c434e788-330f-40e4-b0d7-5ead33bd16fd


Empacar toda una vida en un puñado de horas no era la manera que hubiera elegido pero no le quedaban opciones. Presionado, en gran medida por Adriana y Juan Cruz, aceptó la propuesta y ya era demasiado tarde para volver atrás. Gran parte de su pensamiento no estaba del todo de acuerdo con la decisión que había tomado pero nunca fue un hombre que se caracterizó por tomar decisiones. Mientras desarmaba los cajones, placares y recovecos de su casa lo asaltaban gran cantidad de recuerdos e imágenes. La misma casa que lo vio en los primeros momentos de casados cuando todo era distinto; la alegría vivía entre Estela y él… salían, se juntaban con amigos, mataban la noche hablando y riendo (todavía le parecía escuchar el eco de aquellas noches en las que se reían hasta la madrugada), luego apareció Juan Cruz llenando la casa de vitalidad y trayendo consigo la idea de reconstruir la relación pero sólo alargó la agonía. Se vio armando las valijas para mudarse, para dejar atrás toda la vida que había construido pero por lo menos Juan Cruz estaba haciendo lo mismo a su lado. Con la miseria en la mano, se acercó para buscar consuelo pero no se animó a hablarle. La relación entre ellos no era la mejor, la comunicación de Alfredo nunca fue una de sus mejores virtudes, por el contrario, le costaba mucho, al punto de no hablar ni mostrar sus sentimientos; y ésta situación lo superaba. Mientras, luchó por unos instantes contra ésa fuerza inentendible que no lo dejaba hablar, vio cómo Juan Cruz se alejaba, cerró los ojos y pensó en las primeras palabras que diría, pero ésas conversaciones que imaginaba nunca resultaban idénticas en la realidad. Hundido entre la indecisión y la falta de iniciativa, perdió la posibilidad de hablar con Juan Cruz, se llenó de miedos y se preguntó por qué Fuch le hacía esto, al tiempo que retomaba el trabajo con los cajones.

       Ver a un imperio destrozado no es fácil, sobre todo si ése imperio era tu sueño, tu anhelo, tu aspiración y esa chispa que le da un poco de sentido a una vida plana y sin emociones. Rómulo caminaba por los pasillos de lo que hasta ayer era su fábrica, el silencio era aterrador  y tan fuerte que asustaba. Largas máquinas que dormían sin hacer ningún ruido, las luces apagadas y la pintura destrozada. Cada paso, cada rincón que miraba tenía un recuerdo. Toda su vida había pasado ahí adentro. Cuando apenas era un niño su padre montó la fábrica con todos sus ahorros: en aquel momento era posible tener un sueño y poder empezar con poco. Comenzaron a producir los mejores chocolates del barrio. Todas las mañanas, Álvaro –el padre de Rómulo– salía a hacer el reparto mientras Clara, su madre, se encargaba de las recetas y el orden. Rómulo caminaba encantado por la fábrica, el olor a chocolate lo ponía de buen humor y le contaba a todos sus amigos sobre las aventuras en las máquinas. Era feliz.

       A medida que fue creciendo, comenzó a trabajar y a tomar las riendas del negocio ante la supervisión de su padre, quien –ya grande– veía con ojos incrédulos y orgullosos cómo su hijo convertía lo que había sido un horno en un garaje en una de las fábricas más importantes de la capital y luego de la patria entera. Toda esa alegría no entraba en el cuerpo desgastado del pobre Don Álvaro. Rómulo resultó ser un hábil empresario, honesto y comprensivo. En ningún lugar los empleados estaban mejor, sus salarios eran acordes y el clima era excelente, pero la ambición suele ser mala consejera. “Don Alva” estaba en lo alto de la montaña, la fábrica vendía y se hacía conocida a lo ancho y largo del país, pero a Rómulo no le alcanzaba. Un empresario le había prometido el éxito continental, era muy fácil: sólo había que invertir y sentarse a ver como volvía la plata, obviamente en sociedad. ¿Quién no se sentiría seducido por semejante oferta? Rómulo conocía a este empresario desde hacía muchos años pero sólo por cuestiones laborales. Si bien su relación era muy buena, no se conocían profundamente. “Uno nunca termina de conocer a la gente”, aunque es una frase hecha y vulgar, dice la verdad. Ambos invirtieron en esto que, para Rómulo, era un gran desafío y un sueño alimentado por la ambición. Los primeros tiempos fueron bastante bien pero pronto todo se desmoronó. Nadie supo bien qué pasó, ni quién era el culpable. La realidad marcaba que las cosas no estaban bien, la desconfianza de Rómulo crecía día a día, cada acción que su socio emprendía era decorada con una manta de sospechas y la posibilidad del fraude era cada vez más concreta. Sin dar crédito a lo que sus personas cercanas le decían, siguió adelante como quien ve una vela en medio de la oscuridad pero no se da cuenta de que el viento, por más débil que sea, apagará la vela con facilidad. Cuando el abatido Rómulo reaccionó ya era demasiado tarde, estaba inmerso en una deuda enorme y entendió el mecanismo que utilizaba su socio para quedarse con lo que no le correspondía. No pudo evitar recordar las palabras de su padre, “cuando la limosna es grande hasta el más santo desconfía”, y este misterioso empresario no quería la limosna, buscaba algo más. Rómulo agradeció que su padre hubiera muerto y no estaría presente en el momento en que bajara la persiana para siempre. Tenía como garantía del negocio la fábrica, y pese a su pedido de compasión, Fuch avanzó con los procedimientos legales necesarios para que la bandera de sus linternas aparezca flameando en la entrada de la vieja fábrica “Don Alva”.

       Rómulo caminaba en medio de la fábrica en silencio y a cada paso que daba una espina hacía presión sobre su alma, al punto de no soportar el dolor que causaba ver cómo el esfuerzo de su vida se desmoronaba. Aquel lugar que hasta hace poco brillaba de colores, movimientos, gritos, risas y un olor a chocolate seductor, se hundía en el más cruel silencio y olor a humedad. La recorrida debía finalizar pronto, porque lo esperaba Fuch con el escribano para firmar los papeles que le trasladaban la titularidad de la fábrica a cambio de saldar la deuda que su ambición había acumulado.

       “Un hombre de negocios no para de trabajar un segundo”, pensó para consolarse  mientras la sonrisa malévola se dibujaba en su rostro. Esperaba que el escribano le abriera la puerta a él, a su hijo Augusto y a su abogado. Una mezcla de sentimientos se entrelazaba en su pecho, una dosis de culpa y sensación de victoria que sólo sentía en los días en que le tocaba hacer esta parte del trabajo. Ya tenía bastante aceitado el accionar en este negocio, por un lado la fase previa que constaba de seducir a la futura víctima prometiendo un próspero negocio; la segunda, la de montar el negocio gastando a sabiendas muchísimo más de lo necesario; y la última, cobrando todo junto con enormes intereses. No era la primera vez que recibía una propiedad en parte de pago o resarcimiento por algún negocio. Había escuchado por ahí “el dinero es el único bien que genera dinero por el hecho de ser dinero”, y él tenía dinero de sobra para poner a generar más de lo que sabía en qué lo podía gastar. Si bien en la actualidad la fábrica de linternas no iba del todo bien, ya tenía arreglada la distribución de las linternas extranjeras y pasaría de tener una fábrica a una distribuidora, lo que le permitiría ganar más teniendo menos empleados y, sobre todo, problemas. Al miserable prepotente no le entraba tanto orgullo en su propio cuerpo.

Por fin el escribano le abrió la puerta, y ambos se sorprendieron al verse, todos imaginamos físicamente a personas que no conocemos dependiendo de lo que hacen y nos cuentan, ésta no era la excepción. El escribano se encontró a un hombre estereotipado, vestido con ropa fea pero muy cara, lo que denotaba su mal gusto, varios anillos de oro que brillaban al punto de encandilar la mirada y una sonrisa que arrancaría a los golpes de ser posible. Fuch, por su lado, se sorprendió al ver al escribano, un hombre calvo con algo de pelo arriba de las orejas, desalineado pero elegante, cara de tortuga y un sobrepeso enorme, vestía ropa antigua y su oficina relucía de estilo adornada con retratos de viejos patriotas que combatieron por la independencia, muebles pertenecientes a la antigua monarquía, mucha luz amarilla y una hermosa arcada con ladrillos a la vista que separaba la sala de espera del escritorio; que contenía su punto débil: un portalápices pintado por alguno de sus hijos en un  viejo día del padre. Devolviendo el gesto, Fuch y su séquito, entraron y se sentaron en silencio en el sillón de la sala de espera.

–Todavía no llegó la otra parte. ¿Gustan un café para la espera? Preguntó el escribano en señal de amistad.

Fuch asintió sonriendo y el escribano se retiró. Al cabo de unos pocos instantes ya había regresado con el café, se los sirvió y pidiendo permiso se retiró.

–Debés estar orgulloso de tu padre, Augusto, no todos los días se gana un millón de dólares. ¿No te parece? ­–el tono de voz de Fuch era tan suave que sus palabras no parecían contener maldad.

–¡Lo estoy! Ahora que vamos a instalar la fábrica en la capital, ¿tenemos que venir a vivir para acá?

–No, vos no. Yo voy a ir y venir. Vamos a tener empleados de confianza acá.

–Asegurate de hacerles firmar los papeles que te mandé antes de que viajen –intervino el abogado, como si no tuviera otra cosa en qué pensar.

–Tranquilo, para eso estás vos… Pero bueno hijo, hoy te traje para que entiendas un poco de qué se trata ser un hombre de negocios. ¿Cuántas veces compraste chocolates  “Don Alva” en el kiosco? –el ritmo lento y pausado de Fuch pondría nervioso a cualquiera.

–Muchísimas, ¡sabés que es mi preferido!

Augusto estaba lleno de inocencia. Fuch suspiró, asintió con la cabeza y luego comenzó a responder.

–Ésos son los negocios. Ahora, el pobre Rómulo tendrá que volver a empezar, si es que puede, por una mala jugada. Quiero que aprendas que hoy tenemos mucho pero hay que defenderlo y por eso yo sigo trabajando, para dejarte una linda vida –hizo una pausa esperando la respuesta de su hijo, que lo escuchaba atento, mientras el abogado fingía no prestar atención a lo que hablaban. Al ver que su hijo no tenía palabras, retomó gesticulando como un gran líder–. Parece una ironía de la historia, Rómulo le cede su imperio a César, el padre de Augusto.

Los tres se quedaron en silencio mientras retumbaban en el aire las últimas palabras de Fuch. Ni su propio hijo ni su abogado estaban orgullosos de escuchar tanta hipocresía junta. Augusto era una especie de Dios y diablo, un adolescente que creció viendo cómo la verborragia, la ambición, la avaricia y la arrogancia de su padre contrastaban duramente con la amabilidad y sensibilidad que recordaba de su madre. Lógicamente, la relación no duró demasiado y su madre se escapó de su casa después de un trágico accidente hogareño donde el pobre Augusto se llevó la peor parte. Por esa razón César lo crió solo y con esfuerzo, pero siempre apoyado en la arrogancia, y en la brecha que separaba a los que realmente eran inteligentes como para ser dueños de los que simplemente eran esclavos con sensación de libertad. Las ideas de su madre vivían en su interior pero él se esforzaba en reprimirlas porque, en definitiva, su madre lo había abandonado sin reparar en el amor y sí habiéndolo hecho demasiado en sus ideas. Por lo menos eso era lo que contaba su padre.

      Con el pasar de los años, Augusto comenzó a analizar mejor la situación, y así entendió que su madre era sometida a la personalidad de un hombre muy particular, el dolor y la bronca fueron dejándole su lugar a la comprensión. Pese a eso, César fue quien lo crió y nunca le hizo faltar nada.

    El reloj se movía en la sala de espera con un sonido enfermizo, acompañando al ruido de la máquina donde el escribano redactaba el futuro contrato. Fuch, Augusto y su abogado, permanecían en silencio impacientes, reacomodándose en los asientos una y otra vez, evidenciando su incomodidad, que no se debía al confortable sillón verde que brindaba el calvo escribano a sus clientes, sino a que Rómulo llevaba mucho retraso. Lo que no sabían ellos era que estaba parado en la vereda hacía más de media hora, paralizado y sin fuerzas para entrar. El escribano seguía tan entretenido con su redacción que ni pensó en eso. El sonido del segundero en medio del silencio alimentaba la ansiedad de Fuch, que comenzó a sentir cómo caía por su espalda una gota de sudor. Siempre odió ser un hombre que transpire tan fácil; en reuniones, en discursos, en juicios, con mujeres, en cenas, siempre que alguna situación fuera incómoda, o así lo sintiera, comenzaban a correr las gotas por su cuerpo con la fuerza de un río y el silencio de la muerte, esa situación lo hacía sentir vulnerable, su mente pensaba en la gota que sentía en la frente, no podía apartar los pensamientos y centrarse en lo que el momento requiriera y como si fuese poco martirio, tenía como resultado más sudor al punto de no poder controlarlo. Miró desesperado para sus costados y notó a su abogado leyendo unos papeles –que traía en su maletín– y a su hijo ojeando una revista con fotos de mujeres inalcanzables que sólo muestran una belleza abstracta y muy lejos de la media: figuras esbeltas, cuidados excesivos de cabellos, nalgas tan dulces que hacen imposible pensar en el verdadero uso que tienen en el cuerpo, hombres y mujeres dedicados íntegramente a su cuidado corporal lejos de los problemas cotidianos de la mayoría de la sociedad, pero a Augusto poco le importaba, solo miraba atento mientras su padre sentía que se moría a causa de la pérdida de gran cantidad de minerales. A todo esto, Rómulo continuaba parado en la puerta del edificio, mirando fijo la entrada sin atreverse a entrar, paralizado por el dolor, sin poder reaccionar y con la mente en blanco. La gente corría por al lado suyo, apurada por el reloj de las grandes ciudades que parece ir más rápido que en el resto de los pueblos, donde la fiebre por el dinero le pone precio a los sentimientos y donde el único propósito es vender sus horas de vida para que alguien saque provecho, donde todo se transforma en un negocio: la mente, la ropa, el frío, el calor, el viento y la lluvia, donde la calle exhibe grandes publicidades que venden una felicidad obsoleta y cada tanto aparece alguno mostrando una sonrisa enorme y pidiendo un voto como si se tratase de vender un chocolate que genera orgasmos,  una bebida que te asegura la risa, un auto que te llena de felicidad o un plato de comida en no más de 5 minutos, carteles luminosos en pleno día llaman a entrar para dejar tu dinero a cambio de algo que nadie necesita para vivir. Rómulo estaba exento de todo esto, su mente en blanco no lo dejaba reaccionar. En la oficina, Fuch seguía escuchando el sonido de los segundos que, aunque parezca increíble, para todos corren igual.

       Alicia no podía ver nuevamente destrozada a Estela, la partida de Juan Cruz no hacía más que golpearla en la cabeza cuando intentaba levantarse, hundirla nuevamente en la soledad y el dolor, hacerla sentir abandonada y herida, despreciada y sola; no podía entender que su hijo ya no era un chico y que merecía hacer su propio camino, así lo dicta la naturaleza y así debe ser, aunque el hombre se niegue a aceptarlo. Prepararse para ir a despedir a su hijo no le hacía mucha gracia, menos si sabía que también despediría a su ex marido y a su hermana que, lamentablemente, no puede ser también ex. Alicia se ofreció a acompañarla, lo que de alguna manera la tranquilizaba un poco y la hacía sentir contenida, pese a que lo único que deseaba era que Juan Cruz recapacite, pero no fue así.

       El viento de todos los días soplaba tan fuerte que los árboles parecían pelear para no salir volando, tan cerca del violento y helado mar esto era cotidiano. Alicia y Estela salieron pegadas a la pared para sentir menos el golpe del viento y aguardaron un taxi para ir a la estación del tren que las llevaría al aeropuerto. Con una tristeza punzante, Estela esperaba que el momento no llegara nunca, pero no se puede detener el tiempo, se subieron al taxi y fueron camino al aeropuerto.

       La nostalgia es un sentimiento totalmente contradictorio, por un lado la alegría del recuerdo y por otro la tristeza de no volver a vivirlo. Así se sentía Alfredo al ver cómo quedaba la casa sin vida, al tiempo que todo su pasado entraba en un par de valijas. Por suerte, Juan Cruz y Adriana lo acompañaban en esta aventura, era lo único que lo tranquilizaba. El taxi ya estaba en la puerta hacía un rato. Alfredo recorría una y otra vez la casa retrasando el momento de irse, retrasando terminar su antigua vida y comenzar la otra, lejos del pueblo y en la gran ciudad. Adriana lo vio meditando y decidió intervenir para sacar provecho de la situación. Caminó sin que se diera cuenta, lo tomó de atrás y abrazándolo le dijo:

–Va a estar todo bien, Alfredo. Te lo prometo.

–No prometas cosas que no podés cumplir, no sabés si realmente va a estar todo bien, nadie lo sabe.

–Pero por lo menos intento ver las cosas de manera positiva, entiendo que estés nervioso, pero haceme caso, va a estar todo bien.

Alfredo se rindió ante la dulzura y la sonrisa de Adriana. No estaba todo tan mal, Juan Cruz y Adriana permanecían a su lado… la tomó fuerte como queriendo que el amor pase de su cuerpo al de ella y al poco tiempo estaban yendo los tres al aeropuerto.

       Ver la capital por primera vez desde el cielo y de noche, impacta a cualquiera. Las luces van apareciendo una al lado de la otra sin tener fin, un enorme mar luminoso se desprende sobre del río, que sirve de espejo para las luces duplicando la cantidad en un espectáculo hermoso. Un tamaño imponente, la mirada se pierde en los puntos iluminados. A medida que el avión se va acercando a la tierra, las luces van tomando formas y colores que impresionan por demás a los visitantes primerizos. Grandes edificios surcan el cielo como intentando llegar a Dios, algunos espejados completamente, otros con imponentes logos de sus dueños, un edificio al lado del otro, uno más impactante que el otro. Juan Cruz, Alfredo y Adriana miraban amontonados por la ventana la maravilla que tenían bajo sus pies, la prueba de cuán grande es el ser humano, la construcción de un hábitat enorme y lleno de confort, lo imponente de estar volando como un pájaro y sumergiéndose en un mundo que visto desde lejos parece hermoso pero estando dentro es lo suficientemente cruel para enloquecernos. Ignorando todo esto, los tres miraban con los ojos brillosos su nuevo hogar, tan distinto al pueblo y tan prometedor. Alfredo, sin embargo, era el menos entusiasmado, a pesar de haber podido elegir no estaría aterrizando dentro de un pájaro metálico en medio de la cruel capital.

       Como le había prometido Fuch, una persona los estaba esperando con un cartel que decía Alfredo Fontana. Reparó en que alguien le había dicho a Fuch que no se llamaba Alberto y esto lo hizo sentir importante. Amablemente el hombre les comunicó que los acompañaría a su departamento y les explicaría todo lo que necesitaban saber sobre su nueva vida.

Las imágenes que veían a través de la ventana del auto no dejaban de sorprenderlos; las calles anchas con miles de autos  que iban de un lado a otro, negocios, restaurantes en cadena tan juntos que parecían compartir el territorio, publicidades de productos que no necesitaban, luces haciendo de día la noche y gente caminando apurada pese a que ya no era horario de trabajo: pensó en lo grande que era la capital y cómo hacían los habitantes para ubicarse con tanta facilidad.

       Al poco tiempo estaban arribando al departamento. Un cálido ambiente en un piso elevado, cosa que no dejaba de sorprenderlos, tres cuartos decorados simple pero elegantemente, un sobrio comedor pintado de marrón claro, un luminoso ventanal, una mesa de vidrio redonda en el centro y un hermoso juego de sillones, una pequeña cocina y un baño humilde, ambos con unos azulejos amarillos que rozaban el mal gusto. Todo sin vida pero prolijo. Adriana, casi al instante de haber entrado, comenzó a explicarle a Alfredo cómo debían ordenar las cosas y qué adornos debían poner para transformar en un hogar aquella casa. Alfredo asintió a todo lo que Adriana decía sin importarle demasiado. Ya comenzaba a arrepentirse de la decisión.

       Al mismo tiempo, Fuch seguía disfrutando el sabor de su victoria y recorría su nueva adquisición; la vieja fábrica de Don Alva. Su hijo miraba incrédulo mientras pensaba que semejante lugar le pertenecía, ambos disfrutaban del éxito. Por su parte, Estela trataba de asimilar la partida de Juan Cruz y la pareja que formaban Alfredo y su hermana. Alicia atendía contenta su nuevo emprendimiento. En otra parte, Rómulo fantaseaba con quitarse la vida y, tal vez, también el sufrimiento por haber perdido la fábrica. Encerrado en su habitación, un oficial del ejército tomaba un trago de gin mientras se angustiaba porque en sus veinte años de servicio nunca había estado en un campo de batalla. No tan lejos de ahí, un adolescente lloraba en silencio porque un accidente que tuvo de chico le quitó el sentido a su desdichada vida.

–No puedo seguir así, no sé por qué lo hago, no quiero hacerlo. Es como si lo hiciera a propósito, ya sé que me voy a arrepentir, pero por alguna razón que desconozco llevo la situación al límite, hasta el momento en el que es demasiado tarde. Mientras la espero me late el corazón, me siento nervioso y quiero volver atrás, pero ya no puedo, sé que va a llegar y no voy a poder resistir, una fuerza interna o una voz… o no sé bien qué es… insiste, dice que voy a obtener satisfacción y rellenar mi ego que suele estar por el piso. En el momento la paso bien, negarlo sería un error, pero inmediatamente después quiero escapar y no puedo. Una mujer desnuda en mi cama, sin ningún sentido, sin ninguna razón. Tapando sus pechos acostándose boca abajo y dejando escapar la parte inferior de sus piernas desnudas. Recién penetrada con violencia y decisión, me cuenta sobre un sinfín de hombres con los que se acostó sin conocerlos, le excita la situación, tanto que la repite una y otra vez, esa vez me tocó a mí que caí como un iluso. No para de hablar mostrando una mueca de sonrisa, está contenta pero no le puedo prestar atención, sólo quiero que se vaya, sus palabras quedan de fondo mientras pienso una manera amable y cordial de echarla de mi casa pero, ¿por qué busco cordialidad? Si tampoco me interesa. Las palabras se traban en mi garganta como si existiera una especie de barrera que no las dejara salir, se me inunda el pecho, me pongo nervioso, sé claramente lo que quiero decir pero no puedo, no tengo el valor de hacerlo, pienso una y mil veces en silencio cómo hacerlo pero no puedo, el tiempo pasa y yo sigo sin decir nada, no puedo hacerlo, ella (o la que sea en ese momento) me pregunta si estoy bien, y es el pie perfecto para decirle: “la verdad que no, no te soporto más, sólo quería –y no sé por qué– penetrarte, ahora quiero que desaparezcas”, pero no puedo decir la verdad, invento una sonrisa poco convincente y le digo que sí, que está todo bien… Arrepentido, de alguna manera, con una señal le hago notar que deseo verla ir pero no puedo decirlo directamente. Por fin se va, por fin estoy solo y ahí es donde me arrepiento de lo que hice.

–Usted debe saber por qué lo hace. Estoy seguro –dijo el licenciado con tono firme.

–No lo sé, no sé por qué lo hago. Me encantaría saberlo… de saberlo no estaría acá. ¿No le parece?

–No me parece. Usted tiene un problema, más allá de acostarse con una mujer que no desea. Su problema es no poder decir lo que siente, lo que quiere y lo que piensa –el licenciado hizo una pausa para que su paciente pueda asimilar las palabras y continuó gesticulando exageradamente–. “No señorita, no la deseo. Deseo que se vaya. Quiero un aumento. No, no voy, estoy cansado….”.

Como es su costumbre, el licenciado dejó que el silencio participe de la sesión. Su paciente entendió las palabras pero se veía reacio a aceptarlas.

–Sería mucho más fácil para mí decir que no, pero no puedo, para colmo yo a mi mujer la amo y no hay otra que me guste más, deseo otras mujeres pero mientras no las tengo, cuando las tengo me doy cuenta de que la mía es la única que me gusta realmente. Así y todo, sigo intentando con todas las mujeres que se me cruzan por el camino. ¿Eso tiene explicación? Yo no la encuentro, tal vez es el instinto de macho reproductor, de dominante, mientras más mujeres fecunde más macho voy a ser pero no quiero escucharlas hablar, no quiero tener que echarlas ni mucho menos tener que complacerlas. Sigo insistiendo, no sé por qué hago esas cosas si desde antes de hacerlas sé que no quiero…

El licenciado se acomodó en el sillón como afirmándose antes de hablar, ganando tiempo para utilizar la palabra concreta pero no la encontró, no sabía muy bien qué decir, cómo continuar hablando, y optó por el camino más fácil.

–Vamos a dejar acá. Quiero que pienses en lo que hablamos.

Su paciente lo miró incrédulo pero obedeció, como era lógico no tenía la suficiente fuerza para decir lo que le parecía y plantarse ante la situación. Saludó y se fue hacia la puerta, acompañado por el psicoanalista.

Federico no lograba entender qué le pasaba, cómo después de tantos años de profesión llegaba al punto de no saber cómo continuar una conversación, perder las armas para hacerle entender a un paciente las palabras que él mismo dice, verse atrapado en una encrucijada por una simple problemática, tal vez no era la falta de argumentos o de análisis profesional, quizá era que su alma estaba seca, que la pulpa que contenía había desaparecido, que la motivación ya no existía, que su vida no era la que había deseado, que el mandato le cayó de su familia y nunca lo hizo feliz… “Terminá el colegio, elegí una carrera para TODA tu vida, conocé a la mujer que te va a acompañar TODA tu vida, comprá la casa de tus sueños para ver los atardeceres cuando seas un anciano y por último comprá la parcela donde van a ir a llevarte flores que decoran el paisaje pero que tu nariz no podrá oler”. ¿Había construido una vida estable y bien vista sólo porque así se lo imponían? Sacudió su cabeza buscando alejar los pensamientos y se levantó para hacerse una taza de café, pero el siguiente paciente lo regresó a la realidad: su vida de analista, casado, propietario pero infeliz.


Anuncios