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El que no valora la vida no se la merece.

 


          A medida que nos íbamos acercando a Avellaneda, la euforia crecía, no parábamos de gritar. Mientras el amigo de Iolster manejaba inmóvil, nosotros gritábamos, nos abrazábamos e incluso, llorábamos de la alegría… ¡Lo habíamos conseguido! Un jardín
con el pasto mal cuidado se anteponía a la entrada de la casa.
En las paredes, descoloridas, reinaba un amarillento añejo, dando una impresión de pobreza. La fachada era muy grande y de dos plantas.
Entramos a “la covacha” y nos esperaba una mujer, aquella que fuera la protagonista de la historia de amor que Iolster me contó en el jardín. Al cruzar la puerta de entrada, había un enorme comedor de piso de madera donde resonaban los pasos al andar. La poca luz daba una inmensa sensación de soledad.
Una araña oxidada, con algunas luces menos, colgaba del techo y una mesa rectangular de madera, haciendo juego con una barra que contenía licores, terminaban de llenar el paisaje. Arriba, tres habitaciones descuidadas, llenas de polvo y con solo una cama
cada una. Así era el nuevo hogar, la nueva sede de nuestra organización.
Todo era una fiesta. Nos recibieron con un banquete, mujeres, música y algunos tragos. Esa noche reinó la euforia y nadie pensó en otra cosa que no fuera festejar.
A la mañana siguiente, me desperté al lado de una mujer hermosa, desnudos, con nuestros cuerpos rozándose y sintiendo el calor y la suavidad de su piel. Las cosas transcurrían como en un sueño, pero todo era increíblemente real. Pasamos las siguientes dos semanas disfrutando íntegramente de nuestra libertad; recorrimos
la ciudad, los parques, las fábricas, respiramos el aire más puro y fresco que un hombre puede llegar a tener. ¡La libertad!

¡Qué hermoso sentimiento! Uno no la valora hasta que la pierde…
¡Qué hermosa la libertad!

Rápidamente, todos los medios difundieron el episodio que se llevó a cabo en el hospicio y nuestros nombres aparecieron en la lista de los muertos por el levantamiento, obviamente, en primera plana por ser los incitadores de tal acontecimiento. Durante esos días, trabajamos sobre la parte “B” del plan. En primera instancia redecoramos “la covacha” como Fausti había soñado: cuadros de Dalí, libros de todas las índoles, Marx, Friedman, Shakespeare, Poe, Homero, música de todos los lugares del mundo, jazz, tango, hindú, celta, todo brillaba como en las mejores salas de París. Luego, reclutamos nuevos miembros, ideamos la parte logística y los planes a seguir. En medio de este gratificante trabajo, llegó una noticia que nos llenó de fuerzas. Me encontraba sentado escuchando la radio, que hablaba del desastre que tuvo lugar en el hospicio. Respondiendo a las preguntas estaba el nuevo director…
¡el Dr. Shuster! Todo iba según lo planeado.
Luego de unas semanas, me levanté pensando que ya era momento para visitar, triunfal, a mis padres. ¡La cara que pondrían al enterarse de lo que su hijo había logrado! Quería comunicarle que mi próximo paso era terminar con el gobierno militar que él tanto apoyó. No podía esperar más. Tomé el tren hasta Constitución y de ahí la línea 53 me dejó en mi querido Flores. Nada había cambiado, el barrio seguía siendo lo mismo. Al pisar esas calles me acordé inmediatamente del Polaco y Estela…pronto también los visitaría. Llegué a la puerta de mi casa, tomé aire y
golpeé la puerta pero nadie respondió, volví a golpear y por fin se abrió. Detrás de la puerta, apareció la cara de mi madre, con un grito acompañó sus lágrimas.

-¡Estás vivo, hijo! No lo puedo creer… ¿Sos vos? ¿Sos de verdad?
-Sí, soy yo… ¿puedo pasar?
Me dio un abrazo interminable, no sé cuánto duró, pero puedo asegurar que fue demasiado. Pasé y noté algo raro en el aire, la casa ya no era la misma. Noté que faltaban cosas, la decoración había cambiado, y los cuadros de los grandes personajes que amaba mi padre ya no estaban. Las paredes dejaron de ser claras y sin vida pero, más allá de lo material, la cara de mi madre ya no era la misma, noté otra luz y otra libertad en sus palabras. Nos sentamos a conversar y la puse al tanto de todo lo que había sucedido. En ningún momento sacó su mano de la mía, y mucho menos dejó de llorar. Sentí que era necesario y le pregunté por mi padre.
-¿A qué hora llega? Me voy antes…
-No va a hacer falta, hijo. Tu padre no volverá.
-¿Qué estás diciendo? ¿Por qué?
-Tu padre se ahorcó hace unos días.
Al recibir esas palabras, la angustia arrasó mi alma desde adentro, sentí una inmensa tristeza y no pude contenerme. Me dejé caer sobre el pecho de mi madre y comencé a llorar. Después de unos minutos, al tranquilizarme, ella me contó lo sucedido.
Al escuchar por la radio que yo había muerto, no pudo soportar la culpa por haberme encerrado, tomo una de las tiras de cuero que le ponía a las carteras y se la ató del cuello… Mi madre, inquieta porque no volvía a almorzar, fue a buscarlo a la fábrica y
lo encontró ahorcado. Luego, ella también intentó matarse cortándose las venas, pero mi hermano logró salvarla y convencerla de que debía vivir por ellos. Yo estaba para ayudarla.
Volví a Avellaneda con una sensación horrible, realmente estaba triste por la muerte de mi padre pero, por alguna razón, sentía una tranquilidad que nunca había sentido.


La imagen pertenece al Archivo General de la Nación.

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