La realidad de la economía, la política y la seguridad, eran total-mente diferentes entre el pueblo de Juan Cruz y la capital. Los gran-des medios aseguraban que se vivía en un estado pudiente, de tolerancia y solidaridad, mientras existía un grupo que peleaba contra la autoridad del ‘presidente’. Un hombre que accedió al poder por medio de la fuerza y sin dar elección al pueblo. De un importante porte –más alto que la media– y con una actitud por demás sobradora. Sus poros respiraban poder, había nacido para mandar. La profundidad de sus ojos llegaban a causar miedo en cualquier alma y la seguridad de su voz hacía dudar hasta al más sabio de sus propios pensamientos, capaz de convencer a un pueblo entero de que se inmole por su lealtad, gobernaba a gusto i piacere de su voluntad. Su bigote tallado a mano le daba el toque final a su cara, una total expresión de ambición sin límites. Un hombre que era capaz de matar a su hermano para que-darse con su poder podía hacer estragos en una patria que apenas sentía suya. Los que peleaban contra su autoridad afirmaban que vivía en medio de lujosas fiestas, emulando al Palacio de Versalles, y se hacía llamar “El dictador Majestuoso”, mientras se embriagaba casi a diario con el whisky más añejo de estos pagos. Amante de cabalgar, del campo, de las armas y, sobre todo, de los grandes generales que inmortalizaron su nombre por un desempeño grandioso en alguna batalla. Su mayor ambición era poder asemejarse a Aníbal Barca, Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte. Sin embargo parecía haber nacido en el tiempo equivocado, en un mundo en el cual la guerra parecía obsoleta y las bombas eran capaces de hundir en el medio del océano una isla sin demasiado esfuerzo; tan poderosas que las grandes potencias no se animaban a sacarlas de sus arsenales. Un mundo donde la batalla estaba en otro flanco. Las empresas se dividían el poder con facturaciones diarias que sobraban para la vida entera de una nación, muchísimo dinero en pocas manos, que las marcas usaban para imponer sus estilos de vida y necesidades. Nunca tuvo la posibilidad de participar en una guerra y ésa era una cuenta pendiente.
Mientras caminaba por la calle descubriendo un mundo nuevo, Juan Cruz pensaba en que sólo era una hoja en medio de una enorme y cruel selva. Debería ser enorme para sobresalir. La oferta era tan grande que sus escritos quedaban silenciados en el intento, el poder y el dinero dominaban cualquier rubro y la literatura no estaba exenta, de nada servía gritar si el ruido de la ciudad era tan fuerte, de nada servía luchar para captar la atención del prójimo si miles de empresas millonarias estaban en la misma pelea, y con una notoria ventaja. El vacío que sentía en el pecho no era más que la sensación de fracaso e impotencia, el miedo de vivir una vida plana sin ningún tipo de acción, el miedo de despertar cada mañana sin tener nada más interesante que pensar que cuánto falta para volver a cobrar un sueldo que derrochará en pocos días y no lo hará feliz. Impotencia de querer cambiar un mundo que parecía estar hecho para los que más tienen, y tan bien diseñado que no podía encontrar fisuras o puntos débiles.
A medida que pasaban los días la angustia crecía a un ritmo incontenible, ya no estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Mucho menos al ver a Alfredo bajándose los pantalones frente a un nuevo millonario, agrandado y corrupto. Caminando con la brisa de la tarde pegándole placenteramente, entró en una librería (el lugar en el que más le gustaba pasar el tiempo) y notó un cartel que solicitaba escritores para una pequeña revista semanal. De un momento a otro se llenó de esperanzas y se dirigió al mostrador donde atendía un hombre mayor, calvo y con algo de sobrepeso, que le dijo con amabilidad al tenerlo lo suficientemente cerca:
–Buenas tardes, joven. ¿En qué puedo ayudar?
–Quería preguntarle acerca del cartel que tiene en la entrada.
El hombre lo recorrió con la mirada generando un prejuicio basa-do en su apariencia. Luego de terminar tomó la palabra con desconfianza.
–¿Sos escritor?
Juan Cruz intentó responder rápido y sin vacilar pero terminó dudando.
–Sí… Bueno, eso estoy intentando.
Atajos del destino y algunas vidas desdichadas
63
–¿Y qué te falta? –disparó el hombre, seguro de acertar en el blanco con esa bala.
–Experiencia… tal vez.
–Yo diría que seguridad, cuando uno escribe se desnuda ante cualquiera que quiera verlo desnudo y ahí debe estar, orgulloso de lo que tiene y seguro de lo que puede dar.
Juan Cruz se quedó en silencio y no supo qué contestar. Lo primero que se le vino a la mente fue que perdió su oportunidad. El hombre, notándolo herido, continuó.
–Noté que no sos de acá, el acento te delata.
–Así es. Soy del interior, vine a la capital porque a mi padre lo trasladaron a la sucursal que tiene acá la empresa en la que trabaja, y como mi deseo es escribir, decidí venir con él, creyendo que en la capital existen más oportunidades.
El hombre dibujó una sonrisa de placer y asestó el golpe mortal.
–Entonces va en serio lo de ser escritor.
Juan Cruz lo miró con mezcla de incertidumbre y bronca. No lo-graba entender si el viejo le estaba hablando bien o simplemente se estaba divirtiendo en medio de una librería que no tenía clientes. Luego de pensar lo que iba a decir habló intentando sonar convencido.
–Más que en serio, es casi una realidad –luego de decirlo, pensó cómo se había animado a demostrar semejante seguridad.
El hombre volvió a sonreír y haciendo un movimiento de afirmación con la cabeza contestó.
–Ahora me gusta más la actitud. ¿Tenés algo escrito para dejarme?
Juan Cruz negó con la cabeza, sintiendo que estaba haciendo todo lo posible para perder la oportunidad, pero el hombre volvió a tomar la palabra.
–No soy sólo yo quien debe estar conforme. Deberías preguntar -me acerca de la revista, más en estos tiempos en los que te matan por decir lo que al ‘majestuoso’ no le gusta. Hagamos lo siguiente; te voy a dar un ejemplar de la revista para que la leas y veas si te sigue interesando escribir para nosotros, si llega a ser así, te espero con un escrito tuyo.
Juan Cruz se llenó de alegría repentina y asintió sin poder decir nada. El viejo gordo y calvo se agachó lentamente y revolvió debajo del mostrador, al levantarse tenía en la mano una revista que dejó sobre el mostrador, haciéndole un gesto para que la agarre. Juan Cruz la examinó y lo primero que vio fue el nombre Espíritu federal. Una ola de intriga le sacudió la cabeza, la agarró y salió entusiasmado agradeciéndole al viejo. Las cosas comenzaban a cambiar.
A pesar de ser pocas las cuadras que separaban la librería de su nuevo hogar, decidió viajar en subte. Todavía recordaba con lujo de detalles aquellas tardes de domingo en las que, mientras su abuela cocinaba los fideos, su abuelo le contaba con un dejo de nostalgia sobre aquellos años que vivió en la capital. Sintió una alegría enorme por estar conociendo el lugar que siempre imaginó entre las palabras de su abuelo. Tomó rápidamente el anotador que siempre llevaba encima y comenzó a escribir lo que sentía, pensando que su próximo viaje sería para entregárselo al gordo de la librería.
“Un tren viaja a gran velocidad por debajo de la tierra, como metido en un tubo enorme de cemento, decorado con sencillos pero hermosos murales. Un cartel de color rojo intenso te recuerda el nombre de la calle que pasa por encima y a la luz del sol, un olor particular se siente a medida que bajás cada escalón. La estación, pintoresca, respira con tranquilidad mientras que arriba, la avenida enorme y llena de luces es el sendero que utilizan miles de personas apuradas. Sin embargo por la noche todo cambia, existe otra vida. La estación se silencia por completo, dejando sólo el eco del último tren que se aleja y la misma gente que caminaba apurada en la avenida ahora camina vestida de fiesta y a un ritmo mucho más cansino, disfrutando de la libertad. Los teatros se abren paso entre las confiterías y la ciudad respira otro aire, una aire lleno de alegría y elegancia, un aire que transforma la ciudad en la envidia del resto del continente, un aire de grandeza que la distingue frente al resto, ése aire que a mí me enamoró”.
El sol entraba tenue por la ventana de la oficina de Fuch, todavía no se terminaba de adecuar a las nuevas instalaciones pero todo iba según lo planeado. El equipo de ventas ya estaba trabajando y las empaquetadoras que le ponían la marca a las linternas importadas comenzaban a funcionar. Pensó en que extrañaba a Augusto, pero rápidamente recordó que lo mejor era que él siguiera allá, más seguro y tranquilo; todavía era joven y merecía tiempo para disfrutar. Aunque el dinero pueda comprar todo lo que se vende, había algo que a Fuch le faltaba: una mujer. Desde que la madre de Augusto lo dejó no pu-do volver a sentir amor, ése sentimiento totalmente efímero e intangible, ese sentimiento que nadie puede explicar de manera certera, pero que maneja la vida de hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales, ese sentimiento que conduce a todo ser humano –incluso al más malvado– a realizar todo tipo de comportamientos sin sentido alguno. Pasó los años alquilando cuerpos en busca de saciar las demandas naturales pero sintiendo un vacío imposible de llenar, por más voluntad y deseo que le pusiera a sus ilusiones. Se sirvió otro whisky, sin dejar de contemplar desde la oficina la inmensidad de la fábrica que ahora le pertenecía, sin correr la vista pensó si existía la felicidad realmente y no encontró respuesta pero el golpe de la puerta lo interrumpió bruscamente.
–¡Adelante! –dijo con desgano.
–Permiso señor, vine a dejarle la correspondencia –la secretaria anunció el motivo de su visita mientras dejaba varias cartas sobre el escritorio.
–Muchas gracias, podés seguir con tus tareas –Fuch no le dio importancia y tomó otro trago de whisky.
–¿Doctor, usted se imagina cómo sería su vida si ese sueño que tiene desde la niñez le llega pero a la mitad? Así me siento yo, siendo teniente general del ejército. Aunque no lo crea, desde chico soñé con liderar un escuadrón y llenarme de honores en una guerra. Sé qué pensará cosas desagradables de mí, como la mayoría de la gente, a nadie le gusta la guerra, pero a los hombres como yo nos encanta, porque entendemos que hay mucho más que muerte y violencia en una guerra… Existen otras cosas, verá… Existe la estrategia, la bondad, el talento, el liderazgo, la fidelidad, las sorpresas, la adrenalina y, sobre todo, mucho honor. Pero, ¿cuánto más sé yo que usted de la guerra? Nada que los libros no me hayan contado. Siendo teniente general, al igual que usted nunca fui a una guerra, no sé qué se siente realmente al estar en un campo de batalla ideando la estrategia más apropiada para ganar y eso me tortura. ¿Cómo puede ser que un ejército sobre-viva sin guerras o que nos preparemos para algo que tal vez nunca llegue? Es similar a que usted estudiara toda la vida para hacer ésta terapia pero nunca la pudiera desarrollar.
Federico escuchó atentamente cada palabra, hacía mucho tiempo que no podía prestar tanta atención, en cada palabra del General se sentía identificado, él también estaba metido en una profesión que no lo llenaba y también se sentía angustiado. Nuevamente no supo qué contestar, pero tomó la salida más sencilla, e hizo un gesto para que el General prosiguiera.
–Anoche tuve un sueño extraño; en el que moría en un accidente de tránsito y rápidamente me despertaba en el medio de un enorme campo de olivos. El olor de los mismos me encantó y me llenó de frescura. Es muy difícil explicar por qué pero, en ése momento, en el medio del sueño, me sentí feliz y en paz. Caminé sin rumbo aunque sin la certeza de estar avanzando, porque el campo era infinito. De un momento a otro, sin entender cómo sucedió, apareció frente a mí una muralla enorme con una entrada que bien podía ser de Roma o Atenas. Una sensación de miedo –que intenté controlar– se hizo presente y de repente se abrió la puerta. Curioso, entré despacio y con cuidado. Todo parecía estar abandonado y con rastros de haber sufrido a manos del fuego, el olor a carne quemada se hacía más fuerte a medida que me adentraba en la ciudad. A lo lejos vi a un hombre corriendo, vestido únicamente con una túnica. Le grité pero no se detuvo, en ése momento me miré la ropa por primera vez y me di cuenta de que llevaba el uniforme del ejército. Corrí desesperado detrás del hombre. Lo perseguí por más o menos dos cuadras, hasta que entró en un palacio enorme, íntegramente de mármol. Me paré en la puerta y aprecié semejante edificio, que se erguía frente a mí. Cuando volví a
bajar la vista vi al hombre, que desde el interior me hacía señas para que entrara. Con mucho temor, lo seguí.
Fui detrás de él por varios pasillos decorados con hermosas esculturas y delicados cuadros. Después de cruzar una puerta me encontré con un salón que tenía una mesa en el medio y cuatro personas sentadas. Desde lejos no los podía ver bien, pero el hombre, parado al lado de la mesa, me hizo señas para que me acercara. De un momento a otro estaba parado frente a la mesa alargada que compartían esas cuatro personas, y caí en la cuenta de que algo extraño pasaba: Alejandro Magno, Julio César, Aníbal Barca y Napoleón estaban sentados mirándome fijo. Cómo podrá imaginar, el corazón estaba por estallarme. Julio César tomó la palabra y me dijo:
–¿Quién eres, bárbaro?
–Soy el Teniente General del ejército terrestre, Leopoldo Aguirre.
–Parece un cargo importante –dijo Aníbal rápidamente, de manera irónica.
–Lo es, aunque no como lo sería en tu tiempo –le contesté firme y ya con menos temor.
–¿Qué haces aquí? –volvió a tomar la palabra Julio César.
–No lo sé, ni tampoco sé dónde es que estoy, y mucho menos cómo estoy hablando con ustedes que ya están muertos.
Se miraron riendo, burlándose de mí, y después Alejandro tomó la palabra.
–¿De qué tierra eres?
–Una tierra de la que sólo Napoleón escuchó hablar, está cruzando un enorme océano hacia el oeste, una tierra muy lejana de Francia, Grecia, Roma o Cartago.
Napoleón asintió con la cabeza al tiempo que dijo:
–América.
–¡Exacto! –dije orgulloso.
–¿Cuántos hombres te siguen y cómo es tu ejército? –volvió a preguntar Alejandro.
–En mí época es un poco más complicado que en la tuya, el ejército es totalmente profesional, contamos con un ejército aéreo, uno naval y uno terrestre.
Nuevamente se miraron entre ellos riéndose de mí y haciendo ges-tos.
–¿Aéreo? –dijo Aníbal, burlándose de mí.
–Sí, tenemos unas máquinas que se llaman aviones, son como pájaros gigantes que planean y van cargados de misiles.
Siguieron riéndose de mí, yo ya había perdido todo el respeto que me generaba la admiración. Alejandro volvió a preguntar.
–¿Cuántas batallas ganaste?
Me sentí humillado pero me vi en la obligación de responder.
–Ninguna.
Me desperté de repente en medio de las burlas de todos mis gran-des ídolos. ¿Se da cuenta? ¿Qué clase de teniente soy? Uno que nunca fue a una guerra y ya tiene más de 60 años.
Una vez más Federico no supo qué contestar, sus días de terapeuta estaban contados.
Fuch seguía sentado en su oficina, absorto en sus pensamientos, mientras una canción insulsa sonaba de fondo como musicalizando la escena; papeles tirados por doquier, el whisky a medio tomar, su ca-misa desprolija y su sonrisa irónica y sobradora borrada de su cara por la soledad. De repente sacó la vista de la ventana y notó la carta que le había dejado su secretaria arriba del escritorio; buscó el remitente pero no lo encontró. Desanimado, la revoleó sobre el escritorio y se levantó para servirse otro trago de whisky, luego la intriga le ganó y la volvió a agarrar. La observó con desconfianza mientras pensaba que se debía tratar de publicidad o algo por el estilo. Tanto misterio no tenía sentido si sólo hacía falta abrirla para averiguar qué decía, pero era un juego que Fuch solía disfrutar; el poder trae consecuencias. Luego de un rato decidió ponerle fin al asunto y rompió el sobre sin ningún tipo de cuidado.
La recorrió con la vista y notó que estaba escrita a mano alzada, cosa que le sorprendió sobremanera, pero todavía se negaba a comenzar a leerla. Sólo diferenció que comenzaba con unas amenas palabras, tomó otro trago de whisky y volvió a mirar por la ventana: las luces ya estaban apagadas, se encontraba solo en medio de la fábrica, cosa que le causó una sensación extraña. Se acomodó en su sillón y comenzó a leer.

“Querido amigo Fuch:

Como notará, tengo el gran placer de dirigirme a usted por un medio bastante inusual en éstos tiempos, pero yo lo prefiero así. Es mucho más personal, ¿no lo cree? Mi abuela siempre dijo que la letra es la confesión del alma y que uno puede saber mucho si mira la letra de alguien. Entienda que le estoy mostrando demasiado. Por el momento no le voy a decir mi nombre y entenderá más adelante que por ahora no tiene sentido hacerlo, sin embargo yo sé mucho de usted, sé más de lo que usted cree, se lo puedo asegurar. Sé a qué se dedica, y no hablo de las linternas de juguete: hablo de las estafas y del circo que tiene armado para hacer caer a los pobres infelices a los que seduce. Sé muchísimo de cómo se dedica a eso, porque hace tiempo yo también caí, pero ahora me doy cuenta de que debo llevar mi vida a otra dimensión, tengo que darle un sentido. ¿No cree? No quiero robarle mucho más tiempo a un hombre tan ocupado como usted, pero quiero que le quede clara una sola cosa: tal vez no lo mate ni lo lastime, pero quiero hacerle la vida un poquito más difícil. Con cariño, su dios; Baco”.

Luego de terminar de leer la carta entró en un estado de confusión. Por un lado; el miedo, como era de esperar, entró en su cuerpo y por otro; la tranquilidad de su personalidad le indicaba que no debía preocuparse y que seguramente se trataba de un despechado infeliz que perdió todo por no saber hacer las cosas bien. Se sirvió otro trago –ése que estaba de más– y ya sus sentidos no respondieron bien. Se levantó como pudo y caminó por el medio de la fábrica, ya oscura y solitaria. Pese a que trataba de convencerse de que no tenía miedo, sentía correr por sus venas el punto más débil de cualquier humano, el terror a la muerte.
Llegó al estacionamiento de la fábrica sin poder caminar derecho y hundido en un profundo silencio. Su auto –de gran porte– denotaba estilo y superioridad extrema. “Un hombre de mi clase no puede tener menos y por eso me amenazan con boludeces”, pensó mientras le erraba varias veces a la cerradura. Como pudo volvió a su casa manejando, la música que sonaba en la radio se mezcló lentamente con el alcohol y lo sumergió en un viaje por el pasado. Recordó a su mujer con un dejo de melancolía y resentimiento. Cuando intentó volver a la realidad le costó mucho, tal vez más que manejar en ese estado. Por suerte para él –no para mí, hubiese deseado verlo accidentado– la ciudad estaba desierta y el viaje no tuvo sobresaltos.
El subte lo comenzó a entusiasmar, lo sentía como un viaje al pasado. Era un tren anticuado en medio de tanta modernidad, los vagones hechos de madera, las luces, las puertas; todo era muy antiguo y, para alguien que todos los días al despertar piensa que éste no es su tiempo, era una inyección de satisfacción. Es increíble ver cómo se perdió el misterio, el uso de la imaginación, las historias. Recordaba, mientras viajaba, aquellas tardes que se juntaba con los chicos del pueblo a escuchar historias de héroes y lugares a los que sólo podían imaginar. El abuelo de uno de los chicos solía contarles historias de los lugares que había recorrido, un hombre viajado y muy culto que disfrutaba de narrar aventuras a un par de chiquillos curiosos. “París es hermosa, iluminada de noche como si estuviera el sol, un hermoso río refleja la luna y en su aire se respiran historias de grandes artistas. Una torre de hierro se erige en el centro, es tan alta que parece pinchar las nubes con su punta filosa, y te hace sentir un ser tan pequeño como una mosca, pero sin aunque sea poder volar. La gente habla un idioma seductor y totalmente interesante. Francia es mi segunda patria”. Recordaba tan claras ésas palabras que podía escuchar la voz del viejo en su memoria. Así comenzaba el escrito que le llevaba al hombre gordo de la biblioteca. Viajaba muy nervioso contando las estaciones que le faltaban para llegar y repetía en su cabeza, una y otra vez, la pequeña historia que llevaba manuscrita en un cuaderno. Se trataba de un chico que, hundido en una profunda angustia por sentir que su vida no encontraba sentido ni destino de héroe, decide comenzar a recorrer los pueblos de Francia, recolectando las historias de los pocos protagonistas que quedaban de la Revolución que llenaría el mundo de ideas utópicas y sensación de igualdad. Estaba orgulloso de su creación, y seguro de que su estilo encajaría perfecto en la revista del viejo librero.
Al llegar a la puerta de la librería sintió todo lo contrario, una ola de inseguridad y miedo lo atacó de repente. Debía cruzar la puerta, encarar al viejo con seguridad y darle la historia. Sabía que era lo correcto pero no podía hacerlo, se sintió paralizado y sin poder mover las piernas hacia delante. Estuvo varios segundos pensando si debía entrar o no, hasta que decidió no hacerlo. Caminó enfurecido consigo mismo por ser tan cobarde y bajó nuevamente las escaleras del subte, pero una vez abajo, discutió con la voz que le decía que se fuera y que era bastante malo lo que iba a presentar. Se puso firme contra sí mismo, contra esa maldita voz que lo atormentaba y llenaba de inseguridad y temores, ésa voz que no lo dejaba vivir y que varias veces le hizo pensar que lo mejor sería morirse. Realmente deseaba morirse, no a diario, pero sí seguido cuando la voz aparecía. Pero ésta vez peleó con más fuerzas y al mirar a su alrededor cayó en la cuenta de que estaba en el subte, en la capital, que se había ido del pueblo para perseguir su sueño y tenía la oportunidad entre sus manos. Hizo fuerza para callar la voz y retomó el camino hacia la librería. Entró decidido. Una vez adentro se dio cuenta de lo que había hecho, por primera vez había vencido a la voz que tanto lo atormentaba, respiró hondo y se dirigió al viejo con seguridad.
–Buenas tardes, joven. Has vuelto –saludó el viejo cordialmente.
–Buenas tardes. Sí, he vuelto porque me gustó la revista y quería entregarle mi escrito.
La voz de Juan Cruz estaba llena de seguridad inconsciente, ya que él no se dio cuenta.
–Muy bien. Eso me alegra.
Luego de terminar, hizo un gesto para que Juan Cruz se la diera. Metió la mano en el cuaderno y alcanzó las cuatro hojas que contenían sus palabras. Lleno de nervios, se quedó sin decir nada mientras el viejo ojeaba por encima. Un momento de incomodidad.
–¡Perfecto! ¡Y manuscrito! Eso me gusta. ¿Podés pasar mañana así charlamos sobre esto?
Juan Cruz asintió sin decir nada y todavía sin poder comprender de dónde salió la fuerza que lo llevó a callar la voz, salir de la estación y encarar sin ningún problema al viejo. Saludó con un gesto y se retiró de la librería lleno de esperanzas.
La vida de Alfredo en la capital no estaba floreciendo como la de Juan Cruz. La incomodidad que le causaba el trabajo en la nueva sucursal era profundizada por la actitud de Adriana. Ella parecía no entender la realidad de la situación, se la pasaba paseando, comprando cosas y viviendo una realidad paralela, lejos de los verdaderos sentimientos de Alfredo. Estaba considerando seriamente pedirle a Fuch volver al pueblo con la suma de dinero que le correspondía, pero como era de esperar su carácter no le permitía arriesgarse y encarar semejante momento.
Sentado en su consultorio, ésta vez sin pacientes, Federico contemplaba en silencio los diplomas que colgaban de la pared marrón, al lado de un reloj barato que simulaba ser el de Dalí y un cuadro –obvio y trillado– de Freud. Repasaba en silencio los logros que obtuvo en el psicoanálisis: artículos premiados, ensayos, investigaciones, cátedras, libros y congresos de excelencia; algo que llenaría de orgullo a la mayoría de los profesionales, pero que a él le causaba un vacío enorme en su pecho. Su vida debía cambiar repentinamente. Años estudiando los problemas de los demás y descuidando los suyos. La profesión a la que había dedicado su vida ya no lo entusiasmaba, el amor por su mujer había terminado y la pasión era tan nula que ni recordaba la última vez que se excitó realmente. Su hija creció y se fue a vivir al exterior, empujada por su marido, gerente de una multinacional.
¿Cómo el tiempo pudo ser tan dañino? ¿Cómo pudo destruir hasta los lazos más fuertes? ¿Por qué no me animo a dejar a mi mujer y rehacer mi vida? Todas ésas preguntas las escuchó demasiadas veces en la boca de sus pacientes, y siempre tuvo la palabra adecuada, pero para él no encontraba ni la equivocada.
Mientras la ciudad seguía confundida acerca de la realidad, había un grupo de gente muy confiada y segura del camino que se debía tomar. Una hermosa quinta era el centro de reunión. Las plantas se trepaban desde el suelo por los alambrados como queriendo alcanzar la libertad y despegar. El pasto, húmedo, despedía un hermoso olor que purificaba los pulmones, la tenue luz iluminaba justo lo que la noche requería, un hombre debidamente uniformado se ocupaba de mantener siempre llenas las copas de los invitados. El murmullo ilustrado y refinado se mezclaba con los tonos de música clásica que des-pedía un parlante antiguo en perfectas condiciones. En el centro, una hermosa pileta rodeada de antorchas daba un dejo de misticidad alucinante. Elegantes personajes hablaban en grupos sobre sus hazañas personales y sus grandes posesiones. Restos de la burguesía colonial se detectaban en cada mueble que adornaba la escena. Con extravagantes aires de grandeza debatían sobre ideas retrógradas y basadas en el beneficio propio.
En un banco al costado de la pileta, dos hombres eran iluminados por el fuego de las antorchas y a simple vista sobresalían del resto. El más viejo portaba un excelente cuerpo, bastante más alto que la media. El pelo, debidamente prolijo, enmarcaba su cara huesuda y algo colorada debido al alcohol, que corría libremente por su sangre. El más joven era un hombre de mediana edad que disfrutaba en cada gesto y en cada palabra, hacer notar su poder.
–Todo el pueblo sabe lo que va a pasar, pero nadie se anima a impedirlo. Saben que realmente es lo mejor para todos. Esto ha pasado siempre. La historia es la mejor maestra, todo ya ocurrió en el pasado y sólo los que interpretan el pasado para estar alertas en el presente son los que escriben el futuro. Reyes que reinan hasta que mueren, duques que envenenan a sus hermanos, vírgenes hermosas que son entregadas a degenerados príncipes por sus mismos padres, sabiendo que van a ser violadas cada noche, pueblos que siguen a un hombre que afirma ser de una raza superior, enormes ejércitos que matan en nombre de Dios, cuerpos ardiendo en la hoguera por no creer en el mismo Dios que les garantizaba el amor por el prójimo, tolerancia e igualdad y hasta un Papa que monta una red de asesinos para garantizar la grandeza del Señor… ¿No te parece hipócrita? El poder es hipócrita pero no es para cualquiera, por ese motivo existieron los reyes, los generales, los duques, los emperadores, los presidentes, los ricos y… los pobres. Hay gente que nace para que el propósito de sus desdichadas vidas sea el de ser pobres y así, la gente que lo merece viva bien. Inevitablemente tiene que haber gente que viva mal. ¿Quién haría el trabajo sucio? ¿Los monos?
El viejo hizo una pausa seguida de una carcajada irónica. Su tono de voz era firme y seguro, como quien camina a oscuras dentro de su casa sabiendo dónde está cada baldosa. Mientras tanto, el más joven lo escuchaba atento y tratando de digerir las palabras que escuchaba.
–¡No! Los pobres… ¿Acaso Darwin no aseguró que somos una evolución de los monos? Y éstos…–señaló al hombre de traje que servía las copas– son el eslabón que hay entre un simio africano y nosotros. Por eso son pobres.
El joven digirió las palabras y se tomó el debido tiempo para con-testar. Con gran parte de lo que escuchaba estaba de acuerdo.
–Yo he nacido pobre, mi padre fue pobre, pero supo hacer las cosas bien y yo las potencié; mi empresa de linternas ha crecido y por eso estoy acá. ¿Un golpe de suerte o sólo un mono talentoso? –Fuch habló con su tono habitual, muy tranquilo.
–Por algo dejó de serlo, son pocos los que evolucionan, pero lógicamente algunos hay. Te felicito por dar el siguiente paso. Probablemente tu hijo te supere.
Una emoción extraña invadió a Fuch. Recordó de repente que tenía un hijo y tuvo la sensación de haberlo olvidado.
–Es lo que más deseo. ¿Qué es lo que va a pasar?
–¿Un hombre inteligente hace ésa pregunta? ¿Qué podrían estar haciendo los hombres que manejan el ejército junto a los empresarios más pudientes? ¡Exacto! Justo lo que estarás pensando, planeando un golpe. Por otro lado parece estar de moda por éstas tierras.
La risa del viejo demostraba cuánto disfrutaba de lo que estaba sucediendo. Fuch, incrédulo e inocente, no entendía qué hacía en ésa reunión, pero seguramente le convenía.
Mientras tanto, en las calles de la capital nadie sospechaba lo que estaba por ocurrir y Alfredo era una más de las personas que caminaban tratando de distraerse y disfrutar el poco tiempo de libertad. Una brisa primaveral hacía que el clima fuera perfecto para una caminata y Alfredo recordó las noches de verano que salía a caminar por la costanera del pueblo con Estela y Juan Cruz, ésa misma costanera en la que Estela casi enloquece al verlo con Adriana. Absorto en su recuerdo caminaba en silencio y con la mirada perdida, llevando a Adriana de la mano. Ella ni se imaginaba el torbellino que sacudía la cabeza de Alfredo, y a pesar de que sentía una sensación de triunfo enorme, sentía un vacío de similar tamaño. Tanto tiempo de pelear obsesiona-da por obtenerlo, recorriendo un camino interminable que le llevó años y sacrificio transitar, lleno de privaciones y sufrimientos, de envidia y rencor, de dolor y traición. Ahora lo tenía, Alfredo caminaba de su mano pero no sabía qué hacer con eso, la felicidad que imaginaba seguía sin aparecer mientras las palabras estaban de huelga. No existía nada de lo que siempre imaginó. El amor correspondido, lejos de ser garantía de felicidad, era una condena al sufrimiento, en ése momento recordó una frase que leyó en algún libro: “Cuidado con lo que soñás, puede hacerse realidad”. Lo miró y ambos se sonrieron de compromiso. Alfredo ya estaba seguro de que la decisión de viajar a la capital había sido un error.



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