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Aguafuertes Porteñas (Roberto Arlt)

“(…) ésta no es una fórmula para vivir feliz;

creo que no, pero sí lo es para tener fuerzas

y examinar el contenido de la vida,

cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo (…)”.

 


         Los días posteriores fueron casi idénticos, cada uno de nosotros realizaba las tareas que le correspondían, las reuniones ultimaban los detalles. Todo iba sobre ruedas, ya solo quedaban días para dar el golpe. Mis venas dejaron de transportar sangre para llenarse de ansias, mis pulmones respiraban miedo, mi cabeza transpiraba adrenalina. Una vez más, la mezcla de sensaciones.

Me sentía realmente vivo, con ganas de salir. Imaginaba, una y otra vez, el momento de mi regreso, visitar a mi padre, triunfador, encarnando un gran líder socialista, de galera y con chofer. ¡Ay! La cara que pondría al verme, se desarmaría… pero para éso todavía debía salir bien la fuga. Ya estaba todo listo, solo debía esperar.

El sol iluminaba mi rostro, el viento, que entraba por la ventana, acariciaba mi cuerpo de una manera muy sexual, era de mañana… Mi humor era muy bueno, me sentía alegre, contento, con ganas de vivir. Me levanté y me dirigí al comedor. Luego de almorzar, sucedió algo inesperado; me avisaron que tenía visitas y me esperaban en el jardín. El viaje se hizo eterno… no tenía idea de quién podría ser. En primer lugar me imaginé al Polaco y a Estela viniendo juntos recién enterados de que yo estaba internado. También pensé en mi madre, aunque eso fuese más bien un deseo.

Llegué al jardín y miré desesperado hacia todos lados, sin encontrar a nadie conocido. En ese instante pensé que podría tratarse de un chiste, solían hacerse esas cosas. Pero de repente una voz me llamó desde un costado… ¡Era mi madre! Quedé inmóvil, atónito, no sabía qué decir, el corazón se puso desenfrenadamente inquieto, yendo de un lado a otro de mi pecho, sentí como la sangre viajaba por mis venas a una velocidad increíble. Mi madre también se paralizó por unos minutos, ambos nos quedamos contemplándonos sin decir nada ni hacer ningún movimiento.

Fue ella quien dio el primer paso, con los ojos mojados por las lágrimas que empujaban desde adentro, se acercó y me abrazó dejándolas salir. El abrazo fue intenso, noté el sufrimiento que ella tenía contenido, impotencia tal vez; no puedo precisar qué era pero de algo estoy seguro, no le estaba haciendo bien, la pena crecía dentro de su pecho, robándole el lugar al alma y comprimiéndola contra los límites de su cuerpo. Pasaron esos minutos

-que parecieron una eternidad- y por fin dijo la primera palabra entre el llanto que ya no le importaba disimular.

-Hola, hijo mío…¡perdón! ¡Perdonanos! No puedo creer que estés acá…

Las lágrimas no permitían que las palabras de mi madre se entendieran bien, estaba abatida.

-Madre, tengo que salir de acá, por favor ayúdame…

-Yo quiero sacarte, hijo. Tu padre dice que todavía merecés un poco más de castigo. Se niega, pero dijo que si vos le pedís perdón de rodillas y le prometés que no vas a seguir con esas ideas, te sacará de acá.

-¡De ninguna manera!, me voy a escapar. No puedo creer que no le importe que esté acá adentro.

-A él sí le importa. Incluso su ánimo cambió, lo noto más deprimido que de costumbre, vos sabés que él es una persona depresiva…. no lo noto bien, por eso vine a pedirte que por favor le escribas una carta diciendo que te arrepentís de todo y que por favor te saque de acá. A él le hará muy bien eso, y vos volverías a casa… ¡tienen que dejar de lado estas diferencias!

-Entiendo que solo viniste porque él está mal, nada te importa de mí.

-Pensá bien antes de hablar, hijo. No hago otra cosa que pensar en vos, que estás acá adentro, con toda esta gente, mal comido… mirate, estás más flaco, dejado, mal peinado… ¿te cortaste el pelo vos solo?

-Sí. Justo el día que quería cortarme, faltó el peluquero.

Mi respuesta, sumamente irónica, hirió a mi madre y la hizo llorar.

-No me trates así, por favor, soy la primera que quiere verte afuera.

Intercaló palabras, llanto y respiración. Verla así me causó una gran culpa y la abracé.

-Lo sé. Por eso tenés que hacer algo para sacarme, no aguanto más. Soy joven y tengo toda una vida por delante, por favor ayudame…

Mis palabras la angustiaron más y agravaron su llanto… el silencio se hacía lentamente un lugar en nuestra conversación. Quedamos un largo rato abrazados y en silencio, no puedo especificar cuánto fue, pero lo necesitaba, necesitaba el cariño de mi madre, hubiese preferido que ése momento no terminase nunca pero, como todo, llegó el final. Levantó su cabeza y secándose las

lágrimas dijo:

-Ernesto, tengo que irme, te imaginarás que tu padre no sabe de mi visita y debo estar en casa cuando él llegue. Me gustaría quedarme a cenar con vos pero no puedo, igualmente te traje

algo.

Dijo eso mientras sacaba unas milanesas que me pasó tratando de que nadie se diera cuenta.

-Gracias… Te quiero mucho, ayudame por favor y vení más seguido.

-Voy a venir día por medio de ahora en más, te lo prometo.

Se volteó y se fue caminando excesivamente lento, como si no quisiera irse. En ningún momento del trayecto hasta la puerta giró para verme de nuevo, deseé que lo haga pero no sucedió.

Pasamos la tarde entera juntos y mi sensación de bronca y resentimiento había desaparecido de inmediato. Sentí el calor y el amor que necesitaba de parte de mi madre. Me dirigí a mi habitación de inmediato, en el camino me crucé con Shuster y le informé que no iba a bajar a cenar, ya que mi madre me había traído comida.

Esa noche, como era de esperar, no pude dormir. En mi cabeza giraba, sin cesar, la fuga que ya estaba próxima. ¿Cómo avisarle a mi madre que me escapé? ¿Saldrá en los periódicos que –supuestamente- estábamos muertos? Eso la lastimaría mucho.

¿Debía escapar o hacer lo que mi madre me aconsejaba? Todos estos dilemas dieron vueltas en mi cabeza durante toda la noche, hasta que llegué a una conclusión: “Escaparé con los demás, me debo a mis principios”.

 


 

Imagen de portada perteneciente al Archivo General de la Nación Argentina.

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