sintiéndose solo, sintiendo sobre su espalda el sufrimiento de pelear por los sueños y no poder alcanzarlos. ¿Tan difícil era poder prosperar en lo que le apasionaba? Si se trataba de algo como lo que sentía, sin dudas. No era fácil dedicarse a la escritura en un mundo que no leía. Amaba profundamente las historias que cuentan las guerras de viejos imperios, leyendas sin fundamentos en las que vive un héroe entre sus palabras, ecos de antiquísimos pueblos que hoy en día mantienen su voz, almas que viven eternamente en las sensaciones que despiertan. Aunque se oponía a la violencia, la magia del papel la transformaba en asombrosa. Se quedaba pensando por horas en personajes ficticios, asesinatos o epopeyas militares, añoraba profundamente poder escribir para el diario del pueblo y, por qué no, en alguno de los grandes diarios nacionales. Ésta era una oportunidad muy clara para despertar y encarar el gran sueño de su vida. Como si fuera poco, su padre estaría a su lado y no tendría que viajar solo. Esperaba que Estela lo entendiera y lo dejara ir.

       Caminó los pasos que lo separaban de su madre con un nerviosismo inquietante, posiblemente Estela no lo entendería y acabarían discutiendo corriendo cada uno para su lado sin hablarse, como solía suceder la mayoría de las veces que él tomaba una decisión y su madre no estaba de acuerdo; pero debía enfrentarlo y hacerlo, así lo sentía. Por otro lado, nada tenía que ver él con las cosas que hacían o dejaban de hacer sus padres con sus vidas amorosas, en el fondo, Juan Cruz también era hombre y entendía que Alfredo se viera obnubilado por los pechos de Adriana. Finalmente, llegó a la cocina y saludó a su madre que, al escucharlo hablar con Alicia, comenzó a preparar el té para los tres.

–¡Hijo, qué alegría! –dijo mientras abría los brazos para recibirlo–. Pasá que preparé té, sentate.

Juan Cruz, sin emitir palabra alguna y con el corazón saltando loco de los nervios, tomó asiento y aceptó el té de su madre.

–Qué bueno que vengas… ya estaba por ir yo a visitarte, hace mucho que no sé nada de vos.

–Es que estuve ocupado con las cosas de la facultad.

–Claro, me imagino. ¿Y tus compañeritas? –acompañó sus palabras con una mueca burlona–. ¡Sos mío, eh!

La cara de Juan Cruz denotó su incomodidad ante ese tipo de situaciones, odiaba que su madre hiciera esfuerzos para acercarse a él, que haya nacido de su vientre no significaba que tenía que llevarse bien o ser totalmente parecidos. Puso su mejor cara y cambió de tema.

–Venía para saber cómo estabas, si estás mejor…

–¡Sí! Realmente sí, Alicia me ayuda demasiado y el local está a punto de abrirse, tengo muchísimas expectativas sobre nuestro nuevo proyecto y espero que vos me des una mano en la inauguración.

–¿Cuándo sería? –preguntó con un dejo de preocupación sabiendo que había muchas posibilidades de que no pudiera asistir.

–Si todo va como esperamos, la próxima semana.

–Seguro, mamá, ahí estaré.

–Gracias, hijo.

Estela se levantó y le estrechó un abrazo lleno de amor y sinceridad. Dentro de su alma necesitaba que la quieran y la protejan, volver a sentirse importante para alguien, pero también sentirse deseada y admirada, entregar y recibir placer, sin embargo ésa no era la parte que le tocaba a Juan Cruz. Cuando terminó el momento máximo de intimidad, Alicia –que escondida detrás de la puerta, escuchaba sin participar– interrumpió en silencio y se sentó en la mesa. Estela la miró y comenzó a servir el té.

       Juan Cruz no sabía cómo empezar a decir la verdad, un consejo que su madre siempre le dio. “Empezá por el principio”, pero, ¿cuál era el principio? Se mantuvo en silencio tratando de elaborar la frase ideal en su cabeza pero lejos estuvo de lograrlo, hasta que se decidió por dejar de armar y empezar a improvisar, después de todo era lo más natural que podía hacer.

–Má… –dijo con voz tímida e insegura.

Estela se dio vuelta y lo miró con los ojos llenos de incertidumbre pero sin sospechar, en lo más mínimo, lo que Juan Cruz estaba por decirle.

–Yo te quería contar algo, es mejor que te enteres por mí y ahora –comenzó hablando pausado y pensando cada palabra que su boca escupía.

Los ojos de Estela se llenaron de terror, no estaba para seguir recibiendo noticias crueles y desgarradoras a la altura del drama más horrible que haya leído.

–Como sabrás, las cosas no andan bien en la economía del país, las importaciones están destruyendo la industria y las fábricas cierran dejando mucha gente en la calle, esto…

–¿Me vas a dar una lección de economía? ¿Querés decir que nos va a ir mal?

Luego de terminar de hablar, giró la vista hacia Alicia, que miraba y escuchaba expectante pero sin ninguna intención de participar. Juan Cruz se puso muy nervioso pero se dijo a sí mismo que debía continuar. Contó hasta tres y así lo hizo.

–No, sólo te quiero decir que la empresa en la que trabaja papá fabrica insumos y que los que vienen del oriente son mucho más económicos, no hay posibilidades de competir, echaron a mucha gente.

Estela comenzó a entender por dónde venía el asunto. “Alfredo no soportaría un despido o una jubilación temprana”, pensó mientras se mantenía en silencio, para que Juan Cruz terminara con tanto misterio. Hizo una seña para que continuara.

–A papá le dieron dos opciones: una, la que estás imaginando, que se vaya y disfrute de su indemnización mientras ellos dejan de producir y se dedican a importar. La segunda, la más complicada y la que de hecho eligió, es que se vaya a la nueva sucursal de la capital para tener un puesto en el Departamento de capacitación Técnica.

       La presión –o algo parecido– atacó como la tormenta más feroz en altamar al pecho de Estela, por un segundo volvió a sentir todo eso que le pasó cuando se enteró que Alfredo y Adriana eran amantes. Esos momentos horribles en los que, entre llantos y gritos, odio y desamor, armó el bolso para desaparecer, ésa sensación encontrada de querer matarlo y el miedo a no verlo nunca más. No sabía si alegrarse o enojarse, si no hacer nada o ir corriendo a buscarlo, pero empezó por respirar profundo, cerrar los ojos, controlar el pecho –que hacía lo posible para explotar– y mentir con la mejor ‘cara de nada’ que pudo poner:

–Me parece bien, es un gran paso para él.

Se levantó y se dirigió a la alacena en medio de una guerra interna: el odio, el llanto y  el dolor, que querían salir; y la vergüenza, la razón y la autoestima que buscaban evitar la caída definitiva de Estela en lo más profundo de la nada. Agarró un frasco con galletas que ella había hecho esa misma tarde y las trajo a la mesa con una sonrisa, mientras se daba cuenta de que ahí no terminaba, de que Juan Cruz tenía más para decir.

–¿Dónde vas a vivir vos? –la pregunta salió como la flecha más filosa de toda Roma.

–Me voy a ir con papá, quiero comenzar a escribir en algún diario, vos sabés lo que eso…

El llanto de Estela no lo dejó terminar, se desgarró sin ningún rastro de vergüenza mientras Alicia, que observaba la situación como una espectadora, la abrazó tan fuerte que se notaba lo mucho que sufría cuando su amiga lo hacía. Por su lado, Juan Cruz bajó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas –que luchaba por contener–, pero en ningún momento le salió abrazar a su madre.

Entre llantos, Estela logró preguntar:

–¿Cuándo te vas?

Juan Cruz levantó la vista y la miró a los ojos. Había tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta oscuridad que no se animó a decir la verdad:

–La próxima semana, estaré aquí para la inauguración y volveré cada…

–Shhh –dijo Estela mientras le ponía un dedo en los labios–, no digas nada.

Luego de un rato, el ánimo se renovó y pudieron hablar más tranquilos. Estela preparó uno de los platos que iban a vender para que Juan Cruz lo probara y luego de un rato, Alicia y Estela sólo se tenían una a la otra.

 

      El sol todavía no asomaba, pero Alfredo ya estaba despierto con los ojos abiertos y el cerebro funcionando; no podía dejar de pensar en la situación que de un momento a otro se presentó frente a él, una encrucijada de tan difícil solución. ¿Estaba bien que se fuera? ¿Y Estela? ¿Y Juan Cruz? ¿Y Adriana? ¿Cómo reaccionarían ante una repentina convivencia? Como le suele pasar a todos los hombres de éste planeta, encontró más preguntas que respuestas y solo el tiempo las contestará. A veces nos encontramos frente a diferentes caminos, y sin mucho tiempo, ni ninguna certeza, tenemos que accionar y tomar una decisión –acertada o no, no lo sabemos, pero debemos hacerlo–. Esta era la situación en la que se encontraba Alfredo. Sin demasiado entusiasmo y bastante tarde, debía rehacer su vida por completo: un nuevo amor, una nueva ciudad, un nuevo trabajo. No estaba convencido de querer afrontar semejante cambio, pero no le quedaban opciones. Encima Juan Cruz insistía en viajar con él, así que la presión era mayor. ¿Qué pensaría Juan Cruz de su convivencia con su tía? No puede ocupar el lugar de Estela, pero tampoco va a ser solo su tía compartiendo la misma casa y acostándose todos los días con su padre. Con tantos pensamientos y tan pocas respuestas era imposible dormir. Luego de hacer el amor con Adriana como si ninguna de todas esas preocupaciones existiera, se quedó mirando el techo sin siquiera pestañar: si alguien lo hubiese visto en ése momento, dudaría de que ése cuerpo tuviera vida, pero la tenía y ¡de qué manera! Cada tanto miraba el reloj para sacar la cuenta de las horas que le quedaban antes de tener que ir a encarar al dueño y comunicarle su decisión, Adriana dormía desnuda como si nada pasara, un torbellino atacaba cada milímetro de su cerebro y no lo dejaba pensar en otra cosa. ¿Así se había imaginado su vejez? ¡No! Claro que no. ¿Quién podía imaginar semejante decepción? Alfredo soñaba con poder envejecer viendo a sus nietos jugar al fútbol y escuchar sus historias llenas de hazañas y gloria, logros y esperanzas. Descansar bajo la sombra de un ombú mientras Juan Cruz le trae un vaso de vino para que la espera del asado sea más amena, mentiría si no dijera que la imaginaba a Estela caminando con sus nietos por el enorme jardín al pie de la sierra, pero ése recuerdo prefirió reprimirlo e instantáneamente regresó a la realidad. Despierto, mirando el techo, preocupado, sin jardín, con Adriana desnuda y a horas de tomar una de las decisiones más importantes de su vida: mudarse, tal vez para siempre, a la capital. Como el tiempo pasa rápido cuando uno piensa solo y en silencio, se hizo la hora de tener que encarar la situación. Adriana despierta, el café, la sonrisa forzada, Juan Cruz desayunando, el baño, el tren, la ciudad, etc…  De repente se encontró golpeando nuevamente la puerta de la oficina del gerente general aunque ésta vez era para comunicar su decisión. La voz del superior dio la orden de que pase. Entró con un paso totalmente inseguro y nervioso, otra vez estaba acompañado del dueño y el jefe de sector. Caras que en solitario lo ponían nervioso, potenciadas por la compañía de las demás causando un efecto aterrador. Trató de tragar saliva e ignorar la sonrisa con la boca abierta de par en par del gerente, que parecía disfrutar de éste tipo de situaciones tanto como un perro con hambre disfruta de un pedazo de carne, con la misma expresión en los ojos. Se sintió inhibido y luego de saludar se sentó en silencio y respiró profundo. El dueño tomó la palabra.

–Buenos días, Alberto.

“Este hijo de puta todavía no se aprendió mi nombre” pensó Alfredo, pero no se atrevió a decir nada.

–Bien. Gracias.

El jefe de sector se dio cuenta de la situación, lo miró a Alfredo con una mirada cómplice, pero tampoco dijo nada.

–¿Nos tiene novedades? –apuró el gerente sin borrar la sonrisa sobradora.

–Estuve pensando y la primera conclusión a la que llegué es que no me gusta la pesca.

El tono de Alfredo fue sumamente irónico y carente de gracia pero el gerente se rió y buscó en sus compañeros complicidad que le devolvieron sólo por compromiso. Luego hizo una seña para que Alfredo continuara.

–Entonces pensé: ¿Qué es lo mejor para mí en éste momento? ¿Jubilarme y disfrutar la vida después de tantos años de trabajo o tener que abandonar mi vida completa para seguir haciendo lo que la empresa quiere? –Alfredo hablaba desde el rencor y todavía no había caído en lo que su boca decía–. Y la respuesta, aunque no lo crea, fue la segunda. Así es, voy a seguir regalando mi vida a la empresa, pero espero que me lo puedan reconocer.

La sonrisa del gerente se borró de un plumazo mientras el dueño miraba atónito y el jefe de sector intentaba hacerse el distraído para no tener que intervenir, los dos más poderosos se miraron y no supieron cómo continuar, pero sin perder tiempo, el dueño reaccionó.

–Querido Alberto… –dijo mientras abría las manos en forma irónica– ¿Realmente creé eso? –cuando terminó la pregunta se apoyó sobre sus codos, inclinándose hacia delante con la mirada fija en los ojos de Alfredo.

Fue en ése momento cuando Alfredo se dio cuenta de lo que acababa de decir, un fuerte calor le subió desde el pecho y se extendió por toda su cara al tiempo que pensaba cómo salir de ésa situación. Suspiró bajando la vista y contestó.

–Perdón Fuch, no fue mi intención. Es una decisión muy complicada, usted entenderá…

El dueño, el Sr. Fuch, se volvió a reclinar sobre el respaldo del sillón mientras dibujaba una pequeña sonrisa y mantenía la mirada fija en Alfredo.

–Quédese tranquilo Alberto…

–Alfredo –interrumpió el jefe de sector de manera seca.

–Perdón, Alfredo –continuó el Sr. Fuch–. Nosotros sabemos lo difícil que es la situación pero aquí, en mi empresa, estamos convencidos de recompensar a nuestros empleados y tratarlos de la mejor manera y, créame, la capital es hermosa, le va a gustar. Tendrá un puesto mejor que el que tiene acá… un puesto dinámico y donde va a poder desarrollar la creatividad, por el departamento de capacitación pasan todas las ideas que llegan a ésta empresa. La casa se la vamos a dar nosotros, allá tenemos un departamento que suelen usar los empleados que van a trabajar a la capital. Va a estar muy cómodo. Además sé que acá se está separando, le va a venir bien.

Se recostó en el sillón  nuevamente, mientras el silencio dejaba un eco de ironía y poder en el ambiente. Todos tenían claro que Fuch era el que mandaba. Enseguida, mostrando sus anillos se cruzó de brazos y le hizo un gesto de aprobación al jefe de sector para que continúe. Alfredo se sintió muy incómodo y comenzó a transpirar.

–Bueno, Alfredo, estamos contentos de que haya aceptado. En dos días tiene que estar viajando, ya le reservo los pasajes, ¿cuántos van a ser?

La pregunta lo descolocó, lejos de poder responder fácilmente a una pregunta sin complicaciones, se enredó y no estaba seguro de lo que tenía que decir. Se trabó dos veces antes de poder contestar lleno de dudas y miedo.

–Eh… serán tres.

–Perfecto –dijo de modo seco el jefe del sector–. Tendrás los tres entonces, y el hospedaje correspondiente. Estamos seguros de que es lo mejor. Ahora puede ir a su casa para prepararse, no hace falta que se presente acá de nuevo, disfrute éstos días.

La noticia de los días libres, sumada a la sonrisa final del dueño, lo hicieron sentir totalmente culpable por lo que había contestado recién iniciada la conversación. Para terminar de coronar la situación, el gerente, que pasó bastante tiempo sin decir nada, habló.

–Muchas gracias Alfredo. Ha sido siempre un gran empleado y por eso lo elegimos.

Alfredo agradeció bajando la cabeza,  se levantó para caminar  y, sintiendo las miradas en su nuca, se dirigió a la puerta y al abrirla se detuvo, se dio vuelta para volver a hacer el gesto con la cabeza.  Salió con los ojos a punto de estallar y cerró nuevamente.

       El silencio cortante se mantuvo en la oficina por unos segundos, lógicamente, el jefe del sector y el gerente, esperaban a que Fuch lo rompiera pero éste pensaba en silencio y con la mirada perdida. Ambos se miraron buscando complicidad. El jefe, sintió la inmensa necesidad de gritar pero no se atrevió, la contuvo cerrando los ojos. En seguida, el gerente rompió el silencio, que ya se estaba tornando insoportable.

–Sr. Fuch, ¿nos necesita para algo más?

El tono evidenció timidez. Después de un suspiro Fuch contestó.

–¿Te das cuenta de la miserable vida que tiene éste infeliz que se acaba de ir?

La pregunta desubicó totalmente al gerente. Lo tomó de improviso, nunca antes había escuchado hablar así a Fuch. Levantó la vista buscando la reacción del jefe del sector pero estaba mirando fijo a Fuch.

–¿Perdón? –contestó inmediatamente. Por más que ya hubiera entendido, era una estrategia para ganar tiempo y poder responder mejor–.

Fuch reafirmó con un tono firme y contundente.

–Lo que escuchaste. ¿Te das cuenta de la miserable vida que tiene éste infeliz que se acaba de ir?

 Ahora más sorprendido por la actitud de Fuch, no le quedó otra alternativa que contestar.

–No creo que sea así, Sr. Fuch.

–Vamos… no mientas, hablá sin miedo a represalia, saquémonos el papel de encima, olvidemos que estamos en el trabajo y que yo soy el dueño, hablemos con sinceridad. Acá las reglas de la economía cambian y tenemos que abrir una sucursal en la capital. La fábrica ya no nos conviene porque entra demasiado barato el alternativo extranjero, por el cambio que nos favorece. Entonces yo, como dueño de la fábrica, invierto y compramos cuatro conteiners de linternas extranjeras en 20 colores y tamaños diferentes, le agrego un set de destornilladores por menos de la mitad de lo que me saldría fabricarlos; y tardaría dos o tres meses menos en hacerlo, por eso, decido comprarlas y venderlas bajo el nombre de “Artu”. Esto, sin duda, merece una restructuración del personal, necesito menos operarios y más gente con conocimientos en ventas y marketing. Llega el turno de éste infeliz de Alberto, que no sabe nada más que manejar unas máquinas y no lo puedo echar porque le tendría que pagar una fortuna por los años que trabajó en “Artu”, le invento que lo necesito en la nueva sucursal de la capital, esto lo saca del medio acá y allá va a ser útil por sus años de trabajo en la empresa. Mato dos pájaros de un tiro. ¿No te parece?

El gerente escuchaba atónito a Fuch, sin entender bien lo que sucedía. Asintió con la cabeza queriendo mostrar aprobación y dejando que continúe.

–El infeliz acepta y me hace un favor a mí, por ser pobre, pero no sólo pobre de dinero, sino también de alma, porque no se anima a afrontar lo desconocido, no se anima a sacarme la plata y ponerse un almacén o una casa de pesca. ¿Y sabés por qué? Porque tiene alma de empleado, no tiene los huevos suficientes para estar acá sentado, en éste hermoso sillón y tomar decisiones, él tiene que recibir órdenes, para eso está preparado, no puede tener pantalones, por eso hay gente que gobierna y pueblo, por eso hay millonarios y pobres, generales y soldados rasos, líderes y liderados, por eso yo soy el dueño, le doy la orden de dejar a la familia e ir a trabajar a la capital y el infeliz sólo dice que sí.

Tanto el jefe del sector como el gerente estaban totalmente sorprendidos por lo que escuchaban, siempre vieron a Fuch centrado y de pocas palabras, aunque también siempre dejaba en claro la distancia que había entre él y sus empleados.

–Es cierto señor, así es. Por eso se divide así el mundo y no es casualidad –contestó el gerente, alargando el silencio entre palabra y palabra para que parezca mucho más larga la frase y convencer a Fuch.

–Pueden seguir trabajando.

Se cansó de seguir hablando y, como estaba acostumbrado, dio una orden y se la obedecieron. Rápidamente se retiraron casi sin hacer ruidos.

Fuch se levantó y se dirigió a la barra que tenía dentro de la oficina, se sirvió un vaso de whisky, era como el cuarto del día, y contempló por la ventana la fábrica que pronto dejaría de producir casi por completo.

       El centro de la ciudad era lo más cercano al infierno, había gente que corría de un lado a otro sin mirar a su alrededor, otros distraídos miraban las vidrieras, algunos detrás de una ventana contemplaban la vida tomando un café y miles de almas se movían por las angostas calles. En medio de todo ese caos, Alicia y Estela caminaban agarradas del brazo, mirando atentamente las vidrieras de los negocios de equipamiento gastronómico para detectar si les faltaba algo. Iban cargadas con bolsas que contenían diversos tipos de vajillas y utensilios.

–Creo que ya no nos falta nada, ¡hasta los volantes tenemos!

El entusiasmo, por fin, se coló en las palabras de Estela.

–Sí. Estoy contenta, amiga. ¡Nos va a ir re bien!

–¡Estoy segura! Igual me tiene mal lo de Juan Cruz…

–¿Sólo por Juan Cruz o también por Alfredo? –interrogó Alicia, creyendo estar segura de la respuesta.

–Por Juan Cruz, creo que fui clara.

Siempre le costó mucho admitir sus sentimientos. “La persona que se muestra débil es más fácil de vencer. Por más que el dolor  habite todo su cuerpo deberá verse fuerte, de ésa manera tendrá más posibilidades de vencer”, le dijo su padre desde muy chica y le quedó grabado en su mente como si se tratara de una marca a fuego en la piel.  Caminaron en silencio un rato después de ése diálogo. Estela sentía un terrible dolor por la separación con Alfredo, pese a que estuvo mucho tiempo entregada y deprimida, entendió que debía continuar. Luego de varias vueltas por los locales se convencieron de que ya no necesitaban más nada para abrir, sólo restaba comenzar a trabajar y eso es lo que iban a hacer en los siguientes días, la inauguración se acercaba y debían estar totalmente listas. Como buenas anfitrionas tenían todo arreglado. Los invitados iban a ir llegando, ellas tendrían lista la entrada con jamones, quesos, aceitunas, buñuelos, cazuelas de todo tipo y la compañía de un buen vino, luego harían tallarines a la boloñesa (receta que Alicia heredó de su abuela, que a su vez la heredó de su abuela). Por último, el exquisito budín de pan de Estela sería la punta de lanza que terminara de convertir a los amigos en clientes. Pasarían la noche entre conversaciones y sonrisas, para darle un próspero comienzo al emprendimiento.

       Por lo menos en la imaginación de ellas, esto era perfecto. Una noche amena y familiar era lo indicado para comenzar un proyecto de la misma naturaleza. Se relajaron y culminaron la jornada de compras con el ánimo totalmente renovado, como abstraídas del caos que reinaba a su alrededor.

       Al llegar la noche, a Estela la asaltó el dolor nuevamente, sintió todo el peso de la angustia en el momento de acostarse como si estuviera esperando el momento más vulnerable para actuar y hacer estragos en el ánimo. Miraba cómo la televisión combinaba sonidos e imágenes que no tenían ningún sentido, ella no estaba ahí mirando, su mente volaba en un viaje misterioso hacia los más profundos rincones de su dolida cabeza. ¿Quién dice que el amor se aloja en el corazón? El cerebro es más cruel y más sensible al amor. Desde que la seguidilla de golpes comenzó a caer sobre ella su cabeza empeoró ante cada ataque, sufriendo el daño mucho más que el corazón. La vida sin Juan Cruz la llenaba de dudas, ya estaba mucho más cerca de la muerte, que “Juanchi” quisiera jugarse por algo que ama le hizo notar que el tiempo pasó haciendo estragos, el nene ya había crecido y hoy está buscando hacer su vida lejos de su queridísima madre, pero no porque no la quiera, simplemente porque la vida es de él, por más que ella se la haya regalado. Es indescriptible el sentimiento que la atacó; ¿cómo entender que un hijo está lo suficientemente grande para volar y hacer su vida? ¿Cómo explicar que se siente abandonada y despreciada? Por suerte para ella, la vida le traería sorpresas gratas. Vencida por el dolor, se levantó, agarró temblando unas pastillas del cajón y las tomó con un whisky barato que tenía en la mesa de luz. Al rato se quedó dormida sin demasiados problemas. Mientras tanto, alguien –no tan lejos de ella, pero sin conocerla– soñaba con conocer una mujer que le llene la vida de amor y seguridad. Estela era la indicada pero todavía era temprano para que ambos dejaran de sufrir.

       Caminaba por un campo lleno de maíz, hacia cualquier lado que mirara había maíz, la brisa era tan dulce que acariciaba al pasar, el pelo luchaba por liberarse de la cabeza y volar sobre el viento, una sensación extraña pero agradable hacía creer que no existían las preocupaciones. El cielo era tan celeste e inmenso que no parecía verdadero. Estela caminó sonriendo y llena de alegría, a medida que iba pasando, el maíz la rozaba y le generaba una sensación hermosa. “¿Dónde estuvo escondido éste lugar?” pensó, mientras giraba llena de ilusión. De repente una música surgió de la nada y comenzó a bailar, todo era perfecto… Pero de un momento a otro, casi sin notarlo, el cielo se transformó en un gris oscuro, Alfredo pasó corriendo por delante con una mujer de la mano, pero ni se percataron de su presencia. Luego, vio a Juan Cruz parado delante de ella, a unos 30 pasos. Iba vestido con el uniforme militar camuflado, casco y un rifle en la mano. Toda la alegría y despreocupación que sentía desapareció y le cedió su lugar al miedo y al nerviosismo. El primer impulso fue correr hacia Juan Cruz, pero por más que corriera rapidísimo, nunca se acercaba. Le gritó con todas sus fuerzas pero él no reaccionó, desde la distancia se notaba que temblaba como una hoja en las tardes de otoño, la cara sucia de varios días y los mocos se caían de su nariz sin que pareciera importarle. Vencido por el miedo que mostraba, Juan Cruz sacó un cuaderno, se sentó y comenzó a escribir mientras lloraba. Estela se desesperó, respiró profundo, buscando recolectar todas las fuerzas que le quedaban y gritó muchísimo más fuerte que antes pero Juan Cruz seguía absorto en su escritura. Otra vez sin notarlo, el cielo mutó, pero ésta vez a un rojo oscuro que llenaba de terror al más valiente. Un fuerte estruendo sonó, pero Juan Cruz no pareció escucharlo. Sin embargo a Estela la hizo girar inmediatamente. Eran 3 ó 4 aviones de guerra que venían directo hacia ella pero, para su sorpresa, la ignoraron; y cuando pasaban sobre la cabeza de Juan Cruz, dejaron caer varios misiles. Estela volvió a gritar desesperada pero Juan Cruz no la oyó y desapareció en medio del polvo.


El Hospicio de los Alienados (Episodio final)


 

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“El que hace reír a sus compañeros

merece el paraíso.”

 


                 El interno Ernesto Ferraro le pone punto final a su relato, fruto de un sin fin de conversaciones que supe disfrutar a pesar del frío y la melancolía que se respira en un lugar como ése. A sus 87 años, es el paciente que más tiempo lleva internado en el Hospicio de las Mercedes, donde niegan cada palabra de las que él cuenta pese a que hay fuentes que afirman que la noche de los disturbios existió. Poco tiempo después de la fecha en que -según él- sucedió la fuga, se generó un incendio donde se quemaron
varios archivos de los internos entre los que, se supone, estaban los de Iolster y Fausti. Los médicos y las autoridades siguen negando la existencia de éstos dos personajes tan importantes en la historia que nos cuenta Ernesto. El doctor Shuster fue director del hospicio en las fechas que Ferraro nos detalla, pero también él negó lo sucedido. Por parte de la familia de Ernesto, es cierto y comprobado que tuvo dos hijos con una tal Estela, pero se dice que son fruto de las visitas que ésta le proporcionaba, ya que ella también sufre de enfermedades psíquicas. Sus hermanos afirman que su padre no tuvo que ver en la internación de Ernesto, aunque su suicidio es cierto y es tal como nos contó. Por último, en la historia clínica de Ferraro faltan algunas hojas, justamente donde tendría que figurar su muerte y el posterior reingreso, dejando en blanco los años que, supuestamente, estuvo en libertad. Muchos son los interrogantes en éste caso, tanto Ernesto como los directivos del hospicio tienen pruebas a su favor.
La sentencia es personal.