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Como la vista es al cuerpo,

la razón es al espíritu.

 


 

            El largo pasillo se iluminó con los primeros rayos del sol. El silencio sepulcral confundía el lugar con los extensos caminos que contienen los nichos en Chacharita. No se veía enfermeras corriendo, médicos alterados, y mucho menos internos gritando, todo estaba tranquilo. Las enfermeras encerradas con los médicos, los internos durmiendo por las drogas… solo se podía escuchar un murmullo desde la cocina donde preparaban el desayuno para dentro de unas horas -todos los días a primera hora, horneaban el pan para el resto del día-. Yo seguía contemplando la pared azulejada, no había podido conciliar el sueño en ningún momento, faltaban solo dos días para la fuga, justo el que tocaba la visita prometida de mi madre. Esa noche debía juntarme con los muchachos en la habitación de Iolster para dejar todo listo, ya estaba pactada el alta de los tres “locos” que usaríamos como chivo expiatorio. Shuster ya tenía la llave de la habitación del piromaníaco y las cosas en Avellaneda estaban solucionadas. El día marchó sin ningún sobresalto, me quedé dormido aproximadamente por la mitad de la mañana, el sueño me venció y recobre la conciencia promediando la tarde, a unas pocas horas de la última reunión. Me lavé la cara, me afeité y me preparé para estar impecable en dicho encuentro. Cuando se hizo la hora de dirigirme a la habitación, saqué el último cigarro que me quedaba y comencé el viaje muy lentamente, como pensando el movimiento necesario para dar cada paso. Sentía una alegría inmensa, mucho tenía que ver la visita de mi madre en ese sentimiento, fumaba el cigarro mientras me acercaba. Al llegar a la puerta, respiré hondo y golpeé. La voz de Iolster me dio permiso para ingresar.

En el aire se sentía una mezcla de sentimientos; por un lado el ambiente festivo y por el otro, el nerviosismo lógico que puede traer una situación tan límite como ésta. El estómago se me estremeció como las piernas de una mujer al ser maniobradas por un hombre. De fondo sonaba una banda jazz en el tocadiscos, no puedo recordar bien, pero creo que se trataba de Charlie Parker. Sentados a la mesa estaban Iolster, Shuster y Fausti, con una botella de vino y algunos embutidos que adornaban la mesa. Iolster, amablemente, me señaló la silla para que me sentara y alargando su mano me ofreció un cigarro. Lo tomé, lo encendí y me senté.
-¡Querido Ernesto! Por favor servite una copa-dijo Iolster mientras me alcanzaba la botella-.
-Muchas gracias, ¿vamos a brindar?
-Para nada, brindaremos recién en Avellaneda. -El jefe hizo una pausa breve y continuó- No cantaremos victoria hasta haberla conseguido. La parte logística ya es una victoria, pero quedará obsoleta si no la acompañamos de la parte operativa. ¿Cómo se sienten? Si hay alguno que esté pensando en arrepentirse, déjenme decirles que el momento es ahora.

Mientras Iolster decía esto, miraba fijamente a Shuster, seguramente por ser el que más posibilidades tenía de retroceder en el plan. Sin embargo, el doctor respondió firmemente.
-De ninguna manera Hipólito, acá estoy, dispuesto a seguir.
-Perfecto, amigo. ¿Vos Fausti?
-Añoro con ansias estar fuera, compañero.
-Lo sé, años planeando ésto juntos. Solo me quedás vos, Ernesto.
Cuando se dirigió a mí, se me revolucionó el pecho. Algo en mí dudó demasiado. Sin embargo, lo miré fijo -me costó mantenerle la mirada en los ojos, ya que su mirada era muy fuerte y penetrante- y contesté:
-Claro que sí, no veo la hora de estar afuera y vengarme de ésta sociedad.
-¡De ninguna manera Ernesto! -Elevó la voz, casi gritándome-.
No estamos para vengarnos de la sociedad. Que tu familia te haya hecho esto no significa que tengamos que vengarnos, estamos para ayudar a la sociedad, para poder hacerla más grande, más culta, más sentimental. ¿Qué significa eso de vengarse? Yo en esa actitud no te apoyo, Ernesto.
Me quedé sorprendido por la respuesta de Iolster, miré a los otros dos y se notaba en su rostro que apoyaban a Hipólito. Fausti movía la cabeza de manera negativa mientras Shuster no demostró ningún tipo de gesto. Me encontré desconcertado, no esperaba ésa reacción, por lo que intenté disculparme.
-Tenés razón Hipólito, perdón, es un problema que tengo que solucionar yo con mi padre.
-Totalmente de acuerdo. No nos desviemos del tema. Ya está todo listo, ¿cómo se ven para obrar mañana?
La respuesta de todos fue positiva y continuamos hablando de las sensaciones que despertaba la fuga en nosotros… ¡Estábamos listos y quedaba tan poco! Se terminaron varias botellas de vino y mis sentidos estaban alterados por el alcohol, no solía beber y por eso me quedé dormido en la habitación de Iolster, cuando se acercaba el amanecer. Fue él al primero que vi al despertar al otro día y fuimos juntos a almorzar.
Todo ocurría normalmente, nadie sospechaba lo que se aproximaba. En unas pocas horas, el hospicio iba a ser transformado en un infierno, ardería en llamas como la mismísima Babilonia.
Estábamos los tres comiendo la insípida comida del “loquero” hasta que a lo lejos, Shuster nos dio la señal. Había comenzado la segunda parte de la fuga, la operativa. El doctor ya había dado el primer paso, le avisó al director que se había enterado de que esa noche, algunos planeaban escapar y que incrementara la seguridad.
Al terminar de comer y dirigirnos al patio, ya se notaba la presencia policial. Luego de estar un rato en el jardín, cada uno partió a su habitación, era necesario descansar. Nos encontraríamos a las 8 de la noche en el jardín para el último discurso de Iolster.
Caminé por los pasillos del hospicio mientras contemplaba el horrible paisaje, seguramente sería la última vez que, tristemente, caminara por ese infierno helado y sin fuego. En mi habitación, me recosté a leer y enseguida me quedé dormido. Al despertar, el nerviosismo se hizo presente, se acercaba la hora, se acercaba la libertad, se acercaba el horror dentro del infierno, se acercaba la fuga. Luego del aseo diario, me perfumé con mi mejor fragancia, me peiné elegantemente y me vestí de negro, asistiría a mi propio funeral y nunca hubiese imaginado estar tan contento por hacerlo. Fausti se había encargado -mientras yo dormía- de anunciar que Iolster tenía algo muy importante que comunicarle a todos los internos. Al salir al patio, el hospicio entero estaba ahí, esperando las palabras de Hipólito. Se respiraba un ambiente de revolución, era inminente el desorden, el murmullo constante.

La reunión de los “locos” era como la había soñado, éramos reconocidos por todos, ya se rumoreaba que estábamos preparando la revelación, el respeto que nos mostraron fue increíble. Pocos minutos después, me encontré con Fausti, quien me ordenó ir a la habitación de Iolster. Rápidamente subí al primer piso y entré en la habitación, estábamos los tres listos para salir al balcón.

-Llegó la hora amigos, voy a salir a hablar, y quiero que ustedes estén a mi lado. Es el discurso más importante que daré y como si fuese poco, en el que más gente hay, así que lo haré en el balcón.
-Eso tiene mucho simbolismo, ¡al igual que Mussolini!
Añadió Fausti con un dejo de nerviosismo. Por mi parte, solo me limité a darle la mano acompañando con un gesto de aprobación con mi cabeza. Los tres nos miramos y salimos al balcón.
Nunca voy a olvidar la sensación que tuve en ése momento, el corazón me latía como nunca, el estruendo que llegó del jardín fue ensordecedor. Los internos amaban a Iolster y gritaban con desenfreno. Hipólito agitó sus brazos, totalmente extendidos, a su derecha, un paso por detrás y con los brazos por detrás de su cuerpo, inmóvil, aguardaba Fausti, de la misma manera, pero a su izquierda y con el corazón a punto de salirse aguardaba yo. Un gesto de Iolster hizo callar a los internos para comenzar a hablar.
El patio estaba cercado de impacientes soldados que se sentían desbordados, esperando la orden del superior para intervenir, pero todavía nos dejaban actuar. En ése mismo instante, Shuster llevaba al piromaníaco a mi habitación donde ya había dejado a los tres “locos”. Todo marchaba como lo esperábamos. Iolster comenzó a hablar.

-¡Queridos amigos! Los he reunido aquí, ante los ojos del hospicio entero, porque creo que no podemos seguir así. Estamos siendo apartados de nuestra vida, día a día, solo por ser distintos a lo que la sociedad espera de un hombre. Ésta sociedad no quiere artistas, no quiere pensadores, no quiere gente que se anime a ir más allá de lo que conviene, es por eso que nos encierran y nos maltratan, por no ser lo que necesitan. ¡Es momento de decir basta!
Nuevamente el estruendo ensordecedor y el gesto de Hipólito para callarlos.
-Me cansé de ver cómo los maltratan, cómo los drogan para dormirlos, cómo los mantienen alejados de la realidad, pero no por estarlo patológicamente sino que por estar inducidos a ése estado. Es hora de que el hospicio sea manejado por gente que sabe de lo que se trata, hay médicos que están acá solo para hacer negocio… ¡como el director de nuestro hogar! Ël se encarga de encerrar por encargo y cobrar una enorme suma de dinero para meter pobres hombres y que dejen de molestar… ¡Basta!
El grito ésta vez fue más fuerte y Iolster lo dejó durar un poco más, hasta que continuó.
-¡Basta! El director se encuentra en su casa. Casa que construyó gracias a las coimas que recibió durante años para encerrarnos…
¡Basta! Hay médicos como Enrique Shuster o Roberto Ara Macío ¡que aman éste lugar y se desviven por ayudarnos! Ahora, como si fuese poco, nos llenaron el lugar de soldados, como si además de locos fueramos ladrones, asesinos o violadores… ¡Basta!
Es momento de reaccionar, ya no podemos permanecer callados, como lo hicimos durante tanto tiempo. ¡Basta! Levantémonos, todos juntos venceremos… ¡Ataquemos! Derroquemos al sistema y obliguemos a que Shuster maneje éste lugar… ¡Ya, amigos! ¡Ya!

El grito fue enorme, creo que se habrá escuchado desde muy lejos. En ése mismo instante, los “locos” se abalanzaron contra el cordón militar. Habíamos dejado en el medio del patio bidones con nafta y encendedores, con lo cual en pocos segundos ardía el jardín y los tiros de los militares resonaban por todo el hospicio… el plan estaba en marcha. Ahora sí, el infierno ardía. Corrimos hacia la habitación de Fausti, donde nos esperaba Shuster. Ya estaba todo listo. Shuster tenía todo acordado con un seguridad, quién no nos conocía y creía que éramos los tres que tenían que salir de alta, bajo la responsabilidad del doctor. En pocos minutos estuvimos en la calle, y los cuerpos de los tres “locos”, calcinados por el piromaníaco. El hospicio entero ardía…
El auto nos esperaba a tres cuadras, llegamos rápidamente y nos dirigimos a Avellaneda con nuestra nueva identidad. Todo salió de acuerdo a lo planeado. Una nueva vida estaba por comenzar.


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