El verde terminaba en el horizonte y daba la sensación de que esos campos se extendían hasta África. Por el medio de la solitaria ruta, Fusch manejaba en soledad mientras llegaba a la conclusión de que el silencio era buena compañía. No podía pensar en otra cosa que en llegar rápido al pueblo y poder ver a su hijo, las últimas semanas habían sido realmente estresantes. Pese a ser un hombre con experiencia en estas situaciones, los nervios eran enormes, y lo cansaba ocultar su debilidad a la vista de los demás. Su empresa crecía a un ritmo inmanejable y, aunque no lo quiso admitir, por un momento no supo cómo llevar semejante responsabilidad. Cada día despertaba pensando en qué debía hacer para cosechar un futuro increíble para su hijo. El poder y el dinero manejaban todas sus actitudes y sólo consiguiendo más podía sentirse aliviado. Cuando lograba un objetivo inmediatamente otro lo suplantaba y volvía la sensación de insatisfacción. ¿Cómo un hombre puede vivir necesitando constantemente más de lo que tiene? Él vivía así, aunque vivir sólo era pasar los días, sin disfrutar, sin tener ningún tipo de relajo más que el whisky y alguna de las mejores mujeres que su dinero podía pagar. Vivir así no es sinónimo de vida, en su alma era sinónimo de insatisfacción.
La entrada del pueblo era igual desde hacía ya muchísimos años, desde aquellos en los que los padres de Fusch llegaron para instalarse y apostar en una población que no tenía más que una plaza, un banco y un médico, en una época donde soñar era posible, donde los hijos de un puñado de analfabetos se recibían en las facultades públicas que eran modelos para toda la región, tiempos en los que el paisaje empezaba a perder su pelea con el cemento. Desde entonces, de la ruta se desprendía una salida adornada con un arco blanco y algo sucio con un cartel que daba la bienvenida y rezaba por un buen viaje, al costado, en el pasto, unas letras de madera se erigían orgullosas de formar el nombre del pueblo. Hacia ambos costados miles de pinos vivían tranquilos, formando un frondoso bosque que en el otoño llenaban la ruta de hojas y daban una vista increíble acompañada de una sensación única de paz. Protagonistas de todas las historias que el pueblo rumoreaba, los pinos observaban en silencio pero atentos a cada persona que ingresaba al pueblo, callando los secretos más antiguos de la pequeña población. Al pasar por el medio de los pinos sintió en su pecho estar en su lugar. Condujo los 5 kilómetros que separaban la ruta de su casa a toda velocidad, ya no quería esperar más para ver a Augusto, una sensación rara le sacaba la tranquilidad. Aunque no lo quería admitir, la carta que recibió le generó miedo.
Augusto, sin embargo, estaba tranquilo cuando Fusch cruzó la puerta. Se perdieron en un abrazo sincero pero lleno de vergüenza, y pasaron un rato conversando acerca de lo que Fusch vivió en su estadía en la capital. Presumiblemente, su egocentrismo no permitió que Augusto pudiera contarle cómo pasó los días lejos de él.
Al acostarse meditó mucho tiempo acerca de si debería contarle a Augusto lo que sucedió, creyó que tal vez lo preocuparía sin motivo. Sin embargo, algo había que hacer. Agarró una hoja y decidió hacer un ejercicio con el fin de intentar acercarse a quien le envió la carta. Una lista de las personas que, según él, podrían intentar dañarlo. Inmediatamente se dio cuenta de que ése tipo de procedimientos solo servía en las novelas que solía leer, y que él no tenía la capacidad de un policía o la astucia de un detective. Intentó dormir pero le costó demasiado.
Nuevamente el subte lo transportaba pero no de un lado a otro, sino al pasado, a las historias que oía sobre la capital. Iba camino a la librería del viejo pelado en busca de la crítica sobre su pequeño cuento, ilusionado. Creía que el camino que lo llevaría al reconocimiento estaba por empezar, pensaba en cómo iba a reaccionar Estela cuando le avisara, desde la distancia, que sus palabras estarían impresas en una revista capitalina. Se planteó cómo sería la manera más original de brindarle semejante noticia, pero cayó en la tentación vulgar de enviarle la revista por correo; en definitiva, no era la más original pero si la más visceral. Sentía su cara incendiada por los nervios, el calor lo llegaba a sonrojar y pensó, nuevamente, en no afrontar la situación, siempre la salida más fácil. Su timidez no era aliada de su sueño, “para poder ser un gran escritor hay que sociabilizar y mostrarse interesante con la gente que puede ayudarte”, le escuchó decir siempre al escritor del pueblo –que era el dueño del único diario local–, sin embargo, él creía que no era así, confiaba ciegamente en que alguien lo descubriera y le diera una mano desinteresada, pecado utópico de alguien que sueña con cambiar un mundo que tiene las raíces más firmes que el pino más viejo de la entrada del pueblo. Al llegar a la puerta de la librería, se detuvo por un segundo y se dijo a sí mismo “sea cual sea la crítica, no te desanimes, los genios siempre fueron incomprendidos”, tomó aire y cruzó.
El viejo calvo sonrió al verlo acercase, y esto tranquilizó sobremanera a Juan Cruz, quien no podía observar detalladamente las reacciones de la gente para deducir lo que pensaban.
–Buen día, Juan Cruz. Te estaba esperando –soltó el viejo, relajado.
–Buen día, estaba ansioso por venir.
–Supongo que no querés hablar de otra cosa que no sea de tu escrito.
–Supone bien.
El corazón de Juan Cruz ya daba vuelcos, no quería ningún tipo de preámbulos o divagaciones, sólo quería escuchar el veredicto.
–Bueno… Entonces comencemos. Lo he leído y releído. No está nada mal. Me gusta la temática y los personajes, me gusta mucho París…
El viejo soltó una risa y Juan Cruz sintió cómo las piernas le dejaban de temblar, acompañando el alivio que apareció en su pecho, pero no pudo decir nada y el viejo continuó.
–Supongo que no conociste París.
–No, en absoluto.
–Eso me gusta. La capacidad de crear es mejor que lo que pueden ver tus ojos, escribir es desnudarse ante quien quiera verte desnudo, es imaginar voces que nunca vas a escuchar, ver caras que jamás vas a tocar, retener penas que preferirías olvidar… Noto que vas por el buen camino, pero todavía falta, el mundo está reacio a leer, se acabó la imaginación, hoy ya todo se conoce. Encontrarás acá –señaló la extensión de su biblioteca– libros ilustrados con las respuestas a todas las preguntas que pueda formular tu cabeza, ahí se encuentran, durmiendo, pero esperando que alguien las despierte. Falta mucho, Juan Cruz, pero tu cuento va a salir publicado en el próximo número de la revista. No ganaste nada, sólo convenciste a un viejo.
Juan Cruz sintió que su vida comenzaba a tomar rumbo cuando creía que no había oportunidades. No pudo decir más que gracias y salió de la librería a punto de estallar en un llanto, su camino comenzaba con el primer paso. Sin embargo, nunca sintió la satisfacción de llegar a la meta, inmediatamente otro objetivo tomó el lugar del que acababa de hacerse realidad y no se sintió lleno. Pensó en los grandes personajes de la historia que, ambiciosos, nunca se detenían y nada les parecía mucho. Tal vez, ésa era la sensación que debía tener para ser enorme, como Poe o Verne, o por qué no, más aún… El mundo estaba a punto de conocer la verdad, su verdad, y él apuntaba seguro de no errar, pero por cada voz que grita son millones las que callan.
El despertar en el pueblo lo llenó de nostalgia. El sol entraba tímido por la ventana, como pidiendo permiso, el viento suave y el caminar cansino de la gente, tratando de masticar cada momento de la vida para digerirlo mejor. Pensó en la gente de la capital, que vivía como si comiera a las apuradas y siempre con el riesgo de una indigestión. No quería que su vida se transformara en eso, pero debía resistir; gracias a su incursión en la gran ciudad, ganaba más en un día de facturación que la suma de lo que gastaba en un mes de ostentamiento. Era un buen día para disfrutar con Augusto, salió de su cuarto y se dirigió a la cocina esperando encontrarlo, pero no había más que un sobre en la mesada. Se acercó lleno de curiosidad y ésta vez no dudó un segundo en abrirlo inmediatamente, pero para su decepción, no era más que el anuncio de un político que se rebajaba hasta el piso, a cambio de un voto que mejore su calidad de vida sin importarle demasiado la de los demás. Sonrió y se terminó de convencer de que le estaba dando mucha importancia a esa carta aislada que había recibido en la capital; suspiró profundamente y siguió en busca de Augusto para vivir un gran día.
En cada instante, en cada segundo, pasan cosas. Todo el tiempo… a diferentes personas, en distintos lugares. Mientras algunos mueren, otros nacen; mientras algunos sufren, otros disfrutan la vida; mientras algunos mueren de hambre, otros tiran la comida en banquetes sin sentido. Mientras Alfredo veía cómo su vida en la capital era una pesadilla, Juan Cruz veía cómo la planta de sus sueños comenzaba a salir de la tierra, Alicia y Estela peleaban cada día para poder hacer crecer su casa de comidas, que parecía estar maldita; Augusto y Fusch volvían el tiempo atrás e intentaban disfrutar del repentino cambio en su relación. Rómulo vivía sus días como una tortura, la quiebra no le sentaba para nada bien y se sentía culpable de haber arrastrado a toda su familia a semejante desgracia. Caminaba por las calles sin rumbo, con la mirada perdida y una sonrisa maliciosa que anunciaba constantemente su locura. Su corazón le partía el cuerpo en dos, ya nada tenía sentido. La nostalgia del pasado esplendoroso le dolía demasiado, las heridas que más duelen son las que no se ven y, para peor, no se pueden salar, diagnosticar o curar de alguna manera, sólo hay que tratar de vivir con el pesar de las acciones, con el pasado pisando los tobillos, perseguido por la muerte que no parece llegar, tentado con ponerle un punto final a su derrotada vida pero sin el valor para poder hacerlo. ¿Quién es más cobarde? ¿El que vive sin querer hacerlo o el que tiene el valor para hacer lo que realmente siente? Caminaba como un cuerpo sin alma, simplemente porque los músculos responden a la física del movimiento. Cada día al levantarse pensaba en que lo único que podría revivirlo era darle muerte a Fusch de una manera lenta y dolorosa, pero tampoco tenía valor para matar. No podía matar y no podía matarse, se preguntó nuevamente “¿Quién es el cobarde?”, y la respuesta la encontró rápidamente y sin mucho esfuerzo: él. Estaba seguro de que la vida le pondría la revancha delante de sus ojos y, lejos de ser honesto o leal, la debería aprovechar de la mejor manera. Recordaba a cada instante a esos grandes millonarios que se llenaban la boca hablando de amistad, que acompañaban sus momentos con cajas de champagne y exquisitos manjares, aquellos con los que compartió lujosos viajes por el mundo, falsos brindis y felicitaciones poco convincentes: todos ellos lo habían abandonado cuando realmente los necesitaba. Al parecer, al caer en la pobreza y el desempleo perdió las cualidades de buena persona. Ya había tachado todos los nombres en la agenda, ya les había pedido trabajo a todos, pero le dieron la espalda. Tal vez porque la versión de Fusch era más convincente, o simplemente porque ahora no era parte de ellos. Pensó nuevamente en quitarse la vida, pero desistió rápidamente.
Durante dos días, Fusch se dedicó a su hijo. Recuperaron el tiempo perdido y se llenó de entusiasmo y felicidad, hacía muchísimo que no lograba disfrutar tanto de su compañía; ahora se sentía más cerca y parecía haber olvidado el incidente de la carta, en el pueblo vivía mucho más tranquilo. Volvían caminando lentamente por el sendero que iba desde la ruta hasta la puerta de su casa. Una tranquera de madera vieja separaba el bosque del jardín interno. La casa se encontraba en el medio de un hermoso bosque, que la aislaba por pocas cuadras de la pequeña civilización. Siempre encontró paz entre los árboles y el silencio pero, esta vez, al llegar, se dio cuenta de que la tranquera estaba abierta. Se alarmó y le volvió rápidamente el recuerdo de la carta, alguien estaba adentro. Miró rápidamente a Augusto, que estaba blanco del miedo, y le hizo una seña que intentaba transmitir una tranquilidad que él no tenía. Caminó despacio y atento a todos los ruidos. No llevaba consigo ningún tipo de artefacto que le pudiera servir para defenderse y se maldijo, pero siguió avanzando despacio. Atravesó el jardín y se detuvo en la puerta delantera, que también estaba abierta. Tomó aire para intentar controlar su corazón, que bombeaba sangre a una velocidad increíble, y entró sigilosamente mientras Augusto esperaba afuera. Recorrió la planta baja en silencio, sin encontrar nada anormal. “Seguramente estén arriba creyendo que en las habitaciones está la plata” pensó, y subió las escaleras armado con un cuchillo que agarró en su paso por la cocina. El corazón seguía latiéndole a una velocidad increíble y el miedo se reía de él a carcajadas, como aliado del diablo. Entró bruscamente en la habitación como intentando sorprender pero, para su decepción –o no–, no había nadie. Revisó todos los cuartos y rincones, no había nadie ni faltaba nada. Agarró la escopeta que guardaba en el armario para los días de caza y bajó raudamente para buscar a Augusto, quien esperaba detrás de un árbol temblando como una hoja más.
–No hay nadie Augusto, tranquilo, vamos.
–¿Nos robaron mucho papá? –preguntó Augusto tímidamente.
–Nada, hijo. Vamos a hacer las valijas, salimos en un rato a la capital. Ésta vez te venís conmigo.
Augusto asintió con la cabeza mientras seguía a su padre, que volvía a entrar a la casa.
Una vez adentro, notó que había una carta en el mismo lugar que había encontrado la propaganda del político días antes. La abrió desesperadamente, luchando contra el temblor de sus dedos. Era del remitente que esperaba:
“Amigo Fusch. ¡Qué alegría volver a comunicarme con vos! Ya estaba pensando si no había pasado demasiado tiempo desde nuestro último contacto. Como te dije anteriormente, mi intención no es lastimarte, como verás, puedo hacerlo fácilmente si quisiera. Ahora bien, tengo un aprecio increíble por la poesía y quería mostrarte mi última creación, espero que no te moleste y te guste:
Quiero decirte que sos pobre,
lleno de pena y de dolor,
vacío de orgullo y de amor,
quiero que tu hijo entienda,
cómo se construyó lo que hay a su alrededor.
Quiero mirar cómo ejecutan su corazón,
como a los pobres que ejecutaste vos.

Quiero verte morir en el más oscuro cajón,
quiero escuchar que nadie llore en tu honor,
quiero verte desgarrando dolor,
mientras alguien divulga tu verdadera vocación.
Quiero que veas cómo el amor vale más que mi ejecución,
cuánta gente me quiere y cuánta te quiere a vos,
yo soy pobre de dinero, pero vos lo sos de amor.
Espero que te guste… estoy convencido de que tengo talento. ¿No te parece? Aguardo paciente tu respuesta.
Te quiere, Baco”.
Fusch soltó la carta con un gesto de rechazo, ya no estaba seguro ni en su casa. Ésa horrible sensación, la de darse cuenta de que el lugar más seguro ya no lo es y de que alguien se pasea tranquilo por tu morada, siguiendo un juego terriblemente perverso y lleno de odio. Le ordenó a Augusto que empacara rápido y antes de que bajara el sol ya estaban volando hacia la capital. Su auto quedó abandonado en la puerta de su casa, la paranoia de que lo maten en cualquier momento ya estaba ganando terreno y no lo dejaba descansar. ¿Quién podía ser el desquiciado que lo amenazaba sin dar la cara, como un cobarde?

–Me seduce la muerte, realmente me seduce… me encantaría terminar con ésta desdichada vida. En el pecho, a veces se me hace presente una sensación de frustración difícil de explicar, todo parece oscuro y sin sentido, nadie presta atención a lo singular, el mundo gira sin importarle nada de lo que me pasa, me ignoran… me gustaría verlos desde arriba, llorando sobre mi cajón. Muerto, quizá se termine el dolor o encuentre el paraíso que tanto me prometen. ¿Por qué no? Si para terminar con tanta desdicha, tan sólo hace falta mirarme en el espejo y tomar las pastillas, o una inyección llena de aire, algo que termine con mi vida sin demasiado dolor ni agonía. Tal vez no pase más que perder la conciencia y no despertar más… pero no tengo el valor para intentarlo, no tengo el valor suficiente de quitarme la vida, sencillamente… La sociedad castiga a los que lo hacen, la gente llora a los que lo hacen, pero para mí parece inmensamente admirable, me encantaría tener semejante valor, pero el valor escasea, no puedo llevar a cabo mi mayor deseo, no puedo hacerme escuchar, no puedo caminar por la calle con la frente en alto y orgulloso de lo que fui, soy y seré… simplemente me gustaría no estar acá, pero acá estoy. Me gustaría morir, pero acá vivo, me gustaría no pensar en semejantes estupideces, pero acá las pienso, me gustaría tener valor, pero soy cobarde…
Federico lo escuchaba atento. Una vez más, un paciente hablaba y él se sentía identificado, sin encontrar una salida aparente. Tal vez algo en él también estaba muriendo, pero no se animaba a admitirlo. Pensó que la gente debe dejarse llevar por el corazón sin contaminar las decisiones con el maldito cerebro, pero no pudo decirle eso a su paciente, que pedía a gritos que alguien le dijera que no se mate. En cambio, creyó que era más conveniente hablar con sinceridad.
–Le va a parecer raro lo que va a escuchar, pero creo que lo más sano es hacer lo que uno realmente desea. En el fondo sabe bien lo que pretende, por más que a veces piense en matarse, sabe realmente qué es lo que quiere. Uno siempre sabe lo que espera, aunque a veces no lo quiera ver. Esto, que parece un simple juego de palabras o de querer, es lo que destruye su interior. Usted sabe que anhela morirse pero no puede hacer nada con eso. Piense en un cáncer o tiente al destino, haga lo que realmente quiere: si desea morirse, muérase, no sea cobarde. Va a vivir toda su maldita vida como un cobarde que no quiere vivir. Los demás nunca lo entenderían, pero ése es su deseo. Si lo quiere hacer, hágalo, porque lo demás no tiene ningún tipo de sentido…
El paciente lo miraba atónito sin dar crédito a lo que escuchaba, el silencio se apoderó de la habitación por un momento que pareció eterno, pero terminó cuando el analizado decidió irse. Federico quedó sentado en el mismo lugar sin decir nada, con la mirada perdida pero mucho más liviano… se había sacado un gran peso de encima: acababa de suicidarse como analista.



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