La realidad vs La realidad

La necesidad de hacer un balance ante la llegada de diciembre parece ser obligatoria. Tal vez tenga que ver con el regreso del sol a su punto de partida pero mi ignorancia astrológica no lo puede afirmar. Pensé en varias alternativas para desarrollar algunas palabras coherentes y útiles para resumir las “aventuras” que debe atravesar un músico para ser considerado como tal por el ojo en general. No me salió.

Pensé, entonces, en volcarme a una moraleja existencial que deje en evidencia la desventaja del trabajador de la música ante la discusión de los contratos laborales y al intentar mantener su poder adquisitivo intacto pese a los avances de la inflación y el abandono sindical en mi Argentina. No lo logré.

Entonces surgió como desprecio de la máxima “no hay dos sin tres” o en apoyo a la triunfante “la tercera es la vencida” una posibilidad de ejemplificar el balance moral/económico constante que debe elaborar un músico en una sociedad que lo condena a una cantidad enorme de prejuicios instalados por años de extremismo diestro. ¿El ejemplo? yo mismo, “él músico”.

Últimamente no suena extraño que un trabajador corra detrás de los gastos de la vida cotidiana, que se haga tan difícil poder cumplir con las necesidades mínimas que la sociedad de hoy nos demanda. Mucho menos exótico es que no tenga amparo ante el poder de los que más tienen. Pero así y todo puedo elegir, tengo la posibilidad de elegir dedicarme a mi profesión.

Con el correr de este año tuve que aguantarme, entre otras cosas, que la encargada de un bar que lleva el nombre de un revolucionario peronista y brilla sobre la calle Guardia Vieja (sinónimo del pilar de nuestra cultura) se enoje, me trate de fracasado y le pida $300 a los músicos para sus gastos comerciales porque su bar estaba vacío la misma noche que en su escenario cantaba una artista que viajó miles de kilómetros para sentirse feliz en su mediocre escenario sin siquiera haber escrito con tiza “Hoy, música en vivo” en su pizarrón.  Vi colapsar un bar de Palermo ambientado en la “Chicago del año 30” un martes a la noche con el show de un músico europeo. Hubo tanta gente que no llegaron a atender como se debía. Los pedidos se atrasaron tanto que hasta algunos nunca llegaron. Lo que sí llegó fue el delicioso momento de contar la plata, billete arriba de billete para que se dibuje una sonrisa demoledora en la cara de su partener por haber realizado una exitosa jornada laboral. Sin embargo, malas noticias. La suma no era la que su expectativa había generado. No coincidía la cantidad de gente con la cantidad de billetes que su cabeza había creado. “Fue una mala noche” dijo el dueño del bar con una cara de piedra que hubiera hecho pedazos de no ser tan importantes mis manos para calmar mi hambre diario.  

Afortunadamente no fue todo malo. He trabajado mucho y materializado metas que se han hecho realidad, Incluso de las cuales nunca me hubiera creído capaz de lograr.

Una vez alguien me dijo que esto iba a ser un trabajo cuando gane plata. Muy certero, la lógica aplicada a la matemática. Desde entonces una de las mis metas más importantes fue tener un control más detallado sobre mi trabajo para, llegado el caso, poder certificar de manera fehaciente que esto sí, era mi trabajo. Cuántos shows, dónde, con quién, la paga, etc…. El resultado registró, entre enero y diciembre del corriente,  un total de 145 shows en 7 países que albergan unas 30 ciudades. Grabé tres discos, acompañé en sus shows a 10 artistas internacionales y varios más de mi tierra, se consolidaron mis proyectos y grabé videos para producciones amigas. Intenté tomar el rol de mi propio productor, asesor de imagen, comunicador, prensa, sistema de venta de entradas, administrativo, diseñador gráfico, luthier, préstamo para pyme, manager, psicólogo y sonidista por prescindir de presupuesto. Recorrí más de 30000 kilómetros, trabajé con 40 grados de fiebre y vomitando… a las 4 de la mañana de un martes o las 10 de la mañana de un domingo. Falté al cumpleaños de mi novia, de mi vieja, de mi viejo, de mi hermano, de mis amigos y hasta el mío, simplemente porque estaba de gira o trabajando en el mismo restaurante de todo el año. Trabajé feriados, año nuevo y semana santa, no tuve vacaciones pagas ni pude viajar a ningún lugar sin que sea por trabajo. Pero lo mejor que me pasa es levantarme cada día con ganas de hacer las cosas que tiene anotada mi agenda, simplemente porque amo hacerlo y de eso se aprovechan los que buscan su beneficio. ¿De qué te quejas si haces lo que te gusta? Vos si que la hiciste bien, eh… vos sos un vivo bárbaro… ¿Te vas de gira y tenés novia? Estará pensando más de uno al leer hasta acá sin tener en cuenta que la moneda tiene dos caras. Y la cara que no ven es la que no alcanza para poder pagar las expensas que hasta el gato destroza cuando el encargado la tira por abajo de la puerta, no alcanza para mantener la moralidad intacta ante los ataques constantes de la realidad… No alcanza para poder elegir qué pedazo de queso comprar en el supermercado o para comprar un par de zapatillas si se rompen o un termotanque sin venderle el alma a un banco que ni siquiera da crédito a los músicos… Yo, tengo la suerte de poder elegir el camino, de tener dónde vivir, dónde pedir ayuda en situaciones extremas y no tanto.¿Cómo se desarrolla un músico sin esa condición? Así y todo, más allá de condiciones sociales, 145 shows no alcanzan,

¿Hiciste la cuenta de cuántos necesitas? -¡Que buena pregunta, es un gusto venir a tu programa! – Claro que sí… son necesarios 280 shows en un año para igualar el sueldo mínimo que marca el estado. La resta entre la cantidad de días del año y los shows necesarios no la voy a exponer porque me da vergüenza hacerlo. Si a esto le sumamos que, dadas las condiciones actuales, un proyecto encaminado tiene un promedio de 36 shows al año de los cuales cobrar en el 80% de las veces es un éxito. La distancia entre lo real y lo necesario es digna de ser atravesada con una canoa y unos remos del tamaño de un contrabajo de 10mil dólares. El balance, se hace muy extraño, los grises son enormes y cómo puedo contentarme por mis logros personales sin entender que no me está sucediendo lo que le sucede a la gran mayoría de los músicos.Cómo puede desarrollarse la cultura si un músico tiene que trabajar más días de los que existen para poder mantener los gastos básicos de un hombre de mediana edad, sin hijos y dueño de una propiedad heredada. Cómo puedo contentarme si basta con romperme un dedo jugando al fútbol para que tenga que suspender mi trabajo y quede sin obra social a la deriva de la buena voluntad de mis más cercanos. Cómo puedo contentarme si ni siquiera existe la profesión de músico para inscribirse en el monotributo. Cómo no llenarme de felicidad al salir a tocar en escenarios hermosos escondidos en ciudades extrañas representando un país que supo tener a Fangio, Piazzolla, Favaloro, San Martín, Maradona, Oscar Alemán… podría seguir hasta perder el hilo. Cómo no sentir vibrar el pecho al compartir un blues con artistas que vi en un teatro hace siete años con la boca abierta de admiración, Cómo puedo pensar en un balance negativo con tanta cosa soñada delante de mis ojos y archivada para siempre en mi memoria.

Termina conmigo intentando dormir una noche en el medio del trabajo constante, después de que la persona que más me ama me aconseje que pare, antes de iniciar una gira con un músico de Estados Unidos, después de este año soñado, antes del próximo que ya estaré despierto. Me levanté, no pude soportar a mi cabeza dando vueltas, y comencé a escribir un balance pensando que intentaré conseguir algún puesto para trabajar de administrativo en un museo, de esa manera sentiré que no pierdo el tiempo mientras lucho para sobrevivir en mi país sin olvidar mi profesión. Aunque tal vez, me sienta un extraño en mi propia ciudad y el camino sea otro.

El balance real, es personal.

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Músicos entre la realidad y el imaginario colectivo


Publicado para Revista “Vamos por las Tramas” en Noviembre de 2017.

Buenos Aires sigue siendo uno de los enclaves más importantes de América en lo que a cultura se refiere. Todos los días, todas las semanas, todo el año, se pueden encontrar propuestas independientes, de un nivel altísimo, de música, teatro, literatura, cine y cualquier rama o género artístico que sea de interés. Muchos de estos shows que se ofrecen de manera invisible son desarrollados en el exterior por cifras que no se pueden ni imaginar en estas calles. Me pregunto entonces: ¿qué sucedería con nuestra Buenos Aires si el Estado desarrollase políticas claras para defender el trabajo de los que se dedican al espectáculo y al arte? ¿Qué sucedería si se implementaran condiciones básicas de trabajo, obligaciones y derechos claros que tanto los dueños de los escenarios, las productoras, los técnicos y los artistas debieran respetar y cumplir? Sin miedo a equivocarme, puedo imaginar una Buenos Aires exponente del arte en todo el mundo.

Poniendo la lupa en el blues, género que transito desde hace años, la situación no es muy distinta y vengo abordándola en los números anteriores (ver aquí y aquí). Todas las semanas se pueden contar diez shows en diferentes lugares, propuestas internacionales todos los meses, proyectos ambiciosos y músicos argentinos girando por el mundo en todo momento. ¿El Estado? Ausente. ¿Los dueños de los lugares que ofrecen música en vivo? En su mayoría, abusando del Estado ausente. ¿Los músicos? Desorganizados y aceptando las condiciones que el juego propone. ¿El público? En su mayoría desconoce esta situación. Esta mezcla de ingredientes da una ensalada agria que comemos igual para no morir de hambre los que estamos del lado más débil de la mezcla.

Con la experiencia propia como mayor fuente, puedo separar estos recintos habilitados para el desempeño de shows en tres categorías: “humillante”, “el mal mejor” y “digno”. Lo más alocado y apasionante de este mundo es que cada uno tiene seguidores fanáticos y detractores fundamentalistas por igual y las discusiones en torno a esta problemática llevan años de acalorados debates.

Los “humillantes”

Los “humillantes”, entonces, son quienes ven al músico como un ente con el que hacer lucro. Es así como los dueños de los bares humillantes hacen un cambio en el lenguaje y llaman “arreglo” al contrato laboral, “espacio” a sus escenarios y “seguro” al público que compra entradas para ver un espectáculo. Esta nueva terminología no sólo se adhirió a la jerga sino que, también, cambió la perspectiva de la negociación, sacando de eje la condición de trabajador y empleador que existió cuando el ser músico era considerado un oficio y no un hobbie -palabra que no hace más que minimizar las pasiones.

Los “humillantes” suelen ser lugares con escaso poder de convocatoria y creen fervientemente que la gente debe acudir a su establecimiento convocada por el músico únicamente, desconociendo el trabajo de producción, la búsqueda artística, la oferta de buenos productos y sin estrategias ni objetivos claros; seguramente entraron en el negocio sin tener conocimiento de lo que fueron los viejos “cabaret” de la Buenos Aires de los años treinta.

Suelen comenzar la conversación (incluso en algunas ocasiones siendo ellos los que proponen el trato) diciendo: “nosotros les damos el espacio para que toquen, den a conocer su banda y se muestren, el arreglo son 40 entradas de seguro y a partir del número 41 el 70% es para los músicos”. ¿Cómo sería esto en criollo? Muy sencillo: que se necesitan vender 40 entradas para pagar el alquiler de un bar que debería tener su negocio en la venta de su barra; que se ofrece un show en vivo en el que -al no ser considerado en los costos de producción, así como el servicio de mesa o el cocinero-, el artista pasa a ser como la cerveza en lugar de un trabajador más del staff. Y que, como si fuese poco, claro está, a partir de las 40 entradas el lugar también se queda con una tajada.

¿Cómo sobrevive un proyecto musical si necesita vender 100 entradas para poder pagar solamente el traslado de la batería? Todavía no lo descubrí, aunque estos “espacios” siguen sobreviviendo a los años en el mismo lugar aprovechando la situación y la desidia de los aspirantes a músicos profesionales. ¿El Estado? Ausente. La Ley de la Música sigue rebotando y esperando ser tratada con seriedad y si, bien, comenzó a funcionar el INAMU brindando cosas muy positivas como descuentos en pasajes, vales de producción y capacitaciones gratuitas, no existen mínimos establecidos para el jornal de un músico promedio, no existen inspectores que recorran los escenarios para hacer valer derechos que ni siquiera son adquiridos. No existe tampoco un fuerte apoyo de los músicos consagrados para que los trabajadores anónimos puedan tener condiciones aceptables de trabajo y muchos de los mismos músicos desconocidos aceptan contratos de esta índole. El tristemente célebre “Pagar para tocar”.

El “mal mejor”

El “mal mejor”, sin embargo, es el escalón siguiente al que los artistas deben escalar si quieren mantener su proyecto con vida. Estos referentes de los establecimientos son un poco más amables que los anteriores, pero conviven escondidos entre la “estandarización tácita” de los contratos laborales, jugando al límite y sabiendo que las condiciones están dadas para que ellos puedan mantenerse en ese lugar.

Estamos hablando de lugares chicos, con sonido aceptable que ofrecen su lugar con un “arreglo” de producción donde el 70% es para el productor y el 30% es para el dueño del lugar. Este trato fue importado desde el viejo teatro donde tenía coherencia. Los establecimientos se dedican a la producción del espectáculo, tomando riesgos, encargándose de ventas de entradas, de difusión, organización, equipamiento y tienen propuestas en sus carteleras en las que creen y entran las búsquedas artísticas que el lugar busca ofrecer.

Estos representantes del “mal mejor” descansan en ese acuerdo sin tomar lo que se supone para su posición de productores compartidos, no les interesa tener convocatoria propia en su lugar y cuentan cada día con que algún artista llene sus salas y recorra la prensa nombrando su flamante escenario. Lucrando con la venta de su barra y asegurando una parte de los costos de su noche con la entrada, nuevamente convocada por la producción de los músicos y en la que ellos no participan. Para profundizar la ridiculización ofrecen la opción de que el músico trabaje gratis y se pase una gorra para contar con mayor convocatoria, dejando al azar y la buena voluntad del público la única ganancia del trabajador del espectáculo. ¿El Estado? Totalmente ausente, si bien existe la ley 3022 que entrega subsidios a 13 locales para que respeten el trato del 70/30, no determina mediante una clasificación clara que permita saber cuál de esos lugares están aptos para el trato de producción y cuáles deberían tener la condición de productores o simplemente de recintos aptos para shows en vivo, debiendo absorber el costo de tener estos shows.

Espacios “dignos”

Seguimos con nuestra recorrida por los pantanos de la profesión y llegamos así a los “dignos”. Estos necesitan un poco menos de explicación, son aquellos lugares que simplemente entienden que el trabajo del artista tiene que ser remunerado, que la convocatoria es una mezcla del trabajo de ambos, que les interesa la música que se toca en sus escenarios y creen en los trabajos a largo plazo. No siempre la remuneración es la adecuada, pero por lo menos se parte de un puerto con buen clima, con lindo atardecer en el río. ¿El Estado? Nuevamente ausente en la negociación de los valores que los músicos deben cobrar por brindar su espectáculo en estos lugares. Los montos están librados a la buena predisposición de ambas partes. No existen mínimos ni ningún tipo de amparo para la parte más débil del trato. Así, los músicos quedan a la deriva en la pelea de actualización salarial y trabajo digno mientras el sindicato se pelea constantemente por las denuncias de fraude en las únicas dos listas que hay: al ganar una la otra denuncia fraude, al ganar la otra, la primera hace lo mismo. Algún día se van a morder la cola.

Es increíble, entonces, que Buenos Aires sea un enclave importantísimo de la música tanto de habla hispana como del resto de la música. Es casi inverosímil que Argentina sea un semillero interminable de talento, de pelea, de referentes, que artistas de todo el globo busquen venir a tocar a nuestro país aunque signifique perder dinero.  La realidad está más que complicada, pero la pelea está viva en la calle, muchas movidas independientes y autogestionadas pelean en primera línea incansablemente mientras el festival del marketing vende sus tickets al valor de tres días de trabajo de un empleado promedio con un año de anticipo, sin siquiera decir qué bandas van a tocar; apoyados en la figura de los bancos, la manija de los medios de difusión y las marcas de cerveza instalan los proyectos que ellos quieren instalar mientras ofrecen espacios a la marchanta y, claro está, sin remuneración para los aspirantes anónimos.

A la par, festivales importantes pretenden -bajo cuerda- que los músicos viajen 2000 kilómetros para tocar sólo por un cuarto del pasaje en micro; productores ofrecen a músicos locales y de reconocida experiencia acompañar a músicos internacionales consagrados por el valor del taxi de ida, sin importar cómo vuelven esos músicos a su casa; un bar en Palermo tiene un show internacional totalmente colmado de gente un martes a la noche y le dice a los músicos que no les puede pagar porque el barman le cobra el mismo salario que él pensaba destinar a cinco músicos, un sonidista y tres audiovisuales (grupo de trabajo de los músicos); un bar en Almagro, luego de una mala noche, le pide $200 a los músicos para pagar el sonidista contratado por el lugar; también hay muchos músicos que aceptan tratos que dan hasta arcadas, con tal de ver sus nombres colgados en un cartel. Y parece ser más fácil estar agazapado esperando que la planta del colega dé frutos para arrebatarla, en lugar de generar su propia cosecha. Eso sí, cuando bajan del escenario siempre hay alguien para decir “te felicito por lo que hacés”, sin saber si quiera los pormenores de permanecer, sin duda alguna, a una de las profesiones más abandonadas y más alabadas de igual manera; los entretelones no se ven y uno termina compensando lo cruel y cínico de las trastiendas agradeciendo que, por lo menos, uno logra sobrevivir dedicando su vida a lo que ama hacer.

Lo digital: ¿Mesías o hereje?


Era un domingo a la tarde en una Buenos Aires hundida en el frío, acariciada por un sol tibio que la hacía hermosa. ¿El objetivo de este domingo? Ponerle caras a las palabras que vuelan en busca de esperanzas, de gritar lo que pasa; una especie de grupo de choque pacífico y cultural que pelea batallas noche a noche, día a día. Cada uno en su espacio, en su bosque, escondidos detrás de su árbol para saltar al ataque cuando menos se lo espera, sin lanzas pero con la necesidad de gritar contra la masividad generalizada de desinformación. La consigna quedó en el aire y volví hacia mi casa por las calles de Caballito que se transformaron en las de Flores. El viaje musicalizado por “Cosa de hombre”, de Memphis La Blusera, sonando desde mi Samsung ensamblado en China y ejecutado por mi cuenta de Spotify, esa “musiteca” interminable que ordena, preserva y conserva una cantidad de música tan grande como se pueda imaginar. La mayoría de los artistas de blues tienen su música dentro de esta plataforma, aunque hayan grabado en 1920, 1930 o en 2000; en Francia, Mississippi o Brasil.

Aquel disco, recuerdo, llegó a mí allá por los primeros años de vida. Mi viejo, arrastrado por la fiebre “noventosa” del CD lo había comprado y lo ponía cada día en el auto. Poco después, era yo quien pedía escuchar el disco en cada viaje mientras inspeccionaba el libro, las letras y las fotos que hacían del disco un todo. De esa manera, entonces, llegué a la música, llegué al blues que entró en mis sonidos y condicionó mi vida en cada decisión posterior; cada camino tomado o desechado, cada momento estuvo condicionado por la música desde aquel momento. Estamos siendo testigos de un momento bisagra, un cambio rotundo en la manera de componer, grabar, ejecutar, trasladar y compartir música, muy lejos de la venta de partituras y el viajar canto a canto de las canciones populares que se transformaban en clásicos y standars: “una que sepamos todos”.

Ya no hacen falta “conductores físicos” para que una música llegue a los oídos de uno o mil oyentes. ¿Dónde está lo realmente importante entonces: en el vehículo o en el destino? ¿Qué importa más: cómo ir o dónde ir? ¿Se pierde el “folklore” con el avance de la tecnología? ¿La música de raíz debe mantener esas tradiciones o ir por el camino que visualiza en el horizonte? Las respuestas son muy variadas. Sobre todo dentro de una música que vive de mantener sus raíces, de la improvisación, de grabar los discos en tomas en vivo, de no saber qué se va a tocar hasta tener que hacerlo, de cerrar los límites y no dar discusiones a qué es y qué no es blues. Así y todo, en su historia se destacan una y otra vez innovadores en un género que supo incorporar la electricidad, transformarse en rock and roll, en soul, en funk y hasta influenciar la música disco, el hip hop y el rap.

De esta manera, entonces, se desatan interminables discusiones dentro de la vida social del blues; mientras alguien destapa un vino y suena Ray Charles en vinilo en alguna reunión “blusera”, los músicos se debaten entre la “existencialidad” de estas cuestiones. ¿Hasta dónde la innovación respeta las raíces? En un mundo donde grabar música parece un trámite sin demasiados problemas, donde se puede grabar cada instrumento por separado sin importar dónde están los ejecutantes (pensándolo bien, hasta no hacen falta ejecutantes), donde se puede distribuir una grabación casera en cualquier parte del mundo con sólo llenar un formulario, donde la información y las posibilidades de elección son incontables, los músicos de música folklórica (cualquiera sea) buscamos encontrarnos en el equilibrio perfecto, en aprovechar las nuevas posibilidades sin perder ese sentimiento que la música de estilo derrocha en cada compás.

A modo de opinión personal, importa mucho más el destino, mucho más el lado bueno que los avances tienen. Aquellos músicos del siglo pasado estaban cargados de un oficio extremo, llegaban descubiertos por un agente a un estudio, se miraban y se presentaban (si tenían la suerte de estar acompañados) y cuando el técnico daba la orden de grabación contaban con algunos minutos de cinta analógica para dejar plasmado todo ese sentimiento sin posibilidades de “retocar”, una bala en el cargador para intentar escapar de la miseria que aquel mundo les proponía. Desde esa ventana pudieron saltar y alzar su voz tanto los esclavos afroamericanos y los cubanos en su grito de libertad, como Discépolo en su pluma o Tanguito en el nacimiento de nuestro rock. Hoy el mundo cambió y es otro, la música está totalmente digitalizada y una nueva música nace desde las bandejas, los mixers y los samplers, tal vez como resultado de un grito de libertad de las nuevas generaciones que tienden a olvidar el contenido folklórico de la música. Entonces reflexiono como parte de un movimiento totalmente empapado de folk del siglo pasado, en medio de la modernidad que nos toca vivir, sin responder a la discusión que cada uno debe plantearse y seguir su camino.

Al poner el punto final (y como si fuera parte de una escena guionada en la radio que está de fondo, mientras escribo estas palabras, en la que el conductor presenta una nueva banda de blues), mis ojos se abrieron como dos platos y me reposé para escuchar. Comenzaron las primeras notas de un clásico, “You gotta a move”, pero con un sonido moderno, digital, eléctrico, “computarizado” (“el nuevo blues”, dice entonces el conductor), y una mezcla rara se hizo cargo de mí: escuchar esos sonidos tradicionales de esa manera cayó para hacer más difíciles las respuestas a las preguntas que venían en mi cabeza (se trataba de North Mississippi All Star haciéndose cargo de “modernizar” aquel clásico). Mientras lo escuchaba viajé por Spotify en el tiempo para buscar versiones del mismo clásico y ¡caí en la cuenta de que esta modernización viene sucediendo generación tras generación! Me encontré con Aerosmith haciendo su versión con un sonido moderno para su momento y, más atrás, los Rolling Stones en el último año de la década del sesenta también sonando modernos en aquel entonces; Sam Cooke y Fred Mc Dowell lo han hecho antes. ¿Quién sabe cómo era antes este gospel espiritual que viajó de generación en generación sin ser grabado? Lo importante parece ser que terminan siendo los sentimientos y el mensaje que viajan con la música lo que sobrevive ante cualquier tipo de modernización. Así sea en vinilo, en casete, en CD o vía streaming, más allá del sonido, de la modernidad o la antigüedad de la interpretación, el mismo blues viene diciendo hace siglos: “podés ser alto, podés ser bajo, pero cuando el Señor esté listo, tenés que moverte”.

Lo digital: ¿mesías o hereje?

Vamos por las tramas

Si todo lo sólido se desvanece en el aire, ¿qué le queda a aquello que es intangible? ¿La esencia -eso que no vemos pero sentimos- es inmutable al paso del tiempo? En la época del cambio digital permanente, el autor hinca el diente en este debate y se pregunta por el estado de situación del blues hoy.

por Christian Morana

Era un domingo a la tarde en una Buenos Aires hundida en el frío, acariciada por un sol tibio que la hacía hermosa. ¿El objetivo de este domingo? Ponerle caras a las palabras que vuelan en busca de esperanzas, de gritar lo que pasa; una especie de grupo de choque pacífico y cultural que pelea batallas noche a noche, día a día. Cada uno en su espacio, en su bosque, escondidos detrás de su árbol para saltar al ataque cuando menos se lo espera, sin lanzas pero con la necesidad…

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Ella contra el ejército que pelea por la prohibición del uso del sentido común

             Mucho tiempo pasó sin sentarme a escribir, tal vez por estar inmerso en mi mundo y mis tareas que cada día son más grandes pero también me resultan más cotidianas. ¿Cómo sería haber cumplido de adulto los objetivos que un niño se planteó? Rutinario, normal, así resultó. No hubo nada en este tiempo que vibre en mi pecho y suba hasta la garganta con la necesidad de ser gritado con la fuerza de la libertad como antes sucedía a diario. Esa misteriosa fuerza que no pudieron detener ni los ejércitos mercenarios más grandes de la historia. e

               Hoy no es un día como los demás, todo cambió y ya no volverá a ser como antes… Me desperté sin poder abrazarla, ya no estaba, ya se había ido entre el frío violento del invierno y la oscuridad de una ciudad porteña que reina antes que el sol haga su tibia entrada. Diez años tomando el colectivo antes que salga el sol de manera sistemática, llegando al mismo lugar, enfrentando en silencio reprimido a un grupo de personas hechas en serie, sin distinción, con los pensamientos programados desde fábrica, desde que ingresan a un sistema tan cruel como el invierno. Ella, sola ahí peleando sin ayuda…. sola…. desde adentro… 10 horas, tal vez 12, tal vez más viendo la única luz artificial de un tubo blanco que refleja en los azulejos también blancos de una clínica que no fue diseña para curar. 10 años, 10 malditos años cumpliendo los caprichos de un millonario que cree que por tener algunos ceros depositados en un banco tiene más poder sobre nosotros, sobre ella, sobre vos y sobre mí. Los valores se corrieron a la derecha. ¿En qué momento alguien pierde el bien más preciado que tiene una mente para convertirse en un señor feudal del presente? ¿En qué momento alguien deja de utilizar el sentido común? Nunca lo sabremos pero sucede. Muero por ir y ayudarla, ayudarla a pelear, estar a su lado, levantar la espada y la bandera en nombre de la libertad, de la consciencia social… Pero no son más que sueños utópicos que se van desintegrando en un mundo que se parece cada vez más al que Orwell y Huxley pronosticaron….

                 Resulta que la atacan, le cambian el eje del concepto del bien y el mal… ¿Qué es el bien y que es el mal? ¿Quién dice de que lado estás? ¿Está mal pelear por un reconocimiento a los diez años de esclavitud moderna a la que se somete con artilugios psicológicos y manipulaciones morales? Para ellos sí. Sigue sola, ahí, pasándola mal, fumando uno tras o tras otro para intentar calmar su alma pesada de tanto trabajo forzado… Me pregunto qué estará haciendo él… Y se me vienen a la cabeza las imágenes que escuché de la misma boca hermosa que me encanta besar. Safari en África, mostrando con orgullo las cabezas de los venados que cuelgan en su casa, un tigre tirado en el piso para poder apoyar los pies cuando hace frío, una carrera entera implantando plástico en los cuerpos de las mujeres que acuden desesperadas porque la naturaleza no le dio lo que la sociedad entiende como belleza, una y otra vez, una y otra vez haciéndose millonario con cirujias que no son más que mentiras, que no son más que vender ilusiones ante un espejo. ¿Acaso no está del lado del mal el uso equivoco de las herramientas que el hombre creo para alargar su miserable vida? ¿Acaso está bien que una mujer se despierte de una anestesia con un busto enorme de plástico por el que pagó tres sueldos de un trabajador moderno promedio?

El problema que estamos atravesando no es más que el mal uso del sentido común. El poder puede avanzar, puede atravesar nuestra vida con cataratas de publicidades, de estrategias de marketing, de consumo, de exageración del bien estar, de dejar en un segundo plano las verdaderas necesidades biológicas, de ocultar lo que no le conviene, de manipular con los medios de comunicación, de estigmatizar la marihuana mientras que el tabaco, el alcohol y las tetas se pueden comprar de manera legal y hasta pueden convencernos de que alguien con una cultura diferente debe ser exterminado en nombre de la paz pero todo eso se combate con el sentido común, la gente carece de sentido común creyendo en que la posibilidad de consumo o el internet pueden acercar la felicidad. Ella sigue sola peleando por lo que corresponde, él sigue escondiéndose tras un ejercito de infelices que todos los días pelean en primera linea para defender los intereses de él que es el que se lleva los beneficios. Ese mismo infeliz que pelea todo el día en primera fila vuelve a su casa al terminar la jornada, no le alcanza la plata, su hijo necesita ir al colegio, necesita ropa, necesita comer. Lo manda al colegio más caro… ¡Cuanto esfuerzo hacemos para mandarte a ese colegio! le repite una y otra vez sembrando en la cabeza del pobre pequeño un destino inevitable. No le alcanza la plata, te lo juro que no le alcanza, ocho, diez, doce horas de esclavitud y llega destruido, ¿mañana? Otra vez a la esclavitud…

         Nos preguntamos por él, entonces, mientras tanto… Matando animales por diversión, para poder adornar sus paredes, tal vez para que cuando alguien entre a su casa pueda trasmitir ese sentimiento de superioridad en el que lo pone tener el poder como si fuera la pelota… tener la plata…

Me pregunto entonces… qué pasaba por la cabeza de ese médico que, durante la dictadura, estudiaba medicina para terminar maltratando sus trabajadores con el fin de implantar tetas en mujeres inseguras que intentan convencer a hombres inseguros con falta de sentido común que la belleza se puede comprar con dinero en forma de plástico…. Ella sigue sola, peleando y yo no puedo hacer más nada que escribir.

El Blues en el sótano de casa y en la terraza del vecino


 

Mientras armaba las valijas para viajar, nuevamente, al circuito europeo de blues, me llegó una consigna, un disparador, casi sin esperarla pero no sin buscarla. Me senté, respiré y me dejé caer en el respaldo de la silla. El disparador quedó rebotando en mi mente. “No hay nada nuevo bajo el sol”, hablando de música y de sol en la misma oración, hablando de amaneceres musicales, de lo que viene, del nuevo día que comienza.

Lo primero que hice fue juntar estas dos fuentes de energía como si fuese un científico que busca la reacción esperada al mezclar el uranio y el oxígeno. ¿El resultado? Se presentó ante mí (sin relación aparente) una parte de un tema que me acompañó en mis primeros pasos: Ricardo Mollo gritando “cae sobre mí la lapicera del periodista que se muere por tocar”, en su contestataria “Paraguay”; desde ahí nació mi reflexión.

***

Decir que no hay nada nuevo bajo el sol, que no existen nuevas propuestas o nuevos horizontes dentro de nuestra amada música argentina sería un error enorme. Los tiempos van cambiando y el arte se encuentra cada día más controlado por el poder del comercio, no se puede crecer desde las tinieblas sin tener un video de alta calidad en las redes. Todo entra, cada vez a pasos más agigantados, en la lógica marketinera que la “descomunicación” nos propone, como la salvación de una humanidad cada vez más humanizada y menos instintiva; esa dinámica diaria que se parece más y más a la novela de Huxley, Un mundo feliz, también influye en la música.

No me parece que se trate de que no existen nuevas propuestas, sino de que las nuevas propuestas masivas están vacías de contenido. Ya no importa qué tan bien tocás un instrumento, sino qué tan mal se puede escuchar en un parlante diminuto de un celular que recorta los graves como si la banda estuviese dentro de una lata de gaseosa, de esa misma gaseosa que domina los festivales, que domina los mensajes, que tiene cuentas millonarias en el mismo banco que produce los shows más grandes de los festivales más grandes. Lamentablemente, el business (cómo les gusta decir a los que se dedican a esa actividad) avanzó destrozando los contenidos, las inspiraciones, los mensajes, el análisis social, el grito de necesidades, esa hermosa comunión entre la música y los que bailan al ritmo de sentirse identificados. Parece una irónica mentira que desde las calles del patio del imperio, desde unos de los lugares que más sufrió el avance de la ambición imperial, desde el lugar más hermoso de América, nazca la nueva tendencia musical que genera millones de dólares entre yates, mujeres como objeto, fiestas falsas, motos de agua y letras sin letras, música sin música, millones de dólares generados por latinos que no quedan (y lo digo sin miedo a equivocarme) en Puerto Rico o República Dominicana.

Por suerte, sin embargo, existen muchas “alcantarillas”, mundos subterráneos que resisten con música desde los bares más perdidos de Buenos Aires llenos de “gente igual a la gente, pero distinta”, como dijo Sandra Mihanovich en aquellos años en que el rock argentino florecía con la democracia.

***

En este momento es donde llega a la reflexión mi conocimiento de una “alcantarilla” bastante especial del submundo porteño: el blues. ¿Cuánta gente sabrá lo que pasa con este estilo de música en nuestra ciudad? ¿Cuántos estarán al tanto de que el grito de los más oprimidos sigue dando de qué hablar en el mundo? ¿Cuántos tendrán conocimiento de que el circuito porteño de blues es respetado a nivel internacional?

Casi a diario (y digo “casi” porque los músicos también descansan) algún bar de Buenos Aires recibe a artistas de blues de un nivel sorprendente, pero lo más sorprendente no es el nivel de calidad, sino de cantidad. Podría pasar horas citando ejemplos de argentinos que brillan en el exterior. Todos los años, Europa, Brasil, México, Estados Unidos y Rusia reciben a estos  músicos que gran parte del año pasan desapercibidos en una Buenos Aires que los ignora; esos mismos que cierran festivales de blues multitudinarios, que acompañan a leyendas del blues en sus giras latinoamericanas, que giran por la tierra ajena con la dignidad y la frente alta, son maltratados en su propia casa por los dueños de los escenarios, algunos productores y la vista gorda de los medios masivos de comunicación, a los que sólo se puede acceder con dinero para que un agente de prensa acomode a periodistas que escriben lo que las gacetillas dicen.

Sin embargo, este mundo subterráneo está creciendo a pasos agigantados gracias a varios grupos de músicos y amantes del género que trabajan incansablemente. En poco tiempo va a cambiar y, nuevamente, no tengo miedo a equivocarme.

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¿Cuántos creen que los domingos son depresivos? En el Abasto no lo son para nadie, más precisamente en el Conventillo Cultural, en donde cada domingo se desarrolla una jam session que sería de las más famosas si ocurriese en los años cincuenta en algún club de Chicago o Nueva York. Blues en Movimiento es la agrupación encargada de su gestión. Lo hermoso y distintivo de esta jam es que ninguno de estos mini conciertos parecen improvisados: resulta un buen comienzo para meterse en el mundo del blues, que hecha sus raíces en diversos ciclos.

Pero los miércoles son el día por excelencia para poder disfrutar del espíritu del blues. Blues en movimiento aplica en Libario la extensión de sus domingos bluseros, una especie de 2.0 descargado de tu teléfono donde podés ver, ahora sí, las bandas estables de los músicos que pasan los domingos a distenderse e improvisar. Al unísono y a escasas cuadras, en El Universal, se desarrolla la Open Blues, un espacio el que se disfruta del blues acústico más primitivo, sin cables ni amplificación. También en Valinor Irish Pub y Mr Jones, ambos en Ramos Mejía, los miércoles se respira blues.

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Podría pasarme horas hablando del gran circuito que se está gestando, desde hace ya varios años, en Buenos aires, pero a esta altura ya tengo casi lista la valija y posiblemente vuelva a leer esto a punto de volver; tal vez, cuando lo haga, las cosas hayan cambiado y los proyectos argentinos de blues puedan consolidarse definitivamente en su tierra tanto como afuera. Tal vez sea utópico, pero que haya sol, que siga habiendo sol como pronosticó la consigna me llena de esperanzas.

El sol sale y muchos proyectos de blues argentino están girando por el mundo mientras en Buenos Aires se mantiene el nivel de conciertos sin siquiera extrañar a los que parten en busca de mejores horizontes. Es posible que, sin una reacción a tiempo, muchos músicos del género abandonen nuestra tierra para instalarse en los circuítos que tratan mejor a los que dedican su vida al show; aunque dudo que, si esto sucede, muchos se enteren. Estamos a tiempo.

Aparece ahora en mi mente algo que me contó alguien pero no recuerdo quién. Resulta que le preguntaron a BB King por qué hacía trescientos shows al año; él, sonriendo, respondió: “es la única manera de mantener viva mi música, en la radio no la pasan”.



 

Este articulo fue publicado en la revista digital “Por las tramas”

 

El blues: en el sótano de casa y en la terraza del vecino

 


 

Tres noches atrás para ella, una para mí


19 de abril, San Sebastían, Guipúzcoa, Comunidad Autónoma del País Vasco, España.



Pasaron casi tres días desde la última vez que me acosté en una cama, en aquella oportunidad, encima, no fue solo. El trajín de la aventura me llena de sentimientos las venas tanto que en un momento mi ojo pareció explotar pero finalmente, aunque vale aclarar que momentáneamente, sigue en su lugar. Estar de nuevo transitando estas rutas es una sensación muy extraña, estoy en un lugar que ni siquiera podía creer con convicción conocer. Nos esperan más de 20 shows durante 4000 kilómetros, no se puede mucho más que decir sobre eso. El paisaje es una constante inspiración para quienes se sensibilizan con los ojos, aunque no es mi caso lo puedo disfrutar. No puedo dejar de pensar en mi tierra, en la mal tratada Sudamérica, en los edificios que se erigen a lo largo del “viejo continente” y la nueva tendencia, de esos edificios bañados en oro que no hacen más que recordarme el enorme daño que nos hicieron pero las sensaciones se mezclan como el río y el mar. ¿Quién sabe los límites? ¿Quienes puede decir con certeza cuando el agua salada pasa a ser de la más dulce? Así me siento, así miro el sol de una nueva aventura, esas que mientras pasan me parecen vulgares pero a la distancia tendrán la fuerza de todos los ejércitos de la antigüedad y la seguridad necesaria para destrozar mis futuros melancólicos recuerdos, pero ahora, me voy a vestir para salir a caminar mientras extraño a esa mujer que durmió conmigo tres noches atrás para ella, una para mí.


 

Morana Christian