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imagesLa mayor declaración de amor

es la que no se hace;

el hombre que siente mucho, habla  poco.

Platón.


Ahora que pertenecía a los alienados, las horas eran mucho más divertidas. Gozaba de hermosos beneficios, libros, bebidas, compras, música y lo más importante, sensación de libertad. Los días siguientes a mi presentación fueron tranquilos, Iolster me saludaba y cada tanto se me acercaba para conversar. De a poco nos empezamos a conocer. Él confió en mí desde el primer momento, lo pude sentir al instante. En uno de esos días -no recuerdo bien cuántos habían pasado desde mi primer asistencia- Iolster tuvo uno de sus mejores discursos. La noche estaba instalada en una temperatura ideal, un viento suave y refrescante paseaba por el jardín, una típica noche de primavera. De a poco, todos los hombres “sanos” se ubicaban alrededor de Iolster. De un momento a otro, el patio se llenó de murmullo. Hoy, tantos años después, ése murmullo llena el hueco que hay en mi pecho con alegría. La voz de Iolster, fuerte y decidida, irrumpió.

-¡Amigos! Estuve pensando mucho estos días, es por eso que me alejé de ustedes. Me he dado cuenta de que estoy cansado de los bordes que ésta sociedad impone, todos debemos estar dentro de esos bordes formados por las religiones, las creencias, la cultura… Debés crecer sano, ir al colegio, luego elegir una gran carrera que sea para toda tu vida, una mujer, virgen si es posible, que te acompañará “en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte te separe”, una casa hermosa, con jardín y lugar para albergar tus hijos, en ése momento, tu vida deja de ser tu vida para convertirse en la vida de tu familia, trabajas sin parar para poder ganar algo de plata. Mientras tanto, la televisión nos ataca con comerciales, con artículos de última generación, totalmente obsoletos, al salir del negocio. Nos venden marcas, no artículos. Formas de vida, imágenes y dependencia. Mientras esas presiones avanzan en nuestro cerebro como un cáncer violento, van formando parte necesaria para llevar una vida adelante. Hace muchos años el hombre solo vivía con comer y respirar, más adelante necesito instalarse en un lugar, más tarde necesito ropa, también un apellido, un posicionamiento social, dinero, familia, automóviles y ahora, por último, marcas… Ésas marcas que dominan el mundo sin ningún tipo de compasión…
Hizo una pausa necesaria, hasta el momento el discurso estaba en un nivel mucho menos contundente y entusiasta que los anteriores, pero sentí que hablaba desde la angustia, algo en ese hombre había cambiado.
-Pero hay algo que siempre el hombre necesitó, y seguramente nunca pueda dejar de hacerlo: El reconocimiento, todo el mundo necesita reconocimiento. Miren si no: el médico busca reconocimiento, no le alcanza con curar a las personas de la muerte,
necesita que una arteria, una vena, un orificio cerebral, lleve su nombre. El artesano, por su lado, hace carteras de cuero por pasión, si esas carteras no tienen el reconocimiento de los clientes, las modificará hasta que pueda venderlas en su feria. El músico saca su dolor a través del conjunto de notas, ese orgasmo musical no tiene comparación, pero solo es posible si miles de almas se identifican y reconocen su talento. El escritor deja escapar su pena entre líneas pero, ¿de qué sirve si nadie las lee? Debe llegar al sentimiento más profundo de un tercero para tener razón de ser.
¿Eso no es reconocimiento? El arquitecto debe crear un estilo. El pintor, el periodista, el deportista, ¡todos! Todos usan su talento para llegar a la cima del mundo, para lograr poder y satisfacción. Ésa fórmula solo alcanza con el reconocimiento de las masas.
Imaginate vos…
Señaló a uno de los que se encontraban sentados en la primera fila. Todo el público estaba expectante.
-Imaginate vos morir sin reconocimiento, morir sin que nadie te recuerde por nada, morir en el olvido. En el olvido… incluso de tu familia, tu nombre perdido en el aire, ni la tumba te regalaron. Pasa el tiempo y vos solo fuiste alimento para los gusanos y aquí
nadie te recuerda… ¡No!

Comenzó a elevar la voz y dejar salir todo ese carisma que lo
caracterizaba.
-¡De ninguna manera! Yo no vine para eso, yo necesito reconocimiento, quiero mi hombre en lo alto de la Historia, quiero escapar de aquí y que todos, miles de siglos después, sigan sabiendo quien mierda fue Hipólito Iolster. ¿Saben quién es el hombre más importante de la historia? ¿Quién se convirtió en mito, leyenda y todo el mundo lo reconoce y lo venera? ¡Jesús! Sí… ¡Jesús! Hace miles de años que pasó por ésta tierra y todavía la gente lo ama, lo adora, fue un hombre que supo trascender culturas, kilómetros, desertores, mitos e imponerse de una manera increíble en la vida de cada ser de ésta tierra. Seguirá siendo el hombre más importante en la historia de la humanidad, y no por conceder milagros, resucitar, sanar o ser el hijo de algún Dios… ¡de ninguna manera!
No por eso, sino por ser el hombre más amado y venerado de la historia, ¡ojo!, no estoy hablando de fama, ¡estoy hablando de reconocimiento! Yo no voy a caer en la mediocridad de la gente vulgar, no voy a pasar por esta tierra solo para dejarle adobo o
dinero a los vendedores de mármol… Voy a dejar mi pensamiento para que me recuerden. No voy a ser parte de la farándula, ni una estrella de rock, mucho menos deportista… ¡voy a llevarlos a ustedes a un lugar digno de vivir en libertad! Luego voy a llevar a ésta  sociedad a una vida más digna, más placentera, más artística, menos
burocrática, menos consumista y sobre todo, ¡menos humana! Hay una línea que debemos romper, la que separa la realidad de nuestra fantasía, ¡tenemos que hacer que nuestra fantasía sea la realidad! Ustedes deben seguirme, amigos, deben acompañarme y ayudarme a lograr la transformación. ¡Ustedes también serán
parte de la historia!
Terminó el discurso a los gritos. Nunca lo había oído hablar tan fuerte. Al terminar, todos se levantaron y unieron sus palmas y sus gritos en un ruido ensordecedor… Yo me encontraba al lado de Fausti en un lugar de privilegio, como si se tratara de un palco vip, ninguno de los dos perdió la calma, sabíamos que ése hombre podía llegar lejos y estábamos dispuestos a dar la vida para ayudarlo. Las palabras me atravesaron el alma como una espada buscando la muerte, siempre tuve ése miedo latente… ése miedo a ser una persona como cualquiera, morir solo, en el olvido, y él
sufría el mismo temor. Mi cabeza no dejaba de buscar una solución, la salida de emergencia del infierno. Ya iba más de una semana desde aquel día, el enojo de mi padre no podría durar tanto. Por ése motivo me di cuenta de que no era enojo, sino que realmente era la decisión, concreta, que él tomó. Era el momento de salir por mi propia cuenta.
Al terminar el discurso me encontré realmente cansado, así que decidí ir a la habitación a acostarme.

El ventilador se desgarraba en el techo; las paredes de azulejos blancos y toda la decoración de la habitación ayudaban a que mi depresión siguiera adelante causando estragos. Acostado en la cama de hierro, sentía como dentro de mi pecho, el egoísmo y
la culpa se debatían a duelo para llevarse el accionar de mi fuga. ¿Qué debía hacer? ¿Escapar solo ó esperar a que Iolster actúe…? Me tratarían como a un traidor. Ellos llevaban muchos años encerrados y la verdad es que mis tripas se hubiesen podrido antes… Era difícil pensar encerrado. Por aquel entonces, lo único que pasaba por mi cabeza era idear la manera para no estarlo. Harto de la locura que me acechaba, salí a caminar por el jardín. Si no estás loco, te aseguro que ahí dentro rápidamente lo estarías. Luego de dar unas vueltas, me senté en un banco. El día pasaba por esa línea que separa el sol de la luna. La soledad reinaba en el jardín, los muros altos no me dejaban ver cómo el sol se encendía en el horizonte y las estrellas salían, como los
gatos, a seducir a la noche. Me recosté sobre el banco, buscando relajación. Cerré los ojos y me detuve en la sensación que me generaba el roce del viento en mi cara. Mis dedos, mis pies, se encontraban en un estado de relajación puro. No sabría diferenciar
si me encontraba despierto o durmiendo, pero de repente me empezó a subir lentamente desde el estomago una tristeza enorme.

El corazón comenzó a darle golpes a mis costillas, el recuerdo de Estela apareció en mi mente y luego en cada parte de mi cuerpo. Ella fue mi único amor. Dicen que el amor es uno solo, y ella lo fue. Tuvimos un amor muy intenso… de la misma manera que
nos amábamos, nos odiábamos; de la misma manera que hacíamos el amor, discutíamos y así éramos felices. Pasábamos horas hablando y filosofando sobre la vida, los misterios, los temores, la muerte… A mi padre, como era de esperar, no le hacia gracia mi relación con Estela. Una mujer combativa, libre, fuerte, con muchas convicciones, no es bien vista por alguien que creía que la mujer era inferior al hombre. Ella una tarde tuvo la valentía que yo no… estábamos en mi casa hablando, tratando de salvar al mundo de la caída y entró mi padre ordenando que se vaya a “tirar el trapo a otra parte, que su hijo no iba a juntarse con mujeres ligeras y deshonradas…”. Esa agresión la enloqueció, se levantó y comenzó a gritar. ¡Ay! La discusión que se desató… no recuerdo bien los términos que se dijeron, pero mejor no reproducirlos. El clima estaba tenso, insultos volaban de un lado a otro, realmente
una locura. Mi madre, como siempre, observaba con ojos de asombro y tristeza, pero sin interferir. En un momento creí que era suficiente y decidí separar pero mi intento terminó cuando recibí un golpe de mi padre, fue como la campana de las peleas
de boxeo, todo concluyó en el golpe. Estela salió corriendo de casa. Intenté seguirla, pero mi padre me agarró del brazo y, con su modo imperativo, ordenó que me quede ahí sentado y se fue a su cuarto sin siquiera preocuparse por mi herida. Mi madre, una
vez que él se fue, decidió ver mi ojo y procedió a la cura, como siempre, sin decir una palabra.

Recordé toda la situación sentado en el jardín, estaba hundido en mi dolor solitario, cuando de repente escucho una voz que me llama.
-Ernesto… ¿Qué haces acá solo?
Las primeras palabras me asustaron, rompieron el silencio del jardín…Hasta que giré y pude ver que era Iolster.
-Pienso. Pienso lo difícil que es vivir.
-Acá dentro es mucho más difícil todavía, Ernesto. Contame qué es lo que te presiona el pecho.
-¿Alguna vez te enamoraste?
-Claro. El hombre es una especie que vive más de amar que de respirar.
-Sé que soy muy joven. La experiencia te hace actuar de otra manera, no veo a los hombres grandes sufrir por amor.
-De ninguna manera. El dolor ataca a todos por igual. Esa sensación de vacío, de desprecio, ese daño al autoestima, no cambia con la edad…. todos sufrimos por amor.
-¿Cómo se combate?
-No se combate, no se trata de una guerra. Conocí un hombre que decía “primero da bronca, luego duele, después se extraña y por último, con suerte, se recuerda…”. Llega un momento, Ernesto, en que guardamos todos los recuerdos en un cajón y solo lo abrimos cuando tenemos ganas de hacerlo, aunque debo admitir que, a veces, aparecen solo para recordarnos que existen.
-Eso significan que siempre estarán.
-Exacto.
-…
Agaché la cabeza mientras sentía que la angustia crecía. El silencio se hizo cargo de la conversación por unos segundos.
-El amor es una hipoteca de felicidad que se paga con dolor, querido amigo –continuó-.
-Pero vale la pena hipotecarse, de eso estoy seguro.
Contesté sin pensar lo que decía.
-Es como comprar una casa. Vale la pena siempre y cuando la casa sea agradable, linda y llena de felicidad… ahora, cuando solo nos da problemas, me parece que es en vano… y por mi experiencia, noto que son más las hipotecas con problemas.
-Es cierto, aunque éste no sea el caso. Yo no sufro por ella,
sufro porque no puedo verla…
-Si viniera a visitarte la podrías ver…
-No creo que sepa…
-Acá todo el mundo olvida, Ernesto.
-¿Te enamoraste alguna vez?
-Sí. Fue hace mucho tiempo, Ernesto. Tuve un gran amor, pero lamentablemente, no terminó bien. Cuando era muy joven, conocí a mi primer mujer. Sentí realmente que el amor era todo lo maravilloso que dicen. Hubiese vendido mi alma por tocarla, besarla o no dejarla ir, pero me abandonó. Al tiempo, conocí a otra mujer. Todo era distinto; la primera era dulce, tierna, atenta, delicada; la segunda, salvaje, insaciable y violenta. Su manera especial me hacía sentir único. ¡Ay, Ernesto! Sus caricias, sus besos, su inocencia y su perversión, su dulzura y su salvajismo… ¡Ay! No conocí otra igual…
-¿Y por qué terminaron?
-Ella estaba casada con un importante empresario textil. Anduvimos escondidos mucho tiempo hasta que, como todas las relaciones fugitivas, nos descubrieron. Fue una tarde de martes, día de nuestro encuentro semanal que esperaba con ansias. En el
mismo bar de Barracas, lejos de nuestras casas. Llegué perfumado y muy elegante. Desde afuera, la vi sentada, esperándome, todo transcurría con normalidad. Nos besábamos, reíamos, hablábamos y disfrutábamos de la mejor compañía. Pero esa tarde, su marido irrumpió en la cafetería… ¡La había seguido! Sacó un revólver y me amenazó. Todo el bar se llenó de pánico, la gente que estaba presente, de un salto llegó al piso para protegerse de los disparos, que por suerte nunca salieron. Un hombre de traje gris y sombrero, se vistió de superhéroe y se puso entre ese varón lleno de ira y yo. De los costados saltaron otros dos y lo neutralizaron, acto seguido lo sentaron en una mesa para tranquilizarlo. En ese momento agarré a mi dama y salí sin que él lo notara por la otra puerta… Fuimos a parar a una pensión en Constitución. Esa noche fue la mejor de mi vida, nunca le hice el amor a una mujer como a ella en ese momento. Nos desgarramos en placer, sus piernas temblaban y gritaba, gemía y disfrutaba con un ruido tan dulce, que solo lo puedo comparar con el cantar de un pájaro…

Mientras contaba su historia, se llenaba de angustia. La pude percibir. Era como si en lugar de recordar, estuviera reviviendo. Un Iolster distinto, sentimental, sensible, angustiado. Estuvo en silencio un rato, hasta que decidió continuar.
-Pero nos separaron, Ernesto, nos separaron…
Se levantó, bajó su sombrero en forma de cortesía y se fue sin decir más nada.


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