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aristofanes“Es de los enemigos,

no de los amigos

que las ciudades aprendan

la lección de construir murallas altas”.

Aristófanes.


         Los dos médicos me arrastraban por el hospicio, realmente me maltrataron y se rieron de mí sin intenciones de disimular. No pude observar bien el paisaje, solo pude ver un hombre en un rincón, gritando en posición fetal, y pensé que no iba a permitir que ése fuera mi destino. Iba a pelear hasta mis últimos minutos para salir del infierno en el que me metieron. Me arrastraron agresivamente hasta la puerta de la habitación que me correspondía, abrieron la puerta y me revolearon como una bolsa de arena en una construcción. Caí en el piso de costado, ya no llevaba la camisa de fuerza, me incorporé y miré a los dos hombres que ya se estaban retirando. Les grité para que me prestaran atención, y el más gordo se dio vuelta para mirarme. En ése instante le dije; “Yo no estoy loco y se los voy a probar, mi padre me internó para que no lo moleste”. El hombre echó una carcajada y miró a su compañero, y con tono burlón se dirigió a él; “¿Cuántas veces escuchamos eso?”; el más flaco, con una sonrisa que yo hubiera destruido de un trompazo, le contestó: “Todos los días amigo… todos dicen lo mismo…”. Riéndose se dieron vuelta y continuaron su camino.

 Ya era de noche y hacía frío, en el hospicio en toda época del año se sentía el aire frío. Me senté a un costado y me puse a llorar, traté de pensar en varias alternativas para poder escapar, pero ninguna me parecía la correcta. -¿Cómo me habían podido hacer esto? No lo podía creer… ¿Qué me espera en la vida? No puedo permanecer encerrado en éste lugar el resto de mis días. Mis sueños, mis proyectos, todo destruido por la autoridad dictatorial de mi padre. Voy a salir y me voy a mostrar frente a él victorioso-. Pocos minutos habían pasado desde que se fueron los dos hombres y llegó una enfermera. En su cara se notaba el repudio que le tenia al hospicio, seguramente era el último lugar donde quería ejercer mientras estudiaba, pero acá estaba, en el agujero más asqueroso de la sociedad, quizá más que la cárcel, acá la gente no sabe por qué se encuentra encerrada, allá lo tienen claro. La enfermera se acercó y me agarró muy fuerte, era asombrosa la fuerza que poseía esa mujer, sacó una jeringa y después de decirme que me tranquilice, la aplicó sobre mi brazo. A los pocos minutos se me fue la conciencia y entré en un profundo sueño.

Desperté en la cama y por un segundo me olvidé de que me encontraba encerrado en un hospicio, al darme cuenta me levanté de un salto y me senté. Por primera vez me puse a observar detenidamente la habitación. Tenía los techos muy altos y decorados con unos pálidos azulejos blancos, el suelo era de baldosas de color gris oscuro, y una ventana que daba al jardín era el único lugar con color de todo el hospicio. La cama era muy angosta y verdaderamente incómoda, era íntegramente de metal y el colchón tan fino como una feta de fiambre. Estuve un rato analizando la habitación hasta que un golpe en la puerta me sobresaltó y me puso alerta. -¡Permiso!- Gritó una voz mientras se abría la puerta. Por detrás apareció un hombre alto, delgado, con una barba crecida y con rasgos largos, vestido con un pantalón negro, una camisa blanca y el típico delantal blanco encima de todo. Mientras fumaba su pipa, se presentó de manera extremadamente amable…

-Buen día, soy el Dr. Enrique Shuster, tengo el turno de la noche. Ya estoy dejando mi guardia, pero me han designado a tu cuidado personalmente. Vas a tener una enfermera de mi con- fianza a tu lado. Por orden del director, cada paciente dispone de un psiquiatra para su tratamiento. Cada cosa que necesites, que quieras contarme, que creas conveniente informarme, no tenés más que acercarte a mí. Cada noche voy a venir a visitarte, y lo mismo antes de marcharme cada mañana.-Muy amable doctor, no dude que me voy a dirigir a usted ante cualquier necesidad.- Con su permiso…

 Ese primer contacto con Shuster fue raro, algo en el tono de su voz, en su cara o en su mirada me generaba una extrema confianza. Me invadió una alegría enorme, estaba seguro de que mi relación con el doctor iba a ser más que buena, más que la relación normal entre un interno y su psiquiatra de cabecera. Una misteriosa ilusión se hizo presente dentro de mi pecho, estaba convencido de que Shuster se iba a dar cuenta de que yo no estaba loco.

Después de unos minutos pensando en la extraña reacción que me despertó el doctor Shuster, miré el reloj que colgaba en el pasillo, fuera de mi habitación y reparé que era la hora del almuerzo. Caminé despacio hasta llegar al comedor. Era mi primer día en el hospicio y después de terminar de comer, decidí salir al jardín por primera vez. Recorrí el pasillo muy atento, observando todo lo que ocurría… Enfermeras corriendo, un “loco” sentado en el suelo gritando, otro caminando en círculos, otro parado con la mirada perdida y sin decir nada, otro sentado en posición de meditación mirando un punto fijo en la pared blanca. En ese momento me sentí solo, aunque no dejé de caminar. El miedo era demasiado, esa gente realmente estaba fuera de sí… En mi segundo día seguía sin entender cómo mi padre me había condenado al infierno, rodeado de estos demonios. Desde lo más profundo de mi ser deseaba despertar en mi casa de Flores y darme cuenta de que esto no era más que una horrible pesadilla, pero todavía sentía molestándome la inyección que me dieron a la noche antes de dormir. Esto me daba la pauta de que era la realidad. Caminé perdido unos cuantos metros hasta que finalmente llegué al jardín. El recuerdo de ese momento en mi mente es perfecto. El día era hermoso, el cielo parecía pintado con un rodillo, un celeste imponente, sin ninguna marca como el fondo de una escenografía de cartón. El viento suave acarició mi cuerpo generando una sensación muy placentera. En el medio del pasto verde, un circulo de cemento con una fuente y varios bancos alrededor. El jardín era la parte vital del hospicio, era el lugar donde se generaba vida, el lugar por donde el hospicio respiraba y se alimentaba. El perímetro estaba delimitado por las enormes paredes de los pabellones, al mirar para arriba solo se veían pequeñas ventanas en un enorme paredón. ¡5 pisos de concreto! Algo muy similar a las cárceles. Si me paraba en el centro del jardín y miraba hacia los costados, me invadía una sensación de encierro horrible, y unas ganas descomunales de volar hacia ese cielo de escenografía.

La mayoría de los internos se encontraba esa tarde en el jardín, el día lo ameritaba. Algunos, los que gozaban de más suerte, paseaban con su familia o sus amigos. Otros, como yo, sentían la soledad y la pena desde los huesos hasta la punta del pelo. Me senté en un banco y comencé a observar a la gente… Desde lejos, pude ver a Shuster parado sobre el pasto hablando con un interno. Un hombre bajo, delgado, con la cara huesuda, llevaba puesto un pantalón negro, una camisa negra y un sombrero… No sé de qué hablaban, pero desde lejos se notaba la pasión con la que ese misterioso hombre se expresaba. Gesticulaba efusivamente moviendo las manos de un lado para el otro. Continué recorriendo la situación con la mirada, hasta que decidí sentarme en un banco alejado de la mayoría, porque todavía no me sentía preparado para la parte social de la internación. El sol, muy débil, bañaba mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies, recostado sobre mis brazos, con la cabeza hacia arriba y los ojos cerrados, intentaba congelar mis pensamientos en un freezer y solo descongelarlos cuando lo creyera necesario, pero me resultaba imposible, no podía sacarme la bronca contra mi padre por mandarme hacia ese castigo. In- tenté sacarle el lado positivo a mi estadía en el infierno, pero por más que lo pensé una y mil veces, no rescaté nada. Fue un rato largo el que estuve sentado solo o, mejor dicho, en compañía de los parásitos que habitaban mi cerebro. Hasta que un “loco” se acercó a presentarse y darme la bienvenida.

-Buenos días querido amigo, mi nombre es Carlos y me dicen Fausti.

Era un hombre muy gracioso, su manera de hablar era muy particular. Se notaba a simple vista que en su cabeza convivía la salud y la enfermedad. La primera predominaba pero la segunda se hacia notar. De una estatura baja, pelo corto, canoso, bastante descuidado y una higiene que brillaba por su ausencia. El primer pensamiento que tuve mientras se presentaba fue que no tenía ganas de hablar con él, de mala gana y muy soberbio, le contesté.

-Buenas tardes, mi nombre es Jesús pero me dicen “Jesús de Nazaret”…

-Aunque esté loco, no es para tanto querido amigo… ¿Jesús es tu verdadero nombre? Muy sabios tus padres en llamarte así.

Él tomó mis palabras como lo que fueron, una agresión. En ése momento me sorprendí de cómo transformó mi agresión en un chiste.

-No, mi verdadero nombre es Ernesto. Soy nuevo en el hospicio.-Intenté cambiar la manera en que decía mis palabras, pero necesitaba de un gran esfuerzo-.

-Me he dado cuenta querido amigo. También me parece que eres muy joven para estar aquí.

-Lo soy, pero también es un gran error que yo me encuentre por acá. Espero que pronto se den cuenta de esto.

-Eso no suele pasar. Yo llevo 10 años en la misma habitación. 10 años de un error. ¿Te parece? Y créeme que también lo mío es un error. A medida que va pasando el tiempo, nadie te presta atención, te encontrás gritándole al viento “¡Yo no estoy loco!”. Lo gritas tan fuerte que cualquiera puede oírte, incluso la gente que pasea libre por afuera de los muros, pero en voz baja, muy baja, casi tan baja que solo tu cerebro puede escuchar, completas la frase diciendo “…pero no puedo demostrarlo…”. Y es ahí donde queda todo, en no poder demostrar. Yo puedo acercarme, agarrar a un médico y decirle “No estoy loco…”, él me va a mirar con ojos burlones y va a decir “Lástima que no lo podés demostrar, yo tengo acá un montón de estudios que dicen lo contrario”. ¡10 años de un error! Con cada interno que hables te va a decir lo mismo. Un día entra una enfermera a tu cuarto con cara de tristeza -que no es real- como una actriz en el papel que siempre soñó; y te dice; “Llamaron para vos, tu madre murió”, después muere tu padre, después muere un hermano, y ¿vos?. Seguís creyendo que estás acá por error, la gente que te encerró se muere una por una. La culpa, ésa culpa querido amigo, ésa culpa que los mató despacito, tan lentamente como un cáncer que no quiere matar, pero por el simple hecho de ser cáncer tiene que ramificarse. En cambio, vos seguís muerto en vida, vivo en el infierno, todos los días te levantás en el quinto círculo, el de la ira, pero el nuestro no se encuentra en un río, sino dentro de unas paredes de azulejos blancos, tan antiestéticas como horribles. ¿Por qué no nos dejan pintar? ¡Qué mejor la pasaríamos si se dieran cuenta de que estamos mucho más cómodos rodeados de colores!, como las abejas que buscan las flores… Eso también es un error. ¿La comida? ¡Uf! -Hizo una pausa, y fue la primera vez que respiró después de decir todas esas palabras. Yo lo escuchaba atento, con los ojos abiertos como nunca, ¡cuánto dolor desgarraba mientras hablaba! Parecía vivir en el tango, cantar un tango sin melodías… el tango de su vida, él prefería narrarlo y, ¡qué bien le salía!

-¡La comida! Qué basura querido amigo… ¿Ves aquel grandote de camisa a cuadros?

Me señaló a un interno que paseaba a lo lejos, cerca de la fuente del centro. Estaba con una visita, una mujer gorda, de rulos y con la cara redonda.

-Sí, tiene visitas, debe estar contento.

-Claro que ésta contento, pero no como la gente libre. él antes de que lo encerraran para “curarlo”, era cocinero en un bar de la calle Corrientes. Acá no hace más que pasear por el jardín y ju- gar al truco con un puñado de locos… ¿Sabés lo contento que se pondría si lo dejaran cocinar para sus compañeros? ¡Uf! ¡De solo pensarlo…! Sería muy feliz y nosotros comeríamos de primera. ¿Ves aquellos dos de allá?

Me señaló dos hombres sentados en un banco. Ambos estaban en silencio, con la mirada perdida en algún punto fijo. Asentí con la cabeza.

-Bueno, ellos hacían trabajos de albañilería, pintura, caños y todo tipo de cosas necesarias para la construcción. Ahora son dos hombres inútiles y medicados hasta el punto que parecen estúpidos. Ellos podrían sacarle a éste lugar esa imagen tétrica, deprimente, que lo único que genera en las personas que la miran es angustia. Nosotros nos angustiamos de vivir acá, los médicos de trabajar acá, los familiares de que su ser querido -o no tanto- viva acá. Todos terminamos igual, diciendo “pobre infeliz: loco y viviendo en éste infierno…”. Es lamentable, pero es así. Aquellos que hablan-señaló a dos hombres parados en la puerta que separaba el final de un pabellón y el jardín-. Esos dos son artistas. Sí amigo, no ponga esa cara, no solo son artistas sino talentosos. El más alto es escritor, lleva escritas dos novelas aquí dentro, enriqueció a su familia desde acá, y la maldita de su mujer se volvió a casar mientras él es encerrado por “adicción a la escritura” y mientras tanto le compra autos al nuevo hombre de su esposa, pagándolos con las palabras que describen su dolor. El otro, el más bajo, es pintor. No tuvo la misma suerte, sus obras no se fabrican por miles, ni se venden por millones, pero es muy talentoso, ¡dice tanto con sus colores! Y acá están los dos, seguramente hablando de Dalí o Michael Ende, pero no pueden ser felices, según su familia están locos y… ¡Dios mío! Hay que estarlo para tener semejante talento.

         La conversación se había transformado en un monólogo de Fausti, sabía de lo que hablaba, su voz trasmitía confianza por más disparates que dijera, la manera de decirlo te convencía de que era cierto. En ningún momento levantaba la voz, pero se notaba claramente cuando hablaba con más o menos énfasis, mucho más cuando se enojaba. Esa primer conversación fue increíble, me dejó atónito.

-Imaginate un segundo ésto -continuó-, cerrá los ojos. ¡Dale! No seas desconfiado, con el tiempo vas a aprender a confiar en los locos. Cerrá. Imaginá que nuestro hogar, el hospicio, tuviera las paredes invadidas de colores, paredes naranjas, azules, verdes, violetas, con dibujos, barcos, mariposas, pelotas de fútbol, personajes épicos, por el final del pabellón una biblioteca enorme, libros de Poe, García Márquez, Roberto Arlt, Ende, Verne… Otros, de Marx a Friedman, de Weber a Kiyosaki, de San Martin a Napo- león, de Alberdi a Sarmiento, de Freud a Lacan, de la Biblia a Darwin. Sin importar la ideología de cada uno, todos ahí, para que los pueda leer e investigar quien quiera. Cuadros en todos los ambientes, obras hechas por los internos, ¡colores! Me excitan los colores. Réplicas de Dalí, Da Vinci, Miguel Ángel, Joseph Turner, Andy Warhol, Monet, Van Gogh… Justo al lado de los cuadros, música, un centenar de discos; Gardel, Armstrong, B.B King, Mozart, Goyeneche, Julio Sosa, Andrea Bocelli, Beethoven… Y los sábados por la noche, un conjunto formado por internos, nos deleita con un show de música en vivo, violines, contrabajo, chelo, batería, todos vestidos de gala. Si hay música no pueden faltar el cine y el teatro, Chaplin, Shakespeare, Cooper, Corneile. En éste caso los jueves para el cine y los viernes para el teatro. Todo hecho por internos: Una vez por semana, en una gran gala de jazz, vienen a bailar las damas del hospicio para mujeres. Por las noches un gran banquete, también preparado por los internos, acompañado de un buen vino para los que pueden tomar. Se generarían grandes debates de política, arte, sociedad y religión. Como ves, saldrían grandes talentos de éste lugar… Tal vez un interno termine actuando en Berlín, tocando en Nueva York, participando en el gobierno ruso, manejando los negocios desde Manhattan o, ¿por qué no?, presidente de nuestro riquísimo país. Ahora estarás pensando, “por eso es que está internado”, puede ser. El hospicio, aunque no le guste a varios, es una sociedad, una pequeña muestra de nuestra sociedad. Pero hay una gran diferencia querido amigo, acá estamos todos juntos, los hombres que no quiere la sociedad, esa sociedad de poder, porque de la misma manera que yo podría generar ésta hermosa utopía aquí dentro, la puedo crear afuera y no conviene, créeme.

No supe bien qué contestarle, porque tenía razón, si el hospicio se transformara en eso, daría gusto estar acá para “curarse”, pero… ¿Por qué harían eso? Si lo que buscan es lo contrario, que estemos mal, que seamos ignorantes. Decidí quedarme callado, él también lo hizo, juntos miramos el paisaje en silencio, como pensando en lo que ocurría y analizando la conversación. La tarde moría en las manos de la noche muy lentamente. El cielo había perdido su color celeste de escenografía y se acercaba la fría noche en el hospicio. Sin darme cuenta, el día se fue entero en el jardín. La campana sonó, era el momento de la cena, como decía Carlos, Fausti, “…el peor momento del día. Si en lugar de pollo nos dieran rata, pero condimentada, sería un manjar”. Me dirigí lentamente -todo en el hospicio lo hacía lentamente- hasta el comedor.

Después de comer solo, sentado en una mesa alejada, me fui a la habitación para esperar que el doctor Shuster pase a visitarme en su rutinaria visita nocturna.


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