El capítulo uno del Alfil Rosso está cerrado! Gracias a todos los que participaron en nuestro viaje, y esperamos los archivos de los que aún no los enviaron para completar la historia!.



Dejamos una porción de la torta de la pluma de Ela en su personaje de comisario.

Comisario Ramirez, tercer encuentro.

Hoy nos volvemos a encontrar en el Alfil Rosso. Ya ni sé qué me puede llegar a estar esperando allí dentro. Información, guita, coimas, mentiras, política, juego, alcohol y tabaco. Esta semana todas esas palabras me resonaron en la cabeza. Lucía Rosso me ofreció guita a cambio de que yo esté de su lado. Estar de su lado implica ponerme en contra de la gallega y de Cambalache; ¿qué más da? Total Doña Clara no volvió a llamar. Al cura le voy a decir que del chofer no conseguí nada, él no va a hablar y el Padre Juan tampoco es de mi incumbencia, digo, ya nada me estaría importando mucho. Lo que quedó merodeando en mi cabeza es aquella secuencia en Cambalache, ¿qué habrá pasado con aquella copera?, que de los pelos se la llevaron unos tipos… Como dije, esta ciudad ya no promete nada.

Increíblemente apareció el chofer en la puerta de mi casa. Esto se va a poner peor de lo que pensaba. ¡Los Rosso van a salir a matar, viejo! El chofer me da pena, apenas agarre la guita de Doña Lucía me voy a encargar de ponerle al mejor de mis hombres para su protección. Pobre tipo. Le ofrecí que se fuera conmigo, a Suiza o Hawái, pero es un cagón, tiene miedo de que nos sigan. Yo me voy a ir, él que haga lo que quiera. La protección la tiene garantizada, claro, siempre y cuando salga vivo esta noche del Alfil Rosso. Me volví a casa para agarrar mi calibre 22. En la tobillera cargo también un arma de bolsillo, pequeña pero bastante letal. Esta noche va a estar picante. Juan Domingo Hopólito me dijo que Lucía planea darle de baja a Diego, su secretario. Que quede claro que yo no voy a ir de héroe. La gallega no apareció, Cambalache ya está prendido fuego. Yo ya no me la juego más. Esta noche me vendo al mejor postor.

Apenas llegué al Alfil me recibió, muy amablemente, debo decir, Doña Lucía. Al parecer ella está 100% convencida de que soy yo quien maneja el instituto para niños (al cual solo le puse una firma) y que a mis hijos les quiero dar un futuro mejor. Lamentablemente se enteró del percance que el instituto tuvo con el Padre Juan y uno de los niños (obviamente facilitado por mí) Pero ella asegura dejar eso atrás y darme toda la plata que quiera, siempre y cuando, les tenga lealtad, a la familia y a su misteriosa y paranoica secta. Sí, pertenecen a los masones, pero aún más turbio y oscuro. Yo le dije que sí a todo, como buen caballero. El único problema es que piensa pagarme solo sí Rosso gana las elecciones. Esta noche debo asegurarme de eso. Apenas cobre, me las pico. Espero que el chofer no diga nada, porque sino voy a tener que ensuciarme las manos y empezar a descargar el cartucho. Lucía pareció creerme, pero no sé hasta qué punto puedo yo creer en ella. Supongo que hasta el mismo en el que ella confía en mí.

Salí de la horrorosa oficina de Lucía y me fui directo a la barra. Una cerveza bien fría y un shot de Otard-Dupuy para arrancar la noche. Entre el tumulto de gente y la nube gris de humaredas y alientos desesperados por ganar, vi a Diego, y las palabras del chofer comenzaron a resonar en mi cabeza. “La Doña va a matar a su secretario”. Me acerco a él, me levanta la mirada, perseguido, asustado.
– ¿Qué haces campeón? ¿Todo en orden?
– Sí, sí – contestó desconcertado – Disculpe, ¿usted es?
Diego es un tipo fachero, seductor para muchas mujeres. Pero es un completo farsante. Ya en la mirada se le dejan ver todos los negocios fraudulentos y todas las empresas que hizo quebrar. Ahora se quiso meter con los Rosso y fue una muy mala elección.
– Fijate que esta noche va a estar complicada, aunque el temblor de tus manos y tu mirada paranoica me dicen que ya lo sabés. Rajá de acá, amigo, vas a ser boleta.
Sin decir una palabra el pobre tipo salió corriendo. Para mí de esta no safa.

Escuché unos ruidos extraños que venían cerca del baño y de allí vi salir a una parejita. Casualmente, la actriz y el músico de Cambalache. Le avisé a mi ahora patrona, Lucía (todo sea por seguir ganando su confianza) y fuimos a interrogarlos. En una habitación apartada, de paredes grises y cortinas negras, sentamos a los intrusos, quienes parecían estar muy sorprendidos y sumamente drogados. Les pregunté qué hacían ahí y por dónde se habían metido. La actriz nos inventó el cuentito de que se había llevado al músico al baño para jugar al amor. Obviamente, no les creímos. Lucía empezó a apretarlos con que si no hablaban los hacía desaparecer y el músico, que no coordinaba sus movimientos y el sudor frío se adueñaba poco a poco de su cuerpo, comenzó a balbucear. Estaba muy nervioso, le sudaban las manos. Debo admitir que Doña Rosso es aterradora. La actriz decidió contarnos lo sucedido. Un tal Mario los había hecho entrar por un túnel hacia la bóveda. Desde el edificio de al lado, este tipo tenía hecho un pasaje directo hacia toda la guita del Alfil Rosso. Los dejamos ir. No eran más que unos desdichados con ganas de meterse en donde no los invitan y seguir divirtiéndose. EL gran problema es que la parejita sólo fue la distracción. Están afanando, justo ahora, la bóveda. Lucía me pidió que me encargara del asunto. ¡La puta madre! ¿EN DONDE MIERDA ME METI?

Llamé a mis mejores hombres, otra vez, en el afán de quedar bien con los Rosso. Este tal Mario parece ser un chorro pesado, y por el plan de acción que llevó a cabo no parece ser un tipo cualquiera. Le pedí armas a Lucía, ella está bien equipada. Que empiece el juego.

Intentamos llamar la menor atención posible. Esta noche es crucial para la definición de las elecciones. Gómez, Cáseres, Ringo y yo entramos por la puerta trasera, bajamos al depósito y esperamos a la cuenta de tres para bajar de una patada la puerta de la bóveda. Este lugar parece un búnker, estoy seguro de que arriba la gente no debe ni enterarse de esto. Solo espero que Mario y sus amigos no hayan traído bombas. Oh, demonios, ¿y qué si las trajeron? MIERDA.
Cáseres y yo tiramos la puerta abajo, Ringo y Gómez corrieron hacia los dos tipos que tenían más cerca. Ellos eran 5. La caja fuerte ya tenía un agujero y un tipo encapuchado estaba guardando toda la guita en un saco. – ¡QUE NADIE SE MUEVA O LES VOLAMOS LA CABEZA! – Al instante, el encapuchado se dio vuelta y con la sutileza de una mujer, se dejó ver el rostro, bajando la bandana que tenía puesta. ¡Era el maldito socialista! – ¡DEJÁ EL ARMA EN EL SUELO! – Le gritó Ringo. Y como si no se sintiera amenazado, él sólo bajó el arma, pero antes de hacerlo, miró a sus muchachos, tirándoles un guiño de combate. Y en ese preciso momento, se fue todo al carajo.
Gómez luchaba con dos que equivalían la masa muscular de mi muchacho. Se las bancaba todas, ya le había desfigurado la cara a uno. Ringo era más menudito, pero fibroso y huesudo, una piña de él te hundiría los pómulos sin el mayor esfuerzo. Él luchaba contra el más gordo de todos, era como un toro enfurecido, pero no tan ágil, así que Gómez tenía ventaja. Cáseres ya había empezado a los tiros, no lo culpo, el ambiente estaba tenso. A mí se me tiró encima el socialista.
– Ramirez querido, tanto tiempo sin vernos. ¿Qué te trae al Alfil? No me digas que ahora estas de su lado. No, no me lo digas, ¡¡¡porque me vas a hacer enojar!!!
– Enojate tranquilo, hombre, de acá no salís vivo. Ya te dejé escapar una vez, olvídate que esta te me vayas de las manos.
– Entonces juguemos, Wally.
El socialista era un puto maníaco, y sabía cómo hacerme enojar… Lo perseguí durante años, gracias a él mi vida se fue a la mierda. Estaba a punto de atraparlo y mandarlo a cadena perpetua por homicidio, secuestro y tráfico de drogas. Lo perseguí hasta la frontera y se quedó en Chile. No volví a saber de él hasta hoy. Sabe cuál es mi punto débil. Sabe mi nombre de pila. Y eso me hizo enojar.
– ¿Qué pasa, Walter? ¿Te quedaste mudito?
Lo agarré por la espalda y lo tiré al piso. Ejerciendo todo mi peso sobre él lo acorralé y lo empecé a trompear. El socialista era inteligente, pero no sabía luchar. Mis hombres y yo estábamos ganando por goleada. Pero mi mayor temor se hizo realidad.
El socialista sacó de su bolsillo una granada. Le sacó el gancho de seguridad y la dejó rodar por el suelo. Su sonrisa macabra le adornaba el rostro desfigurado y su mirada estaba completamente perdida. Era un demente.
– Boom, Wally, boom.



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