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Músicos entre la realidad y el imaginario colectivo


Publicado para Revista “Vamos por las Tramas” en Noviembre de 2017.

Buenos Aires sigue siendo uno de los enclaves más importantes de América en lo que a cultura se refiere. Todos los días, todas las semanas, todo el año, se pueden encontrar propuestas independientes, de un nivel altísimo, de música, teatro, literatura, cine y cualquier rama o género artístico que sea de interés. Muchos de estos shows que se ofrecen de manera invisible son desarrollados en el exterior por cifras que no se pueden ni imaginar en estas calles. Me pregunto entonces: ¿qué sucedería con nuestra Buenos Aires si el Estado desarrollase políticas claras para defender el trabajo de los que se dedican al espectáculo y al arte? ¿Qué sucedería si se implementaran condiciones básicas de trabajo, obligaciones y derechos claros que tanto los dueños de los escenarios, las productoras, los técnicos y los artistas debieran respetar y cumplir? Sin miedo a equivocarme, puedo imaginar una Buenos Aires exponente del arte en todo el mundo.

Poniendo la lupa en el blues, género que transito desde hace años, la situación no es muy distinta y vengo abordándola en los números anteriores (ver aquí y aquí). Todas las semanas se pueden contar diez shows en diferentes lugares, propuestas internacionales todos los meses, proyectos ambiciosos y músicos argentinos girando por el mundo en todo momento. ¿El Estado? Ausente. ¿Los dueños de los lugares que ofrecen música en vivo? En su mayoría, abusando del Estado ausente. ¿Los músicos? Desorganizados y aceptando las condiciones que el juego propone. ¿El público? En su mayoría desconoce esta situación. Esta mezcla de ingredientes da una ensalada agria que comemos igual para no morir de hambre los que estamos del lado más débil de la mezcla.

Con la experiencia propia como mayor fuente, puedo separar estos recintos habilitados para el desempeño de shows en tres categorías: “humillante”, “el mal mejor” y “digno”. Lo más alocado y apasionante de este mundo es que cada uno tiene seguidores fanáticos y detractores fundamentalistas por igual y las discusiones en torno a esta problemática llevan años de acalorados debates.

Los “humillantes”

Los “humillantes”, entonces, son quienes ven al músico como un ente con el que hacer lucro. Es así como los dueños de los bares humillantes hacen un cambio en el lenguaje y llaman “arreglo” al contrato laboral, “espacio” a sus escenarios y “seguro” al público que compra entradas para ver un espectáculo. Esta nueva terminología no sólo se adhirió a la jerga sino que, también, cambió la perspectiva de la negociación, sacando de eje la condición de trabajador y empleador que existió cuando el ser músico era considerado un oficio y no un hobbie -palabra que no hace más que minimizar las pasiones.

Los “humillantes” suelen ser lugares con escaso poder de convocatoria y creen fervientemente que la gente debe acudir a su establecimiento convocada por el músico únicamente, desconociendo el trabajo de producción, la búsqueda artística, la oferta de buenos productos y sin estrategias ni objetivos claros; seguramente entraron en el negocio sin tener conocimiento de lo que fueron los viejos “cabaret” de la Buenos Aires de los años treinta.

Suelen comenzar la conversación (incluso en algunas ocasiones siendo ellos los que proponen el trato) diciendo: “nosotros les damos el espacio para que toquen, den a conocer su banda y se muestren, el arreglo son 40 entradas de seguro y a partir del número 41 el 70% es para los músicos”. ¿Cómo sería esto en criollo? Muy sencillo: que se necesitan vender 40 entradas para pagar el alquiler de un bar que debería tener su negocio en la venta de su barra; que se ofrece un show en vivo en el que -al no ser considerado en los costos de producción, así como el servicio de mesa o el cocinero-, el artista pasa a ser como la cerveza en lugar de un trabajador más del staff. Y que, como si fuese poco, claro está, a partir de las 40 entradas el lugar también se queda con una tajada.

¿Cómo sobrevive un proyecto musical si necesita vender 100 entradas para poder pagar solamente el traslado de la batería? Todavía no lo descubrí, aunque estos “espacios” siguen sobreviviendo a los años en el mismo lugar aprovechando la situación y la desidia de los aspirantes a músicos profesionales. ¿El Estado? Ausente. La Ley de la Música sigue rebotando y esperando ser tratada con seriedad y si, bien, comenzó a funcionar el INAMU brindando cosas muy positivas como descuentos en pasajes, vales de producción y capacitaciones gratuitas, no existen mínimos establecidos para el jornal de un músico promedio, no existen inspectores que recorran los escenarios para hacer valer derechos que ni siquiera son adquiridos. No existe tampoco un fuerte apoyo de los músicos consagrados para que los trabajadores anónimos puedan tener condiciones aceptables de trabajo y muchos de los mismos músicos desconocidos aceptan contratos de esta índole. El tristemente célebre “Pagar para tocar”.

El “mal mejor”

El “mal mejor”, sin embargo, es el escalón siguiente al que los artistas deben escalar si quieren mantener su proyecto con vida. Estos referentes de los establecimientos son un poco más amables que los anteriores, pero conviven escondidos entre la “estandarización tácita” de los contratos laborales, jugando al límite y sabiendo que las condiciones están dadas para que ellos puedan mantenerse en ese lugar.

Estamos hablando de lugares chicos, con sonido aceptable que ofrecen su lugar con un “arreglo” de producción donde el 70% es para el productor y el 30% es para el dueño del lugar. Este trato fue importado desde el viejo teatro donde tenía coherencia. Los establecimientos se dedican a la producción del espectáculo, tomando riesgos, encargándose de ventas de entradas, de difusión, organización, equipamiento y tienen propuestas en sus carteleras en las que creen y entran las búsquedas artísticas que el lugar busca ofrecer.

Estos representantes del “mal mejor” descansan en ese acuerdo sin tomar lo que se supone para su posición de productores compartidos, no les interesa tener convocatoria propia en su lugar y cuentan cada día con que algún artista llene sus salas y recorra la prensa nombrando su flamante escenario. Lucrando con la venta de su barra y asegurando una parte de los costos de su noche con la entrada, nuevamente convocada por la producción de los músicos y en la que ellos no participan. Para profundizar la ridiculización ofrecen la opción de que el músico trabaje gratis y se pase una gorra para contar con mayor convocatoria, dejando al azar y la buena voluntad del público la única ganancia del trabajador del espectáculo. ¿El Estado? Totalmente ausente, si bien existe la ley 3022 que entrega subsidios a 13 locales para que respeten el trato del 70/30, no determina mediante una clasificación clara que permita saber cuál de esos lugares están aptos para el trato de producción y cuáles deberían tener la condición de productores o simplemente de recintos aptos para shows en vivo, debiendo absorber el costo de tener estos shows.

Espacios “dignos”

Seguimos con nuestra recorrida por los pantanos de la profesión y llegamos así a los “dignos”. Estos necesitan un poco menos de explicación, son aquellos lugares que simplemente entienden que el trabajo del artista tiene que ser remunerado, que la convocatoria es una mezcla del trabajo de ambos, que les interesa la música que se toca en sus escenarios y creen en los trabajos a largo plazo. No siempre la remuneración es la adecuada, pero por lo menos se parte de un puerto con buen clima, con lindo atardecer en el río. ¿El Estado? Nuevamente ausente en la negociación de los valores que los músicos deben cobrar por brindar su espectáculo en estos lugares. Los montos están librados a la buena predisposición de ambas partes. No existen mínimos ni ningún tipo de amparo para la parte más débil del trato. Así, los músicos quedan a la deriva en la pelea de actualización salarial y trabajo digno mientras el sindicato se pelea constantemente por las denuncias de fraude en las únicas dos listas que hay: al ganar una la otra denuncia fraude, al ganar la otra, la primera hace lo mismo. Algún día se van a morder la cola.

Es increíble, entonces, que Buenos Aires sea un enclave importantísimo de la música tanto de habla hispana como del resto de la música. Es casi inverosímil que Argentina sea un semillero interminable de talento, de pelea, de referentes, que artistas de todo el globo busquen venir a tocar a nuestro país aunque signifique perder dinero.  La realidad está más que complicada, pero la pelea está viva en la calle, muchas movidas independientes y autogestionadas pelean en primera línea incansablemente mientras el festival del marketing vende sus tickets al valor de tres días de trabajo de un empleado promedio con un año de anticipo, sin siquiera decir qué bandas van a tocar; apoyados en la figura de los bancos, la manija de los medios de difusión y las marcas de cerveza instalan los proyectos que ellos quieren instalar mientras ofrecen espacios a la marchanta y, claro está, sin remuneración para los aspirantes anónimos.

A la par, festivales importantes pretenden -bajo cuerda- que los músicos viajen 2000 kilómetros para tocar sólo por un cuarto del pasaje en micro; productores ofrecen a músicos locales y de reconocida experiencia acompañar a músicos internacionales consagrados por el valor del taxi de ida, sin importar cómo vuelven esos músicos a su casa; un bar en Palermo tiene un show internacional totalmente colmado de gente un martes a la noche y le dice a los músicos que no les puede pagar porque el barman le cobra el mismo salario que él pensaba destinar a cinco músicos, un sonidista y tres audiovisuales (grupo de trabajo de los músicos); un bar en Almagro, luego de una mala noche, le pide $200 a los músicos para pagar el sonidista contratado por el lugar; también hay muchos músicos que aceptan tratos que dan hasta arcadas, con tal de ver sus nombres colgados en un cartel. Y parece ser más fácil estar agazapado esperando que la planta del colega dé frutos para arrebatarla, en lugar de generar su propia cosecha. Eso sí, cuando bajan del escenario siempre hay alguien para decir “te felicito por lo que hacés”, sin saber si quiera los pormenores de permanecer, sin duda alguna, a una de las profesiones más abandonadas y más alabadas de igual manera; los entretelones no se ven y uno termina compensando lo cruel y cínico de las trastiendas agradeciendo que, por lo menos, uno logra sobrevivir dedicando su vida a lo que ama hacer.

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Lo digital: ¿Mesías o hereje?


Era un domingo a la tarde en una Buenos Aires hundida en el frío, acariciada por un sol tibio que la hacía hermosa. ¿El objetivo de este domingo? Ponerle caras a las palabras que vuelan en busca de esperanzas, de gritar lo que pasa; una especie de grupo de choque pacífico y cultural que pelea batallas noche a noche, día a día. Cada uno en su espacio, en su bosque, escondidos detrás de su árbol para saltar al ataque cuando menos se lo espera, sin lanzas pero con la necesidad de gritar contra la masividad generalizada de desinformación. La consigna quedó en el aire y volví hacia mi casa por las calles de Caballito que se transformaron en las de Flores. El viaje musicalizado por “Cosa de hombre”, de Memphis La Blusera, sonando desde mi Samsung ensamblado en China y ejecutado por mi cuenta de Spotify, esa “musiteca” interminable que ordena, preserva y conserva una cantidad de música tan grande como se pueda imaginar. La mayoría de los artistas de blues tienen su música dentro de esta plataforma, aunque hayan grabado en 1920, 1930 o en 2000; en Francia, Mississippi o Brasil.

Aquel disco, recuerdo, llegó a mí allá por los primeros años de vida. Mi viejo, arrastrado por la fiebre “noventosa” del CD lo había comprado y lo ponía cada día en el auto. Poco después, era yo quien pedía escuchar el disco en cada viaje mientras inspeccionaba el libro, las letras y las fotos que hacían del disco un todo. De esa manera, entonces, llegué a la música, llegué al blues que entró en mis sonidos y condicionó mi vida en cada decisión posterior; cada camino tomado o desechado, cada momento estuvo condicionado por la música desde aquel momento. Estamos siendo testigos de un momento bisagra, un cambio rotundo en la manera de componer, grabar, ejecutar, trasladar y compartir música, muy lejos de la venta de partituras y el viajar canto a canto de las canciones populares que se transformaban en clásicos y standars: “una que sepamos todos”.

Ya no hacen falta “conductores físicos” para que una música llegue a los oídos de uno o mil oyentes. ¿Dónde está lo realmente importante entonces: en el vehículo o en el destino? ¿Qué importa más: cómo ir o dónde ir? ¿Se pierde el “folklore” con el avance de la tecnología? ¿La música de raíz debe mantener esas tradiciones o ir por el camino que visualiza en el horizonte? Las respuestas son muy variadas. Sobre todo dentro de una música que vive de mantener sus raíces, de la improvisación, de grabar los discos en tomas en vivo, de no saber qué se va a tocar hasta tener que hacerlo, de cerrar los límites y no dar discusiones a qué es y qué no es blues. Así y todo, en su historia se destacan una y otra vez innovadores en un género que supo incorporar la electricidad, transformarse en rock and roll, en soul, en funk y hasta influenciar la música disco, el hip hop y el rap.

De esta manera, entonces, se desatan interminables discusiones dentro de la vida social del blues; mientras alguien destapa un vino y suena Ray Charles en vinilo en alguna reunión “blusera”, los músicos se debaten entre la “existencialidad” de estas cuestiones. ¿Hasta dónde la innovación respeta las raíces? En un mundo donde grabar música parece un trámite sin demasiados problemas, donde se puede grabar cada instrumento por separado sin importar dónde están los ejecutantes (pensándolo bien, hasta no hacen falta ejecutantes), donde se puede distribuir una grabación casera en cualquier parte del mundo con sólo llenar un formulario, donde la información y las posibilidades de elección son incontables, los músicos de música folklórica (cualquiera sea) buscamos encontrarnos en el equilibrio perfecto, en aprovechar las nuevas posibilidades sin perder ese sentimiento que la música de estilo derrocha en cada compás.

A modo de opinión personal, importa mucho más el destino, mucho más el lado bueno que los avances tienen. Aquellos músicos del siglo pasado estaban cargados de un oficio extremo, llegaban descubiertos por un agente a un estudio, se miraban y se presentaban (si tenían la suerte de estar acompañados) y cuando el técnico daba la orden de grabación contaban con algunos minutos de cinta analógica para dejar plasmado todo ese sentimiento sin posibilidades de “retocar”, una bala en el cargador para intentar escapar de la miseria que aquel mundo les proponía. Desde esa ventana pudieron saltar y alzar su voz tanto los esclavos afroamericanos y los cubanos en su grito de libertad, como Discépolo en su pluma o Tanguito en el nacimiento de nuestro rock. Hoy el mundo cambió y es otro, la música está totalmente digitalizada y una nueva música nace desde las bandejas, los mixers y los samplers, tal vez como resultado de un grito de libertad de las nuevas generaciones que tienden a olvidar el contenido folklórico de la música. Entonces reflexiono como parte de un movimiento totalmente empapado de folk del siglo pasado, en medio de la modernidad que nos toca vivir, sin responder a la discusión que cada uno debe plantearse y seguir su camino.

Al poner el punto final (y como si fuera parte de una escena guionada en la radio que está de fondo, mientras escribo estas palabras, en la que el conductor presenta una nueva banda de blues), mis ojos se abrieron como dos platos y me reposé para escuchar. Comenzaron las primeras notas de un clásico, “You gotta a move”, pero con un sonido moderno, digital, eléctrico, “computarizado” (“el nuevo blues”, dice entonces el conductor), y una mezcla rara se hizo cargo de mí: escuchar esos sonidos tradicionales de esa manera cayó para hacer más difíciles las respuestas a las preguntas que venían en mi cabeza (se trataba de North Mississippi All Star haciéndose cargo de “modernizar” aquel clásico). Mientras lo escuchaba viajé por Spotify en el tiempo para buscar versiones del mismo clásico y ¡caí en la cuenta de que esta modernización viene sucediendo generación tras generación! Me encontré con Aerosmith haciendo su versión con un sonido moderno para su momento y, más atrás, los Rolling Stones en el último año de la década del sesenta también sonando modernos en aquel entonces; Sam Cooke y Fred Mc Dowell lo han hecho antes. ¿Quién sabe cómo era antes este gospel espiritual que viajó de generación en generación sin ser grabado? Lo importante parece ser que terminan siendo los sentimientos y el mensaje que viajan con la música lo que sobrevive ante cualquier tipo de modernización. Así sea en vinilo, en casete, en CD o vía streaming, más allá del sonido, de la modernidad o la antigüedad de la interpretación, el mismo blues viene diciendo hace siglos: “podés ser alto, podés ser bajo, pero cuando el Señor esté listo, tenés que moverte”.

El Blues en el sótano de casa y en la terraza del vecino


 

Mientras armaba las valijas para viajar, nuevamente, al circuito europeo de blues, me llegó una consigna, un disparador, casi sin esperarla pero no sin buscarla. Me senté, respiré y me dejé caer en el respaldo de la silla. El disparador quedó rebotando en mi mente. “No hay nada nuevo bajo el sol”, hablando de música y de sol en la misma oración, hablando de amaneceres musicales, de lo que viene, del nuevo día que comienza.

Lo primero que hice fue juntar estas dos fuentes de energía como si fuese un científico que busca la reacción esperada al mezclar el uranio y el oxígeno. ¿El resultado? Se presentó ante mí (sin relación aparente) una parte de un tema que me acompañó en mis primeros pasos: Ricardo Mollo gritando “cae sobre mí la lapicera del periodista que se muere por tocar”, en su contestataria “Paraguay”; desde ahí nació mi reflexión.

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Decir que no hay nada nuevo bajo el sol, que no existen nuevas propuestas o nuevos horizontes dentro de nuestra amada música argentina sería un error enorme. Los tiempos van cambiando y el arte se encuentra cada día más controlado por el poder del comercio, no se puede crecer desde las tinieblas sin tener un video de alta calidad en las redes. Todo entra, cada vez a pasos más agigantados, en la lógica marketinera que la “descomunicación” nos propone, como la salvación de una humanidad cada vez más humanizada y menos instintiva; esa dinámica diaria que se parece más y más a la novela de Huxley, Un mundo feliz, también influye en la música.

No me parece que se trate de que no existen nuevas propuestas, sino de que las nuevas propuestas masivas están vacías de contenido. Ya no importa qué tan bien tocás un instrumento, sino qué tan mal se puede escuchar en un parlante diminuto de un celular que recorta los graves como si la banda estuviese dentro de una lata de gaseosa, de esa misma gaseosa que domina los festivales, que domina los mensajes, que tiene cuentas millonarias en el mismo banco que produce los shows más grandes de los festivales más grandes. Lamentablemente, el business (cómo les gusta decir a los que se dedican a esa actividad) avanzó destrozando los contenidos, las inspiraciones, los mensajes, el análisis social, el grito de necesidades, esa hermosa comunión entre la música y los que bailan al ritmo de sentirse identificados. Parece una irónica mentira que desde las calles del patio del imperio, desde unos de los lugares que más sufrió el avance de la ambición imperial, desde el lugar más hermoso de América, nazca la nueva tendencia musical que genera millones de dólares entre yates, mujeres como objeto, fiestas falsas, motos de agua y letras sin letras, música sin música, millones de dólares generados por latinos que no quedan (y lo digo sin miedo a equivocarme) en Puerto Rico o República Dominicana.

Por suerte, sin embargo, existen muchas “alcantarillas”, mundos subterráneos que resisten con música desde los bares más perdidos de Buenos Aires llenos de “gente igual a la gente, pero distinta”, como dijo Sandra Mihanovich en aquellos años en que el rock argentino florecía con la democracia.

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En este momento es donde llega a la reflexión mi conocimiento de una “alcantarilla” bastante especial del submundo porteño: el blues. ¿Cuánta gente sabrá lo que pasa con este estilo de música en nuestra ciudad? ¿Cuántos estarán al tanto de que el grito de los más oprimidos sigue dando de qué hablar en el mundo? ¿Cuántos tendrán conocimiento de que el circuito porteño de blues es respetado a nivel internacional?

Casi a diario (y digo “casi” porque los músicos también descansan) algún bar de Buenos Aires recibe a artistas de blues de un nivel sorprendente, pero lo más sorprendente no es el nivel de calidad, sino de cantidad. Podría pasar horas citando ejemplos de argentinos que brillan en el exterior. Todos los años, Europa, Brasil, México, Estados Unidos y Rusia reciben a estos  músicos que gran parte del año pasan desapercibidos en una Buenos Aires que los ignora; esos mismos que cierran festivales de blues multitudinarios, que acompañan a leyendas del blues en sus giras latinoamericanas, que giran por la tierra ajena con la dignidad y la frente alta, son maltratados en su propia casa por los dueños de los escenarios, algunos productores y la vista gorda de los medios masivos de comunicación, a los que sólo se puede acceder con dinero para que un agente de prensa acomode a periodistas que escriben lo que las gacetillas dicen.

Sin embargo, este mundo subterráneo está creciendo a pasos agigantados gracias a varios grupos de músicos y amantes del género que trabajan incansablemente. En poco tiempo va a cambiar y, nuevamente, no tengo miedo a equivocarme.

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¿Cuántos creen que los domingos son depresivos? En el Abasto no lo son para nadie, más precisamente en el Conventillo Cultural, en donde cada domingo se desarrolla una jam session que sería de las más famosas si ocurriese en los años cincuenta en algún club de Chicago o Nueva York. Blues en Movimiento es la agrupación encargada de su gestión. Lo hermoso y distintivo de esta jam es que ninguno de estos mini conciertos parecen improvisados: resulta un buen comienzo para meterse en el mundo del blues, que hecha sus raíces en diversos ciclos.

Pero los miércoles son el día por excelencia para poder disfrutar del espíritu del blues. Blues en movimiento aplica en Libario la extensión de sus domingos bluseros, una especie de 2.0 descargado de tu teléfono donde podés ver, ahora sí, las bandas estables de los músicos que pasan los domingos a distenderse e improvisar. Al unísono y a escasas cuadras, en El Universal, se desarrolla la Open Blues, un espacio el que se disfruta del blues acústico más primitivo, sin cables ni amplificación. También en Valinor Irish Pub y Mr Jones, ambos en Ramos Mejía, los miércoles se respira blues.

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Podría pasarme horas hablando del gran circuito que se está gestando, desde hace ya varios años, en Buenos aires, pero a esta altura ya tengo casi lista la valija y posiblemente vuelva a leer esto a punto de volver; tal vez, cuando lo haga, las cosas hayan cambiado y los proyectos argentinos de blues puedan consolidarse definitivamente en su tierra tanto como afuera. Tal vez sea utópico, pero que haya sol, que siga habiendo sol como pronosticó la consigna me llena de esperanzas.

El sol sale y muchos proyectos de blues argentino están girando por el mundo mientras en Buenos Aires se mantiene el nivel de conciertos sin siquiera extrañar a los que parten en busca de mejores horizontes. Es posible que, sin una reacción a tiempo, muchos músicos del género abandonen nuestra tierra para instalarse en los circuítos que tratan mejor a los que dedican su vida al show; aunque dudo que, si esto sucede, muchos se enteren. Estamos a tiempo.

Aparece ahora en mi mente algo que me contó alguien pero no recuerdo quién. Resulta que le preguntaron a BB King por qué hacía trescientos shows al año; él, sonriendo, respondió: “es la única manera de mantener viva mi música, en la radio no la pasan”.



 

Este articulo fue publicado en la revista digital “Por las tramas”

 

El blues: en el sótano de casa y en la terraza del vecino

 


 

el tristemente recordado Reinhard y su amor por Wagner.


              Existen personas que buscan quedar en la historia de tal manera que su nombre sea recordado por siempre. Una vez escuché decir por ahí: “mientras te recuerden vivirás”. Lamentablemente los que anhelan incondicionalmente ser recordados no les importa de qué manera. Llegaremos al acuerdo que tanto el héroe como el villano son protagonistas en la historia y que mientras más grande es el villano más grande tiene que ser el héroe para derrotarlo. Esto trae consigo una necesidad mutua, tienen que convivir y

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Reinhard: un niño feliz.

retroalimentarse para que ambos sean recordados. En definitiva ambos lo buscan y tanto el que quiere salvar al mundo de todo mal como el que quiere hundir al mundo en todo mal, añoran el mismo resultado; el reconocimiento.


 

                  Comenzamos la historia hablando de un chico alemán que nace en una familia “de clase” bien acomodada y con llegada a los sectores más aristócratas de la sociedad europea de comienzos de siglo XX. Una sociedad que se debatía entre los valores que habían gobernado durante siglos y una nueva visión de las cosas. Se debatían entre el poder de la realeza y los caminos de la democracia. Una sociedad que veía como emergían ideas de libertad mientras un desquiciado mataba judíos como si fuera el César con el águila de Roma como señal de poder. Antes de decidir entre comunistas y capitalistas había que matar a Hittler. Y así lo hicieron.


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Reinhard.

          Nuestro personaje, entonces, fue hijo de una pareja de músicos clásicos de un reconocimiento que les permitió vivir respetados en su tiempo pero olvidados en lo inmediato. Dirigían su propio conservatorio al que llamaron “Conservatorio de música y teatro de Halle” donde enseñaban las piezas de los más talentosos músicos clásicos, entre ellos el amado Wagner.

                Reinhard, el muchacho en cuestión, se crío con la música como principal estímulo. Dicen, los que saben, que su talento con el violín era sorprendente, así también como su facilidad para las ciencias y los deportes, básicamente cada disciplina en la que se interesaba la desarrollaba con talento. Tal así fue que decidió unirse a los objetivos Nazi para poder ayudar en lo que él creía era la causa correcta.


               Su gran desempeño lo llevó a ser el líder máximo de Bohemía y Moravia (hoy República Checa), algo así como una especie de virrey, si consideramos a Hittler como un Rey (así, y con mayúsculas, era como lo consideraban). Reinhard un día tuvo una gran idea, se le ocurrió, tal vez mientras tomaba el té o le hacía el amor a suFigure 6 Reinhard Heydrich.JPG mujer: “Vamos a germanizar a las alimañas checas” y ordenó clasificar de manera racial a los Checos que podían y no podían ser “germinizados”. Algo parecido a lo que hacen los que crían perros de “raza” y se ocupan de que los pobres caninos depositen su esperma en la hembra indicada para que la cría sea realmente pura y no sea cosa que le salga con el pelo apenas ondulado si tenía que ser lacio. De esta manera mantener el perro con el certificado de raza correcto, un sello en un papel que documenta la pureza del animal. ¿Qué hace esto? ¡Pues Obviamente querido! Cuadriplica su valor de mercado… Pero me estoy dispersando, sepan disculparme. Reinhard, retomando el eje, no tuvo mejor idea jamas, “Que los hombres alemanes puros, fertilicen a las mujeres checas que tenían descendencia alemana, y nada de artificialmente ni de preguntarles si quieren ser penetradas” (esto no es un extracto textual de sus palabras pero puedo imaginarlo escuchando un pianista y diciendo las palabras en un alemán perfecto). Con las que no tenían la adecuada descendencia podemos imaginar que pasó.


                      Cuentan, también, que una de sus primeras medidas al hacerse cargo de

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Praga.

Praga fue matar a 93 bohemios (hoy checos) al azar y pegar sus nombres por todos lados en un cartel hermoso que habrá diseñado algún artista talentoso que apoyaba la causa nazi y le encantaba pasearse por las fiestas que, el mismo Reinhard organizaba en la ópera. He aquí el enlace que necesitaba para contar lo que realmente quería contar. La historia curiosa dice que, el ahora odiado Reinhard, era amante y talentoso intérprete de la música clásica, por lo tanto, una de las primeras cosas que visitó de Praga fue la ópera. Un hermoso edificio, de esos enormes que tienen un decorado con incontables detalles que parecen excesivos, una maravilla arquitectónica con la que se pudo haber alimentado miles de checos pero que igualmente decidieron construir y que todavía hoy nos sigue maravillando, el río Moldava pasa  por uno de sus costados para terminar de convertir el edificio en la postal de la ciudad.

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Alguna calle de Praga en la actualidad.

El jefe nazi recorrió el perímetro de la ópera observando las estatuas de los compositores clásicos que la adornan a modo de homenaje. Miraba maravillado los rostros inmortalizados de sus ídolos pero… el desastre ocurrió cuando observó que Wagner (compositor supuestamente adorado hasta el fanatismo por Hittler) se encontraba al lado de un compositor judío que ni se animó a nombrar. Los judíos no tenían semejante talento para poder componer música clásica. Con un grito lleno de cólera llamó inmediatamente a dos oficiales nazis para que suban al techo e inmediatamente, empujen la estatua de ese judío asqueroso que sabrá Dios por qué carajo está al lado del gran Wagner. Los podres oficiales sin poder, subieron corriendo al techo de la ópera y llegaron a la estatua que Reinhard les había señalado desde abajo, pero….. pequeño detalle, los podres chicos alemanes no sabían nada de música clásica, mucho menos de quién era Wagner o quién era el maldito judío asqueroso y repugnante… Miraron hacía abajo y Reinhard ya había dado la vuelta y se alejaba con las manos detrás como un verdadero jefe nazi. Se miraron y una mezcla de terror y risas se habrá mezclado en sus ojos, discutieron sobre qué hacer, uno de los oficiales, intentando ser audaz, tuvo la idea de mirar los rostros de las estatuas y decidir cuál tenía más cara de judío de los dos, para mala suerte de ellos… Wagner era narigón y creyeron que era el indicado, lo empujaron al abismo.


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Ópera de Praga.

                     Al escuchar el estruendo del pedazo de mármol contra el piso, Reinhard se dio vuelta contento para ver, ahora sí, la ópera sin judíos en el techo y los restos de Mendelsshon en el suelo…. aunque no fue tan así, el judío seguía ahí, disfrutando de la hermosa vista del río y Wagner hecho pedazos. Eso a Hittler no le iba a gustar.

                 Cuentan que “el carnicero de Praga” giró silenciosamente e hizo fusilar a los soldados por ignorantes pero antes, subió el mismo y empujó al maldito judío mientras ordenó que reconstruyan la estatua de Wagner pero esta vez en oro.



Vale aclarar que no tengo ninguna certeza de que todas estás palabras estén en lo cierto pero como parte de un mito me encanta contarlas.


 

El ojo de Lorena y el disparo de mi mente.


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Lore mecropped-perfil-fb-e-iso-e1467134329114 acercó una captura que hizo en su viaje a las raíces del blues,  la tierra que vio nacer esta música que nos une en una pasión extraña, la sensación de parentesco con gente que ni conocemos, la sensación de compañerismo y hasta fraternidad… ¿Qué tienen en común una persona que nació en un campo del sur de Estados Unidos viendo como su padre era esclavo de día y músico de noche conmigo que soy fruto de una ciudad enorme, totalmente dominada, invadida en la intimidad de sus habitantes, ultracomunicada y desconocida para los mismos individuos que la habitan?


El BLUES, me contesté de inmediato… ¿Pero el blues? ¿una música, un estilo de música o, como he escuchado por ahí, una manera sencilla de hacer ruido?

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Ph. Lorena Jastreb

¡Noooooooo!… nada de eso… es mucho más… es el grito de un pueblo, la voz de los que nada tenían, de un grupo étnico que fue cazado en África con redes y llevado a trabajar en Estados Unidos en un barco que nunca parecía llegar a destino y mataba a sus compatriotas por el maltrato y fragor del viaje, hombres y mujeres obligados a subir a aquel barco con los ojos llenos de miedo, esos mismos ojos que veían como tiraban al mar los cadáveres de otros “negros” que morían en el intento, lo que no sabían es que les esperaba la muerte en vida…



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Los obligaron a sacar el algodón que llevaban al Reino Unido para fabricar la ropa que escupían las nuevas máquinas que nos dio la Revolución Industrial. Esa ropa que vendían por el globo mientras que, al otro lado del mundo, los chinos  eran conquistados  por los ingleses que,  no contentos con dominar la India, utilizaron el plan de cortar el comercio de opio que tenía China… los chinos, en su mayoría adictos por tradición, se vieron desesperados y se rindieron ante los ingleses que ya se colgaban las medallas de estrategas. Debe ser casualidad que los chinos eran el principal productor de té y que los negros tenían una contextura física superior. Los ingleses y el té no tienen nada ver… La sociedad, envuelta y engañada, tenía como principal sostén la mano de obra esclava y la conquista, miraba hacia otro lado y aceptaba las reglas del juego…. Por suerte, como si se tratase de una flor de loto, nació un grito de cultura… la música fue el arma que utilizaron (seguramente sin tener consciencia de eso) para hacerse notar, para demostrarle al mundo que existían, que ellos estaban ahí, aunque ignorados y castigados pero estaban ahí con toda su cultura. Metidos en una sociedad que mientras mi abuelo jugaba en el arroyo Maldonado todavía tenía esclavos. No podían esperar nunca que el grito de los esclavos se alzara en el mundo como una esperanza de igualdad… ¿Qué hicieron entonces? Le mostraron a todo el planeta que la

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Ph: Lorena Jastreb

cultura negra también le pertenecía a los blancos, le pusieron la hermosa cara de Elvis quien, como pocos entendió la cultura de los negros, tal vez cantaba con el mismo dolor… Entonces llegué a la conclusión que eso es lo que tenemos en común, sin importar de dónde vienen, a dónde van, la sociedad en la que hayan vivido o las culturas que formaron sus ideas… hubo, hay y habrá un grupo de gente en que está en la pelea por un mundo mejor, por ir contra el poder, contra las reglas, contra lo que está totalmente  impuesto…


Los ojos de Pat Thomas me transmiten eso que tienen los que se mantienen al margen desde un lugar hermoso como la cultura, el blues lo salvó de una vida peor, una vida que seguramente muchos de los suyos tuvo, los que no pudieron encontrar una salida a un sistema de poder que los sometió… Pat es desconocido para la amplia mayoría de los mortales de esta tierra pero mantiene el blues en su sangre, su padre ha sido James Son Thomas, un reconocido bluesman que también, al igual que Pat, se dedicaba a la escultura en arcilla. El blues como vida es más que una música, es un agujero que algunos tomaron, toman y tomarán, es un camino que se ve oscuro de afuera pero que, luego de negociar con el sistema de opresión, da tantos beneficios como los que quita… ¡Y no es poco!… pero lo más importante es que se gana libertad, por eso algunos cantaron así, porque deseaban libertad, una libertad en especial, la del alma que no es para cualquiera.


 

 


 

Fotos: Lorena Jastreb.