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    Horacio era un chico como cualquiera, lleno de sueños y fantasías,
lleno de fuerzas que lograrían derrotar las barreras de los
miedos e inseguridades típicas del mundo. Desde hacía unos años
se había enamorado del viejo piano que estaba en silencio en su
casa, este hermoso instrumento era el legado que su abuela dejó.
Nadie se animó nunca a tocarlo, nadie heredó la sensibilidad artística
de sus entrañas. La abuela siempre fue una mujer muy
sensible y adorable y había sido, sobre todo, una excelente pianista,
dueña de grandes proezas musicales entre las que se destaca
una noche con el teatro del pueblo colmado como nunca se lo
había visto. Gente de todos los pueblos cercanos, se acercaron
a escuchar al gran talento que viajaba con su piano por todo el
país y gran parte del mundo. Un día, cuando su vida florecía en
una eterna primavera, un accidente, el menos pensado, marchitó
de golpe la flor de sus días. Su camioneta se cruzó de carril y, al
intentar esquivar un auto que venía de frente, chocó contra un
árbol y como consecuencia, cayó en un barranco de no más de
10 metros, lo suficiente para dar muerte a todos los tripulantes
del vehículo.
Horacio era muy chico, contaba apenas con 3 años, pero el
recuerdo de ése día lo atormenta desde entonces, tiene muy presente
la cara de su madre llorando desconsoladamente y el cajón
cerrado de su abuela, pero el peor recuerdo lo escuchó años después
de la boca de su padre; cuando le contaba a un amigo que,
pareciendo una ironía de la vida, la mejor pianista del pueblo había
perdido las dos manos en el accidente. Horacio se enamoró,
en ése momento, del piano de su abuela.
Deseaba que pasen rápido las horas en el colegio, en las clases
de gimnasia y en los ratos con sus amigos, para poder sentarse en
el piano y tocar. Le encantaba tocar de noche mientras todos dormían.
Se hacía el dormido hasta que el silencio, en complot con
la luna, se adueñaban de la noche. Bajaba las escaleras en puntas
de pie y tocaba muy despacio durante las horas de más silencio y
melancolía. Le gustaba mucho el jazz, a diferencia de la música
clásica y el tango de su abuela, pero sentía que el espíritu era el
mismo, el mismo siempre. En cada nota que sonaba del piano,
las manos de su abuela volvían a vivir. Mucho fue el esfuerzo que
Horacio dejó frente al piano, no contaba con el talento innato de
su abuela pero podía suplantarlo con el esfuerzo y el sacrificio que
el aplicaba día a día.
Al cumplir los 14 años, se celebró una fiesta en su casa, con
todos los familiares y amigos, pero él no estaba completo, faltaba
su abuela. Le llenaba de pena que ahora, su abuela no tuviera ni
manos ni oídos para escucharlo y enseñarle. Ese fue el regalo que
deseó durante toda la fiesta. En el momento del brindis, muerto
de vergüenza y miedo, pidió la palabra. Cuando todos callaron
y le prestaron atención, sorprendiendo a la mayoría, se sentó en
el piano y comenzó a tocar una composición de su abuela, ¡la famosa
pianista del pueblo! Nadie lo había escuchado antes, ni sus
padres, ni sus hermanos, ni sus amigos, ¡nadie!… Las expresiones
hablaban por sí solas, mucho más que las palabras, atónitos los
invitados, que ahora pasaban a ser público, creían escuchar al
gran talento muerto. Al terminar, Horacio, cerró el piano bruscamente
y corrió desesperado hasta su cuarto, donde se encerró y
no salió más. Su madre, emocionada por la gran sorpresa, corrió
en su búsqueda pero no obtuvo la mejor de las respuestas. Los
invitados poco a poco se retiraron murmurando comentarios sobre
lo sucedido. A la mañana siguiente, Horacio debió enfrentar
a su madre y contarle que hace años que empezó a tocar por las
noches, que ésa era el motivo por el cuál se despertaba tarde y que
su sueño y anhelo era simplemente ser músico, como su abuela.
La madre lloraba al escucharlo pero, inconcientemente, lloraba
por el dolor de que la abuela no esté para verlo.
Algún tiempo después -pero no mucho- Horacio, acompañado
por el apoyo de su padre, se presentó en el piano bar del pueblo.
Un lugar muy chico, del tamaño de un living. Concurrieron
todos los amigos y algunos que gustaban del legado del talento
muerto. Los nervios de Horacio no cesaban, incluso crecían, a
medida que la aguja del reloj se acercaba a marcar la hora del
inicio. El show comenzó con un jazz potente lleno de virtuosismo
pero no faltaron los tangos y los clásicos. El final sorprendió
a propios y extraños cuando la voz de Horacio entonó una letra
que él escribió para su abuela. Eran las primeras palabras que
salían de la voz del joven… Al otro día los diarios y las radios
locales hablaban del sucesor, “el gran talento” engendrado en los
dedos del joven. Esa frase hizo un ruido muy raro en el interior
de Horacio. La noche siguiente se despertó en medio de una pesadilla;
en la que él tocaba en el teatro del pueblo, la multitud lo
ovacionaba de pie, una hermosa dama, enamorada de él, subía al
escenario y le robaba un beso, pero al finalizar el gran beso y abrir
los ojos, ésa chica era su abuela y no tenía manos, él se las había
arrancado en el momento del beso.
¿Qué significaría ese sueño? Tal vez un grave presagio. Sintió
que le estaba robando el crédito a su abuela, que estaba viviendo
de su recuerdo. Buscaba en él algo que fuera más que recordar al
gran orgullo del pueblo, la pasión no podía quedar resignada por
un sentimiento que no lo favorecía. Pasó años tocando en bares,
entre copas, mujeres y el apodo de “el heredero”.
En un momento su padre, sin su consentimiento, convenció
con una fuerte suma de dinero a un productor de la capital, el
único lugar donde el joven podría triunfar masivamente. El llamado
del misterioso productor sorprendió a Horacio que aceptó
sin pensarlo y viajó de inmediato. El nuevo disco lo llevó a diversos
lugares a través de viajes interminables, pero el lugar donde
quería tocar era el viejo teatro del pueblo. Su nombre, sin embargo,
florecía en todos los rincones del viejo continente. El cambio
de idiomas, culturas, caras y costumbres, acogían la música de sus
conciertos. El sueño -en gran parte- estaba cumplido. Llegó muy
lejos, donde su abuela nunca había llegado: premios, contratos,
coches, mansiones, castillos, estrellas de cine, artistas, cantantes,
todos querían conocerlo y hasta robarle el corazón pero, había
algo en él que no lo dejaba tranquilo, que no lo dejaba dormir
y mucho menos disfrutar. Tras la insistencia de Horacio, su productor
organizó un show en el teatro del pueblo. Todo parecía ser
una fiesta, el pueblo esperaba ansiosamente el momento Se organizaría
una recepción, e incluso el alcalde lo declaró día festivo.
Las tiendas de ropa, galeras y cotillón estaban atascadas de gente
tratando de comprar atuendos para la fiesta. Las calles angostas,
por donde no hacía mucho circulaban las carrosas, estaban decoradas
con globos de colores y retratos de Horacio, las mujeres
solteras y vírgenes, se amontonaban en la peluquería con el objetivo
de seducir al hombre más deseado, que alguna vez salió de
las entrañas del pueblo.
El momento se acercaba, increíblemente el pueblo estaba en
la puerta del teatro y Horacio peleaba contra la ansiedad y los
nervios; por fin el sueño, el motor de su vida estaba por suceder.
Soñó durante años su entrada al escenario: las luces apagadas,
el fondo decorado con un gran telón rojo que llevaría bordado
su nombre en oro, un imponente piano blanco en tono con su
elegante traje. Salió ante la ovación del público. Sus dedos estuvieron
como nunca, precisos, rápidos, llenos de talento y de una
dulzura hermosísima. El público fue deleitado con la mejor música
y todo lo recaudado en la noche fue destinado a construir la
primera escuela de música del pueblo, que llevaría el nombre de
su abuela y en la cual Horacio, en persona, iba a ensañar cuando
llegue la hora de retirarse.
Ésta vez, no solo estaban presentes los diarios y las radios locales
sino a nivel nacional y continental. Todos, sin excepción,
hicieron alusión al talento heredado. Al hacerse conocida la música
de Horacio, se hizo conocida su historia, y el nombre de su
predecesora se hizo tan conocido como el suyo. Estaba opacado
por el talento muerto de su abuela y esto a Horacio lo llenó de
envidia. El amor que sentía por la mujer que, sin saberlo, lo introdujo
en la música, se transformó en un rencor y un resentimiento
sin precedentes en el alma del joven. No pudo escapar y comenzó
a enloquecer, nunca más se fue del pueblo. No quiso seguir adelante,
su sueño estaba cumplido y no encontraba motivación para
continuar. Poco tiempo después del gran concierto en el teatro, la
madre de Horacio entró sin avisar en la habitación de su hijo y la
imagen la llenó de dolor, hasta el punto de no poder soportarlo.
Horacio yacía boca abajo en el suelo, sin vida. Al acercarse y darlo
vuelta, encontró una nota en su pecho que decía: “Ahora ya no
van a decir que mis manos son las de la abuela. Horacio tiene
talento propio”. Los llantos desconsolados de la madre alertaron
al padre que acudió rápidamente, descubriendo el escalofriante
detalle. Horacio se había cortado los dedos, uno por uno, como
tratando de sacarse el exorcismo que llevaba dentro.
“El mejor talento que conoció el pueblo se quitó la vida. Gran
pérdida”, tituló el diario local al conocer la noticia.

Información: Cuento perteneciente al libro “Crónica de infeliz” de Christian Morana, editado por Editorial Utopías en mayo de 2013.

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