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220px-salvador_dali_nywtsSalvador Dalí.

La diferencia entre un loco y yo,

es que yo no estoy loco.

 


             ¡Ya estaba todo listo! Teníamos reclutados más de 200 voluntarios con el fin de terminar con el gobierno militar. Reuniones semanales se llevaban a cabo en “la covacha” de Avellaneda. El golpe debía ser certero y sobre todo rápido, no dar lugar a la reacción del ejército, ya que las fuerzas revolucionarias eran muy inferiores. La mañana del 20 de febrero de 1932 se produjo el ataque al poder militar, llevado a cabo por una coalición de fuerzas revolucionarias, de la cual participamos, y los generales se rindieron entregándole el poder al pueblo.
Los años posteriores fueron tranquilos, trabajamos arduamente con Iolster, Shuster y Fausti, organizamos encuentros literarios, recitales, reuniones de pensadores y hasta nos impusimos en la elección a intendente de Avellaneda, con Iolster y sus discursos
a la cabeza. La organización creció inesperadamente y la “covacha” se convirtió en un centro cultural abierto a la comunidad. El Polaco era socio activo y mi secretario personal. Mi madre logró sobreponerse al dolor de la viudez y formó otra pareja, con quien se la veía más feliz, más alegre y sobre todo más libre y expresiva. Por mi parte, me casé con Estela y tuvimos dos hijos. Una mañana, luego de que trascurrieran varios años de la fuga, Iolster, quien ya era muy mayor, encontró la muerte a causa de
una potente enfermedad que lo llevó a una agonía lenta y dolorosa.
Más tarde fue el turno de Fausti pero, en su caso, fue a causa de un intento de robo, lo que llevó a una investigación policial.
Fausti no llevaba consigo ningún tipo de documentación, al ser víctima de un crimen y no saber su identidad, estuvo desaparecido.
Esto dio como resultado que nuestra falsa identidad saliera a luz. Una noche, la policía irrumpió en “la covacha” y me llevó.
Nuevamente terminé internado en el hospicio, pero ésta vez estaba solo, Iolster y Fausti habían muerto y Shuster ya no trabajaba allí. Todo fue muy duro, la angustia, el dolor y la melancolía me terminaron de ganar, ya no me quedaban fuerzas para salir. Por suerte, Estela me visitaba muy seguido con mis hijos, eso hizo mi estadía mucho más llevadera.
Hoy sigo internado con 87 años, ya pasó mucho en el medio.
Algunos sueños fueron alcanzados y dejados atrás, otros simplemente frustrados, pero estoy muriendo en la cama de un hospital, orgulloso de mi vida. Esta vida que me sacó mucho -pasé más días encerrado que libre- pero que, por otra parte, me dio tanto…
Me dio la posibilidad de ser alguien que lucha por lo que cree, que lucha por tratar de ser simplemente mejor. Los sueños que uno alcanza se transforman en hazañas épicas, de las que uno se siente orgulloso, es por eso que espero a la muerte con la frente alta y sumamente preparado para darle batalla. ¡He dejado todo
por ser mejor!


 

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