El campo es un lugar increíble. Kilómetros y kilómetros de nada o, al contrario, de todo. Un lugar donde, afortunadamente, el hombre no reina. Un lugar donde el mundo se muestra como realmente es: en aparente paz, pero escondiendo un peligro inminente que ríe del increíble equilibrio, de la perfección. Un hermoso lugar donde nada es lo que parece, simplemente es.
Fusch lo contemplaba desde el aire, imaginaba cómo sería su vida viviendo lejos de los negocios y el atareo diario. Finalmente, por primera vez, alguien le perdía el respeto y se decidía a quitarle el sueño. ¿Quién de todos sus enemigos estaría jugando con él? Intentó convencerse de que, tal vez, solo se trataba de un estúpido juego que tenía como objetivo molestarlo sin hacerle daño, pero esa idea era absurda. Sacó el poema del bolsillo y volvió a leerlo. Empezando a transpirar, levantó la mano para llamar a la azafata y pedirle un nuevo whisky, deseando que ése lo durmiera de una vez.
Volvió a despertarse minutos antes de aterrizar, mientras Augusto miraba la ventanilla en silencio. Pensó en abrazarlo pero la escasez que tenía para demostrar los sentimientos no se lo permitió. Los trámites del arribo no presentaron ningún inconveniente y pronto ya estaban en un taxi camino a su hogar de la capital. Al llegar y abrir la puerta sintió una sensación de tranquilidad y seguridad que admiró. Se descalzó y fue en busca de otro vaso de whisky. Caminó lentamente, intentando disfrutar el momento, pero al llegar a su estudio se llevó una gran sorpresa: su réplica de Picasso había sido reemplazada por una carta encuadrada, sobre la mesa su botella más añeja de whisky se encontraba vacía al lado de un vaso marcado con rouge. Inmediatamente decidió acercarse al cuadro, al mismo tiempo que pensaba que ya no le parecía un juego, sino que comenzaba a parecer una escena esquizofrénica, creada por un desequilibrado asesino. Una vez que estaba lo suficientemente cerca para leer, comenzó a pedirle a algún Dios que no apareciera Augusto y viera la escena.
“Magnífico César Fusch. Dueño de un imperio que ilumina nuestras vidas llenas de oscuridad, amante y portador de la estampa del gran Caesar. Ambicioso y audaz, sagaz y astuto. Gran vencedor de la guerra moderna.
¿Cómo le va? ¿Le ha gustado mi sorpresa? Antes que nada, deseo transmitirle mis disculpas por haber entrado sin su consentimiento, tomarme la libertad de modificar su decoración, abrirme ése delicioso whisky y hacer el amor con mi socia en su escritorio. Le gusta la palabra socia… ¿Verdad, Emperador? Imagino que para éste momento parece más una emperatriz asustada; porque acaba de ver caer a su amado esposo en manos de un bárbaro dispuesto a violarla con gran desenfreno… Pero no debo distraerme con situaciones imaginarias y retomar el eje. Mi socia es una mujer que también ha caído en sus trampas, al igual que yo. Se debe preguntar cómo es posible que aparezca en su pueblo y acá tan rápidamente, bueno, sería un estúpido si no contemplara que usted se fue hace varios días de acá, pero realmente le preparé hoy esta divina sorpresa… ¡Hasta le mandé a encuadrar mis hermosas palabras! Debo confesarle que me estoy cansando de tanto trabajo, es agotador pensar todo el día en cómo hacerlo sufrir, pero no hay nada mejor que dedicarse a lo que uno ama. ¿No cree? En fin, la sorpresa, como le dije anteriormente, la preparé hoy. ¿Notó qué día es? El 7 de marzo. La historia es una enseñanza continua para quien quiere aprender y, como amante del gran Caesar, sabrá que hoy, 7 de marzo, comenzaron los Idus de Marzo, el día que se sentenció la muerte del gran emperador, el día en que realmente todo se comenzó a gestar en la oscuridad, entre las sombras, ahí donde usted me mandó… Eso es lo mejor. ¿No cree?
«El águila está en peligro»
Nuevamente le pido perdón por haberle tomado el whisky y usarle el escritorio para hacer el amor en medio de tanto odio.
Atte., Baco”.

Aterrado, corrió para buscar a su hijo y lo encontró ajeno a todo lo que sucedía, investigando la casa que no conocía y que su padre no le mostró. Intentó disimular, pero Augusto notó evidentes rastros de nerviosismo, aunque mucho no le importó y lo dejó volver a su despacho. Una vez ahí tomó un trago de whisky, rompió el vaso marcado con rouge contra el piso y se desmoronó.
“Evidentemente no quiere solamente matarme, también desea hacerme sufrir, busca que muera de a poco. Perverso y audaz, me va a torturar durante 8 días, y el 15 debería matarme, si quiere respetar los plazos como le sucedió a Caesar. No debe ser tan difícil darme cuenta de quién es, pero no puedo jugar al detective, tal vez sea cierto que son varios, pero puede ser una trampa. Yo salí de acá hace varios días, y lo del rouge no es ninguna prueba contundente de que estaba acompañado. Voy a llamar al teniente Aguirre, él sabrá ayudarme”.
Por primera vez, César podía hacer un análisis de la situación y encontrar una posible salida o, al menos, no rendirse sin pelear. Tembló al marcar el número y su corazón parecía salirse del pecho a medida que sonaban los timbres, nadie atendía hasta que de repente la voz imperativa de Aguirre contestó.
–Leopoldo, a su servicio.
Fusch respiró hondo y un segundo antes de que ‘nuestro’ Teniente se impacientara, habló.
–Buenas noches, Aguirre. ¿Cómo te va? Soy César Fusch, el empresario de las linternas que conociste el día de la reunión en casa de…
Antes de que dijera el nombre, Leopoldo lo interrumpió.
–Sí… Sí… César. ¿Cómo te va? No hace falta que des más detalles, lo recuerdo bien. En éstos tiempos de guerra civil es mejor no dar información.
A Fusch le sorprendió la respuesta de Aguirre pero decidió pasarla por alto.
–Bueno… No del todo bien, estoy teniendo un problema y pensé que vos me podrías aconsejar.
Aguirre soltó una leve pero irónica carcajada, al tiempo que dejó salir una burla.
–¿Estás pensando en comprarte un rifle para cazar y no sabés cuál es mejor?
–No precisamente, teniente. Estoy siendo amenazado de muerte. Entraron a mi casa mientras me encontraba en el pueblo visitando a mi hijo y me colgaron un bello cuadro que me informa que el día 15 de marzo voy a morir.
Leopoldo se quedó sin respuestas por unos instantes, hasta que formuló una.
–Suena un poco más urgente que el rifle. En un rato estoy por allá.
–Perfecto, Leopoldo. Te agradezco.
La voz de César sonó mucho más tranquila, como si hubiera encontrado el camino correcto en medio del desierto.
Como era lógico, la espera se hizo eterna. Cada minuto parecía ser una hora; el tiempo tiene la habilidad de cambiar la velocidad de su marcha siendo siempre igual.

Una vez en el despacho, Leopoldo leía una y otra vez –en silencio– la carta que colgaba prolijamente de la pared. Le pareció la amenaza más original que había visto y hasta le causó un dejo de admiración, a él no se le hubiera ocurrido. ¡Cómo cambia la visión de una situación dependiendo el papel en el que te toca actuar! César estaba pasando el peor momento de su vida, mientras Leopoldo admiraba la astucia del malhechor, y el malhechor se regocijaba en su casa imaginando la cara del infeliz.
–No creo que represente una amenaza – dijo Aguirre finalmente, con el propósito de calmar a César y sin estar convencido de sus palabras. Cesar lo miró incrédulo y prefirió no decir nada–. Lo podemos atrapar, basta con seguir de cerca tus movimientos y vigilar la casa, esperando agazapados como un tigre antes del contraataque letal.
A Leopoldo le excitaba idear un plan al estilo de un prestigioso general, comandar la misión y ganarse una estrella para colgar en su pecho, el fracasado teniente deseaba cualquier situación que llenara su vida con un poco de acción.
–¿Y cómo lo haríamos?
–Usted déjeme a mí… –el pecho de Aguirre se llenaba de aire disfrutando cada instante de estrellato que tenía–. No se dará ni cuenta que lo estoy vigilando, lo mejor es que usted no sepa nada, de ésa manera, va a salir todo más natural.
–Y cuando lo atrapemos, ¿qué vamos a hacer con él?
–Ésa es tu decisión. Yo puedo ofrecerte varias opciones… Tengo en mi mano centros de torturas, donde lo van a tratar como merece, si preferís algo más humano lo podemos mandar diplomáticamente a uno de nuestros países vecinos o, quizá la más divertida, encerrarlo en el Hospicio de las Mercedes, hacerlo pasar por loco y que se pudra arrepintiéndose de lo que te hizo. Soy muy amigo del director y por una suma que le permita vacacionar con su amada familia en un paraíso tropical no va a tener ningún inconveniente en ayudarnos…
Fusch respiró hondo nuevamente y por fin se sintió aliviado, ninguna de las opciones le pareció interesante e intentó escaparse sin dar la aprobación.
–Pensaré algo más ingenioso y divertido para ése momento. Te voy a agradecer mucho la ayuda.
–Mientras más ceros, más te ayudo. La próxima semana hay otra reunión, y es importante al parecer. Te informaré cualquier novedad.
Concluyó la frase con su típica carcajada irónica y se retiró.

Estela, mientras tanto, extrañaba terriblemente a Juan Cruz. Una madre nunca se detiene a pensar en el momento de quedar sola, tantos años criando al pequeño para que vuele sin ningún reparo. Lo sintió como una muestra de desagradecimiento, como un puñal por la espalda, sin embargo, desde un punto más objetivo no parece más que el transcurso normal de la naturaleza, le sucede a los pájaros cuando su cría vuela, a los lobos cuando su cría casa o a los árboles cuando cae el fruto, pero Estela no podía verlo con tanta naturalidad. Daba vueltas en la cama sin dejar de pensar en todo lo que le había sucedido en este corto tiempo, enterrada en el pasado que mezclado en el presente, al futuro lograba echar. Sin embargo, Alicia entró apurada en su habitación, Estela se sobresaltó y sorprendida preguntó inmediatamente qué sucedía. Alicia esbozando una sonrisa contestó.
–Tengo una carta, es de Juan Cruz.
Estela se levantó de la cama de un salto, sin reparar en el esfuerzo que debió hacer y contempló ansiosa el sobre enorme de color madera que tenía Alicia en la mano.
–¡Dale! Dámelo. ¿Qué esperas?
Alicia estiró la mano contenta de volver a ver la felicidad en la cara de su amiga, que rompió el sobre sin ningún cuidado. Al destruirlo, se llevó una sorpresa, en lugar de encontrar la carta que esperaba había una revista. El primer pensamiento que se le presentó no fue nada bueno, pero inmediatamente abrió la revista y se cayó la hoja que esperaba.
“Estela querida. Sin más preámbulos ni pérdidas de tiempo, te pido que te dirijas a la página 54”.
Totalmente aturdida, hizo caso, y al leer el nombre de su hijo en el título un cosquilleo subió rápidamente por su espalda. Era el cosquilleo que transportaba el orgullo, que habitó totalmente cada rincón de su cuerpo. Le mostró la página a Alicia y se hundieron en un abrazo.



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