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La pequeña ciudad estaba erguida, la cálida noche subía su temperatura a medida que los festejos en el centro se hacían más intensos. Celebrando aquel brillante logro deportivo, la multitud cantaba flameando las banderas de la patria. Pensar que cambiaron tanto las cosas, antes los héroes eran formidables guerreros, grandes pensadores, astutos conquistadores, admirables revolucionarios, arriesgados pacifistas, científicos, inventores, hábiles políticos y hoy, son los talentosos deportistas quienes pasan a la inmortalidad. Por unos días la gente se había olvidado de los desmanes políticos, económicos, y sobre todo violentos que agravaban la vida del pueblo. Censuras, muertes, persecuciones, desapariciones, torturas y exilios. Ignorando todo eso, la multitud se perdía en una fiesta, la gente estallaba de alegría pero no todas las generalidades son generales, mientras la gran parte del pueblo festejaba, había un alma que se desgarraba por el dolor. Estela contaba 54 años, con un hijo, y una vida que se le desarmó delante de sus ojos sin que, por lo menos para ella, pudiera evitarlo. Su marido la engañaba y lo descubrió. ¡Después de 30 años juntos! Ése ‘hombre’, ése por el que entregó su vida, mantenía una relación paralela… ¡con su hermana! Como si el sufrimiento por el engaño no fuese suficiente, ¿debía hacerlo con su propia hermana? ¿Con la sangre de su sangre? Las dos personas con las que construyó su vida la habían defraudado. Ni siquiera sabía cuánto hacía que venía siendo así, ¿cuántos años? ¿Uno, dos, tres, diez, veinte?

       Miles de recuerdos comenzaron a pasar delante de sus ojos como una película muda. Las puntas se fueron amarrando entre conjeturas y las conclusiones comenzaron a fluir. Recordó aquella noche con la precisión punzante de su memoria: estaban los tres. Estela, presa del cansancio, se retiró a dormir y ellos se quedaron metidos en una eterna conversación decorada con agradables carcajadas, que ella podía escuchar desde su habitación… ¡Hijo de puta! Delante de sus narices, en su casa… en sus sábanas. Imaginaba a la portadora de su sangre, heredera de pasión, sentada sobre él, moviéndose como el trigal por culpa del viento, meciendo su cadera para poder sentirlo bien, sus enormes pechos (a diferencia de los pequeños pechos de Estela) rebotando al ritmo de su movimiento, y a la vez, con las manos en sus glúteos, él la miraba con fascinación, volviendo a tener esa cara de adolescente desesperado. Conoció cada gesto de Alfredo en el momento de amar, el cerrar de sus párpados, el movimiento de su lengua, el andar de sus dedos en un desierto de piel. De la misma manera conocía el cuerpo de su hermana, lo que le daba un nivel de realidad increíble a su imaginación, tanto que parecían recuerdos… Ya había producido miles de situaciones diferentes, todas las posiciones, todos los gestos, todas las variantes escenográficas, ya no quedaba más por imaginar. De día y de noche, solo podía pensar en la imagen de Alfredo con su hermana. Llegó al punto de imaginarlos desnudos, fumando, estableciendo una melancólica conversación sobre ella. Para agudizar su mal, como a quién la desgracia persigue, su hijo tomó la decisión de irse a vivir con Alfredo, dado que la situación de Estela iba de mal en peor a medida que avanzaba su vida de divorciada.

Había dejado de trabajar hacía muchos años, cuando quedó embarazada de su único descendiente, alentada por el machismo de Alfredo. Aunque no quería dejar su vida profesional de lado, así lo hizo para dedicarse a los quehaceres domésticos y la crianza de su hijo. Ahora, en la mediana edad, se encontraba sin trabajo, sin experiencia, con el corazón, el alma y el orgullo destruidos. ¿Cómo hace una persona de su edad para rehacer su vida después de semejante presente? “Peleando, saliendo adelante”, eso le decía la única persona que quedó a su lado, su amiga de toda la vida: Alicia. La madre de Estela vivía pero no quería darle semejante disgusto, de sólo imaginar la reacción que podía provocarle saber la verdad, se ponía nerviosa. De todos modos los asados familiares de los domingos no iban a cambiar demasiado, Alfredo pasaría a sentarse al lado de su hermana y no más cambios. En los primeros meses, mientras ella buscaba la manera de subsistir, Alfredo la ayudó mandándole plata aprovechando las visitas de su hijo y la dejó quedarse en la casa que compartían. La angustia de todos era muy grande, pero la depresión sólo era de ella. Se pasaba los días tirada en el sofá mirando el techo, desgarrándose con las situaciones que ella misma creaba, ¡todo parecía tan real! Ése era el verdadero problema, las alucinaciones. Seguramente más de la mitad de esas historias no habían pasado más que en su cabeza, pero a ella, el solo hecho de recrearlas la atormentaba. Pasó la estación de las flores sin salir de su casa, descuidada y mantenida por Alfredo. Alicia no soportaba verla así y decidió  ayudarla. Tenía un pequeño garaje en la entrada de su casa, que estaba completamente vacío desde que su marido falleció. Si bien ella estaba muy bien con la pensión que cobraba, decidió emprender un proyecto para que ambas pudieran mejorar, no económicamente sino afectivamente, que regresen un poco a esos años cuando eran felices, cuando iban a comer los cuatro, y al teatro, y al cine, y se producían para que cualquier hombre que las mirase deseara tocarlas. ¡Qué lejos estaban esos tiempos! Atrás quedaron olvidados en la urna de Alicia y en las sábanas de Estela. El pequeño comercio no sería más que aprovechar las cualidades culinarias que ambas acumularon a lo largo de su vida como mujeres de sus hombres. Por las noches, el momento en que la tristeza cumple su horario de trabajo, estarían ocupadas en el negocio y sobre todo acompañadas una por la otra. Pensó en cambiar el portón oxidado del garaje por un ventanal, pintarlo de bordó oscuro, decorarlo con numerosas imágenes de actores, cantantes y afiches de aquellos años, poner sólo dos mesas –por la falta de lugar– y vender la comida más sabrosa de la pequeña ciudad. Hasta fantaseó con darle a Estela la habitación que alguna vez fue de su hijo y vivir juntas. Entonces una tarde, fue corriendo contenta  a buscarla para contarle su idea. Un viento fuerte viajaba desde las orillas del río hacía el interior de las calles, por lo que se tapó con una bufanda que le cubrió la mitad de la cara y se lanzó, sin pensarlo dos veces, contra la pared para luchar contra el viento. Caminó las pocas cuadras que separaban su casa del departamento de Estela. Al llegar tocó el timbre pero nadie contestó. Volvió a insistir pero tampoco. Se comenzó a preocupar pensando lo peor, Estela estaba muy deprimida por esos días. Le tocó el timbre al encargado del edificio y le preguntó por ella; el hombre salió con el bigote intacto, en el mismo lugar desde hace ya muchísimos años y le comentó que Estela había salido hacía un rato, lo que le tranquilizó la espera. No mucho después, llegó con las bolsas del supermercado y al ver a Alicia se contentó, se saludaron sin decir demasiado y subieron al departamento.  Como en los viejos tiempos, Estela sirvió un aperitivo y se sentaron en los sillones del comedor a conversar.

–Te veo mejor –Alicia inició.

–Parece que hay días buenos y otros no tanto en esto de olvidar a un amor.

–Yo tengo más de los malos igual, la muerte me lo arrebató.

–Sí, justo hace un rato pensaba en la diferencia… ¡yo lo quiero matar! –acompañó las palabras con una mueca y al terminar se echó a reír.

–Siempre con ese humor tan inocente…

Alicia conocía el humor de Estela, solía jugar con las desgracias, propias y ajenas. Esas cosas ya no le molestaban.

–Te escucho… ¿Qué es eso que se te ocurrió?

–Pensando en cómo hacer para que las dos estemos mejor, se me ocurrió algo… –hizo una pausa como para tomar fuerzas y continuó– ¿Viste el garaje de mi casa?

Estela afirmó moviendo la cabeza, sin decir nada.

Alicia se inclinó para delante frotándose las manos, mostrando nerviosismo, tomó aire y continuó:

–Bueno, estaba pensando en poner un negocio de comidas entre las dos, nada muy grande, simplemente comidas por las noches, nosotras cocinamos y atendemos. Pensando y dando vueltas también creí que podías venirte a vivir a casa, tengo un cuarto libre y estamos las dos solas… ¿Qué te parece?

–Me gusta la idea, necesito trabajar y qué mejor que con vos, pero… ¿Creés que vamos a venderle milanesas a alguien?

Se echaron a reír juntas y luego Alicia contestó.

–Obvio querida, estoy segura de que sí.

La conversación siguió un largo rato y comenzaron a hablar sobre el proyecto, inconscientemente el humor de las dos cambió: un sueño se había metido entre sus palabras y ahora sonaban un poco mejor.

        Los tiempos fueron mejorando poco a poco, el viento ya no soplaba desde el río y la estación de las flores le fue dando lugar a la de las tardes en la orilla. Las dos mujeres andaban juntas para todos lados, comprando las cosas necesarias para abrir el local: pintura, utensilios de cocina, vajilla, cuadros, etc.… Sus caras tenían un brillo que hacía demasiado que no lucían. De a poco cada día, Estela fue sacando las cosas de su casa y llevándolas a la de Alicia. Se sentían como dos chicas adolescentes que se van juntas de la casa de sus padres.  El día de la apertura se acercaba y los nervios crecían,  pero ellas se sentían muy bien. Como en todo clima hermoso, apareció una tormenta para opacar al sol. Una tarde, Estela caminaba sola por la costanera, yendo a la sesión de psicología y ahí los vio. En un banco, riendo como dos jóvenes enamorados estaban Alfredo y su hermana, disfrutando del amor que debían tener contenido desde hacía muchos años. Ahora caminaban libres, disfrutaban. Estela sintió una fuerza malvada desde el estómago, por un segundo pensó en ir e interrumpir el momento de felicidad recordándoles que la destruyeron pero recapacitó, se sentó en el primer banco que encontró y se largó a llorar. Desconsolada y sin nada que la hiciera sentir un poco mejor, quedó expuesta frente a todo el mundo. ¿Cómo puede destrozarse tan fácil la vida de una mujer? ¿Acaso Alfredo no tenía derecho a buscar su bienestar? Todo giraba en su cabeza y el dolor era indescriptible. De un lado de la costanera, la luz del sol florecía, llena de amor y de proyectos, de sueños y de entusiasmo, del otro, la oscuridad crecía, el dolor gobernaba y las entrañas se pudrían con el soplar del viento. Cada segundo se tornaba determinante, la decisión de Estela de quedarse en un costado se veía flaqueada por el empujón que le salía desde el pecho, el impulso que hace fuerza desde adentro hasta volverse incontenible. Tomó aire, cerró los ojos y se levantó encarando hacía los enamorados. La vida le jugó su carta y los tortolitos, sin saber el final, eligieron volver y tomar el camino que los llevaba al banco que Estela estaba abandonando. La vieron, pero fingieron no hacerlo e intentaron seguir caminando. Su propia hermana, la persona con la que compartió toda su infancia, y el hombre que más amó en su vida, estaban ignorándola. No lo aguantó más y les gritó… A ellos no les quedó más remedio que atender al llamado de Estela y le devolvieron una mirada pero sin hacer ningún sonido. Los ojos de Estela se llenaron de terror y violencia mientras que, los de la pareja, deslumbraban una mezcla de vergüenza y temor. No hubo palabras por algunos segundos, el viento pasaba tenso sobre los rostros paralizados y el sol dejaba poco a poco de brillar, ya nada importaba y el silencio continuaba, cada instante hacía de la situación un horror, nadie quería mover ni una pestaña por temor a sufrir una reacción. Estela estaba cegada por el odio, nunca había sentido tal cosa. La pareja, en cambio, se agarraba fuerte de la mano y tenían miedo de sufrir una agresión despechada… La mente de Alfredo comenzó a trabajar sacando del archivo una sucesión de recuerdos felices junto a Estela pero, rápidamente, llegaron las incontables veces que la engañó con su hermana. La gente que paseaba por la costanera lo hacía sin reparar en esta situación, nadie se percató de lo grave que podía ser el desenlace de este horrendo encuentro, sólo eran tres personas paradas sin decir nada. Cuando Alfredo estaba pensando en retirarse, llegó Alicia e irrumpió gritando el nombre de su amiga: el llamado tuvo un efecto de despertador y rápidamente los tres reaccionaron.  La mirada penetrante de Alicia se clavó en los ojos de Alfredo y él, sin decir nada, mirándola fijo, tomó el brazo de su amada y se retiró. La única palabra que se escuchó en toda la escena fue el grito de Alicia que cortó el viento.

       Como pudo, Alicia agarró a su amiga y la arrastró hacia su casa. Caminaron envueltas en un profundo silencio desgarrador. Al llegar, Estela se dejó caer como una bolsa de arena. Pasó la noche llorando desconsoladamente, sus ojos fueron testigos de la traición, de la felicidad que envolvía el aire de la pareja. Los gritos molestaron a la pobre Alicia que, preocupada por su amiga, tampoco pudo dormir. Pasaron varios días en los que Estela no se movió del sillón, la televisión fue su única compañía, parecía evadir todo tipo de contacto con la realidad. A veces, cuando en la pantalla aparecía algo que la llevaba hacia los recuerdos del pasado, parecía caer en la cuenta de lo que estaba pasando pero inmediatamente, volvía a envolverse en su fantasía. Alicia, mientras tanto, continuaba con los preparativos para la apertura de la casa de comidas creyendo que era una crisis momentánea y que rápidamente se levantaría. Compró las cortinas que le faltaban, alguna que otra vajilla y demás pequeñeces, contenta por la pronta inauguración. Por otra parte, el hijo de Estela llegó para visitar a su madre pero la encontró tirada en la misma posición de la última vez que la vio, ya había pasado una semana del encuentro con Alfredo.

       La oficina tenía el mismo ritmo rutinario de siempre: los escritorios enfrentados, el ambiente viciado, relojes torturadores y mentes volando por doquier tratando de evadirse de la realidad laboral. El momento de la empresa no era el mejor, las ventas de linternas caía estrepitosamente por el ingreso indiscriminado de productos extranjeros a un costo casi irrisorio. Sentado en su escritorio, sin mucho para hacer, pensaba en todo lo que le estaba sucediendo. Por primera vez comenzó a dudar de su decisión aunque no podía diferenciar del todo si se trataba de culpa, pena o, simplemente, lástima. En el medio de todo ese nudo de pensamientos, sonó el teléfono que, con el sonido, lo asustó. Levantó el tubo y contestó con desgano. Era el gerente general que le pedía por favor que se dirigiese a su oficina. En el momento en que cortó, se dio cuenta instantáneamente de lo que sucedía. Debido a la importación indiscriminada las ventas cayeron, y la maquinaria –que se instalaba todos los días– disminuía a la mitad la necesidad de empleados. La cuenta era fácil y el resultado evidente: despidos masivos. Caminó lentísimo los pasos que separaban su escritorio de la oficina del jefe, como tratando de detener el tiempo en los pasos y que nunca llegue el momento de golpear la puerta, pero eso es imposible. Parado delante de la puerta, tomó aire, cerró los ojos, intentó detener su corazón –que daba vuelcos incontrolables– y golpeó la puerta pero no tuvo respuesta. Dudó en insistir o no, pero cuando se decidió a hacerlo, una voz le ordenó que ingresara. Al cruzar el umbral y levantar la vista, se llevó una sorpresa: el gerente no estaba solo, también se encontraban el dueño y el jefe de su sector. Otra mala señal, era obvio lo que le iba a suceder. Con un gesto amable pero imperativo, el gerente le indicó que se sentara y comenzó a hablar.

–¿Cómo le va, Alfredo? Escuché por ahí que está teniendo problemas en su vida personal.

La pregunta lo descolocó, no esperaba tal preocupación por su pobre vida.

–No sé dónde lo escuchó, algo de cierto hay, pero no es para preocuparse –intentó contestar ocultando el tono débil de su voz.

El dueño miró al gerente y se estiró en el asiento retorciéndose, luego tomó la palabra.

–Verá Alberto, como usted sabrá…

–Alfredo –lo corrigió el jefe del sector con el tono muy suave.

–Perdón, Alfredo, sepa disculpar, estamos muy atareados… –Hizo una pausa y continuó–  Como usted sabrá, estamos atravesando problemas en la empresa y por consecuencia, reduciendo el personal… Usted, Alberto –Alfredo asumió que el dueño no sabía su nombre y, esta vez, nadie lo interrumpió– es uno de los empleados que más años lleva dentro de nuestra fábrica, ha estado en todos los sectores y  conoce, como a su mano, cada rincón de nuestro edificio. Por otro lado, sabemos que está atravesando un duro momento y no nos gustaría dejar sin ayuda a uno de nuestros empleados más antiguos. Dada esta situación, tenemos para ofrecerle dos alternativas: la primera debe ser la que está pensando, le daremos una buena suma en concepto de indemnización. ¿Le gusta la pesca, Alberto?

Las manos le transpiraban, miles de reacciones se le cruzaron en un segundo y la más viable que encontró era mandarlo a la puerta del vientre del que salió… siempre detestó ese tono bastante irónico y sobrador del dueño. Tomó aire, contó hasta cinco, y cuando empezó a responder, lo interrumpió la secretaria gerencial, que entró sin golpear.

–¿Café, señor?

El dueño miró a los dos empelados de alto rango que tenía a sus lados, éstos asintieron y respondió que trajera tres. Alfredo se sintió una vez más menospreciado, al parecer un fantasma que no toma café. Volvió a respirar hondo, tomó fuerzas y continuó:

–Sí, suelo ir a pescar… ¿Por qué lo pregunta?

–Con la plata que le daremos se puede poner una casa de artículos para pesca y camping… de esa manera vivirá tranquilo… –giró buscando los ojos de los demás secuaces tratando de encontrar complicidad y esbozó una enorme sonrisa– Yo sería su cliente… me encanta la pesca.

–Yo también –agregó el jefe del sector, riendo y tratando de complacer al dueño.

–A mí no me gusta la pesca pero si alguien me pregunta de un local, lo mandaré al suyo –disparó el gerente con total sinceridad.

Alfredo se mantuvo callado, no dio respuesta alguna y sólo podía pensar en qué haría un hombre de su edad sin trabajo. Bajó la vista y prolongó el silencio.

–…pero le dije que tengo dos alternativas, no se ponga así… la segunda es que siga ligado a la empresa. Estamos por abrir una nueva sucursal en la capital y pensamos que sea jefe de sector. Acá ya no tiene lugar, pero allá estará a cargo del sector de capacitación donde le explicará a los nuevos empleados de qué se trata la empresa y creemos que su experiencia es vital… ¿Qué opina?

–¿A la capital, dijo? ¿Me tengo que mudar a la capital? ¿Y mi familia?

–Ésas son las preguntas que se tiene que responder usted –el gerente tomó la palabra–. Así está el panorama, dejaremos que lo piense hasta mañana. Esperamos que tome la mejor decisión para usted, Alfredo.

Asintió con la cabeza, notando que el gerente conocía su nombre pero tampoco le ofrecía café. Se levantó sin decir nada y, con los ojos llenos de lágrimas, salió antes de que lo vieran desgarrarse ahí mismo. Las manos le temblaban sin piedad y la cara se le pintaba, lentamente, de un blanco extremo. No pudo concentrarse en lo que le restaba de trabajo, los pensamientos rebotaban en la cabeza sin encontrar ningún resultado. ¿Qué hace un hombre a su edad sin trabajo? En este momento en el que la edad es un insulto, la experiencia no sirve y sólo se buscan universitarios a muy bajo costo.

       Volvió manejando ido de la realidad, pensando a cada metro qué debía hacer, cómo seguir con su vida. Por un lado su hijo, la razón de su vida, por otro el amor, justo en este momento que renace y todo se llena de colores. Era muy tentadora la propuesta de ir a la capital pero, ¿cómo alejarse de sus afectos? Tenía todo acordado para cenar con su nuevo amor. En un momento pensó en cancelarlo, pero inmediatamente se dio cuenta de que podía ser una buena manera de escapar y pedir consejos. Abrió la puerta de su casa, disfrutó de la soledad y el silencio, se descalzó y comenzó con los preparativos de la cena. Tenía todo listo: como buen hombre precavido y estructurado, el día anterior compró el pollo deshuesado, las papas, la mostaza, el vino y la decoración. En ésta ocasión, le servía como escape.

       El timbrazo lo encontró con casi todo listo para recibirla. Se miró un segundo en el espejo antes de ir a abrir y se vio viejo, lleno de canas, triste y preocupado… pensó que nunca podría conseguir otro empleo, sacudió la cabeza como diciéndose que no y se apresuró para recibir a Adriana. Al abrir la puerta y verla ahí parada se entusiasmó: era hermosa y exuberante, los años no parecían ganarle la pelea, delicada y arreglada, pintada y perfumada, se le tiró encima y lo besó profundamente. Ella siempre quiso a Alfredo y maldijo por mucho tiempo el momento en que se lo presentó a su hermana sin imaginarse semejante desenlace. Entraron a la casa, y Alfredo le confesó a Adriana que tenía muchas ganas de agasajarla esa noche, pero ella notó en su cara un dejo de tristeza que se permitió ignorar por el momento y le sonrió dulcemente mientras se sentaba en el sillón. Mostrando las largas piernas que llevaba al descubierto, las cruzó y se inclinó para adelante para dejar salir todo su encanto, como es de esperar, una mujer sabe cómo seducir a un hombre. Alfredo por un segundo olvidó todo lo malo y se distrajo en el cuerpo de ésa hermosa mujer que tenía para él en su sillón, fue a la cocina y volvió con un vino, dos copas y una excelente picada. Mientras hablaban, Adriana notó nuevamente que algo no estaba bien, aunque lo intentara disimular, la cara de Alfredo no podía ocultar su preocupación, y ella no iba a dejarlo pasar otra vez.

–¿Qué te pasa, Alfredo? Te noto extraño.

–Nada, sólo es cansancio, fue un día agotador en el trabajo.

–No te creo, Alfredo. Extrañás a Estela, ¿verdad?

La idea de que Alfredo seguía amando a Estela era un martirio para Adriana, que vivió a la sombra de ese amor durante muchos años. Las marcas del amor nunca se borran. La pregunta lo incomodó y se reacomodó en el sillón, sintió que la transpiración le bajaba por la espalda pero intentó controlarla.

–No, no tiene nada que ver con ella, es en el trabajo.

Adriana se comenzó a impacientar.

–Por favor Alfredo, parecés un chico… hacela corta y contame, sabés que no te voy a dejar de preguntar y vamos a terminar discutiendo.

Vencido por el poder de Adriana, Alfredo se rindió y comenzó a hablar.

–Tuve una reunión con el dueño de la empresa y me dijo que no tenía más lugar.

Mientras hablaba bajó la vista sintiéndose menospreciado y humillado.

–¿Te echaron?.

Preguntó Adriana sin pensar en la contención.

–No del todo, me dieron dos posibilidades, tengo que elegir en ir a ocupar un puesto en la nueva sucursal de la capital o irme con una indemnización que me permita poner un negocio o algo para vivir.

El silencio apareció de repente, ninguno sabía bien qué decir, a Adriana la asaltó un sentimiento incontrolable, pensó por un segundo en tener que separarse de Alfredo con todo lo que había esperado para estar con él, después de todas las noches que lloró porque dormía con su hermana, después de todas las reuniones en que notaba cómo él la miraba pero no podía hacer nada, después de que pasaran por su vida una decena de hombres que no duraban por el amor oculto que ella tenía por Alfredo, pero mientras se miraban sin decir nada, pensó que era una excelente oportunidad para alejarlo de Estela y entonces apuntó y, con voz dulce, lanzó su flecha.

–Yo me voy con vos.

Mientras terminaba de decir la frase, se acercó para besarlo y abrazarlo, luego continuó:

–Me voy con vos, es una oportunidad importante para tu vida laboral y tu hijo ya está grande, Estela está por abrir su negocio y tampoco te necesita acá, yo me instalo fácilmente, una abogada en la capital se tiene que necesitar.

Las palabras de Adriana desconcertaron a Alfredo, nunca se hubiese imaginado semejante reacción y sobre todo, semejante decisión.

–Me parece que no es una decisión para tomar a la ligera.

–No es a la ligera, Alfredo, yo te amo y te esperé muchos años, ahora no te voy a perder, somos gente grande y no necesitamos un futuro, tenemos el presente y eso es lo que me motiva a vivir, quizá si te dejo ir, ya nunca voy a enamorarme y me pase la vida arrepintiéndome. Si voy con vos y no funciona, te mando a la mierda y me vuelvo, pero no me arrepiento.

Alfredo trató de digerir bien las palabras de Adriana y se tomó el tiempo necesario para comprenderlas del todo.

–Me parece que es apresurado…

–¿Cuándo tenés que contestar?.

–Mañana.

–¿Y decís que es apresurado? ¡Tenés que tomar la decisión ahora!

–Lo sé. Me gustaría hablarlo con mi hijo.

–Eso me parece bien, Alfredo. Sabés mi posición y mi decisión al respecto, lo dejo en tus manos, pero yo no quiero separarme de vos, si te quedás acá y te ponés un negocio, estoy con vos, si te vas a la capital, también. Ahora servime más vino.

Alfredo sonrió orgulloso de tener a alguien que lo quiera tanto y no dude ni un segundo en sus convicciones. Se levantó y llevó otro vino. Mientras cenaban, imaginaron cómo sería su nueva vida.

       A medida que corrían los días, la pena de Estela se hacía mucho menos dañina y violenta, tal vez sea la costumbre de sentirse así, o realmente ya no era tal el sufrimiento. Las mañanas, llenas de ilusión por la pronta inauguración, pasaban rápido entre tareas y compras. La noticia sobre el viaje de Alfredo, como era de esperar, le llegó en una de esas hermosas mañanas que compartía con Alicia. La puerta sonó de improviso mientras estaban diseñando los combos que prepararían para los menús, una gran idea de Alicia que consistía en mezclar productos que poco tuvieran que ver entre sí para inventar combos, a veces ingeniosos, y otras no tanto… No esperaban visitas, menos por la mañana. Ambas se sorprendieron y se miraron tratando de decidir quién se levantaba para abrir. Finalmente Alicia, que todavía no podía salir del rol de dueña, tomó la iniciativa y se dirigió a la puerta. Juan Cruz, el hijo mayor de Estela, apareció después de que Alicia abriera la puerta.

–¡Hola, Juan! ¿Cómo andás? –fue lo primero que le salió de la boca a Alicia tratando de ocultar la sorpresa.

–Bien, ¿vos? –preguntó por mero compromiso.

–Bien, ultimando detalles, ya estamos casi listas.

–¡Qué bueno! Me alegro. ¿Mi mamá? –dijo, con la intención de cortar la conversación.

–En la cocina, pasá –pronunció sin mover demasiado los labios y haciendo un gesto para que pase.

       Juan Cruz no podía controlar lo que llevaba dentro, siempre que las personas le mostraban algún tipo de afecto contestaba con palabras tan frías que asustaban, tan lejanas de sentimientos que no se podía entender cómo una persona no poseía ningún tipo de matiz sentimental. Sus ojos eran profundos y oscuros, se veía un pantano al final de sus pupilas, sólo quería estar encerrado en sus fantasías y gobernar un mundo que no estaba preparado para sus ideas, un mundo que él fantaseaba desde chico, donde la gente podía prescindir de dinero, de artefactos, que se juntaba en la plaza a bailar viejas canciones de flautas dulces y tambores, donde todos celebraban el triunfo de los soldados locales sobre los invasores imperiales, donde la tierra les daba todo lo que necesitaban, donde las casas no eran más que un lugar para acobijarse del frío o de la lluvia y donde se viviera afuera, en el campo, en la montaña o en el bosque, pero no encerrado en un mundo de cemento y hormigón hasta ver todo un sueño frustrado e imposible de generar. Aquella ilusión lo hundía en una profunda decepción que generaba no tener sentimientos para con la gente que aceptaba vivir en ese mundo horrible y gris de las ciudades. Ir a visitar a su madre recién separada y deprimida para contarle que su padre, quien la dejó por su hermana, se iba a vivir a la capital y que no sólo él lo acompañaría, sino que también su tía, no le generaba satisfacción alguna.

       Juan Cruz caminaba por la vida sintiéndose solo, sintiendo sobre su espalda el sufrimiento de pelear por los sueños y no poder alcanzarlos. ¿Tan difícil era poder prosperar en lo que le apasionaba? Si se trataba de algo como lo que sentía, sin dudas. No era fácil dedicarse a la escritura en un mundo que no leía. Amaba profundamente las historias que cuentan las guerras de viejos imperios, leyendas sin fundamentos en las que vive un héroe entre sus palabras, ecos de antiquísimos pueblos que hoy en día mantienen su voz, almas que viven eternamente en las sensaciones que despiertan. Aunque se oponía a la violencia, la magia del papel la transformaba en asombrosa. Se quedaba pensando por horas en personajes ficticios, asesinatos o epopeyas militares, añoraba profundamente poder escribir para el diario del pueblo y, por qué no, en alguno de los grandes diarios nacionales. Ésta era una oportunidad muy clara para despertar y encarar el gran sueño de su vida. Como si fuera poco, su padre estaría a su lado y no tendría que viajar solo. Esperaba que Estela lo entendiera y lo dejara ir.

       Caminó los pasos que lo separaban de su madre con un nerviosismo inquietante, posiblemente Estela no lo entendería y acabarían discutiendo corriendo cada uno para su lado sin hablarse, como solía suceder la mayoría de las veces que él tomaba una decisión y su madre no estaba de acuerdo; pero debía enfrentarlo y hacerlo, así lo sentía. Por otro lado, nada tenía que ver él con las cosas que hacían o dejaban de hacer sus padres con sus vidas amorosas, en el fondo, Juan Cruz también era hombre y entendía que Alfredo se viera obnubilado por los pechos de Adriana. Finalmente, llegó a la cocina y saludó a su madre que, al escucharlo hablar con Alicia, comenzó a preparar el té para los tres.

–¡Hijo, qué alegría! –dijo mientras abría los brazos para recibirlo–. Pasá que preparé té, sentate.

Juan Cruz, sin emitir palabra alguna y con el corazón saltando loco de los nervios, tomó asiento y aceptó el té de su madre.

–Qué bueno que vengas… ya estaba por ir yo a visitarte, hace mucho que no sé nada de vos.

–Es que estuve ocupado con las cosas de la facultad.

–Claro, me imagino. ¿Y tus compañeritas? –acompañó sus palabras con una mueca burlona–. ¡Sos mío, eh!

La cara de Juan Cruz denotó su incomodidad ante ese tipo de situaciones, odiaba que su madre hiciera esfuerzos para acercarse a él, que haya nacido de su vientre no significaba que tenía que llevarse bien o ser totalmente parecidos. Puso su mejor cara y cambió de tema.

–Venía para saber cómo estabas, si estás mejor…

–¡Sí! Realmente sí, Alicia me ayuda demasiado y el local está a punto de abrirse, tengo muchísimas expectativas sobre nuestro nuevo proyecto y espero que vos me des una mano en la inauguración.

–¿Cuándo sería? –preguntó con un dejo de preocupación sabiendo que había muchas posibilidades de que no pudiera asistir.

–Si todo va como esperamos, la próxima semana.

–Seguro, mamá, ahí estaré.

–Gracias, hijo.

Estela se levantó y le estrechó un abrazo lleno de amor y sinceridad. Dentro de su alma necesitaba que la quieran y la protejan, volver a sentirse importante para alguien, pero también sentirse deseada y admirada, entregar y recibir placer, sin embargo ésa no era la parte que le tocaba a Juan Cruz. Cuando terminó el momento máximo de intimidad, Alicia –que escondida detrás de la puerta, escuchaba sin participar– interrumpió en silencio y se sentó en la mesa. Estela la miró y comenzó a servir el té.

       Juan Cruz no sabía cómo empezar a decir la verdad, un consejo que su madre siempre le dio. “Empezá por el principio”, pero, ¿cuál era el principio? Se mantuvo en silencio tratando de elaborar la frase ideal en su cabeza pero lejos estuvo de lograrlo, hasta que se decidió por dejar de armar y empezar a improvisar, después de todo era lo más natural que podía hacer.

–Má… –dijo con voz tímida e insegura.

Estela se dio vuelta y lo miró con los ojos llenos de incertidumbre pero sin sospechar, en lo más mínimo, lo que Juan Cruz estaba por decirle.

–Yo te quería contar algo, es mejor que te enteres por mí y ahora –comenzó hablando pausado y pensando cada palabra que su boca escupía.

Los ojos de Estela se llenaron de terror, no estaba para seguir recibiendo noticias crueles y desgarradoras a la altura del drama más horrible que haya leído.

–Como sabrás, las cosas no andan bien en la economía del país, las importaciones están destruyendo la industria y las fábricas cierran dejando mucha gente en la calle, esto…

–¿Me vas a dar una lección de economía? ¿Querés decir que nos va a ir mal?

Luego de terminar de hablar, giró la vista hacia Alicia, que miraba y escuchaba expectante pero sin ninguna intención de participar. Juan Cruz se puso muy nervioso pero se dijo a sí mismo que debía continuar. Contó hasta tres y así lo hizo.

–No, sólo te quiero decir que la empresa en la que trabaja papá fabrica insumos y que los que vienen del oriente son mucho más económicos, no hay posibilidades de competir, echaron a mucha gente.

Estela comenzó a entender por dónde venía el asunto. “Alfredo no soportaría un despido o una jubilación temprana”, pensó mientras se mantenía en silencio, para que Juan Cruz terminara con tanto misterio. Hizo una seña para que continuara.

–A papá le dieron dos opciones: una, la que estás imaginando, que se vaya y disfrute de su indemnización mientras ellos dejan de producir y se dedican a importar. La segunda, la más complicada y la que de hecho eligió, es que se vaya a la nueva sucursal de la capital para tener un puesto en el Departamento de capacitación Técnica.

       La presión –o algo parecido– atacó como la tormenta más feroz en altamar al pecho de Estela, por un segundo volvió a sentir todo eso que le pasó cuando se enteró que Alfredo y Adriana eran amantes. Esos momentos horribles en los que, entre llantos y gritos, odio y desamor, armó el bolso para desaparecer, ésa sensación encontrada de querer matarlo y el miedo a no verlo nunca más. No sabía si alegrarse o enojarse, si no hacer nada o ir corriendo a buscarlo, pero empezó por respirar profundo, cerrar los ojos, controlar el pecho –que hacía lo posible para explotar– y mentir con la mejor ‘cara de nada’ que pudo poner:

–Me parece bien, es un gran paso para él.

Se levantó y se dirigió a la alacena en medio de una guerra interna: el odio, el llanto y  el dolor, que querían salir; y la vergüenza, la razón y la autoestima que buscaban evitar la caída definitiva de Estela en lo más profundo de la nada. Agarró un frasco con galletas que ella había hecho esa misma tarde y las trajo a la mesa con una sonrisa, mientras se daba cuenta de que ahí no terminaba, de que Juan Cruz tenía más para decir.

–¿Dónde vas a vivir vos? –la pregunta salió como la flecha más filosa de toda Roma.

–Me voy a ir con papá, quiero comenzar a escribir en algún diario, vos sabés lo que eso…

El llanto de Estela no lo dejó terminar, se desgarró sin ningún rastro de vergüenza mientras Alicia, que observaba la situación como una espectadora, la abrazó tan fuerte que se notaba lo mucho que sufría cuando su amiga lo hacía. Por su lado, Juan Cruz bajó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas –que luchaba por contener–, pero en ningún momento le salió abrazar a su madre.

Entre llantos, Estela logró preguntar:

–¿Cuándo te vas?

Juan Cruz levantó la vista y la miró a los ojos. Había tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta oscuridad que no se animó a decir la verdad:

–La próxima semana, estaré aquí para la inauguración y volveré cada…

–Shhh –dijo Estela mientras le ponía un dedo en los labios–, no digas nada.

Luego de un rato, el ánimo se renovó y pudieron hablar más tranquilos. Estela preparó uno de los platos que iban a vender para que Juan Cruz lo probara y luego de un rato, Alicia y Estela sólo se tenían una a la otra.

 

      El sol todavía no asomaba, pero Alfredo ya estaba despierto con los ojos abiertos y el cerebro funcionando; no podía dejar de pensar en la situación que de un momento a otro se presentó frente a él, una encrucijada de tan difícil solución. ¿Estaba bien que se fuera? ¿Y Estela? ¿Y Juan Cruz? ¿Y Adriana? ¿Cómo reaccionarían ante una repentina convivencia? Como le suele pasar a todos los hombres de éste planeta, encontró más preguntas que respuestas y solo el tiempo las contestará. A veces nos encontramos frente a diferentes caminos, y sin mucho tiempo, ni ninguna certeza, tenemos que accionar y tomar una decisión –acertada o no, no lo sabemos, pero debemos hacerlo–. Esta era la situación en la que se encontraba Alfredo. Sin demasiado entusiasmo y bastante tarde, debía rehacer su vida por completo: un nuevo amor, una nueva ciudad, un nuevo trabajo. No estaba convencido de querer afrontar semejante cambio, pero no le quedaban opciones. Encima Juan Cruz insistía en viajar con él, así que la presión era mayor. ¿Qué pensaría Juan Cruz de su convivencia con su tía? No puede ocupar el lugar de Estela, pero tampoco va a ser solo su tía compartiendo la misma casa y acostándose todos los días con su padre. Con tantos pensamientos y tan pocas respuestas era imposible dormir. Luego de hacer el amor con Adriana como si ninguna de todas esas preocupaciones existiera, se quedó mirando el techo sin siquiera pestañar: si alguien lo hubiese visto en ése momento, dudaría de que ése cuerpo tuviera vida, pero la tenía y ¡de qué manera! Cada tanto miraba el reloj para sacar la cuenta de las horas que le quedaban antes de tener que ir a encarar al dueño y comunicarle su decisión, Adriana dormía desnuda como si nada pasara, un torbellino atacaba cada milímetro de su cerebro y no lo dejaba pensar en otra cosa. ¿Así se había imaginado su vejez? ¡No! Claro que no. ¿Quién podía imaginar semejante decepción? Alfredo soñaba con poder envejecer viendo a sus nietos jugar al fútbol y escuchar sus historias llenas de hazañas y gloria, logros y esperanzas. Descansar bajo la sombra de un ombú mientras Juan Cruz le trae un vaso de vino para que la espera del asado sea más amena, mentiría si no dijera que la imaginaba a Estela caminando con sus nietos por el enorme jardín al pie de la sierra, pero ése recuerdo prefirió reprimirlo e instantáneamente regresó a la realidad. Despierto, mirando el techo, preocupado, sin jardín, con Adriana desnuda y a horas de tomar una de las decisiones más importantes de su vida: mudarse, tal vez para siempre, a la capital. Como el tiempo pasa rápido cuando uno piensa solo y en silencio, se hizo la hora de tener que encarar la situación. Adriana despierta, el café, la sonrisa forzada, Juan Cruz desayunando, el baño, el tren, la ciudad, etc…  De repente se encontró golpeando nuevamente la puerta de la oficina del gerente general aunque ésta vez era para comunicar su decisión. La voz del superior dio la orden de que pase. Entró con un paso totalmente inseguro y nervioso, otra vez estaba acompañado del dueño y el jefe de sector. Caras que en solitario lo ponían nervioso, potenciadas por la compañía de las demás causando un efecto aterrador. Trató de tragar saliva e ignorar la sonrisa con la boca abierta de par en par del gerente, que parecía disfrutar de éste tipo de situaciones tanto como un perro con hambre disfruta de un pedazo de carne, con la misma expresión en los ojos. Se sintió inhibido y luego de saludar se sentó en silencio y respiró profundo. El dueño tomó la palabra.

–Buenos días, Alberto.

“Este hijo de puta todavía no se aprendió mi nombre” pensó Alfredo, pero no se atrevió a decir nada.

–Bien. Gracias.

El jefe de sector se dio cuenta de la situación, lo miró a Alfredo con una mirada cómplice, pero tampoco dijo nada.

–¿Nos tiene novedades? –apuró el gerente sin borrar la sonrisa sobradora.

–Estuve pensando y la primera conclusión a la que llegué es que no me gusta la pesca.

El tono de Alfredo fue sumamente irónico y carente de gracia pero el gerente se rió y buscó en sus compañeros complicidad que le devolvieron sólo por compromiso. Luego hizo una seña para que Alfredo continuara.

–Entonces pensé: ¿Qué es lo mejor para mí en éste momento? ¿Jubilarme y disfrutar la vida después de tantos años de trabajo o tener que abandonar mi vida completa para seguir haciendo lo que la empresa quiere? –Alfredo hablaba desde el rencor y todavía no había caído en lo que su boca decía–. Y la respuesta, aunque no lo crea, fue la segunda. Así es, voy a seguir regalando mi vida a la empresa, pero espero que me lo puedan reconocer.

La sonrisa del gerente se borró de un plumazo mientras el dueño miraba atónito y el jefe de sector intentaba hacerse el distraído para no tener que intervenir, los dos más poderosos se miraron y no supieron cómo continuar, pero sin perder tiempo, el dueño reaccionó.

–Querido Alberto… –dijo mientras abría las manos en forma irónica– ¿Realmente creé eso? –cuando terminó la pregunta se apoyó sobre sus codos, inclinándose hacia delante con la mirada fija en los ojos de Alfredo.

Fue en ése momento cuando Alfredo se dio cuenta de lo que acababa de decir, un fuerte calor le subió desde el pecho y se extendió por toda su cara al tiempo que pensaba cómo salir de ésa situación. Suspiró bajando la vista y contestó.

–Perdón Fuch, no fue mi intención. Es una decisión muy complicada, usted entenderá…

El dueño, el Sr. Fuch, se volvió a reclinar sobre el respaldo del sillón mientras dibujaba una pequeña sonrisa y mantenía la mirada fija en Alfredo.

–Quédese tranquilo Alberto…

–Alfredo –interrumpió el jefe de sector de manera seca.

–Perdón, Alfredo –continuó el Sr. Fuch–. Nosotros sabemos lo difícil que es la situación pero aquí, en mi empresa, estamos convencidos de recompensar a nuestros empleados y tratarlos de la mejor manera y, créame, la capital es hermosa, le va a gustar. Tendrá un puesto mejor que el que tiene acá… un puesto dinámico y donde va a poder desarrollar la creatividad, por el departamento de capacitación pasan todas las ideas que llegan a ésta empresa. La casa se la vamos a dar nosotros, allá tenemos un departamento que suelen usar los empleados que van a trabajar a la capital. Va a estar muy cómodo. Además sé que acá se está separando, le va a venir bien.

Se recostó en el sillón  nuevamente, mientras el silencio dejaba un eco de ironía y poder en el ambiente. Todos tenían claro que Fuch era el que mandaba. Enseguida, mostrando sus anillos se cruzó de brazos y le hizo un gesto de aprobación al jefe de sector para que continúe. Alfredo se sintió muy incómodo y comenzó a transpirar.

–Bueno, Alfredo, estamos contentos de que haya aceptado. En dos días tiene que estar viajando, ya le reservo los pasajes, ¿cuántos van a ser?

La pregunta lo descolocó, lejos de poder responder fácilmente a una pregunta sin complicaciones, se enredó y no estaba seguro de lo que tenía que decir. Se trabó dos veces antes de poder contestar lleno de dudas y miedo.

–Eh… serán tres.

–Perfecto –dijo de modo seco el jefe del sector–. Tendrás los tres entonces, y el hospedaje correspondiente. Estamos seguros de que es lo mejor. Ahora puede ir a su casa para prepararse, no hace falta que se presente acá de nuevo, disfrute éstos días.

La noticia de los días libres, sumada a la sonrisa final del dueño, lo hicieron sentir totalmente culpable por lo que había contestado recién iniciada la conversación. Para terminar de coronar la situación, el gerente, que pasó bastante tiempo sin decir nada, habló.

–Muchas gracias Alfredo. Ha sido siempre un gran empleado y por eso lo elegimos.

Alfredo agradeció bajando la cabeza,  se levantó para caminar  y, sintiendo las miradas en su nuca, se dirigió a la puerta y al abrirla se detuvo, se dio vuelta para volver a hacer el gesto con la cabeza.  Salió con los ojos a punto de estallar y cerró nuevamente.

       El silencio cortante se mantuvo en la oficina por unos segundos, lógicamente, el jefe del sector y el gerente, esperaban a que Fuch lo rompiera pero éste pensaba en silencio y con la mirada perdida. Ambos se miraron buscando complicidad. El jefe, sintió la inmensa necesidad de gritar pero no se atrevió, la contuvo cerrando los ojos. En seguida, el gerente rompió el silencio, que ya se estaba tornando insoportable.

–Sr. Fuch, ¿nos necesita para algo más?

El tono evidenció timidez. Después de un suspiro Fuch contestó.

–¿Te das cuenta de la miserable vida que tiene éste infeliz que se acaba de ir?

La pregunta desubicó totalmente al gerente. Lo tomó de improviso, nunca antes había escuchado hablar así a Fuch. Levantó la vista buscando la reacción del jefe del sector pero estaba mirando fijo a Fuch.

–¿Perdón? –contestó inmediatamente. Por más que ya hubiera entendido, era una estrategia para ganar tiempo y poder responder mejor–.

Fuch reafirmó con un tono firme y contundente.

–Lo que escuchaste. ¿Te das cuenta de la miserable vida que tiene éste infeliz que se acaba de ir?

 Ahora más sorprendido por la actitud de Fuch, no le quedó otra alternativa que contestar.

–No creo que sea así, Sr. Fuch.

–Vamos… no mientas, hablá sin miedo a represalia, saquémonos el papel de encima, olvidemos que estamos en el trabajo y que yo soy el dueño, hablemos con sinceridad. Acá las reglas de la economía cambian y tenemos que abrir una sucursal en la capital. La fábrica ya no nos conviene porque entra demasiado barato el alternativo extranjero, por el cambio que nos favorece. Entonces yo, como dueño de la fábrica, invierto y compramos cuatro conteiners de linternas extranjeras en 20 colores y tamaños diferentes, le agrego un set de destornilladores por menos de la mitad de lo que me saldría fabricarlos; y tardaría dos o tres meses menos en hacerlo, por eso, decido comprarlas y venderlas bajo el nombre de “Artu”. Esto, sin duda, merece una restructuración del personal, necesito menos operarios y más gente con conocimientos en ventas y marketing. Llega el turno de éste infeliz de Alberto, que no sabe nada más que manejar unas máquinas y no lo puedo echar porque le tendría que pagar una fortuna por los años que trabajó en “Artu”, le invento que lo necesito en la nueva sucursal de la capital, esto lo saca del medio acá y allá va a ser útil por sus años de trabajo en la empresa. Mato dos pájaros de un tiro. ¿No te parece?

El gerente escuchaba atónito a Fuch, sin entender bien lo que sucedía. Asintió con la cabeza queriendo mostrar aprobación y dejando que continúe.

–El infeliz acepta y me hace un favor a mí, por ser pobre, pero no sólo pobre de dinero, sino también de alma, porque no se anima a afrontar lo desconocido, no se anima a sacarme la plata y ponerse un almacén o una casa de pesca. ¿Y sabés por qué? Porque tiene alma de empleado, no tiene los huevos suficientes para estar acá sentado, en éste hermoso sillón y tomar decisiones, él tiene que recibir órdenes, para eso está preparado, no puede tener pantalones, por eso hay gente que gobierna y pueblo, por eso hay millonarios y pobres, generales y soldados rasos, líderes y liderados, por eso yo soy el dueño, le doy la orden de dejar a la familia e ir a trabajar a la capital y el infeliz sólo dice que sí.

Tanto el jefe del sector como el gerente estaban totalmente sorprendidos por lo que escuchaban, siempre vieron a Fuch centrado y de pocas palabras, aunque también siempre dejaba en claro la distancia que había entre él y sus empleados.

–Es cierto señor, así es. Por eso se divide así el mundo y no es casualidad –contestó el gerente, alargando el silencio entre palabra y palabra para que parezca mucho más larga la frase y convencer a Fuch.

–Pueden seguir trabajando.

Se cansó de seguir hablando y, como estaba acostumbrado, dio una orden y se la obedecieron. Rápidamente se retiraron casi sin hacer ruidos.

Fuch se levantó y se dirigió a la barra que tenía dentro de la oficina, se sirvió un vaso de whisky, era como el cuarto del día, y contempló por la ventana la fábrica que pronto dejaría de producir casi por completo.

       El centro de la ciudad era lo más cercano al infierno, había gente que corría de un lado a otro sin mirar a su alrededor, otros distraídos miraban las vidrieras, algunos detrás de una ventana contemplaban la vida tomando un café y miles de almas se movían por las angostas calles. En medio de todo ese caos, Alicia y Estela caminaban agarradas del brazo, mirando atentamente las vidrieras de los negocios de equipamiento gastronómico para detectar si les faltaba algo. Iban cargadas con bolsas que contenían diversos tipos de vajillas y utensilios.

–Creo que ya no nos falta nada, ¡hasta los volantes tenemos!

El entusiasmo, por fin, se coló en las palabras de Estela.

–Sí. Estoy contenta, amiga. ¡Nos va a ir re bien!

–¡Estoy segura! Igual me tiene mal lo de Juan Cruz…

–¿Sólo por Juan Cruz o también por Alfredo? –interrogó Alicia, creyendo estar segura de la respuesta.

–Por Juan Cruz, creo que fui clara.

Siempre le costó mucho admitir sus sentimientos. “La persona que se muestra débil es más fácil de vencer. Por más que el dolor  habite todo su cuerpo deberá verse fuerte, de ésa manera tendrá más posibilidades de vencer”, le dijo su padre desde muy chica y le quedó grabado en su mente como si se tratara de una marca a fuego en la piel.  Caminaron en silencio un rato después de ése diálogo. Estela sentía un terrible dolor por la separación con Alfredo, pese a que estuvo mucho tiempo entregada y deprimida, entendió que debía continuar. Luego de varias vueltas por los locales se convencieron de que ya no necesitaban más nada para abrir, sólo restaba comenzar a trabajar y eso es lo que iban a hacer en los siguientes días, la inauguración se acercaba y debían estar totalmente listas. Como buenas anfitrionas tenían todo arreglado. Los invitados iban a ir llegando, ellas tendrían lista la entrada con jamones, quesos, aceitunas, buñuelos, cazuelas de todo tipo y la compañía de un buen vino, luego harían tallarines a la boloñesa (receta que Alicia heredó de su abuela, que a su vez la heredó de su abuela). Por último, el exquisito budín de pan de Estela sería la punta de lanza que terminara de convertir a los amigos en clientes. Pasarían la noche entre conversaciones y sonrisas, para darle un próspero comienzo al emprendimiento.

       Por lo menos en la imaginación de ellas, esto era perfecto. Una noche amena y familiar era lo indicado para comenzar un proyecto de la misma naturaleza. Se relajaron y culminaron la jornada de compras con el ánimo totalmente renovado, como abstraídas del caos que reinaba a su alrededor.

       Al llegar la noche, a Estela la asaltó el dolor nuevamente, sintió todo el peso de la angustia en el momento de acostarse como si estuviera esperando el momento más vulnerable para actuar y hacer estragos en el ánimo. Miraba cómo la televisión combinaba sonidos e imágenes que no tenían ningún sentido, ella no estaba ahí mirando, su mente volaba en un viaje misterioso hacia los más profundos rincones de su dolida cabeza. ¿Quién dice que el amor se aloja en el corazón? El cerebro es más cruel y más sensible al amor. Desde que la seguidilla de golpes comenzó a caer sobre ella su cabeza empeoró ante cada ataque, sufriendo el daño mucho más que el corazón. La vida sin Juan Cruz la llenaba de dudas, ya estaba mucho más cerca de la muerte, que “Juanchi” quisiera jugarse por algo que ama le hizo notar que el tiempo pasó haciendo estragos, el nene ya había crecido y hoy está buscando hacer su vida lejos de su queridísima madre, pero no porque no la quiera, simplemente porque la vida es de él, por más que ella se la haya regalado. Es indescriptible el sentimiento que la atacó; ¿cómo entender que un hijo está lo suficientemente grande para volar y hacer su vida? ¿Cómo explicar que se siente abandonada y despreciada? Por suerte para ella, la vida le traería sorpresas gratas. Vencida por el dolor, se levantó, agarró temblando unas pastillas del cajón y las tomó con un whisky barato que tenía en la mesa de luz. Al rato se quedó dormida sin demasiados problemas. Mientras tanto, alguien –no tan lejos de ella, pero sin conocerla– soñaba con conocer una mujer que le llene la vida de amor y seguridad. Estela era la indicada pero todavía era temprano para que ambos dejaran de sufrir.

       Caminaba por un campo lleno de maíz, hacia cualquier lado que mirara había maíz, la brisa era tan dulce que acariciaba al pasar, el pelo luchaba por liberarse de la cabeza y volar sobre el viento, una sensación extraña pero agradable hacía creer que no existían las preocupaciones. El cielo era tan celeste e inmenso que no parecía verdadero. Estela caminó sonriendo y llena de alegría, a medida que iba pasando, el maíz la rozaba y le generaba una sensación hermosa. “¿Dónde estuvo escondido éste lugar?” pensó, mientras giraba llena de ilusión. De repente una música surgió de la nada y comenzó a bailar, todo era perfecto… Pero de un momento a otro, casi sin notarlo, el cielo se transformó en un gris oscuro, Alfredo pasó corriendo por delante con una mujer de la mano, pero ni se percataron de su presencia. Luego, vio a Juan Cruz parado delante de ella, a unos 30 pasos. Iba vestido con el uniforme militar camuflado, casco y un rifle en la mano. Toda la alegría y despreocupación que sentía desapareció y le cedió su lugar al miedo y al nerviosismo. El primer impulso fue correr hacia Juan Cruz, pero por más que corriera rapidísimo, nunca se acercaba. Le gritó con todas sus fuerzas pero él no reaccionó, desde la distancia se notaba que temblaba como una hoja en las tardes de otoño, la cara sucia de varios días y los mocos se caían de su nariz sin que pareciera importarle. Vencido por el miedo que mostraba, Juan Cruz sacó un cuaderno, se sentó y comenzó a escribir mientras lloraba. Estela se desesperó, respiró profundo, buscando recolectar todas las fuerzas que le quedaban y gritó muchísimo más fuerte que antes pero Juan Cruz seguía absorto en su escritura. Otra vez sin notarlo, el cielo mutó, pero ésta vez a un rojo oscuro que llenaba de terror al más valiente. Un fuerte estruendo sonó, pero Juan Cruz no pareció escucharlo. Sin embargo a Estela la hizo girar inmediatamente. Eran 3 ó 4 aviones de guerra que venían directo hacia ella pero, para su sorpresa, la ignoraron; y cuando pasaban sobre la cabeza de Juan Cruz, dejaron caer varios misiles. Estela volvió a gritar desesperada pero Juan Cruz no la oyó y desapareció en medio del polvo.


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