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 poseidon-1Los hombres matan, salvan vidas,

clonan otras, exterminan especies y

crean otras nuevas, destruyen bosques,

secan ríos y crean lagunas…

El hombre juega a ser un dios…

 

 


           Los gritos de los enfermos me llevaban al comedor. Era la hora de cenar. Me levanté y caminé por el largo pasillo, frío y oscuro hasta en los días más claros del verano… Llegué al comedor y desde lejos se podía oler el pollo hirviendo en agua sin sal. Siempre odié la comida del hospicio. Me senté junto a Fausti y nos trajeron el pollo.

-¡Querido amigo! Tenemos que hablar.

Soltó una voz muy suave, como si se tratara de un secreto.

-Te escucho.

Le contesté imitando su tono.

-No, acá no podemos. Mañana a las siete vamos a tener una  reunión en la habitación de Iolster.

No me dio lugar a respuesta alguna, se levantó y se fue. Por mi parte hice lo mismo, después de él me dirigí directamente a mi habitación. No podía dejar de pensar en la reunión. ¿Quiénes irán? ¿Cómo querrán escapar? ¿Estarán seguros? Muchas preguntas sin respuesta. Me acosté y continué pensando. Ésa noche sentí la locura correr por mi cerebro, por cada vena y por cada célula de mi cuerpo, no tenía sangre sino locura. La transpiración fue excesiva y el frío se hizo presente rápidamente para recorrerme sin barreras.

Acostado boca arriba, con las manos debajo de la nuca, luché contra la locura, la habitación se partió a la mitad. Desde la derecha escuchaba risas; algunas diabólicas, otras muy simpáticas y  transparentes; del lado izquierdo, ruidos que yo asocié con una rata o un gato. Justo detrás de mi cabeza, una música repetitiva y diabólica se escuchaba a lo lejos. Todos estos sonidos estaban perfectamente separados por sectores en la habitación. Si cerraba los ojos, sentía un mareo similar al que produce un barco. ¡Realmente estaba volviéndome loco! El cuerpo me picaba como si tuviera un millón de hormigas recorriéndome, me agarró desesperación Cerré los ojos haciendo fuerza, intenté pensar en otra cosa pero no lo logré. Más pasaba el tiempo, más transpiraba, las hormigas eran muchísimo más veloces y las risas insoportablemente cercanas, la música, mi padre, Estela, mi madre, el Polaco, Iolster, Fausti, todas esas caras daban vueltas, riéndose de mí, cada vez con más velocidad. Comencé a gritar desesperado. Entró una enfermera y sin dudarlo un segundo, me inyectó, y a los pocos minutos me dormí.

El despertar luego del momento de locura fue difícil. Sentía el cuerpo muy cansado, me pesaban los ojos, me dolían las piernas y sobre todo, el miedo gobernaba mis sentimientos. Pasé todo el día acostado, sin hacer nada, mirando cómo el tiempo se escapaba ante mis ojos. No tenía idea de cuánto hacía que estaba encerrado, sin noticias de mi familia, ni del Polaco y mucho menos de Estela. “¿Puede ser que nadie venga a visitarme?”, esa pregunta dio vueltas en mi cabeza como un ventilador en una pieza de pensión. Los minutos pasaban y mi mente no dejaba de hacer

estúpidas conjeturas.

Al estar tanto tiempo entregado a no hacer más que engendrar un monstruo dentro de mis entrañas, mi cuerpo reaccionó y me quedé dormido… El ruido del despertador me despertó alterado, eran las 7… ya debería estar en la habitación de Iolster. Me levanté

apurado, me cambié con lo primero que encontré y salí sin siquiera mirarme al espejo. Llegué a la puerta de la habitación, me detuve un segundo antes de entrar, mi corazón latía como si estuviera encerrado en mi pecho y sentí que mi espalda se bañaba de sudor. Desde afuera se escuchaba el murmullo de la voz de Fausti. Todavía me pongo nervioso al recordar ése momento, fue la noche que cambiaría mi vida para siempre.

Tomé valor, cerré los ojos y empujé la puerta esperando algún tipo de represalia por mi tardanza pero el recibimiento fue cálido y amable, no sé por qué esperaba lo contrario.

-Te estábamos esperando, querido amigo… sentate donde gustes.

Fausti tomó la iniciativa en el saludo Observé bien la situación antes de elegir mi lugar.

La habitación de Iolster no era muy diferente a las demás: blanca, azulejada, pálida y fría como la mía. Solo contaba con dos diferencias importantes, un balcón que daba al jardín y una mesa donde estaban sentados Fausti, Iolster y Shuster, obviamente que Hipólito ocupaba la cabecera. Yo decidí sentarme al lado de Shuster por una cuestión de respeto. Esperaba que hubiera más gente, por eso al contestar le pregunté:

-Disculpen por la tardanza… ¿Falta alguien más?

-De ninguna manera, los únicos dispuestos a pensar la fuga somos nosotros cuatro. Los demás solo son peones.

La firmeza de Iolster transmitía poder.

-Me parece correcto.

-respondí evitando contradecirlo-.

-Hoy no te vi en todo el día, ¿cómo estás?

-Shuster me preguntó dejando escapar un tono de preocupación-.

-Tuve una mala noche y dormí durante el día, cuestiones sentimentales…-No quise contar mi episodio por miedo a que dejen de verme como “sano”. Iolster irrumpió-.

-Las cuestiones del corazón no matan y, lo que es mejor, curan y sin medicamentos, solo tiempo. Pero yo tengo otra solución mejor y más rápida, escapar. ¿Estás dispuesto a participar de nuestro grupo?

-Muy seguro. Quiero salir de éste infierno, me siento muy mal.

-Perfecto, querido amigo. -Habló Fausti-. Vamos a concentrarnos en nuestro trabajo, no podemos fallar.

-No vamos a fallar. Tengo ideado el golpe desde hace mucho tiempo. Siempre me faltó material humano, gente confiable y competente para llevarlo a cabo… y ahora lo tengo: son ustedes.

Las palabras de Iolster me motivaron, luego de una pausa, continuó ante nuestra atenta mirada.

-Para empezar vamos a separar la parte logística de la operativa.

Cada uno de nosotros va a tener tareas tanto de una como de la otra, nada puede fallar, todo debe estar perfectamente calculado.

Cada error, por mínimo que parezca, puede significar que nos atrapen y eso va a tener como consecuencia nuestra derivación a la sección de alta seguridad. Por otra parte, las tareas van a tener una subdivisión; internas y externas. Las internas nos van a permitir poder salir de acá, mientras que las externas nos van a permitir transitar la libertad de una manera única, sin ser perseguidos. ¿Hasta acá me comprenden?

La fuga se va a realizar por la noche durante el turno de Shuster y justo en el momento en el que se produzca el cambio de guardia del personal de seguridad e ingrese el oficial que comenzó a prestar servicio ayer. A tres cuadras del hospicio va a haber un auto, manejado por un gran amigo mio, que nos llevará hacia Avellaneda, donde ya tenemos preparada nuestra “covacha” y nos están esperando. Una vez en Avellaneda, empezaremos a montar una organización más grande, para ir sacando a los demás compañeros que Shuster considere que debemos ayudar. Dicha agrupación, fundada y dirigida por nosotros cuatro, tendrá fines netamente políticos, sociales y culturales: Nos dedicaremos a luchar desde otro lado por la sociedad, desde lo marginal, desde lo solidario, siendo nuestro máximo anhelo dirigir a nuestra sociedad a un cambio sin precedentes.

La fuerza de convicción con la que sonaba la voz de Iolster era increíble, en ése momento, desde mi silla sentí que ése cambio era totalmente posible. Mi sueño comenzaba a despertar. Continuó:

-Ustedes pensarán, ¿cómo poder salir y despreocuparnos por la intensa búsqueda que se desencadenaría? Explíquenos, doctor.

Le dio el paso de la palabra a Enrique.

-Tengo tres pacientes a mi cuidado desde hace ya cuatro años.

Son hombres que realmente tienen la percepción de la realidad sumamente alterada, deben estar acá dentro. Por otro lado, nunca tuvieron visitas ni la familia paga enfermeras, lo que hace evidente que a nadie le importan. Desde hace dos años que, mediante mis informes, estoy allanando el camino para que les den el alta pese a que ninguno lo merece. Nadie en todo este hospicio conoce los nombres ni los estados de estos “locos”. Lo que vamos a hacer es simple, intercambiar los nombres y documentos. Ellos llevarán sus nombres y ustedes los de ellos, gozando de su alta.

-¿Y por qué no hace informes con nosotros?-Pregunté casi sin pensar-.

-Porque ustedes son conocidos dentro del hospicio. Desde el director hasta el “loco” más enfermo, sabe lo que significa Iolster en este lugar. Por otro lado, a ustedes nadie los quiere afuera.

-Pero van a notar nuestra ausencia.-Insistió Fausti, tratando de encontrarle el error al plan.

-Para eso debería explicar la segunda parte del plan -interrumpió Iolster-.La misma noche de la fuga, horas antes, voy a dar un discurso donde dejaré en claro que la única salida es la del levantamiento armado. Vamos a generar una guerra entre los internos y el personal de seguridad. Una vez concluido el discurso nos vamos con los nombres falsos. Shuster va a llamar al director para avisarle que estamos planeando la fuga y que aumente la seguridad. En medio del caos, el doctor va a dormir a los dueños de nuestros nuevos nombres, y va a encerrarlos en la habitación de Ernesto con el piromaníaco a quien, de más está decirlo, le facilitaremos unos materiales que le permitan prenderlos fuego.

Los cuerpos quedarán irreconocibles y el doctor hará los certificados de defunción con nuestros nombres, basándose en testigos falsos. Luego, agarra esos carbones calcinados, los mete en una bolsa y se terminó. Había pensado en el caníbal pero me pareció una exageración…

Tanto Fausti como yo permanecimos callados pese a que Iolster esperaba nuestra aprobación. Yo, particularmente, estaba desconcertado. Hipólito, en la intimidad, no era ése hombre progresista, solidario y sensible que se mostraba socialmente…quería escapar para tener poder, para lograr sus propios objetivos…

¿Dónde quedó ése hombre que velaba por el bienestar de los pobres internados? Su sensación de poder lo llevó al límite de sacrificar a tres hombres en pos de escapar, pero ya era tarde y realmente no aguantaba un segundo más ahí adentro.

-Yo estoy de acuerdo.-contesté con voz firme-.

-Yo también.-Siguió Fausti-.

-Muy bien, en estos días serán comunicados de las tareas que les corresponden. De mi parte estaría todo. Me olvidaba, nos juntaremos varias veces más para ponernos al tanto de cómo va sucediendo todo.

Nos levantamos en silencio y caminamos hacia el comedor. Ésa noche no sentí que comía pollo sino rata, por la manera en la que iba a escapar. Después de comer, me dirigí a mi habitación, agarré unos libros pero no logré concentrarme.

La angustia se hacía cargo lentamente de mí, como un león cazador , que persigue sigilosamente su presa. Se adentraba en mi alma, avanzando en mi cuerpo. Extrañaba demasiado la calidez de mi madre. El hospicio, por su parte, se congelaba, cayendo en el más profundo dolor junto con la noche. Las blancas paredes, una vez más, servían de alimento para el dolor. Pasé un largo tiempo meditando hasta que decidí hacer algo que venía pensando desde hacía mucho, agarré una hoja y comencé a expresar mi angustia en el papel. La destinataria, mi madre.

De Enrique a su madre:

Querida madre, las noches acá son frías y largas, solitarias y

angustiosas, pensé muchas veces quién describió al infierno como

el lugar más caliente de los confines del mundo. Para mí, realmente

el infierno es frío. Me comentaron que incluso en el veChristian

rano, el frío está presente. Por otra parte, la comida es horrible,

extraño mucho tus talentosas manos y tus ingeniosas recetas que

nos deleitaban cada domingo, acá solo como pollo sin sal. Empiezo

a notar mi pérdida de peso, calculo que perdí alrededor de

2 kilos, aunque siempre fui malo para esos cálculos. Añoro muchísimo

verte, escucharte. Es cierto que uno comienza a valorar

las cosas cuando no las tiene, ahora te valoro mucho más, por

suerte todavía existís para poder decírtelo y no estoy parado frente

a una lápida de mármol con tu nombre, ocultando las miserias

que quedan de tu grandioso cuerpo. Con respecto a mi padre,

espero que pueda manejar bien la culpa de haberme encerrado, le

deseo lo mejor, más allá de nuestras diferencias y nuestra “guerra”

ideológica.

Me hace ruido el hecho de que no vengas a visitarme, estoy

seguro de que él tiene algo que ver en todo eso y que no lográs

escapar de su mandato. A pesar de esto, mi alma los perdona,

porque estoy seguro de que voy a aprender muchísimo desde acá

y tengo grandes planes en mi vida que no hubiese imaginado de

no haber conocido a ésta gente. Espero una pronta respuesta y un

abrazo tuyo.

Te quiero muchísimo y cuidate, Enrique.

 

Las últimas palabras fueron manchadas por las lágrimas que no pude contener. Me desgarré en la cama y dejé salir todo lo que me apretaba en el interior, una sensación horrible bailaba al compás de mi corazón que marcaba el ritmo excitado. Rápidamente, a modo de defensa, mis ojos se cerraron en la inmensidad de la nada.

Otra vez me despertó el sol entrando por la ventana que había olvidado cerrar. Por unos segundos no sentí nada, como si estuviera en una especie de franja que separa la realidad del sueño, un lugar donde no se siente dolor, frío o calor, simplemente se está en blanco. De un momento a otro, caí en la realidad y, nuevamente, avanzó la melancolía. Giré rápidamente y observé la carta, que al quedarme dormido cayó en el piso como si la hubiera despreciado. Me estiré para tomarla y en ése momento la voz de Shuster me sobresaltó.

-Enrique, ¿cómo andas?

-Bien… ¿Vos?

-Bien, ultimando detalles-soltó una leve carcajada y continuó-. Me entendés…

Devolví el gesto únicamente por cortesía con una risa forzada.

-Entiendo.

-Bueno, si todo está bien me retiro, nos vemos luego en la reunión.

Al terminar de decir estas palabras, el doctor giró y se dirigió apresurado hacia la puerta pero lo llamé antes de que saliera.

-Esperá, ¿te puedo pedir un favor?

-Por supuesto, para eso estoy, no tenés que preguntar, solo tenés que pedir.

-Escribí esta carta para mi madre, me encantaría que se la envíes por correo, ya que yo no puedo salir…

-Lo voy a hacer y con mucho gusto, ésos son los gestos que demuestran que estás en una cordura total.

Antes de que pudiera agradecerle, se retiró a un ritmo muy rápido, seguramente iba apurado. Me volví a recostar y decidí no ir a desayunar, me esperaba un día largo y no podía comenzarlo de otra manera que no sea sin un hermoso y reconfortante baño caliente. Me desnudé y me metí en la ducha.

El agua cayendo en mi espalda me generó placer, un placer similar a las caricias de Estela, lentas y suaves pero intensas y excitantes a la vez. Recordé que hacía ya mucho tiempo que no podía tocar su pelo, lamer sus piernas o besar su cuello… ¡Cuánto me gustaba hacerle el amor! Si tan solo viniera a verme… Ninguna de las enfermeras del hospicio podían llamar mi atención sexual aunque, en ése momento, me hubiera encantado que cualquiera de ellas entrara a mi ducha y me recorriera el cuerpo. Al terminar éstos pensamientos, me di cuenta de que estaba excitado, el tiempo pasó rápido y desde que me encerraron no había tenido contacto sexual y, lo que es aún peor, no tuve siquiera pensamientos relacionados al sexo. Bajé lentamente mi mano desde el pecho hasta mi entrepierna, me tomé suavemente y me masturbé hasta terminar hundido en el placer.

Al salir de la ducha, me di cuenta de cuánto necesitaba descargar toda ésa energía sexual contenida y de cuánto necesitaba a Estela. Tomé una decisión, la segunda de igual índole, y comencé a escribirle.

Querida Estela:

Tal vez estés preguntándote el porqué de mi ausencia. Espero

que ya sepas los motivos que son más que suficientes. Mi padre

me ha encerrado en el Hospicio de las Mercedes, anhelo demasiado

que me vengas a visitar. Extraño tu perfume, tus caricias,

tus risas y tus piernas. Me hace falta el calor de tu cuerpo, tu

respiración jadeante cerca de mi oído, tu mirada penetrante y,

si hablamos de penetrante, también tu lado más femenino, tus

palabras. Espero que puedas venir algún día, solo tenés que pedir

que te lleven hasta mí en la puerta, podés venir sin restricción de

horarios ya que cuento con ciertos beneficios gracias a mi salud

mental de excelencia. Voy a recordar por siempre el día que traiga

tu presencia.

Te amo, Enrique.


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