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       El recuerdo se mezcla con la realidad en varias ocasiones, en ésta, se trata de un recuerdo de la niñez. Yo era un chico tímido y extremadamente retraído, hundido en una soledad inducida en la que me sentía cómodo, un chico de esos que disfrutan de adquirir conocimiento. Uno de mis mayores pasatiempos era estudiar las banderas y las capitales de los países que aparecían en una lámina de una vieja enciclopedia que mi madre tenía en su biblioteca y que nunca vi que la leyera. Agarraba a cada persona que andaba por mi casa y le pedía que me tome lecciones, que señale una bandera tapando el nombre que aparecía abajo y yo sin dudarlo respondía. -¿Cuál es esta bandera? ¡Rápido!… Disparaba Rosita, una mujer que vivía en el departamento de enfrente al nuestro y que me cuidaba mientras mis padres trabajaban extensamente para poder mantener a mis hermanos y a mí. No puedo acertar la edad que tenía Rosita por aquellos tiempos pero para mí era muy vieja, cruzaba por el pasillo lento pero siempre sonriente, me contaba historias sobre algunos héroes y recordaba siempre que había hecho lo mismo con mi madre cuando ella también era muy pequeña, la había visto nacer, eso se generaba en mí una sensación de eternidad en la vida de Rosita aunque mi madre me había parido muy joven. –Esa es la bandera de Nepal- contestaba yo haciéndome el superado, que sabía todo. –Y esa es la de Zimbawe, esa es la Francia y su capital es París, aquella de allá es de la Yugoslavia y la capital de Egipto es el Cairo.- Sonreía orgulloso y pensaba que era el chico más inteligente de toda la cuadra, con tan solo unos seis años me sentía sabio y quería serlo tanto como lo era Rosita. En un momento, aparecía alguno de mis hermanos y terminábamos jugando al fútbol por el comedor destrozando todo lo que había a nuestro paso, el deporte también era mi pasión por aquellos tiempos. Un gran deportista ilustrado, le decía a mi madre cuando ella volvía de trabajar en su puesto en el Banco estatal… Un día, al llegar mi madre, me comenta que en el colegio iban a hacer un campeonato de ajedrez para los chicos de primer grado, yo sabía jugar y me encantaba aquel juego que para mí era violento y bélico, disfrutaba de matar a mis oponentes y quedarme con sus piezas.          Un sábado a la mañana, me levanté temprano, desperté a mi padre y le pedí que me lleve al campeonato en su moto, mi madre escuchó y dijo – De ninguna manera, iremos caminando-. Está de más decir que así fue. Del torneo de ajedrez no tengo demasiadas imágenes en mi cabeza pero recuerdo que había muchos bancos con tableros preparados, en ese momento me parecieron un montón, pero probablemente no eran más de cinco, empecé a jugar y a ganar, era una máquina, recuerdo haber ganado más de un partido en dos o tres jugadas. Llegó el momento de la final, iba a jugar la final del torneo de ajedrez para chicos de primer grado de mi colegio, quería destrozar a mi oponente y llevarme esa medalla, volver corriendo y decirle a Rosita que había triunfado y que iba a ser tan inteligente como lo era ella. Mi oponente, el hijo de uno de los dueños del colegio privado donde me enviaban mis padres. Sentía las venas vibrar como nunca antes lo habían hecho, tenía enfrente a ese agrandado y repugnante que detestaba día a día, que abusaba del poder que le daba su posición, que molestaba a todos los chicos porque tenía beneficios, una muestra pequeña de la sociedad, quería destrozarlo, cortarle una pierna y regalarle la cabeza a todos compañeros que sufrían, como yo, de su maldito abuso de poder. Llegó  la directora y sacó el tablero especial con el que se iba a jugar la final. Las piezas eran enormes y de madera, talladas a mano y con detalles brillantes en la reina y el rey, exquisito para que el hijo de puta de mi contrincante e hijo millonario del dueño se sienta a fin. Lo miré a los ojos y me dije que lo iba a destrozar. Comenzó el partido, me sentía exultante, confiado y poderoso, sentía a mis compañeros de mi lado, a Rosita orgullosa y a mis padres felices. Hice un movimiento en diagonal con un alfil y un sorpresivo jaque mate apareció para dejar a ese miserable indefenso, grité con fuerzas, había ganado, pero no parecía ser así, la directora, de manera rápida anuló la jugada argumentando que alfil partió de un casillero blanco y terminó en uno negro… ¡No fue así! grité, realmente no había sido así pero lo anularon de todas formas y comenzamos de nuevo la partida, desmoralizado y enceguecido por las ganas de arrancarle un brazo al hijo de puta y escupir a la directora, perdí en pocas jugadas, me destrocé en un llanto y  comencé a insultar a todos… La directora, en seguida, premió al pequeño arrogante millonario y llamó a mi padre para que me agarre, me levantó con facilidad y me llevó pateando hacía afuera. Me sentó en un escalón, y compró una coca. Cuando me calmé, me dijo: -Bienvenido al mundo, nosotros vamos a tener que pelear siempre contra los poderosos, los que más tienen no soportarán nunca vernos alzarnos sobre ellos, no lo harán, tendrás que pelear el doble para vencerlos, esto va a marcar el lado del mundo en el que estarás, estoy orgulloso que hayas dejado en evidencia que necesita la ayuda de su poder.

      Un mar de tranquilidad me asaltó y me quedé sentado mientras escuchaba a mi madre discutir a los gritos por semejante injusticia. Ese día mi vida cambió, mis padres me dieron una lección sobre de qué lado tenía que estar. Cuando volvimos a casa en silencio, me esperaba Rosita. Nunca más jugué ajedrez y el año siguiente comencé en un colegio estatal y con delantal blanco que nos mostraba a todos iguales.


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